El Vaticano accede a estudiar el caso de los abusos a los huérfanos de Quebec

Canadá Jul 22, 2011 at 12:01 am

Paul St. Aubin, una de las víctimas de los orfanatos, asegura que fue azotado, encadenado, encerrado en una celda e incluso obligado a tomar drogas

Núria Meléndez. Toronto.- El Vaticano ha accedido a estudiar el famoso caso de los huérfanos de Quebec, después de que el pasado mes de abril el activista de los Huérfanos de Duplessis, Rod Vienneau, y el abogado experto en Derecho Internacional, Dr. Jonathan Levy, presentaran una querella exponiendo el caso a la Congregación de Institutos de la Vida Consagrada y Sociedades de la Vida Apostólica, con base en Roma, dirigida por el arzobispo João Braz de Aviz, quien a su vez forma parte de la Curia Vaticana y se encarga de la conducta de las órdenes católicas. El pasado jueves 7 de julio Vienneau y Levy recibieron una respuesta del Vaticano en la que se les informaba sobre la intención de la institución a estudiar e investigar el caso.

La querella interpuesta por Vienneau y Levy denuncia los presuntos crímenes cometidos en los distintos orfanatos y hospitales psiquiátricos donde fueron internados miles de niños canadienses. Las ocho órdenes católicas acusadas por su supuesta implicación con los escabrosos hechos son Los Pequeños Franciscanos de María, Los Hermanos de Nuestra Señora de la Misericordia, Las Monjas Grises, Las Hermanas de la Misericordia, Las Hermanas de la Providencia, Las Hermanas de la Caridad de Quebec, Las Hermanas del Buen Pastor y Las Hermanas de Nuestra Señora Auxiliadora.

Durante los años 40, 50 y 60 miles de niños fueron internados en orfanatos y hospitales psiquiátricos del país administrados por la Iglesia Católica. Estos centros fueron considerados un lugar seguro donde los pequeños, en su gran mayoría huérfanos, eran cuidados y educados por sacerdotes, hermanos cristianos y monjas. El Gobierno canadiense destinó durante años millones de dólares a estas órdenes católicas para que pudieran albergar y mantener dignamente a los pequeños, cuyos padres habían muerto o eran incapaces de hacerse cargo de ellos.

Gracias al testimonio de cerca de los 3.000 supervivientes que decidieron exponer lo que vivieron dentro de esos centros, se ha descubierto que algunos niños internados eran víctimas de vejaciones sexuales, tortura y trabajo forzado. En los internados y hospitales psiquiátricos denunciados por Vienneau y Levy también se han detectado casos de tráfico de menores y de asesinato, según se recoge en las acusaciones documentadas por el abogado y activista. Unos 100.000 niños de Quebec habrían desaparecido o sido asesinados, y miles de menores fueron diagnosticados erróneamente con retraso mental o fueron distribuidos ilegalmente en hospitales psquiátricos ubicados en toda la provincia de Quebec, el resto de Canadá y Estados Unidos.

Rod Vienneau lleva desde el año 1992 luchando para que se haga justicia y se condenen los presuntos crímenes perpetrados contra todos aquellos niños, ahora ya mayores, que sufrieron de los abusos de la autoridad. En 1992, Vienneau consiguió acceder a los archivos médicos de una de las víctimas, su mujer Clarina Duguay. Desde entonces, Rod no ha dejado de investigar sobre los abusos contra los huérfanos de Quebec, además de promover marchas de protesta, campañas de denuncia y otras actividades para denunciar y mostrar al público los horrores que habrían sufrido miles de niños canadienses.

Clarina ingresó en un orfanato después de que su madre Clara enfermara de tuberculosis y fuera enviada a un sanatorio. Al padre de Clarina, Joseph Fuguay, le persuadieron para que mandara a dos de sus hijas, Clarina y Simone, a un orfanato con el fin de que recibieran una buena educación. Lamentablemente, dos años después de llegar al orfanato, las dos muchachas fueron enviadas, sin que su padre fuera informado, al hospital psquiátrico St. Julien, un manicomio a más de 1.000 kilómetros de su hogar.

Allí Clarina asegura que fue testigo de cómo los responsables del centro maltrataban a los niños que se habían portado mal con castigos que iban desde arrodillarse durante horas en una postura altamente incómoda, hasta ponerles una camisa de fuerza o atarlos a la estructura de una cama sin colchón, con la cabeza inmovilizada por un collar de perro atado alrededor del cuello.

Desde su experiencia en St. Julien, Clarina siente absoluto pánico cuando el agua la cubre, ya que allí les “hundían la cabeza en agua helada” y les obligaban a mantenerla dentro hasta casi ahogarse, según explica la propia afectada, quien también denuncia que sufrió asaltos sexuales durante sus días en el hospital psiquiátrico. Asimismo, las monjas de St. Julien le contaron a Clarina que su madre había muerto en otro hospital psquiátrico, cuando en realidad falleció dos años más tarde debido a la tuberculosis que padecía.

Rod Vienneau, el activista que lucha para denunciar los abusos que sufrieron los huérfanos de Quebec

Huérfanos utilizados como ratones de laboratorio

En St. Julien, Clarina también afirma que le obligaban a tomarse una medicina que la convertía “en un zombie” y que la dejaba “sin energía”. Según el testimonio de otras víctimas y de la documentación recopilada por Vienneau, en los orfanatos de Dufferin se administró a los niños una droga llamada chlorpromazine. Esta medicina antipsicótica cambia las acciones de químicos del cerebro y sirve para tratar condiciones psicóticas como la esquizrofrenia, el trastorno maniaco-depresivo o los problemas graves de conducta anormal entre niños.

Vienneau afirma que “cada uno de los huérfanos de Quebec ha explicado la misma historia” sobre el chlorpromazine, por lo que “3.000 personas no pueden mentir”. Esta droga, además de otros estupefacientes, se empezó a dar a los niños a finales de los años 40 y continuó en la dieta diaria de los menores hasta los años 60.

Los registros médicos de los huérfanos de Quebec, así como los testimonios de las víctimas, señalan que los niños fueron usados como conejillos de indias para probar la nueva medicina chlorpromazine. También conocida en Canadá como Largactil, o Thorazine en Estados Unidos, esta droga se usó en Francia antes de la Segunda Guerra Mundial como un anestésico. Posteriormente, se ha demostrado que el chlorpromazine puede ocasionar discinesia tardía, una enfermedad que afecta al sistema nervioso central y que provoca movimientos crónicos, involuntarios y grotescos en el cuerpo y cara del afectado.

Algunos de los huérfanos internados en el hospital Jean-de-Dieu recuerdan haber sido tratados por Ewen Cameron, el psiquiatra que habría llevado a cabo experimentos inhumanos en el Allan Memorial Institute de la Universidad de McGill, como parte de los programas de control mental promovidos por la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, a principios de los años 40 y hasta los años 60.

Cameron es conocido por usar chlorpromazine en sus experimentos, además de combinarlo con otras drogas, descargas eléctricas y lobotomías. Bruno Roy, el presidente del Comité de los Huérfanos de Duplessis, fue la persona encargada de examinar las grabaciones de centenares de huérfanos y afirma que el nombre de Cameron es citado por los menores en las cintas consultadas.

Rob Vienneau expone el caso de los huérfanos de Quebec al líder del NDP, Jack Layton

Tráfico de menores

El caso de los huérfanos de Quebec también denuncia el presunto tráfico de menores que hubo en centros administrados por la Iglesia Católica. El Hôspital Miséricorde de Montreal es uno de los centros donde las Hermanas de la Misericordia ayudaron a nacer 159.000 bebés. Recientemente se ha descubierto que las monjas de este hospital engañaban a las madres solteras que acudían a dar a luz y les decían que su hijo había muerto durante el parto, pero en realidad el nuevo nacido era entregado a otra familia que pagaba una cuantiosa cantidad de dinero a cambio del bebé. Los niños se vendían a familias de Canadá y también de Estados Unidos, y los precios podían variar según la belleza del recién nacido y del poder adquisitivo de la familia que deseaba adoptarlo.

Pero, además de realizar adopciones ilegales, los responsables de este hospital y otros del país también habrían datos médicos y diagnosticado a centenares de niños un falso retraso mental para enviarlos a hospitales psiquiátricos. Este es el caso de Paul St. Aubin, a quien le determinaron un faso retraso mental y lo encerraron durante 18 años en diferentes hospitales psiquiátricos de Quebec.

Paul es un aborigen nativo de la reserva de Abenaki que nació en un hospital de las Hermanas de la Misericordia, pero las monjas del centro le dijeron a su madre Irene St Aubin que el niño había fallecido durante el parto. Incrédula ante esta noticia, Irene nunca creyó que su hijo estaba muerto por lo que investigó hasta dar con él 35 años más tarde y bajo otro nombre, el de Josep Paul Forand. Durante el tiempo que Paul pasó en los hospitales psquiátricos le realizaron lobotomías, le encadenaron y azotaron, tuvo que llevar una camiseta de fuerza, fue encerrado en una celda e incluso le obligaron a tomar chlorpromazine y le dieron descargas eléctricas que le causaron daños irreparables.

Ante el testimonio de Paul y el del resto de supervivientes que se han atrevido a contar lo que vivieron en manos de varias órdenes católicas y de las pruebas que se han conseguido reunir a lo largo de los años, Rod Vienneau espera que el Vaticano reconozca y condene los crímenes que se cometieron desde 1940 a 1960 en los orfanatos y hospitales psquiátricos donde malvivieron los huérfanos de Quebec.