Agradecimientos a la familia, a Dios y a la patria

El brasileño Leonardo de Deus llora en el podio tras ganar la medalla de oro en la prueba de los 200 metros mariposa. Foto: Miguel Sierra / Efe

Nemesio Rodríguez. Guadalajara (México).- Mírenlos, saltan, corren, pedalean, golpean. Gotas de sudor resbalan por sus contraídos rostros. Cierran los ojos al entrar en la meta y sus mentes repasan el camino de sacrificio que han tenido que enfilar para acariciar las medallas.

Y todos piensan en alguien especial que les sostuvo en los momentos de debilidad, cuando la tentación de abandonar se les apareció en la soledad de los entrenamientos, horas y horas de esfuerzo.

Estamos en los Juegos Panamericanos de Guadalajara, donde alrededor de 6.000 atletas se ven en el podio, incluso aquellos que saben que solo han venido a competir y a aprender. No se llaman César Cielo ni Shawn Johnson, pero nadie les puede negar el derecho a verse en el podio.

En ese sitial, las emociones estallan y saltan las lágrimas.

Le ocurrió el lunes al nadador brasileño Leonardo de Deus, que lloró tres veces: la primera cuando le descalificaron, la segunda cuando le devolvieron el oro y la tercera cuando le colgaron la medalla en el podio.

De Deus venció en los 200 metros mariposa por delante del estadounidense Daniel Madwed, con el también brasileño Kaio Márcio bronce.

Pero los jueces le descalificaron por llevar publicidad en el gorro. Adios al oro y lágrimas. Brasil reclamó y De Deus recuperó el metal dorado. Nuevas lágrimas. Y ya en el podio, más.

“Estos son mis primeros panamericanos. Es difícil llegar aquí. Por eso, lloré cuando me enteré que me habían descalificado”, dijo el nadador, de 20 años.

En medio de la confusión, nadie se acordó del colombiano Omar Pinzón, que había llegado cuarto y, de pronto, se vio con un bronce, que luego se quedó en nada cuando De Deus recuperó el oro.

Es normal que la tensión que se vive en la disputa de una prueba produzca lágrimas de alegría o de tristeza. Y también es normal que broten del corazón los recuerdos a las personas queridas. Es la hora de los agradecimientos.

La familia aparece en primer lugar, ya que los deportistas conocen lo que significa alejarse de ella año tras año. Lo explicó la venezolana Andreina Pinto, que se entrena en Estados Unidos, tras lograr el bronce en los 200 metros libre: “es duro alejarme de la familia. Es lo realmente difícil de ser una deportista”.

Suele haber agradecimientos largos como el del colombiano Miguel Ángel Rodríguez, oro en squash: “Dedicó mi triunfo a mi país y también a mis entrenadores, a mi familia, a mi papá, que es uno de los entrenadores con el que empecé a los cuatro años”.

O muy largos como el de la mexicana Samantha Terán, campeona panamericana en squash: “Este logro va para mi familia, padres, tías, a todo el equipo que trabaja conmigo, porque tengo un equipo que ha luchado día a día por esta medalla, a todo México pero en especial a un familiar que falleció hace una semana y le dije que le dedicaría esta medalla”.

La estadounidense Julie Zetlin, oro en gimnasia rítmica, también menciona a su familia, pero tiene claras cuáles son sus prioridades: “Es grande ganar por uno mismo, por mi familia y mi equipo, pero la emoción mayor es ganar una medalla por mi país”.

Los hay tremendamente emotivos como el del ciclista venezolano Henry Canelón, oro en velocidad en pista por equipos: “Se la dedico a Dios y a mi madre que tiene cáncer;esta medalla es para ella”.

El chileno Gonzalo Moncada, bronce en tiro, la dedicó a su hijo, al que “extrañaba mucho” y también a toda su familia.

También pensó en su hija el ciclista chileno Carlos Oyarzún, bronce en contrarreloj: “Lo dedico a mi esposa y a mi hija recién nacida, Victoria”.

Su alegría quedó empañada por la noticia de que su hija se había puesto enferma por lo que suspendió su participación en fondo y regresó inmediatamente a la ciudad española de Granada, donde reside.

La estadounidense Julie Zetlin, oro en gimnasia rítmica, también menciona a su familia, pero tiene claras cuáles son sus prioridades: “Es grande ganar por uno mismo, por mi familia y mi equipo, pero la emoción mayor es ganar una medalla por mi país”.

Quien no tiene problemas de melancolías familiares es la familia mexicana de los Salazar, volcada en el squash. Entrenados por su padre Arturo, compiten los hermanos gemelos Arturo y César y su hermana mayor Imelda Fabiola.

“Siempre nos apoyamos y estamos uno al lado del otro”, afirma César, que con esa moral ganó una medalla de plata después de eliminar en semifinales a Arturo, que se quedó con el bronce pero lo compensó con el oro por parejas.

No hace falta mencionar a quién dedicaron las medallas los hermanos Salazar.

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