Los ecos de una larga jornada

Canadá Columnistas Temas Intocables Mar 29, 2012 at 11:38 pm

   Montreal.– El que se llegara a dilucidar la gran interrogante en torno al Nuevo Partido Democrático (NPD): ¿quién sería su nuevo líder? tomó cuatro votaciones, la tarde completa y buena parte de la noche del pasado sábado. A ese momento una incógnita de gran importancia ya que quien resultara elegido, automáticamente sería también Líder de la Oposición Oficial en el Parlamento, y—si todo va bien en las predicciones que se hacen en el NPD—el futuro primer ministro de Canadá, cuando se llame a elecciones en 2015.

            En lo personal este fue un reencuentro con algunos con quienes había trabajado en los 80 y 90, en la—entonces ilusoria y casi utópica—tarea de organizar un partido de orientación izquierdista aquí en Quebec. Esfuerzos que para muchos parecían fútiles, ya que el electorado quebequense parecía estar siempre sumido en la sempiterna cuestión de nacionalismo y separatismo por una parte, versus las más bien tradicionales fuerzas asociadas al federalismo: liberales y conservadores. No parecía haber espacio para un partido que por un lado se planteara claramente como federalista, pero al mismo tiempo con una visión izquierdista y con un mensaje de reivindicaciones para una clase trabajadora dentro de la cual ciertamente se incluía a aquella de habla francesa, pero que hasta entonces aparecía hipnotizada por los cantos de sirena de un nacionalismo y un separatismo que al fin de cuentas e irónicamente, no era diferente del de sus propios patrones. ¡Cómo si hiciera alguna diferencia, ser explotado en inglés o en francés!

            Lo cierto es que después de los 90, cuando incluso en la elección de 1993 fui candidato del NPD en el condado de Longueuil, una localidad en la ribera sur de Montreal, fui dejando de lado mi activismo en esa organización, limitándome a votar en elecciones, de antemano sabiendo que se trataría de un “saludo a la bandera” ya que los candidatos del NPD nunca salían elegidos. En gran parte mi desactivación se debió también a prácticas desleales o derechamente deshonestas que me afectaron, principalmente en relación a dos individuos que a esta altura más vale olvidar. Bueno, de algún modo uno ya cayó en el olvido—el comentarista de automóviles Phil Edmonston que por breves tres años fue el único diputado federal del NPD elegido en Quebec, de triste memoria por el daño que causó al partido y que por cierto nunca tuvo la menor conciencia izquierdista—y el otro ya pronto será olvidado luego de haber tenido los “15 minutos de fama” que auguraba Andy Warhol, me refiero a Brian Topp, un político de pasillo, mediocre orador, que terminó segundo en la carrera por el liderazgo, que sin tener un escaño parlamentario es improbable que vuelva a tener alguna prominencia mediática.

            Como ya todo el mundo sabe, el triunfador de la larga y agotadora jornada fue el diputado por Outremont, Thomas Mulcair. La verdad es que no fue mi primera opción en el voto, sino mi segunda después de Nathan Cullen, quien—al llegar tercero—sorprendió por su desempeño y su capacidad para motivar a muchos militantes.

            No todos quienes provienen de las filas de la izquierda latinoamericana y que se han afincado en este país, han tenido una posición muy benevolente respecto del NPD, a pesar que ese partido siempre tuvo una consistente posición solidaria respecto de los movimientos izquierdistas en nuestro continente en esos años enfrentando dictaduras militares, fuera en El Salvador, en Guatemala, en Chile o en Argentina. La principal crítica que muchos esgrimían es que el NPD no era suficientemente izquierdista como para merecer nuestro apoyo. Bueno, para empezar: nadie dice que el NPD sea un partido revolucionario que se proponga un radical cambio estructural en el país. Vamos, vamos, se trata después de todo de un partido socialdemócrata, esto es un tipo de organización política cuyo fundamento central es que la democracia liberal enunciada a partir de los tiempos de la Ilustración y más o menos afianzada en el siglo 20 en la mayor parte del mundo occidental, es insuficiente si no se la complementa con medidas de “democracia social”, o dicho de otro modo, que los derechos y libertades individuales primero enunciados por John Locke en el siglo 17 y que fueron base del liberalismo político necesitan complementarse con derechos sociales tales como acceso a la salud, a la educación, al empleo, lo que también se ha caracterizado como “el estado de bienestar”, y que fue principalmente implementado por gobiernos socialdemócratas en Europa, aunque ahora gran parte de ese modelo está siendo desmantelado a veces por los propios partidos socialdemócratas cada vez más derechizados, como fue el caso del laborismo bajo Tony Blair en Gran Bretaña o de los socialistas españoles bajo Rodríguez Zapatero. En cualquier caso, esos cambios introducíendo derechos sociales nunca intentaron reemplazar el sistema capitalista, sólo humanizarlo un poco. Y dadas las condiciones específicas de esos países, era lo más a que podía aspirarse en ese momento concreto.

            Para ser justos hay que decir que en el contexto de la social democracia a nivel mundial el NPD se sitúa más bien en su ala más progresista, junto a los socialistas suecos, noruegos y finlandeses, a la izquierda de los ya mencionados en Gran Bretaña y España, o de los socialistas franceses o griegos. Claro está, algunos dirán que al revés de esos otros partidos, el NPD nunca ha tenido el manejo del gobierno nacional, habiendo gobernado sólo algunas provincias. Eso es cierto, pero por otro lado no se puede negar que fueron políticas iniciadas por el NPD, principalmente el sistema de salud lanzado originalmente por Tommy Douglas cuando fue premier de Saskatchewan, las que han tenido un impacto progresista mayor en el país.

            Naturalmente nadie puede decir como podría ser un eventual gobierno del NPD con Mulcair como primer ministro en tres años más, en medio de un proceso de crisis mundial, con las economías de prácticamente todos los países encadenadas a esa suerte de torno imparable que es la globalización y—lo que es peor—en un país como Canadá, que como México tiene que compartir ese destino geográfico que hizo decir alguna vez a alguien: “Pobrecito México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos…” No hay duda que cualquier gobierno medianamente progresista en este país tendrá la difícil tarea de tratar de convivir con el poderoso vecino del sur, y con el peso de los abrumadores intereses económicos encarnados en los cientos de empresas de ese país que operan en Canadá, mientras al mismo tiempo—si quiere mantenerse fiel a sus tradiciones y a las expectativas de quienes crean en él—ensayar la implementación de política económicas, sociales, ambientales, etc. que respondan a los intereses del pueblo canadiense—especialmente sus trabajadores—y no de aquellos que han manejado el poder prácticamente desde que se fundó este país. Y hacer eso sin duda es una tarea titánica, un desafío para cualquiera.

            Los más pesimistas simplemente dirán que el NPD no es el partido para tal cosa. Pero entonces, díganme quién ¿alguno de los movimientos o partidos que tienen una existencia marginal? ¿algún movimiento situado aun más a la izquierda de esos otros ya marginales? Claro, como en política todo es posible, a lo mejor eso puede ocurrir en muchas décadas o en un siglo más. Pero la política es también una instancia de acción concreta en tiempo real. Y para bien o para mal, estos son los bueyes con los que hay que arar, si es que arar se quiere en un tiempo razonable y no para las calendas griegas, como se suele decir.

            El congreso del NPD fue una instancia de grata convivencia con gente imbuida de un sincero deseo de hacer lo mejor por la gente de este país. Como dato anecdótico—y crítico—final, la paradoja que la fiesta de cierre del evento se haya hecho en el Hotel Sheraton, para lo cual cada asistente desembolsó—gustosamente porque ese dinero fue a las arcas del partido—diez dólares por la entrada. Lo que no estuvo bien es que una vez en el hall de la fiesta una cerveza costara diez dólares, peor aun cuando ese dinero fue a las arcas de la transnacional dueña del hotel. Para mi gusto, y el de muchos esa noche, una celebración en algún centro comunitario de Toronto hubiera sido más apropiado.

            Comentarios: smartinez175@hotmail.com