ATALAYA

Atalaya Columnistas Sep 24, 2012 at 10:25 pm

POR: JORGE TADEO LOZANO OSORIO

Foto de archivo del Senador colombiano Ramón Lozano Garcés

Hace cien años nació en Quibdó – Chocó – Colombia, el 24 de septiembre de 1912, Ramón Lozano Garcés, quien  representó lo mejor de la intelectualidad de esta región ante el país y el mundo en el último siglo, como se sintetiza en esta remembranza que hizo conocer su hijo mayor en dicha ocasión.

 

De  mi padre, recuerdo muchos episodios importantes que influyeron en mi vida. El inmenso vacío que me dejó su muerte me tiene -después de  29 años- llorando en silencio su ausencia; su imponente presencia física, intelectual y moral en mi proceso de formación fue fundamental y por ello su prematura desaparición me dejó la impronta del pesar eterno.

He tenido prolongados períodos de mi vida en los cuales me he sentido solo por no tener su compañía, a pesar de estar rodeado de mucha gente, incluidos familiares cercanos; es que él era otra cosa: su avasalladora personalidad y su brillante inteligencia ponía en orden -con fluidez pasmosa- todos los entuertos.

¿Por qué el Señor dispuso de su vida física cuando más lo necesitábamos la familia entera y la humanidad?

Bien quisiera traerlo del Paraíso  donde seguramente  Dios lo tiene  y le brinda el reconocimiento y protección que aquí en la tierra  se  le escamoteó en la dimensión en que  lo merecía. En efecto, sin exageración alguna, Ramón Lozano Garcés representó la dignidad, inteligencia y carácter auténticos del  afroamericano que irrumpiera y abriera brecha en el “racismo paisa” -con ínfulas de burguesía blancoide- del Medellín de los años 30 y 40, a donde forzosamente tuvo que ir a hacer sus estudios universitarios.

Imponiéndose por su brillantez como escritor, orador e intelectual de vastísimos y profundos conocimientos y como humanista altamente sensible a las libertades individuales y derechos del hombre pregonados por la Revolución Francesa, por lo que se le consideró por sus colegas como  un fiel intérprete de la “libertad, la igualdad y la fraternidad” , que lo llevó desde muy joven a ser de los primeros pregoneros desde la academia, de la necesidad imperativa en el país de un trato igualitario a las gentes negras que convivían en la universidad y en la sociedad antioqueñas de ese entonces.

Mi padre dejó una estela amable y respetable de joven serio y estudioso en el claustro de la Universidad de Antioquia de ese entonces y en el recuerdo y aprecio de muchos de sus condiscípulos y compañeros de generación o de tertulia, entre los cuales estaban Otto Morales Benítez, ex ministro de Estado y distinguido escritor, Belisario Betancur Cuartas Expresidente de la República, Eduardo Uribe Botero – Industrial y Ex ministro de Estado, etc., etc.

Siempre he creído que tanto la nación como el Partido Liberal al cual perteneció  siempre, desperdiciaron los extraordinarios valores intelectuales, morales y humanos de Lozano Garcés solo  por motivos raciales, igual que lo hicieron con otros afrocolombianos de su época que brillaron con luz propia en diferentes escenarios, pero fueron excluidos a la hora de la distribución de los gajes del poder.

Porque así fue siempre, sirvió a su región y a su país como el que más; nunca claudicó ante el poder del dinero, el halago personal o la salema oficial. Dio pruebas concretas de ello con los debates que adelantó en la plaza pública y en el Congreso de la República hasta el día de su muerte para que Colombia emprendiera el camino de la dignidad perdida liquidando las concesiones colonialistas de explotación de  nuestros recursos naturales y se empezara a reconocer el derecho que el Chocó tiene de que fuese su pueblo el que se  aprovechase de la explotación de sus riquezas y no que tales beneficios continuasen engrosando las  ya repletas arcas del Tío Sam o las de sus satélites nacionales.

El Chocó lo exaltó, es muy cierto, pero tuvo que luchar en demasía contra las incomprensiones de sus propios coraciales y coterráneos, lo cual lo pulió y fortaleció. Ningún otro político de su época se enfrentó con tanta ardentía a los poderosos intereses de la empresas norteamericanas en Colombia con todos sus tentáculos de lobby, influencia y dinero fuertemente incrustados en los gobiernos y partidos políticos tradicionales; ninguno –diferente a él- hizo de las reivindicaciones del pequeño minero una bandera, un santuario y un himno a la libertad del hombre  y al rescate de su dignidad pisoteada por el opresor extranjero; ninguno -sólo él- luchó a brazo partido contra las instituciones retrógradas de nuestra legislación  y cierto sicariato moral  que siempre han pelechado en las débiles democracias del tercer mundo.

Porque mi padre lo dio todo por esta causa; su amor infinito y su porfía siempre fue su pueblo afrocolombiano y en especial aquel que en galeras de miseria había sido “importado” del África para los rudos trabajos de la  minería en el Chocó ante la hostilidad y negación del indio a dejarse reducir y la debilidad física  o el engreimiento de los invasores que -aunque la mayoría de ellos provenía de estratos muy bajos de la sociedad hispana de aquel entonces- en las tierras conquistadas se transformaban por arte de “birlibirloque” o por decreto del Rey en personajes con títulos nobiliarios, blasones y escudos de armas.

Porque a América el hombre africano fue traído como esclavo por los “barcos negreros”  ingleses y españoles, condición denigrante que el neocolonialismo norteamericano prolongó –aún en el siglo XX- en las regiones mineras de Hispanoamérica, de las cuales desplazó de los negocios a los españoles.

La discriminación en todos los órdenes: racial, educativo, económico, social, cultural, de salubridad. etc., que vivieron los mineros negros bajo la explotación gringa de casi tres cuartos de siglo en territorio colombiano llegó no solo a los obreros que de ellos dependían sino a los pequeños mineros que en los pueblos hacían su laboreo de subsistencia.

Aquí fue donde la figura de Ramón Lozano Garcés surgió inmensa. Nadie –a nivel de dirigente político local o nacional- distinto a él,  lucho con más vehemencia contra el imperialismo norteamericano, que en Colombia hacía y  deshacía con la protección del propio Estado. Nadie como aquel defendió con mayor ahínco y estoicismo la dignidad del negro, del indio y del mestizo y los principios básicos  de que las riquezas naturales eran para los naturales de la región y todos los hombres eran iguales ante la ley y el derecho.

Grandes volúmenes de Oro,  Platino y sus adherentes se iban al exterior sin gobierno ni ley que  pusiera límite al desenfreno. De Quibdo, Cali y Medellín y posteriormente del propio aeropuerto de Condoto –capital platinífera de Colombia- salían avionetas cargadas de los valiosos metales preciosos con destino a la zona libre de Panamá y posteriormente a los Estados Unidos, sin pagar un solo peso de impuestos en Colombia y sin siquiera rendir cuentas al Estado para el registro de estadísticas. ¿Cuanto salió ilícitamente del país durante casi medio siglo de explotación irracional y comercialización ilícita? Nadie lo podría calcular con exactitud; sin embargo, alguien que tuvo el manejo interno y permanente de la producción y –esporádico- de la Gerencia de la Compañía Minera Chocó Pacífico me aseguró que era tanta la producción no registrada que salía, que le permitió a la “Minning Internacional”, compañía Holding de la Chocó Pacífico, hacer donaciones como la que le hizo a la ciudad de Nueva York: el “Yankee Stadium”; sus comparaciones fueron tales que alguna vez me afirmó que con las solas exportaciones ilícitas de la compañía se podía pagar la deuda externa del país en ese entonces y con las utilidades lícitas se podían cubrir los gastos del presupuesto nacional de la época.

Es que aún hoy el platino –al cual van unidos el iridio, el paladio, el osmio, el rutenio y otros valiosos platinoides- sale de Colombia con rumbo al exterior sin que el país haya sido consciente del valor estratégico y económico que tienen algunos de estos platinoides que ya la NASA ha llevado a la Luna y a Marte como componentes de los sofisticados equipos utilizados.

La lucha para que Colombia tomara conciencia de la inexistencia de herramientas institucionales con las cuales controlar aquellas invasión y metodología neocolonialistas fue ardua y a cargo de muy pocos hombres que como Ramón Lozano Garcés combatieron hasta el final de sus días contra el poder de las empresas gringas que obtenían tal cantidad de utilidades excedentes en la explotación de los metales preciosos, que les permitía –sin afectar sensiblemente sus utilidades ordinarias- pagar silencio y servicios a altos, medianos y bajos funcionarios del Estado colombiano así como comprar políticos y contratar los mejores abogados del país, entre los cuales figuraron incluso importantes políticos chocoanos de la época a quienes además les financiaron sus campañas electorales.

El mundo en ese entonces era el mismo en tamaño pero muy pequeño en grandeza y solidaridad internacional. Colombia no se escapaba del adormecimiento social a que lo sometían las nacientes multinacionales, dueñas de todo, hasta de las conciencias de los dirigentes nacionales.

Solo mi padre blandía la palabra, daba enseñanza y fustigaba al gringo; su encendido discurso y su proclama llamando a la nacionalización de las minas  y a la honesta intervención y control de la comercialización de los metales preciosos por los agentes del Estado parecieron al principio un débil canto de sirena en la playa en la cual los avestruces nacionales escondían sus cabezas en la arena para no escucharlo. Eran avestruces comprometidos, habían perdido la dignidad.

El rescate  y reencuentro con los tradicionales valores del  nacionalismo bolivariano a través del legalismo santanderista fueron su meta, destino y obsesión. Probablemente, si desde aquella época hubiese planteado una lucha más frontal y revolucionaria, otros muy diferentes hubiesen sido los resultados. ¿Malos o buenos?. ¿Mejores o peores?.  La historia lo dirá.

Lozano Garcés quiso a su raza tanto como a su familia, a todo el pueblo lo amó de igual manera, a cada quien le dio su apoyo y guía. Para él,  su reducto familiar fue siempre el campamento de invierno donde retozaba y planeaba  la estrategia; así lo había visto hacer al abuelo Ramón, quien sin siquiera la educación básica primaria completa, pasaba horas y horas leyendo y escribiendo a la luz de una vela en las calurosas noches quibdoseñas, antes de partir al interior del Chocó a la conquista de amigos, “acompañado solo de  luciérnagas de esperanza”, como él mismo lo decía. Esperanzas que en los períodos en que no fungía de alcalde de algún municipio lejano, el abuelo entretejía en su máquina de coser de sastre de pueblo para sostener dignamente ocho hijos y una abnegada esposa que rendía tributo diario a  la fidelidad y al amor, Rosa Garcés Ayala.

Con cada mujer hermosa vivía mi padre su propia primavera. Se le iluminaban los ojos ante la presencia de la belleza femenina. “Belleza integral es mi ideal”, decía él poéticamente; la belleza de las descendientes de Eva debe ser espiritual y física, amorosas y fieles en su interior y esplendorosas en su exterior, exclamaba. Tenía “sangre para las mujeres” como le decía la abuela Rosa, porque llegaban a él como abejas al panal y se le rendían con extraordinaria facilidad. Tal vez por eso se llenó de hijos, 17 en total, en dos familias, a los cuales educó con dignidad y buen ejemplo moral.

Probablemente esta fue una razón más –fuera de la racial- esgrimida por la “conciencia ética” colombiana de ese entonces, mojigata y farisea, para excluirlo política y socialmente de la cúpula de gobierno del Estado,  a la cual ha debido llegar con miles de merecimientos superiores a la mayoría de los escogidos de su época.

Fue escritor de cuentos, poesía y ensayos, muchos de los cuales se publicaron elogiosamente en la prensa antioqueña de su época juvenil; igualmente  publicó una novela autobiográfica titulada “Edificio Colonial”, que describe la aventura de los primeros grupos de negros y mulatos de origen afro-chocoano que salieron a estudiar a la capital antioqueña, su choque cultural con la sociedad medellinense, la discriminación a que fueron inicialmente sometidos, la prevalencia de la razón y el derecho a la igualdad que allí impusieron y la manera como, a medida que avanzaban en sus estudios, sembraban la semilla de la inconformidad en sus familias y amigos en el Chocó por el estado de abandono y discriminación nacional a que estaba sometido el pueblo y territorio que los vio nacer.

Del culto al derecho hizo su pasión más puntual; se transformaba cuando defendía a los pobres, su entorno  y su  honor; jamás abandonó ni rechazó la causa del pueblo raso, frecuentemente atropellada por los poderosos del dinero y la política; lideró los movimientos cívicos de la época.

De su voz, la Asamblea General de las Naciones Unidas escuchó la mas airada protesta contra la discriminación de las minorías étnicas en Colombia y en el mundo que jamás vocero alguno del país haya expresado en un escenario mundial; en solo un instante en que se le dio la oportunidad de representar a la  Delegación Oficial del Estado Colombiano en ese Foro Universal, sentó su enérgico rechazo contra el “apartheid” en el mundo, lo cual le costó una agria polémica en el interior de la delegación, su regreso al país antes de concluir las sesiones ordinarias y un jalón de orejas de nuestro Canciller de ese entonces por la dureza de las expresiones “contra un gobierno amigo” refiriéndose al de Estados Unidos, al cual  siempre nuestra diplomacia ha rendido humillante pleitesía.

Su gestión como Embajador de Colombia en Jamaica la vivió el Caribe como una gran novedad: era mi padre el primer descendiente afrocolombiano que llegaba a una posición diplomática en aquella región de acentuada presencia de la raza negra. Fue una novedad muy bien recibida y -me consta porque lo viví- jamás se había visto tanta proximidad cultural de Colombia con los pueblos anglo, franco e hispano parlantes de la cuenca del atlántico, como la que abrió la diplomacia afro-americanista de  Lozano Garcés.

La dedicación permanente por su raza y por su pueblo marginado pervivió en su corazón hasta su muerte; como también sé que en el corazón de muchísima gente de esta que él sirvió y quiso, estará para siempre el recuerdo grato de mi padre. Ramón forma parte de la esencia del pueblo chocoano, su vida está ligada a su sagrada historia; vive…nunca muere…en el corazón de aquellos que luchan por su liberación y por su gloria.

Solo la enfermedad le quebrantó su cuerpo porque su alma indomable  aún señala el camino como faro de luz eterna en el firmamento del afro-colombianismo.

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