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Atalaya Columnistas Oct 15, 2012 at 11:21 pm

PROFUNDIZACIÓN SOCIALISTA EN VENEZUELA

Por: Jorge Tadeo Lozano

Estoy escribiendo este artículo solo una semana después de las elecciones generales celebradas en la República Bolivariana de Venezuela para la escogencia del líder que habrá de regir los destinos de este país petrolero y caribeño  por seis años más a partir de 2013; lo hago, cuando ya aparece consolidado y reconocido por la oposición el triunfo de Hugo Chávez Frías, quien como plan de gobierno había ofrecido  -sin ambages- “profundizar la revolución socialista”; el perdedor,  “social demócrata Henrique Capriles Radonsky”,  había ofrecido algo diferente: “un camino de cambio  sin revolución socialista pero sí con muchas más libertades y respeto por los derechos humanos”.

Digamos desde nuestro observatorio periodístico que el pueblo venezolano ha dado un ejemplo cívico extraordinario dado que realizó un proceso eleccionario que se desarrolló y culminó en paz, en el cual  prevaleció la democracia formal, donde se respetó el triunfo de quien el pueblo señaló mayoritariamente como ganador,  así los medios y recursos  utilizados en campaña  por los dos más fuertes contendores hubiesen sido desiguales y desproporcionados, pues mientras Chávez utilizó caudales públicos y el patrimonio oficial en apoyo de su campaña, Capriles solo contó con recursos y medios privados, menguados por las estrategias de la “economía socializante” del gobierno bolivariano.

Todo el mundo estuvo pendiente de las elecciones en Venezuela, pero más aún los países de América Latina, que más allá de la expectativa natural  de un debate político de cambio de gobierno, estaba ansiosa por el impacto político que el resultado pudiera producir en la geopolítica de la región y por consiguiente en la correlación de fuerzas del sub-continente.

No obstante ser Venezuela un país territorial y demográficamente pequeño, tiene un potencial petrolífero sobresaliente que lo sitúa entre las la naciones con mayores reservas de hidrocarburos del mundo y una de las primeras productoras de carburantes y sus derivados, que la hacen, por esta condición, omnipresente e influyente en la economía global y determinante para el universo en ciertos casos cruciales, mientras el petróleo continúe siendo, tanto en la guerra como en la paz de la humanidad, absolutamente necesario e ineludible.

A pesar de que las fuentes energéticas alternativas continuarán  siendo la solución ideal, soy de los que piensa que  el mundo seguirá dependiendo  del petróleo por muchas décadas más, dados los lentos y costosos avances de la ciencia y la tecnología en la aplicación masificada de aquellas y, en consecuencia, Venezuela continuará influyendo en la política petrolera mundial y a su vez en la geopolítica global, de manera preponderante.

Uno de los cargos más frecuentes de la oposición a Chávez durante la campaña pasada, suficientemente documentado, fue el de  que el  “gobierno bolivariano” estaba dilapidando los recursos públicos provenientes de la explotación del petróleo al donarlos a algunos países no productores de la región a cambio de solidaridad política internacional en el empeño del Primer Mandatario de los venezolanos de enfrentar a los Estados Unidos de América y a sus aliados del primer mundo, a los cuales tilda del “nuevo imperio colonial”, los cuestiona de estar “asfixiando la economía de los países de menor desarrollo del mundo  con Tratados de Libre Comercio inequitativos y ofensivos de la dignidad nacional” y los reta a una confrontación ideológica y socio política de regímenes “socialista y capitalista”.

Pero bien, adentrémonos en la oferta principal de Chávez a ver ¿qué es lo que puede esperar el pueblo venezolano y latinoamericano del gobierno que recomienza en 2013, después de doce años de experimento político izquierdista?: haré la “profundización del socialismo”, ha dicho él y en principio hay que creerle. Este intento no es la primera vez que ocurre en América Latina, pues se ha dado con diversidad de denominaciones y gran variedad de personajes y orígenes, provenientes unos de la civilidad y otros de la cantera militar, como es el caso de Chávez.

Lo primero que debemos hacer por responsabilidad conceptual es darle una categoría al “socialismo del Siglo XXI” o “socialismo bolivariano”, como lo autodenominan el propio Chávez y sus amigos, suponemos que para distinguirlo del “comunismo clásico” o del “socialismo castrista”, no obstante haber tomado de estas fuentes gran parte de su ideario, prácticas y estrategias. Lo ubicaremos en el “Socialismo Tercermundista”, coincidiendo con algunos politólogos que sitúan en esta categoría aquellas expresiones del “socialismo no radical”, o sea “no comunista”, tales como el nasserismo egipcio, el nehrunismo hindú, el socialismo africano, el socialismo árabe, el Frente de Liberación Argelino, el peronismo argentino y otra docena más de movimientos socialistas que en el mundo han pretendido crear su “propio perfil ideológico”.

Es obvio que el “socialismo del siglo XXI” esté enrumbándose por este sendero pues no en vano las experiencias del derrumbe del muro de Berlín, de la disolución de la “cortina de hierro”, de los cambios de las políticas económicas en la China y Cuba en materia de libre comercio, han marcado una tendencia que parece extenderse a todos los países socialistas. Además, los avances del “socialismo no marxista” que se han impuesto en la cultura política europeo-occidental, han sido paradigmáticos y dignos de imitar.

Una definición escueta y muy sencilla de “socialismo” es el control por parte de la sociedad, de todos sus elementos integrantes, tanto de los medios de producción como de las diferentes fuerzas de trabajo y de organización que concurren a ella. La gran discusión comienza cuando los radicales cambian la expresión “sociedad” por “Estado” y van aún más allá al mutar el término “Estado” por el de “Partido Político Único”, lo cual desvirtúa el buen sentido original de la definición.

En efecto, ideal que fuera la “sociedad” la que tuviese la capacidad de regularse a si misma mediante expeditos y más directos procedimientos de participación en la elaboración y enmienda  de la Constitución y de las leyes; que ella misma pudiese –mediante mecanismos prácticos de inspección y vigilancia- controlar la calidad y precios de la producción nacional; que fuese la propia sociedad la que se encargase, a través de los sindicatos de empleados, empleadores y usuarios, de reglamentar el trabajo en el campo y la ciudad, mediante estrictos regímenes de meritocracia.

Pero todo esto, dejado en manos del Estado; y más grave aún, en poder de un partido político único, sería –como en efecto ha sido hasta ahora- un absoluto desastre. Ahí están latentes las pruebas en los países de Europa oriental, en las naciones árabes y en otra docena de Estados regados por todo el mundo. Y nosotros tenemos en América Latina el ejemplo de Cuba, que no obstante mostrarnos algunos destellos de excelencia en cuanto a educación y salud, su economía y comercio exterior han decaído al extremo, en parte –es cierto- por el “inhumano bloqueo norteamericano”, también ha declinado por su estructura política y económica contaminada de “autoritarismo”, “unipartidismo” y  violación generalizada de libertades y derechos fundamentales.

El socialismo conlleva, igualmente, una planificación sistemática  y una organización colectiva metódica y consciente de la actividad social y económica que permita racionalizar el gasto público y supervisar adecuada y técnicamente  la función pública a fin de evitar la corrupción, fenómeno este que es de frecuente ocurrencia en todos los modelos de administración pública.

Si en esto consiste la profundización del socialismo, bienvenida sea; pero, si de lo que se trata es de “monopolizar la función pública en una sola cabeza en lugar de socializarla”, de limitar hasta la restricción el ejercicio de la auditoria ciudadana, de coartar libertades y derechos fundamentales        con el pretexto de la autonomía de mando, estaremos frente a una indebida utilización de las     reglas básicas  del socialismo y en cambio tendríamos que hablar de  “populismo”.

Otro tema discutible en la profundización del socialismo es el de la propiedad de los medios de producción.  En un sistema socialista radical dicha propiedad debe ser colectiva o social, no estatal, como ha sido usual en los modelos socialistas conocidos en América Latina; en la “revolución bolivariana” la propiedad colectiva está, como el modelo “bolchevique”, en cabeza del Estado, pero aún subsiste la propiedad privada de algunos medios de producción; el interrogante sería ¿su profundización significaría su total eliminación? Peligroso esquema del cual están de regreso la China y la propia Cuba y hace años retornaron la Federación Rusa y otra treintena de países.

¿En Venezuela estamos frente a un modelo socialista suigéneris?  Esperaremos a ver hasta donde llega la profundización socialista. Hay mucho camino por andar. Algunos de sus ejecutorias aún se desconocen y el mamotrético  Plan de Gobierno del candidato ganador, que debe contener las bases de la tan cacareada “profundización socialista bolivariana” tendremos que desmenuzarlo cuando tengamos la oportunidad de conocerlo y digerirlo.  Mientras tanto, continuaremos expectantes.

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