HABLEMOS DE CINE

Cine Columnistas Hablemos de Cine Jan 13, 2017 at 12:05 am
Andrew Garfield en SILENCE

Andrew Garfield en SILENCE

Por Jorge Gutman

 En su reciente film Martin Scorcese vuelve a abordar un tema por el cual guarda una afinidad especial. Como un devoto católico, que incluso en un momento de su vida había considerado el camino del sacerdocio, encontró en la novela de ficción Silence del escritor japonés Shüsaku Endo publicada en 1966 un material atractivo para encarar este film de igual nombre.Así como en 1988 realizó una obra de increíble audacia como lo fue The Last Tempation of Christ, en el drama que aquí se comenta el realizador expone el drama de un religioso que se encuentra en una encrucijada cuando su fe es alimentada por la duda al enfrentar serios obstáculos.

La acción que se desarrolla a mediados del siglo XVII presenta a dos jesuitas portugueses, Sebastiao Rodrígues (Andrew Garfield) y Francisco Garrpe (Adam Driver) quienes se encuentran preocupados por no tener noticias del Padre Cristovao Ferreira (Liam Neeson), mentor espiritual y gran amigo de ambos. Por esa razón deciden viajar a Japón para saber de él y al llegar a destino, después de permanecer ocultos por cierto tiempo, resultan capturados por el gobierno militar feudal allí vigente; sus autoridades torturan y llegan a matar sádicamente a todos aquellos cristianos que se niegan a apostatar, para evitar de esa manera que la filosofía cristiana eche raíces en el país.

A través de la adaptación realizada por Scorsese y Jay Cocks, el guión se centraliza fundamentalmente en Rodrigues una vez que se separa de Garrpe cuando sus caminos se bifurcan. Es ahí donde se refleja la profunda angustia que se apodera del religioso al contemplar las brutales escenas de crueldad infligidas por los japoneses. El clima dramático adquiere su máxima tensión cuando el noble jesuita, que resiste a renunciar a su fe, enfrenta a un sutil inquisidor (Issey Ogata) quien le hace saber que si decide apostatar podrá salvar de la muerte a la comunidad cristiana. Ese es el conflicto espiritual que tortura a Rodrígues entre ceder a la presión convirtiéndose en un apóstata o por el contrario mantener su profunda devoción religiosa y fidelidad a la Iglesia siguiendo los pasos de Jesucristo.

El relato es ciertamente inquietante, perturbador y plantea preguntas que quedan sin responder, entre ellas, a saber:¿en que difiere la existencia de una deidad divina para la doctrina cristiana y la concebida por el budismo japonés?; ¿El Dios todopoderoso aprueba con su silencio el martirio de sus súbditos recompensándolos en el más allá con el divino paraíso?; ¿Cuál es en última instancia el sentido de la vida y la muerte entremezclada con la fe profesada por el ser humano en su ofrenda a Dios?

Por lo que antecede, este tema tan debatido en cine por otros grandes realizadores -como por ejemplo quedó expuesto en la obra cumbre de Carl Dreyer en “La passion de Jeanne d’Arc (1928) o bien en el excelente film de Robert Bresson Journal d’un curé de champagne (1951)- es sin duda apasionante. En este caso, es loable la intención de Scorsese de volver sobre la materia; sin embargo, a pesar de su correcta puesta en escena y de un cuidadoso encuadre, Silence no se encuentra entre sus obras más importantes. Eso es debido a que su narración se torna lánguida en gran parte de su metraje que excede las dos horas y media de duración; recién en la parte final es cuando el ritmo del film cobra vuelo a través del tenor de la importante conversación que mantiene Rodrigues con el localizado Padre Ferreira, la que no está exenta de ciertas connotaciones filosóficas.

Consideraciones narrativas al margen, este drama espiritual sobre la intolerancia religiosa se destaca por sus valores estéticos; en tal sentido Scorsese contó con la valiosa colaboración del excelente director de fotografía Rodrigo Prieto captando imágenes de esplendorosa belleza además de recrear el ambiente del Japón medieval, a pesar de que su filmación tuvo lugar en Taiwán.

Janelle Monáe, Taraji P. Henson y Octavia Spencer en HIDDEN FIGURES

Janelle Monáe, Taraji P. Henson y Octavia Spencer en HIDDEN FIGURES

HIDDEN FIGURES. Estados Unidos, 2016. Un film de Theodore Melfi

¡Qué película plancetera! Ése ha sido mi sentimiento al terminar de ver este agradable film que utilizando como telón de fondo la carrera espacial que tuvo lugar en Estados Unidos, ilustra el tema de la discriminación racial. Si bien éste tópico no es precisamente motivo de regocijo, lo cierto es que el realizador Theodore Melfi   imprime al relato un tono decididamente optimista tratando de reivindicar no solamente el derecho de los negros de recibir igual trato que la población blanca sino también el rol de la mujer en un mundo machista.

La acción transcurre a principios de la década del 60, en plena guerra fría, donde el país americano se ha propuesto demostrar a la Unión Soviética su hegemonía en la conquista del espacio proyectando enviar un hombre en órbita. Para su programa de lanzamiento, la NASA en su centro de investigación requiere la asistencia de computadoras humanas. Es allí que surge la presencia de tres excepcionales mujeres negras que trabajando para la agencia contribuirán considerablemente al éxito del proyecto.

Una de ellas es Katherine Jones (Taraji P. Henson), una mujer viuda y madre de tres hijos, quien despierta la atención de su jefe Al Harrison (Kevin Costner) que lidera el Space Task Group (grupo destinado a dar forma al proyecto espacial); él queda asombrado al descubrir el excepcional nivel de inteligencia matemática de Katherine actuando como si fuera una verdadera computadora en una época completamente alejada de la tecnología actual. A pesar de la indiferencia de sus colegas, a medida que transcurren las semanas, ella se convierte en una figura clave del programa; así, llega a impresionar con sus cálculos matemáticos a algunos miembros del Pentágono al ofrecer una sesión informativa acerca del reingreso a la atmósfera terrestre en el primer vuelo orbital que sería realizado por un astronauta americano.

La otra mujer es Dorothy Vaughan (Octavia Spencer), quien dominando el lenguaje de la computadora se convierte de hecho en la primera supervisora negra de la NASA aunque no reconocida como tal por la frialdad con que es tratada por su jefa (Kristen Dunst), obviamente debido al color de su piel. El trío se completa con Mary Jackson (Janelle Monáe) quien como mujer negra debe luchar para que sea admitida en un importante programa para estudiantes blancos a fin de poder graduarse como ingeniera.

El relato muestra la interacción entre Katherine, Dorothy y Mary, resaltando la amistad existente entre ellas y el permanente apoyo que unas a otras se brindan frente a la segregación racial. Describiendo hechos que realmente han ocurrido, deberán aceptarse ciertas licencias incorporadas en el guión de Allison Schroeder y del realizador en base al libro de no ficción de Margot Lee Shetterly; en todo caso eso no afecta al contenido de una historia que adopta un tono feminista exponiendo muy bien el prejuicio sexista y racista prevaleciente. En cuanto a este último aspecto, además de resaltar los episodios de humillación experimentados por Dorothy por una parte y Mary por la otra, resulta interesante observar la discriminación sufrida por Katherine quien para poder asistir al único baño destinado a los negros debe efectuar un recorrido de trescientos metros para llegar a destino y repetirlo para retornar a su puesto de trabajo.

El film incorpora una nota de suspenso hacia el final cuando John Glenn (Glen Powell) es lanzado al espacio y se requiere la participación urgente de Katherine para que el astronauta pueda efectuar un satisfactorio reingreso a la Tierra. Sin ser una obra maestra, hay varias razones que distinguen a este melodrama histórico como lo son su noble mensaje, la dinámica realización de Melfi imprimiendo notable humanidad al relato, la buena descripción del equipo de trabajo de la NASA y su consumado elenco donde se destacan las excelentes composiciones de Henson, Spencer y Monáe animando a estas figuras ocultas que han sido verdaderas heroínas prácticamente desconocidas.

Para resumir en pocas palabras: Hidden Figures es una película meritoria y altamente tonificante.

Lewis MacDougall en A MONSTER CALLS

Lewis MacDougall en A MONSTER CALLS

A MONSTER CALLS. Estados Unidos-España, 2016. Un film de Juan Antonio Bayona

El director español Juan Antonio Bayona ofrece con A Monster Calls, un buen film en el cual la realidad se cruza con la fantasía manteniendo un delicado equilibrio.

El relato que se basa en un cuento infantil de Patrick Ness, quien también se ocupó de su adaptación cinematográfica, centra su atención en Conor O’Malley (Lewis MacDougall), un niño de 12 años que lleva en sus hombros una pesada carga de angustia emocional. Hijo de un matrimonio separado, sufriendo el acoso de sus compañeros de escuela, su malestar llega al máximo al tener que estar viviendo el drama de ver a su madre (Felicity Jones) en el hospital donde se encuentra en un estado moribundo por el cáncer que la está consumiendo. Para peor, el chico convive con su abuela (Sigourney Weaver) con quien mantiene una relación fría y distante.

Frente a lo que antecede, Conor encuentra una salida a su desdicha apelando a la imaginación; es así que diariamente, 7 minutos después de la medianoche, un gigantesco árbol cobra vida con la aparición de un monstruo (Liam Neeson) que lo visita y que no resulta ser tan horroroso como uno podría suponer. Más aún, actuando como su guía el monstruo le cuenta tres fábulas para que posteriormente el niño le provea la suya. Es allí, donde el relato efectuando un giro del terreno real a lo fantástico adquiere relevancia a medida que los encuentros del niño con el gigantesco árbol constituyen para él un tratamiento terapéutico capaz de hacerlo madurar y de poder vencer su inseguridad; de esa manera, Conor logra aceptar la realidad que le circunda con el próximo final de su madre.

Además de una muy buena actuación de conjunto, el film se destaca por sus apreciables técnicas de animación acudiendo a imágenes generadas por computadora donde se reflejan las pesadillas sufridas por el niño, así como la acertada integración del ficticio árbol cada vez que irrumpe en el relato.

Bayona que tan bien exploró el género fantástico en El Orfanato (2007), permite una fluida transposición del melodrama a la fantasía con la característica que al hacerlo transforma una historia triste y amarga en un relato emotivo. De este modo, esta sombría fábula confirma el estilo personal del realizador que se distingue por su capacidad de innovación.