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Cine Columnistas Hablemos de Cine Jun 23, 2017 at 12:05 am
Batyste Fleurial, Patrick Bruel y Dorian Le Clech en UN SAC DE BILLES

Batyste Fleurial, Patrick Bruel y Dorian Le Clech en UN SAC DE BILLES

Por Jorge Gutman

Después de haber sido filmada en 1975 por Jacques Doillon, la conmovedora novela autobiográfica Un Sac de Billes de Joseph Joffo publicada en 1973 es objeto de un nuevo tratamiento por parte del director canadiense Christian Duguay. El novelista francés se había basado en su experiencia cuando como niño judío en la Francia ocupada por los alemanes en la Segunda Guerra huyó de París con su hermano para escapar de la persecución nazi; en este caso, la adaptación realizada por Duguay y Benoît Guichard es muy convincente al transmitir transmitir cabalmente los sinsabores reflejados por Joffo en su libro.

La acción comienza en París en 1942, período en que la ciudad se encuentra bajo la ocupación alemana. Allí vive el matrimonio judío integrado por el peluquero Roman Joffo (Patrick Bruel) y su esposa Anna (Elza Zylberstein) con sus dos hijos menores, Joseph (Dorian Le Clech) y Maurice (Batyste Fleurial), de 10 y 12 años respectivamente y sus dos hijos mayores Henry (César Domboy) y Albert (Ilian Bergara). En la medida en que la situación se agrava día a día para quien es judío, Henry y Albert parten para Niza que por el momento constituye una zona libre de nazis y la vida es más tranquila bajo la autoridad conciliadora de las tropas italianas allí apostadas. Por su parte cuando Joseph y Maurice son golpeados por sus compañeros en la escuela a la que asisten y están obligados a usar la estrella amarilla con la inscripción de “judío”, Roman considera que el resto de la familia también debe dejar inmediatamente París y trasladarse a la Riviera francesa; a fin de no despertar sospechas, el padre considera que los niños viajen separadamente.

El trayecto de los chicos no está exento de peligros donde casi se encuentran a punto de ser capturados por los alemanes pero con la suerte a su favor logran salvar los obstáculos. Al arribar a Niza, donde se produce el reencuentro de todos los miembros de la familia, sobreviene la calma aunque por breve tiempo; así, tres meses después cuando Mussolini es arrestado, las fuerzas nazis llegan al lugar. Eso motiva a que nuevamente la familia se disgregue y que Joseph y Maurice se vean obligados a separarse de sus padres y hermanos mayores, compartiendo solos la triste aventura de supervivencia.

Centrando la atención en estos preadolescentes, puede observarse cómo los momentos de natural despreocupación propios de la edad y la camaradería que los une los convierten en seres vulnerables cuando van tomando conciencia de la situación de peligro que van atravesando, sobre todo cuando llegan a ser detenidos por los nazis y para ocultar su origen señalan que son argelinos; a pesar de que no logran convencer a sus captores, la buena voluntad de un médico que los examina (Christian Clavier) y la gran nobleza de un cura local permiten que ambos sean liberados.

Si bien el tema basado en hechos reales se presta para que el relato pueda convertirse en un melodrama lacrimógeno, el realizador sin acudir a golpes bajos demuestra ser un muy buen narrador. Así privilegiando el vínculo humano y resaltando el amor de la familia, logra plasmar una historia muy emotiva que se evidencia en varias secuencias; así, resulta conmovedora la escena en que Roman ordena a sus hijos que nieguen terminantemente su identidad judía frente a terceros, o bien aquella otra que se produce en el momento de la separación.

La interpretación es excelente; comenzando por Bruel quien destila una arrolladora humanidad en la composición de su personaje. En todo caso, el film pertenece a los menores y en tal sentido Le Clech asumiendo el rol protagónico de Joseph deslumbra por la forma en que su personaje refleja sus sentimientos que alcanza su climax en la escena final donde nadie puede permanecer indiferente contemplando su actuación; a su lado, igualmente se destaca Fleurial. Sin previa experiencia actoral, ambos jóvenes intérpretes ofrecen una soberbia composición de los dos hermanos, transmitiendo el fuerte vínculo fraternal, la solidaridad existente entre ellos y las emociones que viven contemplando la violencia de una guerra de la cual tratan de escapar.

Observando este film cabe la pregunta si acaso se justifica mostrar una vez más los horrores del nazismo. Teniendo en cuenta que lamentablemente la exclusión y el racismo no han desaparecido por completo, esta nueva versión vertida con nobleza y honestidad se justifica para que los jóvenes de la actual generación tengan una clara idea de lo que significó el Holocausto, una de las tragedias más grandes en la historia de la humanidad.

Nicolas Bedos y Doria Tillier en MONSIEUR ET MADAME ADELMAN

Nicolas Bedos y Doria Tillier en MONSIEUR ET MADAME ADELMAN

 

MONSIEUR ET MADAME ADELMAN. Francia-Bélgica, 2017. Un film de Nicolas Bedos

En su doble condición de director y actor, Nicolas Bedos retrata a una pareja a través de un período de 45 años de convivencia.

Como primer film, la labor de Bedos es ambiciosa donde valiéndose de su propio guión escrito con Doria Tiller, logra una comedia dramática que sin ser completamente original, permite al espectador sumergirse en el relato y reflexionar una vez más sobre lo que es el amor y cómo puede ser mantenido durante un largo lapso, tal como acontece en este relato.

El film comienza con el reportaje que un periodista (Antoine Gouy) le hace a Sarah Adelman (Doria Tillier), instantes después del funeral de su marido Victor de Rochemont (Nicolas Bedos), un reputado miembro de la academia francesa. La crónica de la viuda comienza a partir del momento en que llegan a conocerse en 1971, donde ella es una brillante estudiante de doctorado en literatura, y él un aspirante escritor atravesando algunos momentos difíciles en el proceso de creación literaria. Si bien el primer encuentro es simplemente carnal, a medida que se frecuentan y después de un complicado noviazgo se produce el casamiento de la pareja. A partir de ese momento Sarah constituye un verdadero sostén en el trabajo realizado por su marido leyendo cada uno de sus manuscritos antes de la publicación de su primera novela.

Entre algunas situaciones en las que Sarah pasa revista a su vida en común se encuentra aquélla en que Victor llega a conocer a su familia judía cuyos padres han sufrido los horrores del Holocausto; allí queda impresionado cuando su suegro (Ronald Gutman) le hace ver que los judíos, más allá de todo sufrimiento, nunca han perdido el sentido del humor, aspecto que se puede comprobar en las obras de los más prestigiosos autores de ese origen; es así que Victor decide dejar su apellido original para adoptar de allí en más el de su esposa.

Profesionalmente el escritor obtiene el prestigioso Premio Concourt donde rápidamente se convierte en una prestigiosa personalidad, mientras que su mujer queda relegada a un segundo plano. Sarah no guarda reparo alguno para contar al periodista que la entrevista los distintos altibajos acaecidos durante esa larga vida en común; así, no faltan los momentos de crisis con episodios de infidelidad, otros de inusitada crueldad sobre todo en la forma en que Victor menosprecia a su pequeño hijo considerándolo un idiota por haber nacido con un retardo mental, los momentos de reconciliación de la pareja y algunas referencias al proceso de envejecimiento y sus consecuencias.

En algunos momentos el relato remite a algunos de los filmes de Woody Allen como también al del magistral Ingmar Bergman sobre los embates de la vida conyugal, aunque de ningún modo alcanza el nivel logrado por estos dos directores. De todos modos, el film se nutre de algunos diálogos jugosos y situaciones bien risueñas como las que acontecen en la secuencia de una cena navideña que se desarrolla en la casa del padre de Víctor (Pierre Arditi).

La dirección es fluida y la interpretación muy convincente donde sus dos protagonistas mantienen una buena complicidad, aspecto que no es de extrañar puesto que en la vida real Bedos y Tillier son marido y mujer. A pesar de que el film no puede evitar ciertos clichés, ofreciendo en su tramo final un artificioso dramatismo, esos elementos no alcanzan a desmerecer sus logros mereciendo su recomendación.

BRIAN COX en CHURCHILL

BRIAN COX en CHURCHILL

 

CHURCHILL Gran Bretaña, 2017. Un film de Jonathan Teplitzky

Con Churchill se produce una vez más el caso donde la excepcional actuación de un artista puede llegar a compensar algunas objeciones que un film puede adolecer. Teniendo como telón de fondo la Segunda Guerra Mundial, el guión preparado por el renombrado historiador neocelandés Alex von Tunzelmann no pretende incursionar en una biografía de Winston Churchill sino enfocar al gran gobernante británico durante los tres días que precedieron a la operación “Overlord” vinculada con el desembarco de las tropas aliadas en Normandía en junio de 1944. Brian Cox es el extraordinario intérprete que anima al Primer Ministro y a través de su caracterización es imposible no compenetrarse con el estado anímico de un hombre escéptico frente a la medida que Estados Unidos con sus aliados, incluyendo Gran Bretaña, se proponen adoptar para replegar a las tropas nazis del territorio francés.

En la primera escena se lo observa transitando por la orilla de una desolada playa junto a su querida esposa Clementine (Miranda Richardson) donde en su mente surgen los recuerdos de la Primera Guerra Mundial cuando en el campo de batalla de Gallipoli más de 50.000 jóvenes reclutas perdieron sus vidas, donde la mayor parte de los mismos eran británicos. Ésa es la razón por la que Churchill considera que la operación que está próxima a realizarse pueda fracasar y con ello la consecuencia sería el exterminio de aproximadamente 20.000 soldados de la actual generación.

Todo el relato gira en torno de la angustia y depresión que siente este hombre al no querer cargar en su conciencia la muerte de inocentes personas en una misión que considera altamente arriesgada. Dentro de ese marco, se lo ve malhumorado e irascible, volcando su amargura en un trato muchas veces descortés con su tolerante dactilógrafa (Ella Purnell), como así también con su abnegada esposa que constituye la voz de la mesura aconsejándolo en esas difíciles horas. Simultáneamente se asiste a las discusiones que Churchill mantiene con el Presidente Eisenhower (John Slattery) y el general Bernard Montgomery (Julian Wadham) quienes no dudan que deben actuar conjuntamente para aplastar a los nazis. Cuando llega el histórico día “D”, Churchill resulta persuadido y no es sorpresa alguna que la operación resulta exitosa.

Como ya se ha señalado, Cox revive estupendamente al gran estadista donde incluso el aspecto físico del actor guarda gran parecido con el personaje que caracteriza. A su lado cabe destacar el logrado desempeño de Richardson como la abnegada y firme esposa que es la única que consigue que su marido finalmente deje a un lado su obstinación y entre en razones.

La observación que merece este film es que en su tratamiento el relato enfoca un tema que después de cierto lapso tiende a repetirse, además de resultar demasiado dialogado. En todo caso estos pormenores no mitigan las buenas intenciones del realizador al enfocar la vulnerabilidad de un hombre políticamente poderoso y nutrido de gran integridad que no puede dejar de considerar el alto costo de una guerra en término de vidas humanas.