HABLEMOS DE CINE

Cine Columnistas Hablemos de Cine Nov 17, 2017 at 12:30 am
Julia Vysotskaya en PARADISE

Julia Vysotskaya en PARADISE

Por Jorge Gutman

El tema del Holocausto ha sido considerado por el cine en numerosas oportunidades y en este caso el veterano realizador ruso Andrei Konchalovsky vuelve a abordarlo aunque sin mayor impacto.

Un aspecto importante para la apreciación de un film es la forma en que está narrado donde su claridad constituye un importante factor para comprender su intención y saber hacia dónde se dirige. En este caso Konchalovsky adopta una estructura extraña con tres líneas narrativas imprecisas que no terminan de convencer.

Cada uno de los tres personajes centrales se dirige a la cámara ofreciendo un testimonio como si alguien le estuviese interrogando. El relato que comienza en 1942, durante la ocupación alemana en Francia, presenta en sus primeras escenas a Jules (Philippe Duquesne), un funcionario policial francés que colabora con el régimen nazi. A su despacho le es traída Olga (Julia Vysotskaya), una joven rusa aristócrata que emigró a Francia y que ha sido arrestada por albergar a niños judíos; como Jules gusta de ella, a cambio de favores sexuales ella es pasible de un castigo menos severo. El tercer personaje es Helmut (Christian Clauss), un oficial nazi ferviente admirador de Hitler que está cargo de un campo de concentración donde Olga ha sido trasladada. Resulta que Helmut y la prisionera se habían conocido una década atrás habiendo mantenido una febril relación sentimental; al resurgir la pasión de antaño, Olga es destinada por su amante a realizar trabajos livianos de limpieza. Cuando la guerra concluye y se aprecia la suerte que han corrido sus protagonistas, parece ser que las narraciones de los tres personajes han sido hechas desde el más allá, quizá aludiendo al paraíso aludido por el título del film.

A pesar de una buena actuación y la satisfactoria fotografía en blanco y negro de Alexander Simonov este film no logra conformar, aunque posee algunas ideas no desdeñables como el idealismo de Jules hacia el nazismo así como las motivaciones morales de cada personaje. La falta de envergadura dramática sobre un tema tan candente como el del Holocausto, originado en gran parte por el confuso guión del realilzador y Elena Kiseleva, impide que esta historia cobre aliento y consiga subyugar.

 

LE FIDELE (Racer and the Jailbird). Bélgica-Francia, 2017. Un film de Michael R. Roskam

Un muy buen thriller romántico es Le Fidèle gracias al ritmo fluido impreso por el realizador belga Michael R. Roskam quien es igualmente autor del satisfactorio guión escrito con Thomas S. Bidegain y Noé Debre.

La acción que transcurre en Flandes y Bruselas presenta a Gino (Matthias Schoenaerts), un delincuente quien con su banda criminal se dedica a asaltar establecimientos bancarios. El azar produce su encuentro con Bibi (Adèle Exarchopoulos), una eficiente corredora de autos muy segura de sí misma; en la primera charla mantenida Gino se presenta como un importante hombre de negocios dedicado a la importación y exportación de automóvil, ocultando por completo que es un malhechor. La atracción inicial que surge entre ambos prontamente se convierte en un ardiente romance a pesar de los diferentes medios en que cada uno de ellos se desenvuelve. La transformación que él experimenta gracias a esa relación motiva a que seriamente considere dejar sus actividades delictivas para dedicarse a Bibi y comenzar una nueva vida. Sin embargo y cediendo al clásico esquema de que siempre existe un golpe final, Gino decide no desencantar a sus asociados y participar por última vez en una operación de alto riesgo con resultados diferentes a los inicialmente previstos.

Además de una intriga bien urdida que se va intensificando a medida que la historia transcurre y de una acción a todo galope, el trágico amor de sus personajes titulares contribuye a crear una empatía por parte del público.

Filmado con un depurado y refinado estilo, sin permitir que los pasajes de vertiginosa acción adquieran visos exagerados de violencia ni de bruscas explosiones, el realizador ha contado a su favor con la muy convincente participación de sus dos actores protagónicos. La buena química existente entre Schoenaerts y Exarchopoulos permite una lograda caracterización de sus respectivos personajes transmitiendo el encanto sensual y la humanidad que emanan de los mismos.

Dicho lo que antecede, este drama sin alcanzar los niveles de una obra maestra es ampliamente convincente y confirma el talento del director que comenzó a evidenciarse en Bullhead (2011) y The Drop (2014).

Millicent Simmonds en WONDERSTRUCK

Millicent Simmonds en WONDERSTRUCK

WONDERSTRUCK. Estados Unidos, 2017. Un film de Todd Haynes

Después de haber deleitado al público con el magnífico melodrama Carol (2015), el veterano realizador Todd Haynes retorna con Wonderstruck, una fábula basada en la novela de Brian Selznick quien es también autor del guión. Si en principio podría suponerse que su historia está principalmente dirigida al público infantil, el realizador la innova para que la audiencia adulta pueda asimismo apreciarla.

El relato está estructurado en dos historias que transcurren paralelamente en épocas diferentes. En la primera de ellas que se desarrolla en 1927 y está filmada en blanco y negro, se asiste a las vicisitudes de Rose (Millicent Simmonds), una niña de 14 años sorda de nacimiento, que se desplaza a Nueva York para tratar de encontrar a Lilian Mayhew (Julianne Moore), una estrella de cine, como así también a Walter (Cory Michael Smith), su hermano mayor. La otra historia que tiene lugar en 1977 y está filmada en colores se centra en Ben (Oakes Fegley), un niño de 12 años que es huérfano de madre (Michelle Williams) y que a causa de un accidente ha perdido la audición; como nunca ha llegado a conocer a su padre, desde Minnesota se dirige a Manhattan para tratar de ubicarlo.

Resulta indiscreto agregar algo más sobre su trama; basta señalar que Haynes ha logrado que los dos relatos queden muy bien ensamblados donde habida cuenta de las diferentes épocas en que transcurren los   destinos de Rose y Ben coincidirán en el Museo de Historia Natural de Nueva York.

El film que culmina con un poético desenlace cuenta con una lograda actuación de sus dos jóvenes actores protagónicos: Simmonds que es sorda en la vida real transmite naturalidad a la vez que sensibilidad y ternura a su personaje en tanto que Fegley igualmente infunde autenticidad al suyo.

Resulta meritoria la labor de montaje de Affonso Goncalvez permitiendo que sin saltos ni fisura alguna se pueda asistir al viaje pendular del tiempo; asimismo, los impecables diseños de producción de Mark Friedberg reproducen acertadamente la ciudad neoyorkina de los años 20 y 70 brindándole un toque mágico.

Colin Farrell en THE KILLING OF A SACRED DEER

Colin Farrell en THE KILLING OF A SACRED DEER

THE KILLING OF A SACRED DEER. Grecia-Gran Bretaña-Estados Unidos, 2017. Un film de Yorgos Lánthimos.

Abordando un tema absurdo y rebuscado que en muchos casos trata de apelar al terror manipulando al espectador es lo que se aprecia en The Killing of a Sacred Deer del realizador griego Yorgos Lánthimos.

Su tema gira en torno de Steven Murphy (Colin Farrerll), un cirujano cardíaco de clase media felizmente casado con una oftalmóloga (Nicole Kidman) y viviendo plácidamente con dos hijos de 14 y 12 años de edad. Misteriosamente él se relaciona con Martin (Barry Keoghan), un extraño adolescente que con su semblanza inocente y adoptando una actitud amigable va convirtiéndose en un ser perversamente cruel. Pronto se sabrá que este joven perdió a su padre que sufría del corazón cuando Steve lo estaba operando y no logró salvarlo. Apelando a sus poderes sobrenaturales, Martin decide sádicamente vengarse del cirujano forzándolo a matar a algún miembro de su familia si quiere evitar que los restantes mueran.

El relato basado en el guión del realizador y Efthymis Filippou artificiosamente apela a una serie de simbolismos queriendo alegóricamente reflejar la culpabilidad de la burguesía así como la desoladora angustia que acosa a nuestra sociedad. Sin embargo su tono surrealista y la creación de un clima de horror con atisbos de tragedia griega que remite al mito de Ifigenia de Eurípides, resulta frustrante. Esencialmente, el espectador se encuentra frente a un thriller de exasperante frialdad que en forma gratuita crea una violencia emocional, además de apelar a situaciones de dudoso gusto. En cuanto a las interpretaciones del elenco, las mismas son inobjetables aunque el inhumano relato no permite conmiseración alguna con sus personajes.

Denis Podalydès en LES GRANDS ESPRITS

Denis Podalydès en LES GRANDS ESPRITS

LES GRANDS ESPRITS. Francia, 2016. Un film escrito y dirigido por Olivier Ayache-Vidal

Una vez más el cine francés considera el tema de la educación escolar a través de docentes que vuelcan su pasión para cumplir con la noble misión de transmitir conocimiento a quienes les asisten el legítimo derecho de recibir una buena educación formal.

En tal sentido Les Grands Esprits es un noble film donde el director Oliver Ayache-Vidal ofrece su visión personal sobre el funcionamiento del sistema educacional de Francia. El personaje central es François Foucault (Denis Podalydès), un buen y exigente profesor de literatura que se desempeña en un prestigioso liceo de París. Razones ajenas a su voluntad lo obligan a tener que aceptar su transferencia por un período de un año a una escuela suburbana donde el alumnado está integrado por estudiantes pertenecientes a familias muy humildes. A todas luces resulta evidente el gran contraste socio-cultural que existe entre el medio ambiente en el que Foucault habitualmente se desempeña y el que ahora le toca actuar. Así debe afrontar la difícil tarea de vincularse con un alumnado completamente indisciplinado que le manifiesta su hostilidad y desconfianza. Esa actitud no está exclusivamente dirigida a él sino también es experimentada por sus otros colegas; de allí que no resulta extraño la intervención del comité disciplinario del establecimiento aplicando en ciertos casos sanciones de severa dureza.

Prontamente el docente constata que sus métodos de enseñanza aplicados en París no se ajustan al nuevo ambiente escolar. Entre sus alumnos más complicados se encuentra Seydou (Abdoulaye Diallo), un adolescente de origen africano con serios problemas de conducta. Teniendo en claro que debe lidiar con estudiantes provenientes de hogares desfavorecidos Foucault adquiere plena vivencia de la realidad social en que se está desenvolviendo; en consecuencia, realiza el máximo esfuerzo para lograr el acercamiento con el perturbador Seydou. La persistencia y buena voluntad del profesor permitirá que al finalizar el año escolar haya logrado elevar el espíritu del muchacho y de la clase en general como al propio tiempo conseguirá expresar en mejor medida sus emociones al reflejar los nobles sentimientos que lo animan.

Este drama transmite verazmente la situación que atraviesan los educadores como Foucault y sus colegas frente a un discutible sistema educativo donde no solamente enfrentan la falta de apoyo de las autoridades escolares sino también la de los padres de los alumnos.

Con un guión coherente y fluido del realizador, el film ofrece varios tópicos que se aprestan a la reflexión como así también para su discusión posterior después de su proyección; entre ellos, surge la pregunta si acaso es mejor expulsar a un adolescente de la escuela debido a su conducta rebelde y exponerlo a que pueda llegar a a ser un potencial delincuente, o en cambio adoptar medidas más conciliatorias para tratar de protegerlo y conseguir que su educación le permita alcanzar un futuro más venturoso.

Ayache-Vidal ha logrado un film serio y honesto de contenido social contando con un buen elenco encabezado por Podalydès quien magníficamente trasciende cómo un educador de alma capaz de influir positivamente en la conducta y aprendizaje de sus alumnos.