HABLEMOS DE CINE

Cine Columnistas Hablemos de Cine Mar 9, 2018 at 1:06 am
Kristin Scott Thomas en THE PARTY

Kristin Scott Thomas en THE PARTY

Por Jorge Gutman

En lo que es sin duda el film más accesible de Sally Potter, la realizadora de The Tango Lesson (1997) y Orlando (1992), aborda en The Party  una comedia satírica de humor negro que transcurre en Londres.

La fiesta a la que alude el título del film consiste en una cena que  Janet (Kristin Scott Thomas) ofrece a sus amigos para celebrar su nombramiento como ministra de salud en el gabinete de oposición al gobierno de turno; ella está casada con Bill (Timothy Spall), un hombre bastante mayor que ella, quien al comenzar la acción aparece un tanto deprimido y perdido en la bebida y la música.

Poco a poco van llegando los invitados. Entre los mismos se encuentra April (Patricia Clarkson), una cínica americana acompañada de su esposo Gottfried (Bruno Ganz) a quien trata con completo desprecio y pareciera que es la última vez que salen juntos porque están a punto de divorciarse; también se presenta Martha (Cherry Jones) y al poco tiempo su pareja lesbiana Jinny (Emily Mortimer) que está feliz porque se enteró que está aguardando trillizos. Finalmente irrumpe  Tom (Cillian Murphy) sin su esposa;  encontrándose en un  estado de rara excitación lo primero que hace es acudir al cuarto de baño urgido en aspirar un poco de cocaína para tranquilizarse.

Los modales de este grupo al principio civilizado tienden a alterarse bruscamente cuando surgen algunas revelaciones de Bill; en principio él despierta conmiseración al manifestar que se encuentra en un estado terminal de cáncer para después revelarse un secreto muy bien guardado hasta ese entonces y que afectará a todos los allí presentes;  en consecuencia, la  amigable reunión se convierte poco menos que en un caos infernal, donde no faltarán agresiones verbales,  trompadas a mano limpia y reacciones histéricas a más no poder.

Desde una óptica realista, lo expuesto no admite un análisis profundo. No obstante hay que considerar que Potter quiere que el público que la sigue  se ría frente a las improbables  situaciones que ofrece en esta farsa; de todos modos, ella aprovecha para lanzar sus dardos criticando  el feminismo, la política, el adulterio, el discutible sentido de la amistad, los dudosos manejos financieros y otras yerbas dentro del marco de una sociedad burguesa.

Aunque puede que el humor seco e ironía del relato no llegue a un público masivo, lo que no cabe duda es que quienes vean este film apreciarán las actuaciones de su elenco; en tal sentido,  la directora permite que cada uno de los intérpretes se luzca ampliamente en la caracterización de su respectivo personaje. Otro aspecto a su favor es la breve duración de 71 minutos permitiendo que los invitados a esta cena no prolonguen innecesariamente su visita.

 

NOSTALGIA. Estados Unidos, 2017. Un film de Mark Pellington

John Hamm en NOSTALGIA

John Hamm en NOSTALGIA

Según el diccionario, la palabra “nostalgia” se refiere al sentimiento de pena por la lejanía, la ausencia, la privación o la pérdida de alguien o algo querido. Esa definición se ajusta muy bien  al contenido de este film. Por su naturaleza melodramática y sentimental es muy posible que el drama de Mark Pellington divida a los críticos, pero para quien escribe estas líneas este melodrama sincero y honesto transmite verazmente lo que se siente al momento de tener que liberarse de objetos que independientemente de su valor monetario han sido conservados sentimentalmente por largo tiempo.  Desde su apacible comienzo hasta su dramático desenlace Nostalgia es un film que motiva a pensar sobre lo que representa aquello que al extinguirse el ciclo de la existencia humana no es posible ser llevado consigo.

El guión del realizador con la colaboración de Alex Ross Perry está estructurado en tres partes a través de un hilo conductor muy bien hilvanado. En su primera parte el relato introduce a Daniel (John Ortiz), un agente evaluador de una compañía de seguros que efectúa una visita al hogar del jubilado anciano Ronald (Bruce Dern) para efectuar una estimación de los bienes que posee a pedido de su nieta Bethany (Amber Tamblyn); ahí se puede contemplar una enorme cantidad de objetos vinculados a su pasado. Posteriormente Daniel sale al encuentro de Helen (Ellen Burstyn), una viuda cuya casa fue presa de un voraz incendio y únicamente quedó intocable una celebrada pelota de béisbol que ha sido traspasada a través de varias generaciones en la familia de su esposo.

Es aquí que se asiste a la segunda parte de esta historia, donde ahora se sigue la trayectoria de esta humilde mujer que acepta vivir temporalmente en lo de su hijo Henry (Nick Offerman); él le sugiere la idea de residir en un hogar de ancianos para resolver el problema, pero Helen no se encuentra aún preparada para ello. En cambio, para atenuar en parte su difícil situación financiera ella viaja a Las Vegas para entrar en contacto con Will (Jon Hamm) un revendedor de artículos deportivos de colección, a fin de que este hombre evalúe la valiosa pelota de su marido y su posible compra.

De allí en más el film entra en su componente final siguiendo los pasos de Will, un noble individuo que ha pasado por experiencias poco gratas en su vida conyugal y que ahora le urge visitar a su hermana Donna (Catherine Keener) para que ambos procedan a vender la casa deshabitada donde habían vivido sus padres. Ésta es una de las escenas más emotivas del film contemplando a dos hermanos que mucho se quieren y que se encuentran en la disyuntiva sobre cómo desprenderse de objetos sentimentales que allí están diseminados y que a través del tiempo sirvieron para preservar la memoria de sus progenitores.

Es en esta sección donde la película se presta a reflexionar sobre la fragilidad de las cosas y cómo la nostalgia adquiere una connotación diferente en la época actual de la tecnología digital. Así, la correspondencia mantenida  entre los padres de Donna y Will  han sido sustituidos por los impersonales correos electrónicos, los discos de vinilo de grabaciones efectuadas en épocas en que no existía internet ya no interesan a los jóvenes de esta generación -según  puede apreciarse en una escena del film-, los álbumes de fotografía han perdido importancia en la medida  que las fotos impresas en papel ahora quedan almacenadas en los dispositivos digitales, como así también muchos otros elementos hoy día ya no tienen razón de existir. Eso implica que los descendientes de la actual generación no se preocuparán acerca de cómo proceder con los objetos residuales que dejen sus antecesores y por lo tanto quedarán exentos de nostalgia.

Más allá de estas reflexiones lo cierto es que la meticulosa realización de Pellington, la muy buena descripción de los personajes, sus auténticos diálogos y la excelente interpretación de Ortiz, Burstyn, Hamm y Keener configuran un muy buen film que merece ser visto a pesar de la tristeza que produce.

DEATH WISH. Estados Unidos, 2018. Un film de Eli Roth

Bruce Willis en DEATH WISH

Bruce Willis en DEATH WISH

En 1974 Charles Bronson adquirió gran popularidad protagonizando en el film Death Wish de Michael Winner a un apacible arquitecto neoyorkino que se convierte en un justiciero anónimo vengando la muerte de su mujer en un asalto callejero de la ciudad de Nueva York. Ese film originó diversas secuelas y ahora es Eli Roth quien encara una nueva versión del mismo donde el protagonista es Bruce Willis y la ciudad de Nueva York es reemplazada por la de Chicago.

Valiéndose del guión de Joe Carnahan el director ilustra en su comienzo la felicidad del serio y bondadoso cirujano y padre de familia Paul Kersey (Willis); con una esposa (Elisabeth Shue) que lo ama y una bella hija (Camila Morrone) que brinda satisfacciones a la pareja y se encuentra próxima a iniciar sus estudios universitarios, el panorama que lo rodea no puede ser más rosado.  La historia cobra un giro sombrío cuando una noche mientras que Paul se encuentra trabajando en el hospital, irrumpen en su hogar suburbano delincuentes encapuchados ocasionando la muerte de su esposa en tanto que su hija después de haber sido violada es atacada de tal manera que aunque milagrosamente salva su vida no obstante queda en estado de coma.  En la medida que la policía de Chicago, representada por el detective Rains (Dean Norris) y su colega Jackson (Kimberley Elise), no logran identificar a los asesinos, Kersey se convierte en juez y vigilante por sí mismo; así, estando adecuadamente armado, a través de una implacable cacería va eliminando sanguinariamente a algunos de los despiadados agresores que pululan en las calles turbias de Chicago hasta dar finalmente con cada uno de los asesinos responsables de su desgracia.

El film entretiene como un relato de acción de moderado suspenso donde el director imprime la fluidez necesaria a fin de que su ritmo no decaiga. Al propio tiempo logra de Willis una impecable caracterización como el hombre noble y ajeno a todo tipo de violencia que no obstante acudirá a la misma al haber perdido a su gran compañera y viendo a su hija violada convertida en un vegetal.

Más allá de sus valores intrínsecos como producto comercial, este thriller inquieta y asusta por las implicaciones morales subyacentes en el mismo. Por más que se pueda empatizar con la situación vivida por su protagonista al ver su familia deshecha por desalmados criminales, eso no justifica la decisión adoptada por Kersey abrazando la justicia con sus propias manos. En los momentos que se están viviendo donde con gran frecuencia se contempla el horror causado por el  uso  indiscriminado  de las armas de fuego, lo que expone Death Wish aterra; bastaría tener en cuenta el cruento  asesinato cometido recientemente  por un adolescente armado en una escuela de Parkland en el estado de  Florida para concluir  que resulta muy cuestionable el mensaje de este film.