HABLEMOS DE CINE

Cine Columnistas Hablemos de Cine Jun 8, 2018 at 1:10 am
Ethan Hawke en FIRST REFORMED

Ethan Hawke en FIRST REFORMED

Por Jorge Gutman

Paul Schrader, el brillante guionista de Martin Scorcese en Taxi Driver (1976), Raging Bull (1980), The Last Temptation of Christ (1988) y Bringing Out the Dead (1999), vuelve a impresionar considerablemente en su doble condición de libretista y realizador con First Reformed, un vigoroso drama de gran recogimiento espiritual.

El protagonista del relato es Toller (Ethan Hawke), un antiguo capellán del ejército de mediana edad quien quedó destrozado por la muerte de su hijo en Iraq como consecuencia de haberlo impulsado a alistarse en la carrera militar. Sobrellevando un cáncer de estómago, ahora se desempeña como Ministro Protestante en una pequeña parroquia reformada calvinista de Nueva York; todo lo que lo abruma a este solitario y sufriente pastor queda reflejado en las anotaciones que apunta en su diario personal.

El disparador de la trama se produce con la visita que recibe de Mary (Amanda Seyfried), una joven feligresa de su congregación, que le pide que hable con su marido Michael (Philip Ettinger) quien es un violento activista con tendencias suicidas y extremadamente preocupado por la ecología; él desea que su mujer aborte al feto que lleva en sus entrañas porque está convencido que las insensibles corporaciones interesadas en el lucro comercial polucionan el medio ambiente y por lo tanto resulta irresponsable traer una nueva vida a un mundo desfalleciente. El resto del relato descansa en la actitud que asume Toller para tratar de persuadir a Michael de su conducta -a pesar de compartir con él su inquietud- y la relación especial que mantiene con Mary. Simultáneamente, este reverendo no puede ocultar su decepción al comprobar que las autoridades de la iglesia son indirectos cómplices de la destrucción ambiental en la medida que se encuentra subsidiada por una compañía de energía local que es una de las mayores causantes de la polución. Estos incidentes producen en Toller una profunda crisis de fe motivándolo a creer que a través del martirio podrá lograr la santidad de una iglesia que ha dejado de lado su cristiana misión.

En uno de los mejores trabajos de su carrera, Schrader ofrece un excelente film impregnado de gran sensibilidad emocional que pone de manifiesto las contradicciones de un sacerdote antihéroe, mostrando cómo sus mejores intenciones pueden derivar en situaciones desesperantes y desembocar en un nihilismo donde la convicción religiosa y fe en Dios llegan a cuestionarse. La densa obra del realizador encuentra en Hawke a su ideal protagonista quien transmite la angustia existencial de un ser noble que al no poder superar sus limitaciones, su equilibrio mental queda desestabilizado produciendo su autodestrucción.

WALLAY. Francia-Burkina Faso, 2017. Un film de Berni Goldblat

Makan Nathan Diarra en WALLAY

Makan Nathan Diarra en WALLAY

No son muchas las oportunidades de juzgar un film africano, con excepción de los que suelen exhibirse en festivales internacionales. De allí que resulta grato contemplar esta película que ilustra sobriamente una cultura diferente como lo es la de Burkina Faso. Dirigida por el documentalista Berni Goldblat, esta comedia dramática de ficción permite al propio tiempo cumplir las funciones de un buen documental.

El relato basado en el guión de David Bouchet, presenta a Ady (Makan Nathan Diarra) un adolescente de 13 años que debido a problemas de conducta, su padre que es un nativo de Burkina Faso lo envía a su país de origen para que pase sus vacaciones con sus familiares que allí residen. La primera sorpresa del chico es descubrir en su tío Amadou (Hamadoun Kassougue), una persona autoritaria que tiene la intención de enmendarlo; la segunda novedad para él es que habiendo sido desprovisto de su pasaporte, se impone que su estancia se extenderá indefinidamente hasta que con su trabajo logre devolver a su padre el dinero que le sustrajo. De aquí en más se aprecia la colisión cultural de un muchacho que debe adaptarse a los inconvenientes producidos por la restringida corriente eléctrica que le impide utilizar su iphone, teniendo que limitarse a usar sus auriculares para gozar de la música pop y de modo general apreciar que el modo de vida de sus parientes no condice con lo que él acostumbró a vivir hasta ese entonces en Francia. Con todo, la principal confrontación es con su tío quien a toda costa desea circuncidarlo para transformarlo en un hombre según las costumbres locales.

Aunque lo que sobreviene después es fácilmente predecible, lo que aquí importa es la acertada manera en que es descripta la adaptación de Ady al nuevo entorno cultural que le toca enfrentar. Las vicisitudes que atraviesa en tierra extraña le permitirán madurar, apreciando el inmenso cariño que recibe de su abuela Mame (Josephine Kabore), así como también los momentos transcurridos con su amigable  primo Jean (Ibrahim Koma). De este modo, al fin de su viaje este jovencito aprende a valorar el sentido de familia llegando a comprender la riqueza inherente de sus parientes donde a pesar de la humildad en que viven, lo hacen con dignidad y respeto dejando entrever su contenido humano.

A pesar de que la historia narrada no depara grandes sorpresas ni revelaciones, Wallay atrapa al espectador al mostrarle facetas no muy difundidas de diferentes poblaciones de Burkina Faso, como así también por la natural actuación de su elenco; en tal sentido, Diarra convence plenamente como el muchacho que dejando atrás su rebeldía y sus aires de superioridad aprende unas buenas lecciones acerca de un diferente estilo de vida que le permitirán encaminar mejor su futuro.

ADRIFT. Estados Unidos, 2018. Un film de Baltasar Kormákur

Sam Caflin y Shailene Woodley en ADRIFT

Sam Caflin y Shailene Woodley en ADRIFT

La supervivencia y la batalla del ser humano enfrentando a la naturaleza es lo que trata Adrift, una odisea de la vida real basada en el vía crucis sufrido por Tami Oldham Ashcraft junto con su novio Richard Sharp navegando en alta mar.

El relato que transcurre en 1983 enfoca en su primera imagen a Tami (Shailene Woodley) recobrando conciencia después de que una fuerte tempestad en alta mar embistió al yate en que se encontraba con Richard (Sam Caflin). Un primer flashback retrotrae la acción 5 meses antes donde se ve a la joven de 23 años, quien sedienta de nuevas experiencias, ha dejado su ciudad natal de San Diego para recorrer el mundo sin un destino fijo, En el paradisíaco paraje conoce a Richard, un navegante británico nueve años mayor que ella quien es un apasionado del mar. La conexión entre ambos es inmediata dando como resultado un apasionado amor. Quiere la casualidad que Richard encuentre a una pareja de amigos de excelente situación económica que les ofrece una suma de 10.000 dólares y dos billetes aéreos de primera clase a cambio de pilotar el lujoso yate que les pertenece hasta San Diego.

Aceptada la propuesta, comienza lo que supone ser un placentero viaje a través del Pacífico donde en su transcurso el romántico Richard le propone matrimonio a su feliz amada. La dicha se interrumpe cuando un huracán arrecia devastadoramente. Volviendo a la primera escena del relato, una desesperada Tami descubre que su novio no se encuentra en la embarcación sino que ha sido expulsado hacia las aguas oceánicas debido al impacto producido por la tempestad. Es ahí, donde ella se lanza al mar y realiza un tremendo esfuerzo para cargar a Richard y subirlo a la nave, sobre todo porque se encuentra con sus costillas quebradas además de tener una pierna gravemente herida. Sobreviene la etapa más dura para esta joven al tener que reparar el yate, tratando de curar a su novio, preocuparse por alimentarlo y alimentarse ella misma con la comida que aún resta en el velero, además de vivir en la desesperación al no vislumbrar en el horizonte la posibilidad de ayuda alguna; el drama se acrecienta en la medida que Richard se va agravando con su pierna infectada que termina gangrenándose. La angustiosa sensación de encontrarse a la deriva se prolongará por espacio de 41 días hasta que Tami finalmente es rescatada por una tripulación al paso.

El film basado en el libro de Ashcraft y Susea McGearhart tenía toda la potencia para llegar a interesar fuertemente, sobre todo por tratarse de un caso real, pero tal como está presentado no es así. A diferencia de lo que el director y guionista J. C. Chandor lo logró abordando un tema similar en All is Lost (2013) con la actuación exclusiva de Robert Redford donde una historia de ficción adquiere máximo realismo, aquí el efecto es precisamente inverso. El drama de esta historia verídica se diluye por la narración no cronológica adoptada por el director Baltasar Kormákur; resulta difícil compenetrarse de lleno con sus dos personajes en la medida que cada dos a tres minutos, su acción innecesariamente se desplaza del presente al pasado volviendo al presente, retornando hacia atrás y así sucesivamente; no se exagera en afirmar que en los 95 minutos de duración hay por lo menos 20 idas y vueltas completamente superfluas. A todo ello, hay escenas que se tornan infundadamente repetitivas, como las que transcurren desde el primer día de producido el accidente hasta el momento final.

De todos modos, queda como resultado una historia que a pesar de su débil exposición está muy bien filmada, captando el pintoresquismo de algunas de sus escenas y sobre todo enfocando la magnética y poderosa fuerza del océano. Las interpretaciones de los dos actores son buenas, exudando calidez en la medida que el relato les permite hacerlo; en todo caso, cabe distinguir la prestación de Woodley que transmite con intensidad el desamparo de Tami con su novio agonizando a la vez que tratando de sobrevivir a los caprichos del destino.

Dicho lo que antecede, este filmse deja ver pero sin alcanzar la resonancia necesaria como para ser recordado.

LES FANTOMES D’ISMAEL / ISMAEL’S GHOSTS. Francia, 2017. Un film de Arnaud Desplechin

Marion Cotillard y Charlotte Gainsbourg en LES FANTŌMES D'ISMAÉL

Marion Cotillard y Charlotte Gainsbourg en LES FANTŌMES D’ISMAÉL

 

De tanto en tanto acontece que importantes directores tropiecen en su camino. Ése es el caso del veterano realizador Arnaud Desplechin quien contando con una muy buena filmografía a su favor, en este caso Les Fantômes d’Ismael no satisface las expectativas aguardadas. Entremezclando varios temas expuestos de manera confusa y desigual, el relato se torna incoherente a la vez que frustrante.

La entreverada trama urdida por Desplechin, Julie Peyr y Léa Mysius se centra en Ismael (Mathieu Amalric) quien es un cineasta que está realizando una película de espionaje basada en su hermano Ivan Dedalus (Louis Garrel) que oficialmente se desempeña como diplomático aunque se cree que puede ser espía. En el ámbito personal, Ismael ha sufrido la desaparición de su esposa Carlotta (Marion Cotillard), acontecida hace dos décadas y que tiempo después fue declarada muerta. Tras una serie de desencuentros amorosos que han ido jalonando su existencia, ahora reconstruye su vida sentimental con Sylvia (Charlotte Gainsbourg), una astrofísica.

El nudo dramático del film se produce cuando inexplicablemente Carlotta reaparece como si nada hubiera pasado. Nada se sabe qué es lo que motivó su ausencia, qué le sucedió durante los últimos 20 años, como también se ignora cuáles son las intenciones que alberga con su retorno. De este modo, queda planteado un triángulo sentimental donde Sylvia debe compartir su pareja con un fantasma del pasado. ¿Pero realmente Carlotta ha regresado como se la ve en pantalla o es quizá producto de la imaginación de Ismael? Sin la ingeniosidad que Hitchcock empleara en su obra maestra Vertigo, cualquier comparación en tal sentido resulta fútil; tal como el relato es ilustrado no existe indagación psicológica alguna que permita involucrarse en la problemática de Ismael como tampoco en la de los otros dos personajes femeninos. A todo ello, a fin de alimentar aún más el desconcierto del relato, la película que se rueda dentro del film no termina de insertarse adecuadamente, generando un inconexo rompecabezas.

La actuación del trío protagónico es buena. Tanto Cotillard, como Amalric y Gainsbourg reafirman una vez más sus excelentes condiciones interpretativas cumpliendo con lo que el guión les demanda, aunque sin poder superar las limitaciones del mismo.