HABLEMOS DE CINE

Cine Columnistas Hablemos de Cine Jun 22, 2018 at 1:10 am

 

François Damiens y Cécile de France en ÔTEZ-MOI D'UN DOUTE

François Damiens y Cécile de France en ÔTEZ-MOI D’UN DOUTE

Por Jorge Gutman

 En una agradable comedia de equívocos, la realizadora Carine Tardieu aborda el tema de la paternidad en su doble aspecto, la adoptada y la biológica, así como la del posible incesto entre dos personas que llegan a conocerse y en donde cada una de ellas en principio ignora la identidad de la otra.

La historia concebida por Tardieu, Raphaele Moussafir y Michel Leclerc gira en torno de Erwan (François Damiens), un hombre viudo de 40 años que mantiene una muy buena relación con su padre Bastien (Guy Marchand); su única preocupación es que su hija adulta Juliette (Alice de Lencquesaing) lleva una vida un tanto desaprensiva y que ha quedado embarazada sin saber a ciencia cierta quién es el padre. El asunto se complica cuando el atribulado Erwan, después de un examen médico se entera de que él no es el hijo biológico de Bastien. He aquí el primer dilema para Erwan que en procura de su verdadera identidad desea saber quién es entonces su verdadero padre; gracias a los servicios de una detective (Brigitte Rouan) que llega a identificarlo sabe que se trata de Joseph (André Wilms), un anciano que no vive muy lejos del lugar donde él reside.

El asunto se complica cuando Erwin conoce por casualidad a Anna (Cécile de France), una doctora veterinaria de quien se enamora; para su gran sorpresa descubre que ella es la hija de Joseph. Así planteada esta historia, Tardieu urde una tierna y sensible comedia de equivocaciones que sin llegar a la de Shakespeare (The Comedy of Errors) tiene la suficiente gracia como para divertir con delicado humor. A través de su transcurso se verá cómo el desventurado Erwin, por evitar una relación incestuosa debe resistir los avances amorosos de Anna ya que ella ignora que él es también hijo del mismo padre. He aquí la curiosidad de saber cómo este romántico intríngulis quedará resuelto y aunque no se habrá de develarlo se puede anticipar que la sangre no llegará al río.

Si bien la temática de Ôtez-moi d’un doute (“Sáqueme de la duda”) reviste seriedad, la directora no pretende profundizar en la misma porque prefiere apostar por un tono liviano. La película está muy bien delineada, adquiere la fluidez necesaria que el género requiere y además cuenta con un muy buen elenco, sobre todo en el caso de Damiens y de France, quienes brindan el impulso y fervor necesario para lograr la simpatía del público en esta original comedia romántica.

Jessie Buckley y Johnny Flynn en BEAST

Jessie Buckley y Johnny Flynn en BEAST

BEAST. Gran Bretaña, 2017. Un film escrito y dirigido por Michael Pearce

 

El director Michael Pearce efectúa su debut en el largometraje con un thriller psicológico estilizado y aunque no del todo bien construido logra destacarse por la excelente actuación de Jessie Buckley.

La acción transcurre en la pequeña isla de Jersey, una de las varias situadas en el Canal de la Mancha, donde en ese enclave en el que todos se conocen transcurre la vida de Moll (Buckley). Ella es una inestable joven que se desempeña como guía turística y que se siente reprimida por la sobreprotección de su madre Hilary (Geraldine James) como consecuencia de un grave incidente cometido en su adolescencia. En el día en que la familia celebra sus 28 años, Moll huye precipitadamente de la fiesta para acudir a un club nocturno y después de haber pasado la noche bailando con un muchacho, cuando apunta el nuevo día él intenta agredirla sexualmente en la playa. Afortunadamente es rescatada por la providencial aparición de Pascal (Johnny Flynn), un atractivo cazador furtivo que sale en su defensa portando en su hombro un rifle y un balde con conejos muertos. Ese primer encuentro, donde se manifiesta en sus miradas la intensa tensión sexual por la mutua atracción, sellará la suerte de Moll que ve en Pascal todo aquello que deseó en su vida y no había logrado hasta el presente. Aunque el apasionado amor de la pareja no cuenta con la aprobación de su familia de alta clase social, ella decide seguir a su amado y vivir con él.

El relato adquiere un tono dramático cuando la noticia de tres chicas violentamente asesinadas y la desaparición de una cuarta adolescente convulsiona a la población local. El policía Clifford (Trystan Gravelle), que está enamorado de Moll, le informa que Pascal es considerado como el principal sospechoso de los crímenes debido a su turbio pasado delictivo. De allí en más, el relato de Pearce crea una atmósfera intrigante a través de la duda despertada en la joven: ¿es posible que su príncipe azul sea el verdadero culpable y esté ocultando su naturaleza bestial?

Si bien este tema no es novedoso puesto que el cine ya lo ha tratado varias veces -con solo recordar el memorable film Suspicion (1941) del genial Alfred Hitchcock-, la objeción fundamental que merece Beast radica en la forma en que continúa desarrollándose el suspenso. Si bien el realizador va develando aspectos psicológicos de sus protagonistas a fin de comprender mejor sus actitudes, el interés se va desvaneciendo por las continuadas vueltas de tuerca en que incurre el guión para mantener la ambigüedad sobre la autoría de los crímenes cometidos. Es una pena que el director no haya encontrado el rumbo adecuado para lograr un convincente desenlace, esfumándose así la expectativa creada en la primera parte de esta historia.

Como quedó dicho al comenzar esta crónica, Buckley eleva considerablemente el interés del film por su estupenda actuación al transmitir con propiedad el torbellino de continuadas emociones que experimenta Moll por el amor instintivamente salvaje que le ofrece Pascal. Aunque sin lograr el mismo nivel, Flynn brinda el apropiado perfil del romántico seductor que igualmente dañado emocionalmente logra fascinar sexualmente a Moll; igualmente, en un papel de apoyo se luce Geraldine James como la abusadora madre de la protagonista.

Con sus altibajos, el resultado final es un film estilizado que ofrece algunas sorpresas y aunque no todas funcionan con efectividad de ningún modo decepciona y por lo tanto se deja ver.

Vincent Lindon en RODIN

Vincent Lindon en RODIN

RODIN. Francia-Bélgica, 2017. Un film escrito y dirigido por Jacques Doillon

 

En el centenario de su desaparición que tuvo lugar el año pasado, el cine francés quiso rendir tributo a Auguste Rodin a través de la visión del veterano realizador Jacques Doillon. Sin embargo, el biográfico film de ficción que aquí se presencia no está a la altura de quien fuera el excepcional escultor de Francia, conocido internacionalmente a través de las exposiciones realizadas en importantes museos del mundo, incluyendo el Museo Rodin de París.

La historia de Rodin (Vincent Lindon) se desarrolla entre 1880 Y 1890, período en que el artista desarrolla su madurez artística. Pocos años antes había presentado en el Salón de París su notable escultura La Edad de Bronce y a pesar de la controversia suscitada en su oportunidad, para él constituyó su carta de presentación y el reconocimiento de su gran talento. Es así que el Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes de Francia le encomendó la realización de una puerta decorativa que representara a la Divina Comedia de Dante para el futuro Museo de Artes Decorativas de París; el resultado ha sido la creación de La Puerta del Infierno, su primer gran triunfo artístico; a ello seguirá entre otras grandes obras el Monumento a Balzac, escultura realizada en homenaje a Honoré de Balzac.

Es en 1883 que comienza su tempestuosa relación con Camille Claudel (Izia Higelin), a pesar de haber convivido toda su vida con su abnegada compañera Rose Beuret (Severine Caneele) con quien tuvo un hijo. Con todo es Camille, su alumna y asistente quien logra apreciar la dimensión completa de su arte convirtiéndose en su musa y amante, aunque nunca llegaría a desposarla. En tal sentido resulta mucho más interesante apreciar cómo el vínculo de Camille con el autor de “El Pensador” es reflejado en el film Camille Claudel (1988) de Bruno Nuytten con Isabel Adjani y Gérard Depardieu.

En general, lo más importante del film es Lindon quien con máxima expresividad infunde la fuerza, pasión y energía de Rodin como así también su sensualidad, seducción y masculinidad con el sexo femenino. Igualmente se destaca el diseño de producción de Katia Wyszkop resaltando las distintas etapas concurrentes en el proceso de trabajo del escultor. Con todo, y a pesar de contemplar una producción agradable a la vista, esos valores no alcanzan a compensar la considerable morosidad narrativa de Douillon insistiendo en largas secuencias que muestran los esfuerzos del artista por tratar de mejorar sus creaciones pero que en última instancia terminan fatigando al espectador. En suma, la fallida dirección y los diálogos poco ingeniosos del guión conspiran en dramatizar la vida de este excepcional artista.

María Valverde y Gilles Lellouche en PLONGER

María Valverde y Gilles Lellouche en PLONGER

PLONGER. Francia, 2017. Un film de Melanie Laurent

 

La eficiente actriz Mélanie Laurent sin haber dejado su presencia frente a las cámaras, también ha demostrado que lo hace muy bien ubicándose detrás de la misma. En su condición de realizadora impresionó favorablemente en sus filmes anteriores, sobre todo en Respire (2014) y Demain (2015), y es así que creó expectativa su trabajo en Plonger, rodado con anterioridad a Galveston (2018) que aún no se ha estrenado. Sin objetar su labor como cineasta, esta película basada en la premiada novela homónima de Christophe Ono-dit-Bio (2013), deja una rara sensación de perplejidad al no poder consustanciarse con su tema.

El film narra el apasionado amor que surge entre Paz (Maria Valverde), una española que trabaja en Francia, y Cesar (Gilles Lellouche), un ex periodista corresponsal de guerra francés. Ella es una joven inquieta por naturaleza e impulsada a moverse continuamente al no poder estar mucho tiempo en un mismo lugar en pos de nuevas experiencias. En lo concerniente a Cesar, habiendo vivido momentos duros por su trabajo incluyendo el haber sido secuestrado en Irak, ha decidido aposentarse y trabajar independientemente como escritor cultural. Sus diferentes personalidades no son obstáculo para que en un principio el romance ilumine sus vidas y que ella se instale en el departamento de Cesar.

La luna de miel de la pareja es de corto alcance; en primer lugar, la vida doméstica en la que Paz se ve envuelta la sofoca y cuando ella queda embarazada revela un escaso entusiasmo, contrastando con el de su pareja que no oculta su dicha por ser padre; la situación se complica aún más cuando da a luz a su hijito y ella se desespera al tener que aceptar la responsabilidad que le concierne como madre. A todo ello, su frustración va en aumento cuando siente que va perdiendo inspiración artística y su trabajo como fotógrafa no alcanza mayor relevancia, descargando su resentimiento hacia Cesar. El deterioro conyugal alcanza su tope cuando ella decide abandonar su hogar emprendiendo un viaje desconocido, dejando   a Cesar abandonado y a cargo de la criatura.

Lo que resta del film se traduce en desentrañar el misterio de la partida de Paz así como su paradero. Pero un dramático acontecimiento modifica el curso del relato como así también el enfoque narrativo conduciendo a un desenlace que aunque dramático no resulta persuasivo.

Como muchas veces acontece, puede que la complejidad de la novela no se haya prestado a su adaptación cinematográfica pero lo cierto es que tal como su tema está aquí presentado no hay ningún elemento que clarifique o permita comprender la actitud de Paz como indeseable compañera y madre irresponsable. Por otra parte, si acaso el propósito del film es retratar la desintegración de una pareja, su tratamiento es más bien esquemático.