Niall Ferguson: “Me preocupa que el #Metoo se use como arma”

Mundo Noticias Sep 27, 2018 at 10:54 am
El historiador escocés Niall Ferguson. CARLOS ROSILLO

El historiador escocés Niall Ferguson. CARLOS ROSILLO

VIRGINIA COLLERA

La palabra “red”, fuera del mundo de la pesca, apenas formaba parte del vocabulario común hasta finales del siglo XIX. Hoy es un término ineludible: solo en la primera semana de 2017 apareció en 136 artículos de The New York Times. Según el historiador escocés Niall Ferguson (Glasgow, 1964), esta cifra no debería conducirnos a conclusiones precipitadas: las redes sociales no son un invento contemporáneo. Brillante polemista, profesor en Stanford y Harvard, y autor de 14 libros, en los que ha reconstruido desde la historia del dinero hasta la influencia del Imperio británico, Ferguson es persona de ambiciosos proyectos. No teme resumir miles de años en unos cientos de páginas. En su última obra, La plaza y la torre. El papel oculto de las redes en la historia: de los masones a Facebook (Debate), defiende que las estructuras informales siempre han sido mucho más importantes de lo que los historiadores han querido reconocer. Sus colegas han preferido explicar el devenir del mundo a través del poder jerárquico ostentado por reyes o presidentes, y él se ha propuesto devolver a las redes el lugar que merecen en la historia.

Si las redes sociales son tan antiguas como el Homo ­sapiens, ¿por qué tenemos la impresión de que nacieron con Mark Zuckerberg?

Bueno, su propaganda es bastante buena: Facebook es una red gigantesca y veloz. Además, tendemos a olvidar que históricamente se han construido otras grandes redes sociales. El cristianismo o el islam se propagaron con rapidez sin tecnología. Tenemos que entender que Silicon Valley no ha inventado el mundo. Todavía podemos aprender de la historia. Hay formas de entender nuestra época que exigen que nos remontemos 500 o, incluso, 2.000 años atrás.

¿Por qué no se ha estudiado antes la importancia de las redes?

A mí siempre me han atraído las organizaciones informales y los archivos estatales me han parecido tremendamente aburridos. Pero solo caí en la cuenta de que yo soy una excepción al escribir este libro: la mayoría de los historiadores se sumergen con satisfacción en los registros oficiales. Evidentemente, es más fácil seguir el rastro de Churchill que de los Illuminati. Hay un elemento de conveniencia que ha definido nuestra forma de entender la historia.

“Silicon Valley necesitaba una lección de historia y Ferguson se la ha proporcionado”, escribió Eric Schmidt, de Google, a propósito de su libro. ¿Ha tenido una gran repercusión en el valle californiano?

Para tener impacto tendría que hacer una charla TED: tristemente, esa es la forma de que las ideas penetren allí. Cuando pasas tiempo con gente de Silicon Valley te das cuenta de que no leen libros.

 Defiende que en las redes se encuentra el germen de la innovación. ¿Por qué?

El avance científico no es una empresa solitaria, heroica. Newton no ideó la teoría de la gravedad al caer una manzana sobre su cabeza, sino que formaba parte de una red de pensadores de Cambridge y Londres que reflexionaban sobre el funcionamiento del mundo.

 Así que las redes son clave para el progreso.

Si quieres frenar el progreso y sofocar la innovación, tan solo tienes que construir una rígida estructura jerárquica. Por ejemplo, la Unión Soviética. El hecho de que se pudriera lentamente ilustra lo que sucede si no permites el intercambio de ideas.

Desde 2016 se ha ido imponiendo una visión más negativa de redes como Facebook. Hay quien dice que son una amenaza para la democracia.

Fui de los primeros en subrayar que lo ocurrido en las elecciones de 2016 en EE. UU. iba a ser un gran problema, especialmente para Facebook, una vez saliera a la luz la verdad. Aún no sabemos todo, pero estamos cerca. Ahora la gran pregunta, planteada por Yuval Noah Harari recientemente en la revista The Atlantic, es: ¿estamos ante el fin de la democracia? Él asegura que la inteligencia artificial ayudará a China a ser invencible, que la novela 1984, de Orwell, se hará realidad. Yo pienso que se equivoca: si creas un Estado totalitario basado en la inteligencia artificial para vigilar los movimientos de los ciudadanos, estos no hablarán, no escribirán, no harán nada para no meterse en problemas. Entonces, ¿cómo van a ser creativos y van a innovar? Solo una sociedad que permite la libertad de las mentes parte con ventaja sobre las demás.

Las redes sociales son herramientas eficaces para la movilización política. A Trump le funcionaron, y también a los partidarios del Brexit. ¿Los perdedores han aprendido la lección?

No lo parece. En Reino Unido el Brexit se ha convertido en una conversación técnica que ya solo interesa a los políticos. Para el resto es un auténtico aburrimiento. En Londres, y probablemente también en Washington, los líderes están desconectados de sus votantes. A los diputados les encanta hablar de que escuchan a sus electores, pero es una farsa.

Silicon Valley es célebre por su visión utópica. Se arrogó la misión de arreglar todos los problemas del mundo. ¿Hemos sido demasiado ingenuos al creerlos?

Desde luego. Yo también los creí. Tenían una retórica muy persuasiva: el ciberespacio iba a ser un maravilloso paraíso libertario. Pulsábamos el botón de aceptar sin pensarlo dos veces, regalando nuestros datos. Hemos sido increíblemente crédulos y un montón de gente se ha hecho muy rica porque les dimos algo que tenía mucho valor sin ser conscientes de ello. Pero pienso que se avecina una reacción a su posición dominante y que habrá debates sobre regulación. El statu quo actual es insostenible. Las grandes tecnológicas tienen demasiado poder.

La corrupción es el defecto de la democracia. ¿Y el de las redes?

La inseguridad. Ahora estamos en el Salvaje Oeste. Cuando hay poca vigilancia policial, ¿qué pasa? Que se cometen muchos crímenes. Convivimos con una tecnología muy desestabilizadora, y yo defiendo que una organización jerárquica internacional, como el Consejo de Seguridad de la ONU, debe lograr alcanzar un pacto de no agresión en el ciberespacio entre naciones. Todos deben estar de acuerdo, del mismo modo que todos acordaron no emplear armas biológicas.

El movimiento MeToo es otra red informal que está desafiando el orden establecido.

Durante demasiado tiempo las agresiones sexuales y el acoso se han tolerado, así que es bueno que esto salga a la luz. Aplaudo a los periodistas que lo han denunciado. Solo me preocupa que el hashtag #MeToo se utilice como un arma, porque veo casos en los que basta una acusación para que alguien pierda su repu­tación y su trabajo sin que haya un proceso judicial. Quizá la realidad sea que no puedes hundir la conspiración que protege a los Harvey Weinstein sin desencadenar este tipo de torrentes. Pero debe haber juicios justos, porque el peligro es que el movimiento quede desacreditado.