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Cine Columnistas Jan 17, 2019 at 11:20 am
Tomasz Kot y Joanna Kulig en COLD WAR

Tomasz Kot y Joanna Kulig en COLD WAR

Por Jorge Gutman

Después de Ida, un memorable film premiado en 2015 con el Oscar a la mejor película extranjera no hablada en inglés, el director Pawel Pawlikowski regresa con Cold War (Polonia) donde en escasos 85 minutos de duración ofrece una pequeña joya cinematográfica que tiene como telón de fondo la guerra fría vivida en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Pero más allá de profundizar la secuela del conflicto bélico en Polonia, uno de los países satélites de la Unión Soviética, el realizador enfoca principalmente los altibajos de un apasionado romance que vive la pareja protagónica de la historia narrada.

 

El relato se inicia en 1949 en una zona rural de Polonia donde Wiktor (Tomasz Kot) – un director musical y pianista- y su colega Irena (Agata Kulesza) van recogiendo material de cantos y bailes tradicionales que reflejen el folclor de la región a fin de preparar un espectáculo musical. Con ese propósito proceden a reclutar potenciales artistas y en uno de los castings realizados, el músico queda muy impresionado con la diáfana voz y determinación manifestada por Zula (Joanna Kulig), una bella cantante y bailarina que ocultando su turbio pasado ambiciona desarrollar sus condiciones artísticas. Así, ella queda de inmediato seleccionada y aunque su carácter y temperamento difiera del de su entrevistador, eso no obsta para que al poco tiempo, además del vínculo profesional, ambos lleguen a desearse y amarse ardientemente. Sin embargo, esa relación se encuentra en parte obstaculizada cuando el empresario del espectáculo (Borys Szyc), gran aliado de los rusos, exige que sus números musicales estén en consonancia con las orientaciones del régimen estalinista; ese clima opresivo que se va creando motivará a que Wiktor, en un concierto realizado en 1952 en Berlín Oriental, se exilie en París aunque Zula, en ese entonces ya convertida en una estrella de la canción, dude en seguirlo.

A lo largo de una década y media en que transcurre este relato conciso y muy bien articulado, se asiste a las tribulaciones de estos amantes a través de las fisuras, separaciones, encuentros, desencuentros y frustraciones vividas que se van produciendo no solo en Polonia sino también en Berlín, Yugoslavia y París. El impacto emocional que les produce el complicado vínculo se intensifica aún más al no saber concretamente si es mejor apreciar el clima de libertad que les ofrece el mundo occidental o en cambio vivir en el supuesto paraíso comunista de la tierra natal que se encuentra económica y políticamente inestable.

 

Este triste melodrama romántico, austeramente filmado en blanco y negro con la excelente fotografía de Lukasz Zal, destella por su virtuosismo estilístico, las muy buenas interpretaciones centrales -sobre todo la de Joanna Kuling- y por el aporte de atractivos números musicales de jazz de la época en que se desarrolla el relato como así también de música folclórica polaca. La sobria puesta escénica de Pawlikowski reafirma su condición de ser uno de los más importantes realizadores de Europa; es así que no resulta extraño que en el festival de Cannes de 2018 haya sido recompensado con el premio al mejor director.

Golshifteh Farahani en GIRLS OF THE SUN

Golshifteh Farahani en GIRLS OF THE SUN

 

GIRLS OF THE SUN (Les filles du soleil). Francia-Bélgica-Georgia, 2018. Un film escrito y dirigido por Eva Husson

 

Una vez más se produce la situación donde las buenas intenciones de un proyecto no bastan para que su ejecución resulte favorable. Éste es el caso de Les Filles du Soleil, un film en el que la directora Eva Husson decidió ofrecer una visión feminista de los avatares de la guerra; sin embargo, al hacerlo, ella descuidó importantes aspectos que impiden que su humano mensaje llegue a cundir en el ánimo del espectador.

 

En la historia propuesta por la realizadora que está basada en hechos reales, el escenario lo brinda la endemoniada guerra de Siria que mantenida desde 2011 repercute en los países limítrofes, especialmente en la frontera con Turquía. Es allí donde los guerrilleros de las distintas ramificaciones del Estado Islámico (EI) han desolado aldeas, pueblos y ciudades sembrando la destrucción física y humana. Para tratar de vengarse del mal infligido un buen número de mujeres kurdas valientes deciden lanzar una ofensiva contra las fuerzas opresoras. Así se llega a conocer a Bahar (Golshifteh Farahani), quien con su presencia carismática comanda el batallón femenino de su pequeño ejército y dentro de ese entorno se encuentra Mathilde (Emmanuelle Bercot), una reportera de guerra francesa dispuesta a reportar a estas mujeres combatientes y a la vez testimoniar lo que está presenciando.

 

Fundamentalmente, el relato se centra en torno de estas dos mujeres donde cada una de ellas arrastra un aciago pasado. A través de flashbacks se aprecia el terrible dolor de
Bahar cuyo pueblo ha sido saqueado por el grupo armado del EI y que además de haber presenciado el asesinato de su marido no pudo evitar que raptaran a su joven hijo Hemin (Tornike Alievi) con el propósito de adoctrinarlo y convertirlo en un niño soldado al servicio del ignominioso grupo terrorista; de allí que para esta madre, el rescate de Hemin adquiere capital importancia además de tomar represalias por haber sido retenida como esclava sexual antes de haber logrado escapar. Por su parte Mathilde, sufrió la pérdida de un ojo cubriendo el bombardeo en la ciudad siria de Homs, como así también enviudó al haber pisado su marido en Libia un terreno minado.

 

Ciertamente, la realizadora ha querido homenajear a la mujer demostrando que cuando llega la hora de la verdad es tan valerosa como lo puede ser un hombre enfrentando a un mortal enemigo. Sin embargo, este film adolece de varios errores considerables comenzando por su estructura; al relacionar los acontecimientos presentes con los del pasado, esa inserción además de no ser fluida influye negativamente en su narración que peca por su falta de sutileza. A ello se agregan los estereotipados diálogos con frases impostadas que no llegan a gravitar y sobre todo las largas batallas; éstas, que han sido filmadas desprolijamente, están acompañadas en gran parte por una música poco satisfactoria del compositor Morgan Kibby “martillando” los momentos más dramáticos a fin de forzar la emoción del espectador.

A nivel de interpretación no hay mayor objeción que realizar dado que tanto Golshifteh Farahani como Emmanuelle Bercot transmiten con convicción lo que sus personajes les demandan a pesar de no estar bien diagramados; en todo caso la buena actuación no puede en este caso salvar las falencias de este bien inspirado film feminista pero mal resuelto.Felicity Jones en ON THE BASIS OF SEXON THE BASIS OF SEX

 

ON THE BASIS OF SEX. Estados Unidos, 2018. Un film de Mimi Leder

A pocos meses de haberse estrenado el documental RBG centrado en la personalidad de Ruth Bader Ginsburg, ahora se conoce On the Basis of Sex, en el que Mimi Leder a través de un relato de ficción centra su atención en esta excepcional dama durante una década y media de su vida.

Valíendose del guión de Daniel Stiepleman (sobrino de RBG), la realizadora comienza presentando a Ruth (Felicity Jones) en 1956 iniciando sus estudios universitarios en la Facultad de Derecho de la Universidad de Harvard. Demostrando desde el vamos la muy conocida discriminación sexista existente de esa época, el decano Erwin Griswold (Sam Waterson), en la cena de bienvenida a los nuevos alumnos integrados por 500 estudiantes varones y solo 9 mujeres, les pregunta a las jóvenes discípulas las razones que las llevaron a proseguir esa carrera que más bien corresponde a los hombres; sin duda. esa ironía marcaría el paso de la lucha que Ruth debió afrontar a partir de entonces para defender los derechos de las mujeres en el marco de un universo patriarcal .

En ese entonces, casada desde 1954 con Martin Ginsburg (Armie Hammer), igualmente cursando los estudios de leyes con un año de adelanto, y con una pequeña niña del matrimonio, el film destaca como desde un principio existió en la pareja un gran amor que duraría hasta la muerte de Martin en 2010; así, cuando un cáncer testicular aflige a su adorado esposo, además de asistir a sus cursos, ella acude igualmente a los de Martin para poder ayudarlo en sus tareas.

Ya graduada como abogada deberá soportar la humillación del prevaleciente sexismo manifestado en los gabinetes de abogados al no aceptar a mujeres profesionales; por lo tanto Ruth desplegará sus conocimientos en la actividad docente.

Una circunstancia especial se presenta en 1970 cuando RBG decide asumir la defensa de Charles Moritz (Christian Mulkey), un hombre soltero del Estado de Colorado quien teniendo a su cuidado a su anciana madre inválida le es denegada la deducción impositiva de 296 dólares por ese concepto; eso se debe a que la ley vigente en ese momento solo lo admite si se trata de una mujer desempeñando esa función. Tal exclusión sobre la base del género sexual, hará que la brillante abogada demuestre la arbitrariedad de la justicia apoyando una ley anacrónica. En tal sentido, el largo monólogo que pronuncia durante el juicio constituye uno de los momentos más conmovedores del relato.

El suceso obtenido en este resonante caso, el único realizado con la colaboración de su esposo, marcó un precedente para que los requisitos legales fuesen modificados al propio tiempo que probó que una abogada puede ser tan perseverante, decidida e inteligente como su contraparte masculina a fin de que la justicia llegue a imponerse.

A pesar de que irónicamente su primer gran triunfo profesional haya sido el evitar la discriminación de los hombres, de allí en más RBG desplegó sus esfuerzos luchando ardientemente por la causa femenina; de este modo se convirtió en un ícono cultural al abogar por sus derechos a fin de que sean legalmente igualados a los del hombre, incluyendo la no discriminación profesional de las mujeres. Su brillante actuación la llevaría a desempeñar la máxima posición a que pueda aspirar una profesional de la ley cuando en 1993 el presidente Clinton la designa como Jueza de la Corte Suprema de Estados Unidos.

Aunque lo que se aprecia aquí constituye algo que ya ha sido destacado en el excelente documental y no tenga su misma resonancia, con todo la directora logra una película honesta y sincera imprimiendo a su relato un apreciable contenido emocional que permite al espectador involucrarse en el tema. En buena parte, eso se debe a la muy buena actuación de Jones como así también a la de Hammer, quienes además de la satisfactoria química que mantienen logran transmitir la esencia de una excelente relación conyugal, demostrando cómo el amor que los unió sirvió como un gran incentivo en el desarrollo de sus vidas y respectivas carreras, sobre todo para esta excepcional jueza.