Hablemos de Cine

Cine Columnistas Hablemos de Cine Mar 7, 2019 at 10:53 am
Marziyeh Rezaei y Jafar Panahi en 3 FACES

Marziyeh Rezaei y Jafar Panahi en 3 FACES

Una vez más cabe expresar la admiración que despierta Jafar Panahi quien sometido a arresto domiciliario desde 2010 y con la interdicción de dirigir filmes por las autoridades teocráticas de Irán, a pesar de todo conserva el espíritu y la energía necesaria para continuar filmando. Desde su detención realizó tres filmes hasta 2015 donde en ese año Taxi obtuvo el Oso de Oro en el Festival de Berlín; ahora con su cuarta película 3 Rostros. presentada en Cannes en 2018, ratifica nuevamente su condición de ser uno de los más destacados cineastas dentro del contexto internacional. Como ya es usual en los trabajos de este realizador siempre comprometido con exponer aspectos de la realidad social de su país, aquí enfoca un tema donde la condición femenina se impone por su presencia.

 

En el presente relato donde sus personajes se confunden entre ficción y realidad, ese aspecto se evidencia en su patética primera escena. En la misma se muestra un video en el que la adolescente Marziyeh (Marziyeh Rezaei) manifiesta que había deseado ser actriz y que a pesar de haber sido admitida en el Conservatorio de Arte Dramático de Teherán, sus padres le han impedido dejar su hogar para estudiar; al final de ese video se la contempla poniéndose una soga alrededor de su cuello para ahorcarse.

 

Ese dramático video es enviado al celular de la famosa actriz iraní Behnaz Jafari -interpretándose a sí misma- quien fue acusada por Marziyeh al haberle pedido su ayuda sin obtener respuesta alguna. Al no haber podido salvar a la suicida decide emprender un viaje a un remoto pueblo ubicado en la región turca del Azerbayán iraní, con el propósito de indagar sobre ella. Con tal propósito solicita la colaboración de su amigo Jafar Panahi para que con su camioneta la transporte al lugar de destino.

 

Durante el trayecto el director conjetura con su acompañante si acaso el video recibido no es quizá una treta de mal gusto para atraer la atención de la actriz; en todo caso, esa larga travesía motiva a que el conductor y su acompañante se topen con una variedad de personajes que van reflejando las peculiaridades culturales de las aldeas que van atravesando.

Al final del viaje los viajeros se enteran de que allí vive completamente aislada Shahrzade, una actriz y bailarina (a quien no se la ve) que gozó de gran popularidad antes de la revolución de 1979 y que con la llegada del nuevo régimen fue prohibida por la sensualidad femenina que irradiaba en sus actuaciones.

 

Con tres mujeres de diferentes generaciones (Marziyeh, Behnaz y la ausente Shahrzade, Panahi ha elaborado una comedia dramática testimonial salpicada de atractivo humor. De este modo quedan reflejadas la ausencia de libertad de su país, el peso que ejercen las tradiciones y las supersticiones religiosas y fundamentalmente la situación de las mujeres en el marco de un contexto políticamente represivo como igualmente en el plano social al estar dominadas por el virilismo masculino.

 

He aquí un film sencillo que aunque no sea el mejor del realizador, de todos modos mantiene la solidez necesaria para concentrar la atención del cinéfilo exigente. A pesar de disponer de modestos recursos y con las restricciones a que está sujeto, Panahi es capaz de superar los obstáculos interpuestos brindando el fruto de su inteligencia como cineasta a través de trabajos que como el actual adquieren resonancia.

NEVER LOOK AWAY. Alemania, 2015. Un film escrito y dirigido por Florian Henckel von Donnersmarck.

Tom Schilling en NEVER LOOK AWAY

Tom Schilling en NEVER LOOK AWAY

Después de haber obtenido un resonante suceso artístico con su primer largometraje The Lives of Others (2006) que fue premiado con el Oscar a la mejor película extranjera no hablada en inglés, el director germano Florian Henckel von Donnersmarck retorna a su país natal para abordar en su tercer film Never Look Away un ambicioso tema sobre el poder del arte y la búsqueda del artista para encontrar su identidad como tal.

Inspirándose en gran parte en la vida de Gerhard Richter, uno de los más célebres pintores contemporáneos de Alemania, el director echa una mirada al dramático pasado de su país desde el surgimiento del nazismo hasta arribar a la década del 60, a través del ficticio personaje Kurt Barnert,

La historia comienza en Dresden cuando en 1937 Kurt (Cai Cohrs), un chico de 10 años de edad, es llevado por su joven tía Elizabeth (Saskia Rosendahl) a una exposición de “arte degenerado” (Entartete Kunst) organizada por los nazis quienes desprecian el arte moderno; esa visita estimula en el niño su amor a la pintura. Cuando al poco tiempo su tía comienza a padecer desvaríos mentales, de inmediato es forzada a ser internada en un psiquiátrico, hecho que produce en Kurt un gran estremecimiento emocional al separarse de su amada tía. En el hospital, Carl Seeband (Sebastian Koch), un médico ginecólogo afiliado al nazismo, determina que Elizabeth sea esterilizada y cuando la guerra irrumpe ella es enviada a un campo de concentración para morir en la cámara de gas.

La segunda parte, la más impactante del relato, se ubica en 1945 una vez concluida la guerra. En la bombardeada ciudad de Dresden que ahora pertenece a Alemania Oriental, el adulto Kurt (Tom Schilling), entristecido por el suicidio de su padre, es admitido como alumno en la academia de arte local donde habrá de canalizar su vocación artística: es allí donde conoce a Ellie Seeband (Paula Beer), el gran amor de su vida, ignorando que ella es la hija del médico criminal de guerra que indirectamente fue el causante de la muerte de su tía. Curiosamente ese factor importante que vincula a su familia con la de su amada queda relegado a un segundo plano en tanto que el realizador privilegia su atención en el desarrollo de la carrera del joven artista quien al poco tiempo adquiere notoriedad pintando notables murales; con todo, Kurt dista de hallar su realización artística al tener que someterse a las presiones del comunismo en donde el arte debe estar al servicio del socialismo realista quedando desechada cualquier otra manifestación diferente.

Para el joven pintor la asfixiante atmósfera de vivir en un régimen totalitario que atenta contra la libertad de expresión motiva a que en 1961 junto con Ellie se desplacen a Dusseldorf, poco antes de construirse el infame muro de Berlín. En este segmento final del relato Kurt logra enrolarse en la renombrada escuela de arte Kunstakademie donde recibirá las enseñanzas del profesor Antonius Van Werten (Oliver Masucci); esa influencia resultará decisiva para Kurt en la medida que el profesor, rechazando lo que su alumno hasta ese entonces venía elaborando, le hace ver que para que pueda involucrarse totalmente con la creación artística es necesario que se inspire en episodios dramáticos de su vida. En consecuencia, valiéndose de fotografías del pasado, sobre todo en donde como niño posa junto a su tía, como así las que aparecen en recortes de diarios referidos a los juicios sometidos a los nazis, Kurt encuentra en las pinturas que va realizando su definitiva identidad como pintor.

Aunque la ilustración de Donnersmarck resulte un poco alargada a través de sus 3 horas y 10 minutos de duración, este absorbente y fascinante drama en ningún momento llega a fatigar. Esencialmente, el realizador ha logrado una obra épica ambiciosa sobre el proceso creativo a través de un artista que se empeña en descubrir su auténtica voz; en tal sentido el resultado de lo expuesto es sumamente gratificador.

GRETA. Estados Unidos-Irlanda, 2018. Un film de Neil Jordan

Isabelle Huppert y Chloë Grace Moretz en GRETA

Isabelle Huppert y Chloë Grace Moretz en GRETA

A través de una carrera de tres décadas y media, el director irlandés Neil Jordan ha ofrecido algunas películas destacables como ha sido el caso de Mona Lisa (1986) y The Crying Game (1992). Desafortunadamente, Greta no habrá de enriquecer su currículum dado que la trama propuesta se caracteriza por su incongruencia y ausencia de coherencia.

Repitiendo una fórmula ya probada en varias oportunidades con un logro muy superior como lo fueron Fatal Attraction (1987) y Single White Female (1992), entre otros títulos, este thriller psicológico se centra en dos personas de diferente naturaleza en donde una de ellas es emocional y físicamente acosada por la otra.

El relato comienza auspiciosamente introduciendo a Frances (Chloë Grace Moretz), una joven graduada universitaria de Boston, quien recientemente ha perdido a su madre y habiéndose mudado a New York comparte su departamento con Erica (Maika Monroe), su mejor amiga.

El punto de partida es una cartera de mujer abandonada que Frances recoge en uno de los vagones del metro neoyorkino en el que está viajando; al abrirla, descubre en su interior la identidad de su dueña y procede a contactarla para devolvérsela. Llegando a su domicilio conoce a Greta (Isabelle Huppert), una mujer francesa de mediana edad que agradece la honestidad de la chica y la invita a su hogar ofreciéndole una taza de té; en ese primer encuentro, la anfitriona le hace saber que se siente sola dado que hace poco enviudó y su única hija vive en Francia. A ese primer contacto le siguen otros que permiten cimentar una amistad entre ambas donde Frances encuentra en Greta el afecto de la madre que ya no tiene en tanto que su amiga halla en ella la buena compañía necesaria para atenuar la soledad que la invade. Todo marcha sobre ruedas hasta el circunstancial momento en que la joven descubre evidentes indicios -los cuales no conviene revelar- de que Greta es poco menos que un monstruo humano y en consecuencia resuelve de inmediato interrumpir esa relación.

Dicho lo que antecede, a partir de allí el guión de Jordan y Ray Wright se descarrila por completo al querer crear un clima de suspenso mostrando cómo la ingenua Frances se halla perseguida y arrinconada por la psicópata Greta. Brindar detalles adicionales de lo que acontece sería inapropiado para el lector que quisiera ver el film y es por eso que se evitan los spoilers; con todo puede señalarse que la endeblez del relato reside en su inverosimilitud, la poca profundidad suministrada a los personajes protagónicos, sus insustanciales diálogos y sobre todo por los golpes efectistas que emplea el realizador con el propósito de mantener el interés de la audiencia.

Si el film puede tolerarse es por la actuación de Huppert que como es bien sabido cualquiera sea el papel que le toca en suerte caracterizar siempre sale bien parada; en este caso la extraordinaria actriz fascina al contemplar su metamorfosis de una afable mujer solitaria que ama y toca la música a fin de lograr su tranquilidad de espíritu para adquirir la naturaleza de una diabólica demente capaz de estremecer. Aunque sin llegar al nivel de Huppert, Moretz satisface plenamente como la candorosa y tierna Frances que inconscientemente queda hechizada por Greta sin poder desembarazarse de ella. En un importante papel de apoyo Monroe se distingue como la amiga de Frances que hace lo posible para evitar que ella caiga en las redes de la histérica Greta.

En resumen, este inconsecuente y desenfocado trabajo de Neil Jordan no llega a perdurar en la memoria del espectador.