El encanto decadente que pone a Montevideo en la cima de las ciudades latinoamericanas

Latinoamérica Noticias Mar 26, 2019 at 12:07 pm
La Plaza Independencia, en el centro de Montevideo, Uruguay.

La Plaza Independencia, en el centro de Montevideo, Uruguay.

Dos estudios han considerado estos días a la capital uruguaya como la mejor de Latinoamérica para establecer a los empleados de las multinacionales y como la segunda más cara, después de Ciudad de México, para vivir. Entre esas dos clasificaciones transcurre la verdadera vida montevideana, con sus miserias y su loco encanto decadente, sutileza que los rankings de Mercer (la mayor consultora del mundo de recursos humanos) y The Economist no pueden ni quieren captar. La piedra angular de la clasificación de Mercer es la seguridad y la estabilidad política y jurídica de la ciudad (y de Uruguay), además de la accesibilidad a los servicios bancarios, el estado de las libertades, los servicios médicos, la oferta educativa y los servicios públicos. A todo lo anterior se añade la oferta gastronómica y cultural.

Mercer advierte en cada informe que su clasificación no es para todo el mundo y que está enfocada a los empleados de las multinacionales. Gracias a otro estudio, elaborado por The Economist, podemos conocer otra cara de la moneda, porque Montevideo aparece como la segunda ciudad más cara de la región después de Ciudad de México. Una vez más, entre los dos puestos de la clasificación hay un mundo: Uruguay, el país con menos desigualdades y mayor PIB per cápita de Latinoamérica, dispone de sistemas gratuitos de salud y educación, y lo realmente caro son los bienes de consumo: coches, ropa, ocio, ciertos tipos de artículos de la canasta básica.

Sufridos y austeros, los montevideanos soportan la falta de glamour de una sociedad de consumo prohibitiva, como soportan también los rigores de vivir en la capital más austral de América, con inviernos cortos y crueles, azotados por el viento helado que sube desde el sur directamente de la Antártida, y porcentajes de humedad del 95% que calan los huesos.

Sin embargo, cada vez llegan más extranjeros a Uruguay, como muestran las crecientes cifras de entradas migratorias. Los que se quedan aprecian y disfrutan una ciudad extensa y poco poblada (1,4 millones), llena de barrios jardín, con más casas que edificios y un patrimonio histórico mal conservado, pero de una irresistible belleza decadente. También valoran la amabilidad y tranquilidad de la gente, esos camareros que tardan 20 minutos en traerte un café y otros 20 en cobrártelo, obligándote a no hacer nada 40 minutos al día. Y, sobre todo, Montevideo te enseña a comprar menos cosas y a disfrutar de lugares como la rambla, un paseo marítimo de 24 kilómetros a lo largo de las aguas cambiantes del Río de la Plata, donde se hacen reuniones, se improvisan partidos de fútbol o se pueden instalar sillas de plástico para mirar pasar los barcos que llegan al puerto.

La rambla fue una obra colosal y muy costosa, construida en la primera mitad del siglo XX, cuando la bonanza económica era tal (producto de la exportación de carne) que los habitantes de la ciudad pudieron darse el lujo de tirar la casa por la ventana para vivir con el privilegio de mirar todos los días el Río de la Plata (que ellos llaman mar). Desde entonces, los montevideanos han hecho todo lo posible para quedarse en la primera mitad del siglo XX, con un instinto natural para frenar la modernidad y su estrés. Ahora resulta que por eso su ciudad es la mejor, y la más cara.