Hablemos de Cine

Cine Columnistas Hablemos de Cine Apr 12, 2019 at 10:34 am
Melvil Poupaud en GRACE À DIEU

Melvil Poupaud en GRACE À DIEU

Así como en 2015 el realizador Tom McCarthy abordó en Spotlight la investigación periodística realizada por el diario Boston Globe sobre el encubrimiento de los abusos sexuales de la Iglesia Católica en el estado de Massachusetts, en Gràce à Dieu el director François Ozon lo encara enfocando su atención en las víctimas que han sufrido ese ataque por parte del clero en la ciudad de Lyon. Basado en hechos reales, el film dramatiza estos lamentables eventos de manera impecable.

Con máxima sobriedad y estructurado como un docudrama el público asiste a varias historias estremecedoras sobre la pedofilia ejercida por un clérigo y el modo en que ese hecho se ha mantenido oculto para no embarazar a la institución católica. Si bien los nombres de los responsables son auténticos, en cambio se han mantenido otros ficticios para los afectados y sus familiares.

Basado en los testimonios recogidos para reflejar la verdad de lo acontecido, en su relato de ficción Ozon presenta a Alexandre Guérin (Melvil Poupaud), un respetable abogado, profundo católico y padre de cinco hijos en el seno de una familia muy bien constituida de Lyon. Cuando en 2014 se entera que el sacerdote Bernard Preynat (Bernard Verley) de 70 años, un pedófilo que lo abusó en su pre-adolescencia, regresa a la ciudad para predicar misa desde el púlpito y entrar en contacto con menores, notifica el hecho a Philippe Barbarin (François Marthouret) quien es el Cardenal y Arzobispo de Lyon; entretanto la psicóloga de la diócesis Régine Maire (Martine Erhel) coordina un encuentro entre Guérin y Preynat; en el mismo, el acusado admite y siente haber cometido esa aberración debido a su incontenible atracción hacia los niños. Después de que Alexandre logra entrevistar al Cardenal, éste le manifiesta su sentimiento de pena por lo acontecido pero sin remover del cargo al confeso sacerdote.

Al comprobar que Barbarin no adopta ninguna acción por lo que implícitamente protege a Preynat, Alexander, siempre contando con el total apoyo de su mujer (Aurelia Petit), se dispone a localizar a otras víctimas de Preynat para iniciar una acción conjunta de denuncia. Una de las mismas es François Debord (Denis Ménochet), un hombre de familia ateo, que al principio se encuentra reluctante de iniciar una acción legal contra el clérigo pero que luego accede a participar junto con su amigo Gilles (Eric Caravaca), otro de los afectados; en consecuencia deciden constituir una asociación denominada “La parole liberée” (la palabra liberada) y abrir un sitio web construido a tal efecto para que otros damnificados se adhieran a la causa a fin de combatir el silencio mantenido por Barbarin.

Es así que va emergiendo Emmanuel Thomassin (Swann Arlaud), otro agredido por Preynat y en donde las heridas emocionales de su infancia aún no han cicatrizado. En su frustrada existencia es Incapaz de lograr estabilidad en un empleo y a medida que su memoria va registrando los tristes hechos del pasado es objeto de severas convulsiones; aparte de mantener una relación sentimental asfixiante con su pareja, su único verdadero apoyo lo obtiene de su querida madre (Josiane Balasko).

Con un excelente montaje, actuaciones irreprochables y con una narración sobria y respetuosamente controlada, Ozon ofrece un documento vibrante y absorbente que tiene como propósito lograr la justicia social denunciando a la jerarquía eclesiástica capaz de proteger a un monstruo responsable del grave delito cometido en forma reiterada a los niños de Lyon.

Como corolario del drama narrado es necesario agregar que hace pocas semanas Barbarin fue declarado culpable y condenado a seis meses de prisión suspendida al haber estado enterado entre 2014 y 2015 de las acusaciones de las víctimas de Preynat y no haber reportado los desvergonzados incidentes a la justicia. Por otra parte, aún no está claro cual será el veredicto de la justicia cuando el pedófilo clérigo sea juzgado.

Para concluir la crónica de este triste documento, que sin duda estimula la discusión, queda la pregunta si acaso el cine testimonial como el de Ozon puede tener la suficiente fuerza de contribuir de manera decisiva en la lucha contra el aberrante delito de la pedofilia. ¡Ojalá que así lo sea!

UN AMOUR IMPOSSIBLE. Francia, 2018. Un film de Catherine Corsini

Niels Schneider y Virginie Efira en UN AMOUR IMPOSSIBLE

Niels Schneider y Virginie Efira en UN AMOUR IMPOSSIBLE

Basada en la novela homónima autobiográfica de Christine Angot publicada en 2015, la directora Catherini Orsini relata en Un Amour Impossible la dolorosa experiencia vivida por la autora durante su adolescencia a través del vínculo mantenido con su progenitor. Es ella misma quien efectúa la narración con la voz en off.

 

El guión de Corsini y Laurette Polmanss sitúa la acción en Francia durante un periodo de cuatro décadas, presentando a Rachel (Virginie Efira) en los últimos años de la década del 50. Ella es una joven proveniente de una familia de condición social modesta que trabaja como oficinista en la pequeña ciudad Châteauroux. Asistiendo a un baile local conoce a Philippe (Niels Schneider), un apuesto traductor parisino bien cultivado perteneciente a una familia burguesa de París que logra atraerla. Prontamente surge entre ellos un apasionado amor donde desde un principio él le hace saber que es una persona deseosa de gozar la más amplia libertad sin que ningún compromiso sentimental lo retenga y por lo tanto totalmente reacio al matrimonio. Cuando Philippe concluye su tarea retorna a Paris y al poco tiempo su enamorada le comunica que está embarazada; sin adjudicar trascendencia a la noticia, además de rehusar a cualquier responsabilidad paternal tampoco acepta ofrecer su apellido a la criatura que se está gestando. Cuando Chantal nace Rachel como madre monoparental asume con valor y determinación la tarea de criar y educarla a pesar de todas las dificultades que debe atravesar, entre otras, la del condicionamiento social de la época.

 

A medida que pasan los años Philippe retorna esporádicamente al pueblo y Rachel lo acepta intimando cada vez con él como si nada hubiera pasado; más aún, él demuestra poco interés por su hijita pequeña (Ambre Hasaj), como tampoco lo hace cuando la niña va progresando en edad (Sasha Allessandri-Torres Garcia). La desfachatez de Philippe mezclada de indudable sadismo alcanza un inconcebible nivel cuando en uno de esos viajes él le confiesa a Rachel que se ha casado con una rica mujer alemana de su misma condición social.

 

El momento crítico del relato se produce cuando después de 8 años de ausencia, Philippe regresa una vez más para descubrir que su hija es ya una adolescente (Estelle Lescure); por primera vez se muestra interesado por ella, acepta brindarle su apellido al propio tiempo que mantiene una estrecha relación afectiva que finalmente repercutirá negativamente en la vida de Chantal al dejarla emocionalmente traumatizada.   La experiencia vivida con su padre hará que la joven guarde distancia con su madre hasta que finalmente como adulta (Jehnny Beth) Chantal-el alter ego de la autora del libro- se reconciliará con Rachel reconociendo todo el amor y devoción que ella le brindó durante su vida.

 

Este melodrama está muy bien realizado por Corsini, a pesar de que resulta difícil comprender la bajísima autoestima de Rachel al haber tolerado durante largo espacio de tiempo al despreciable Philippe sin haberlo rechazado en ocasión de sus fantasmagóricas visitas. En la interpretación se destaca netamente Virginie Efira como la estoica madre de Christine Angot; Niels Schneider por su parte logra transmitir la transformación de un agradable joven narcisista en un cínico, perverso y cruel manipulador.

 

Aunque de carácter formal, la objeción que se puede hacer a este relato es el descuido del maquillaje en la medida que los rostros de Efira como los de Schneider no denotan el envejecimiento natural que se produce a través de los años.

 

SUNSET. Hungría, 2018. Un film de László Nemes.SUNSET

 

Después de abordar el tema del holocausto en Son of Saul (2015), premiado con el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes como así también con el Oscar al mejor film extranjero, el realizador húngaro Lászlo Nemes retorna con Sunset , un drama que se desarrolla en Budapest durante un período de gran convulsión que precedió a la Gran Guerra.

Habiendo demostrado una madurez remarcable en el film precedente manejando un tema delicado con cámara en mano que otorga al relato un ritmo vertiginoso y febril, algunos de esos rasgos distintivos se siguen apreciando en su nuevo trabajo pero el resultado no resulta convincente.

El guión del realizador escrito con Clara Royer y Matthieu Taponier sigue los pasos de la joven Irisz Leiter (Juli Jakab), una huérfana que no llegó a conocer a sus padres. Escapando de   Trieste por razones que no se llegan a precisar, en 1913 llega a la capital de Hungría con el propósito de encontrar trabajo en la tienda de sombreros que había pertenecido a sus progenitores. Sin embargo, Oszkar (Vlad Ivanov), el actual propietario, amenazado por su presencia la rechaza y eso se debe porque su hermano, que ella no sabía que existía, años atrás mató a un conde húngaro y posteriormente desapareció.

Una vez lanzada en el bullicio de las calles de Budapest, Irisz está obstinada en localizar a su hermano y a partir de allí la historia se vuelve confusa a través de los distintos personajes que ella encuentra en su búsqueda. A medida que se va introduciendo en el laberinto urbano, la frustración y desorientación de la joven se transmite en el ánimo del espectador quien se siente desconcertado tratando de descubrir hacia dónde apunta el caótico y tedioso relato. Aquí no se trata de rechazar el esfuerzo intelectual que este filme pueda demandar al cinéfilo: sin embargo, para armar el rompecabezas propuesto por Nemes es necesario que se suministren las piezas necesarias para integrarlo, hecho que aquí no sucede en la media que hay demasiados hilos sueltos.

Entre los logros del film cabe destacar la lograda ambientación de época gracias a los buenos diseños de producción, la estupenda fotografía como así también la sensibilidad que Jakab vuelca a su personaje donde el ojo de la cámara la enfoca permanentemente a lo largo del metraje; con todo, esos elementos no compensan la confusión de esta historia carente de emoción y que innecesariamente se prolonga a lo largo de casi dos horas y media.