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Cine Columnistas Hablemos de Cine Apr 26, 2019 at 11:04 am
Bérénice Bejo y Martina Guzman en LA QUIETUD

Bérénice Bejo y Martina Guzman en LA QUIETUD

Por Jorge Gutman

Pablo Trapero, uno de los más importantes realizadores argentinos, da un paso en falso en el melodrama La Quietud. Tratando de explorar los lazos que unen a los miembros de una familia disfuncional, la historia concebida por el realizador resulta chata y sin mayor vuelo en la medida que es fácilmente olvidable al poco tiempo de haber finalizado su proyección.

 

La acción se desarrolla en una estancia argentina que lleva el título del film aunque en su interior lo que menos impera es la tranquilidad de la familia de la alta burguesía que la habita; entre los mismos se encuentran el anciano Augusto (Isidoro Tolcachir), su mujer Esmeralda (Graciela Borges) y su hija adulta Mía (Martina Gusmán); Eugenia (Bérénice Bejo), la otra hija, está casada con Vincent (Édgar Ramírez) viviendo en Francia por espacio de 10 años.

 

En la primera escena una fuerte discusión denota la mala relación conyugal del matrimonio como así también el buen acercamiento existente entre Mía y su padre. Cuando inmediatamente después ella lo acompaña a la ciudad al haber sido convocado por un fiscal para esclarecer el origen de unas propiedades que le pertenecen incluyendo la de la estancia, durante el interrogatorio judicial el hombre sufre un accidente cardiovascular que lo deja sumido en coma. En consecuencia, Eugenia inmediatamente regresa a Argentina para estar al lado de los suyos en esos difíciles momentos.

 

El reencuentro de las hermanas resulta apasionado en la medida que durante la primera noche en que ellas se hallan tendidas en la misma cama Trapero deja entrever ambiguamente una relación erótica casi rozando hacia el incesto, en donde ambas terminan masturbándose. A medida que transcurre el relato salen a relucir los amores y odios de esta familia al quedar en descubierto los trapitos sucios de cada uno de sus integrantes. Así, Esmeralda no puede ocultar el profundo rechazo hacia su postrado marido como igualmente demuestra una marcada hostilidad hacia Mía que contrasta con el amor maternal que siente por Eugenia.

 

Los secretos e hipocresías se vuelven más evidentes cuando se llega a saber que Mia en sus visitas a Francia había estado engañando a su tan querida hermana con su cuñado; así cuando Vincent regresa de Paris y Mía lo recoge en el aeropuerto no tiene reparo alguno de intimar inmediatamente con él. Por su parte, Eugenia igualmente practica el adulterio en sus vínculos amorosos con Esteban (Joaquín Furriel), un abogado amigo de la familia.

 

Trapero que siempre se caracterizó por la sobriedad impresa a sus películas, aquí deja de lado la sutileza aplicando en más de una oportunidad la brocha gorda. La película cambia de tono en su parte final volviéndose más melodramática cuando se descubre el abominable comportamiento del moribundo Augusto y su mujer durante el triste período de la dictadura militar que enlutó al país.

 

Sin la profundidad requerida para que el espectador empatice con sus personajes y agravado por una narración en su mayor parte artificial, el film carece la acostumbrada solidez reflejada en la filmografía de Trapero. No obstante su endeble guión la película se distingue visualmente con la buena fotografía de Diego Dussuel, el remarcable diseño de producción de Cristina Nigro y la muy buena interpretación de Bejo, Gusmán y sobre todo la de la veterana actriz Borges quien deslumbra como la matriarca familiar de esta historia.

Robert Pattinson en HIGH LIFE

Robert Pattinson en HIGH LIFE

HIGH LIFE. Francia-Alemania-Estados Unidos-Gran Bretaña-Polonia, 2018. Un film de Claire Denis

La respetada realizadora Claire Denis cuyos filmes son catalogados como “cine de autor” incursiona en el género de la ciencia ficción con High Life. Aunque el punto de partida atrae la atención del espectador, a medida que transcurre el metraje su narración va perdiendo interés juzgando las extrañas situaciones que acontecen en su desarrollo sin la posibilidad de encontrar cabal sentido a lo que Denis desea expresar.

La acción de este claustrofóbico relato no lineal -concebido por la realizadora con la colaboración de Jean-Pol Fargeau y Geoff Cox- transcurre en una nave espacial que flotando a través de la galaxia tiene como destino alcanzar el agujero negro dentro de la distancia más aproximada a la Tierra. En la misma viaja Monte (Robert Pattinson), un ex convicto quien como padre monoparental es responsable de la suerte de su pequeña hijita que se halla con él. En este viaje también se encuentran otros peligrosos prisioneros (André Benjamin, Mia Goth, Agata Buzek, Lars Eidinger, Claire Tran, Gloria Obianyo y Ewan Mitchell) que a cambio de no ser condenados a muerte han aceptado ser utilizados como cobayos en esta misión espacial sin aparente retorno. A todo ello, en el interior del vehículo se halla la doctora Dibs (Juliette Binoche), una desequilibrada científica con un pasado criminal, que mantiene el control de los pasajeros a quienes considerándolos como meros objetos sexuales los somete a inauditos ensayos de reproducción humana. Así, en una grotesca y nada sutil escena ella logra que Monte produzca un orgasmo durante su sueño para luego recoger su semen a fin de ser inseminado artificialmente.

¿Cuál es el propósito de este relato? Tratando de hallar una explicación lógica, uno podría pensar que dentro del marco actual donde queda resaltado el empoderamiento femenino, Denis desea demostrar que la mujer es dueña absoluta de su destino y que por lo tanto es capaz de fecundar sin que exista el natural acoplamiento entre los sexos; otra interpretación podría radicar en ilustrar el porvenir de la raza humana. En todo caso, la fantasía que aquí se aprecia resulta desconcertante y a la postre frustrante en la medida que la intención provocativa de Denis de desafiar al espectador sobre temas existenciales acerca de la vida y la muerte es pretenciosamente filosófica.

Sin emoción alguna y con escenas violentas difíciles de digerir, este desconcertante drama podrá atraer por la popularidad que despiertan Pattinson y Binoche; si bien ambos se desempeñan muy bien a pesar de las limitaciones de sus personajes poco convincentes, es deseable poder apreciarlos en proyectos de mayor envergadura.

Si acaso el lector de estas líneas que acuda a ver el film no alcanza a desentrañarlo ni a vislumbrar hacia dónde enfoca, no deberá preocuparse porque Pattinson como protagonista del mismo, en declaraciones vertidas a la prensa manifestó que él no había llegado a comprenderlo totalmente.

DIAMANTINO. Portugal-Francia-Brasil, 2018. Un film escrito y dirigido por Gabriel Abrantes y Daniel Schmidt.

Carlotto Cotta en DIAMANTINO

Carlotto Cotta en DIAMANTINO

Según sea la óptica del espectador, Diamantino puede ser considerada una comedia del absurdo, una sátira surrealista como así también una lunática farsa. Considerando algunos aspectos de la realidad contemporánea en el contexto del mundo caótico en que se vive, en su ópera prima los realizadores Gabriel Abrantes y Daniel Schmidt ofrecen un divertimento que cumple con el objetivo de entretener sanamente.

En una escueta síntesis se puede anticipar que Diamantino (Carloto Cotta) es un brillante futbolista portugués, aunque completamente ingenuo, que despierta admiración en todo el país por su distintivo estilo de juego; no obstante su gloria se desmorona cuando en un partido decisivo del campeonato mundial de fútbol comete un error al no haber atajado un penal que malogró la suerte de su equipo. Tras la muerte repentina de su padre, sus malévolas hermanas Sonia (Anabela Moreira) y Natasha (Margarida Moreira) tratan de aprovecharse de él conduciéndole a una experimentación genética por parte de un excéntrico científico.   Simultáneamente, Aisha (Cleo Tavares), una encubierta agente de gobierno, trata de investigar algunos aspectos aparentemente turbios de las finanzas de Diamantino posando como un indocumentado adolescente refugiado de Mozambique que finalmente terminará siendo adoptado con todo afecto por él.

De allí en más la no muy articulada trama apunta hacia diversas direcciones en las que los directores exponen algunas de sus preocupaciones apelando a situaciones disparatadas de eficaz humor. Entre las mismas se refleja el problema de los refugiados africanos, la crisis de la economía y el vínculo de nuestro antihéroe con un partido xenófobo que quiere utilizar su imagen en un aviso publicitario exaltando la necesidad de que Portugal sea grande nuevamente -alusión a la del presidente americano- y que abandone la Unión Europea.

Los directores han sabido convocar un buen elenco donde acertadamente encontraron en Cotta al intérprete ideal caracterizando vivamente al infantil y candoroso personaje central de esta historia.

Aunque sin analizar con profundidad los diferentes tópicos abordados, Abrantes y Schmidt apelando a una loable imaginación han conseguido efectuar una risueña fantasía no exenta de comentario crítico al poner el dedo en la llaga sobre ciertas anomalías que inquietan al mundo actual.

Apreciando los méritos de esta obra vanguardista, el jurado de la Semana de la Critica del Festival de Cannes de 2018 merecidamente la ha distinguido con el Gran Premio.

RAFIKI. Kenia-Sudáfrica-Francia-Holanda-Alemania-Noruega, 2018. Un film de Wanuri Kahiu

Samantha Mugatsia y Sheila Munyiva en RAFIKI

Samantha Mugatsia y Sheila Munyiva en RAFIKI

 

Dentro de lo poco que se conoce del cine de Kenia, la joven realizadora Wanuri Kahiu en un guión por ella escrito con Jenna Bass ofrece en Rafiki un drama humano abordando el lesbianismo, un tópico que para el continente africano es poco menos que tabú. En general, la homosexualidad está severamente penada en Kenia y por lo tanto su tratamiento en cine se hace aún más riesgoso.

 

La acción transcurre en un barrio pobre de Nairobi donde viven Kena (Samantha Mugatsia) y Ziki (Sheila Munyiva), dos jóvenes adolescentes; cuando ellas llegan a conocerse, la primera mirada   entrecruzada produce de inmediato un chispazo de atracción. Así, la relación amistosa inicial desemboca en un vínculo más intenso donde les resulta imposible evitar el encuentro sexual. Todo ello debe ser realizado clandestinamente, en la medida que los prejuicios sociales actúan como una barrera represora del amor que las une.

 

Aunque el tema no es novedoso para la cinematografía americana y/o europea sí lo es para la de África; en tal sentido, la directora apelando a una narrativa clásica capta muy bien las ilusiones y sueños de dos muchachas que aspiran a un porvenir más esperanzador que el que les ofrece el medio en que se desenvuelven. Además del romance ilícito el relato aborda las diferencias políticas sustentadas por los padres de las jóvenes, aspecto que no agrega mucho al tópico central del film.

Más allá del exotismo natural que destila esta película, la misma se distingue por su honestidad y especialmente por la empatía que logran sus protagonistas femeninas transmitiendo con convicción los sinsabores del sacrílego amor de sus personajes que por la dura realidad que deben enfrentar no concluye satisfactoriamente.