HABLEMOS DE CINE

Cine Columnistas Hablemos de Cine May 16, 2019 at 11:19 am
Oleg Ivenko en THE WHITE CROW

Oleg Ivenko en THE WHITE CROW

Por Jorge Gutman

Después de Coriolanus (2011) y The Invisble Woman (2013), Ralph Fiennes se ubica nuevamente detrás de la cámara -además de participar como actor- para enfocar a Rudolf Nureyev, un individuo que revolucionó con su estilo el mundo de la danza y es considerado como uno de los más importantes bailarines del siglo pasado.

Valiéndose del eficiente guión del célebre dramaturgo inglés David Hare, Fiennes no escatima detalles para que el espectador tenga una muy buena apreciación de la semblanza del artista. El realizador considera tres momentos de su existencia en una narración no cronológica: su infancia, su formación en la danza durante sus años adolescentes y su estancia parisina hasta el dramático y culminante momento de su deserción.

Nacido en marzo de 1938 a bordo de un tren transiberiano, Nureyev perteneció a una familia de origen muy humilde lo que de ningún modo obstaculizó su inclinación por la danza desde muy pequeño. A los 17 años comienza sus estudios de ballet en Leningrado teniendo como instructor al renombrado maestro Alexander Pushkin (Fiennes) quien reconociendo su innato talento le transmite los conocimientos técnicos necesarios para convertirlo en un calificado bailarín; además de tomarlo bajo su protección el joven discípulo es objeto de una especial e íntima atención por parte de Xenia (Chulpan Khamatova), la esposa de Pushkin.

Su excelente formación le permite ingresar al prestigioso ballet Kirov -hoy día Mariinsky-; cuando el conjunto es invitado en 1961 a actuar en París, Nureyev sale por primera vez de la URSS. Resulta interesante apreciar cómo el joven se siente impresionado con lo que aprecia en la ciudad; deseoso de explorarla por sí mismo, logra vencer la resistencia de los funcionarios del KGB liderados por el implacable Strizhevksy (Aleksey Morozov),al no permitir que los integrantes de la compañía mantengan contacto con la gente local.

Además de visitar el famoso Museo del Louvre y otros históricos lugares que forman parte de la riqueza cultural de París, Nureyev tiene ocasión de relacionarse con colegas franceses- entre ellos Pierre Lacotte (Raphaël Personnaz)- y también conocer a Clara Saint (Adèle Exarchopoulos), una joven chilena que perdió a su novio en un reciente accidente, quien además de admirarlo como artista jugará un rol importante para que pueda residir permanentemente en Francia.

Aunque el relato no excluye escenas de ballet en el famoso Palais Garnier donde Nureyev fascina al público que lo contempla en sus pasos de baile, lo que más enfatiza es el espíritu de libertad que anima al bailarín y cómo gravita en su creatividad artística.

Sabiendo que resultaría dificultoso que un actor sin experiencia en ballet pueda animar al mítico personaje, Fiennes decidió que el bailarín Oleg Ivenko lo caracterizara: sin haber actuado en cine anteriormente, además de ser un excelente representante de la danza Ivenko se adentra en la piel de Nureyev tanto en lo físico como en el aspecto emocional. Consecuentemente, el novel actor transmite su arrogancia, su carácter temperamental a veces altamente explosivo como así también su vulnerabilidad y sensibilidad; eso queda resaltado en el momento más dramático del film cuando la compañía se encuentra en el aeropuerto de La Bourget para proseguir su gira hacia Londres y él allí decide desertar de la Unión Soviética quien ayudado por los contactos diplomáticos de su amiga Clara logra que le concedan asilo político. En el casting igualmente se destaca el gran bailarín ucraniano Sergei Polunin en un papel de apoyo y con quien Nureyev se relaciona sexualmente.

Los créditos finales anuncian que Nureyev volvió a su tierra natal en 1987 y murió de Sida en 1993.

En resumen, Fiennes logra un film cautivante permitiendo que la generación actual conozca a un remarcable artista que dejó indelebles huellas en el mundo de la danza.

SOFIA. Francia-Qatar, 2018. Un film escrito y dirigido por Meryem Benm’Barek

Maha Alemi en SOFIA

Maha Alemi en SOFIA

En los créditos iniciales de Sofía se informa que en Marruecos es ilegal y consecuentemente punible entre un mes y un año de prisión el hecho que una mujer no casada mantenga relaciones sexuales. Este tema urticante es lo que la directora y guionista Meryem Benm’Barek considera en su ópera prima.

La acción que se desarrolla en Casablanca presenta a Sofía (Maha Alemi), una joven soltera perteneciente a una buena familia de la ciudad que se encuentra en estado de gravidez sin que nadie que la rodea lo haya notado. En medio de una comida familiar, ella comienza a experimentar calambres estomacales y es allí que Lena (Sara Perles), su prima médica, se asombra al saber que ella está embarazada y a punto de dar a luz. Es así, que con una buena excusa dada al resto de los comensales, Sofía y Lena se dirigen al hospital donde la parturienta para ser asistida debe identificarse como así también suministrar detalles sobre su marido; como obviamente tal persona es inexistente, en vista de la urgencia del caso, es atendida e inmediatamente después del nacimiento de su bebita la clínica hospitalaria otorga Sofía un plazo de 24 horas para que revele la identidad del padre y éste aparezca en persona para reconocer a la criatura.

Si bien el eje central del relato reside en tratar de satisfacer los requerimientos legales para evitar la denuncia y la consiguiente prisión, el otro aspecto subyacente de esta historia es la presión social ejercida para salvar el honor de la familia.

Aunque Marruecos se distingue como uno de los países más modernos del continente africano, no obstante existen valores fuertemente arraigados de una sociedad tradicional y patriarcal nutrida de hipocresías y tabúes, donde la mujer queda relegada a ocupar un lugar secundario. Esos aspectos han sido muy bien captados por la novel realizadora en el retrato que efectúa de sus personajes mediante una narración sensible y sobria, evitando cualquier desborde emocional.

De modestos alcances pero efectivamente realizada y con convincentes actuaciones de Maha Alemi en el rol protagónico y de Sarah Perles, esta película merece su visión.

TOLKIEN. Gran Bretaña, 2019. Un film de Dome Karukoski

Nicholas Hoult en TOLKIEN

Nicholas Hoult en TOLKIEN

En una producción ambiciosa, el director finlandés Dome Karukoski aborda la figura del desaparecido filólogo, lingüista, escritor y poeta John Ronald Reuel Tolkien. Sin embargo quienes por el título del film crean que podrán conocer mejor al autor de las brillantes fantasías The Hobbit y Lord of the Rings se sentirán desilusionados ante un relato que en gran parte resulta frustrante.

 

Karukoski se vale del guión de David Gleeson y Stephen Beresford para narrar la biografía de Tolkien (Nicholas Hoult) de manera convencional utilizando el recurso de flashback. Así en las primeras escenas que transcurren durante la Gran Guerra vemos al futuro autor apostado en las trincheras de la batalla de Somme como soldado británico. De allí la acción retrocede a sus primeros años transcurridos en Sudáfrica donde nació; después de la muerte de su padre, su madre (Laura Donnelly) se traslada con su familia a Birmingham y cuando ella muere a los 36 años, el niño (Harry Gilby) y su hermano Hilary (Guillermo Bedward) quedan a cargo del Padre Francis Morgan (Colm Meaney); él es quien ayuda a Tolkien para que pueda ingresar en la renombrada escuela King Edward de dicha ciudad.

Retornando al escenario de guerra, Tolkien rememora su etapa adolescente donde conoce y se enamora de la huérfana Edith Mary Bratt ( Lili Collins) manteniendo un romance cristalino que años después culminará en la unión matrimonial; también queda cimentada la amistad con sus compañeros de los primeros años de estudio Geoffrey Smith (Anthony Boyle), Robert Gilson (Patrick Gibson) y Christopher Wiseman (Tom Glynn-Carney) quienes a través del interés común por la literatura y la poesía conforman un pequeño círculo literario. Precisamente su amor por el lenguaje motiva a que Tolkien como alumno universitario de Oxford decida abandonar algunas materias del programa clásico para poder estudiar filología con el gran profesor y lingüista Joseph Wright (Derek Jacobi). Es precisamente este catedrático quien estimulará a Tolkien a desarrollar un lenguaje de fantasía que años después le permitirá llegar a ser un remarcable cuentista de relatos fantásticos.

Si bien los aspectos visuales constituyen un aporte positivo para valorar a este film de elegante producción, lamentablemente su narración es insatisfactoria; a través de un tono solemne el director trata de abarcar mucho para en última instancia escarbar poco. La película peca por la escasa exploración de sus personajes, sobre todo en lo que se refiere a los que intervienen durante su infancia y a los de sus tres amigos; además, mientras varios tramos de esta biografía quedan expuestos de manera precipitada, hay otras instancias en donde el relato se aletarga innecesariamente. Lo que mejor está desarrollado es la relación sentimental de Tolkien con Edith a través de algunas escenas emotivas bien caracterizadas por Hoult y Collins; el resto del elenco se desempeña satisfactoriamente atendiendo a lo que el guión les demanda.

En suma, a pesar de las buenas intenciones, el retrato que Dome Karukoski brinda del gran poeta no se equipara al nivel de excelencia alcanzado por el director Peter Jackson en la trilogía de su obra Lord of the Rings.

CONTINUER. Bélgica-Francia, 2018. Un film de Joachim Lafosse

Virginie Efira y Kacey Mottet-Klein en CONTINUER

Virginie Efira y Kacey Mottet-Klein en CONTINUER

En la primera escena de Continuer se ve a Sybille (Virginie Efira), una madre francesa y a su hijo Samuel (Kacey Mottet-Klein) de 19 años montados a caballo a través de una zona desértica de Kirguistán -un país montañoso de Asia Central-. ¿Cómo ambos llegaron a ese lugar? Sin antecedente alguno de estos personajes, solo el director Joachim Lafosse lo sabe. Lo que en cambio queda claro es que la relación entre ellos es decididamente tensa y que Samuel, fastidiado de efectuar esa travesía, presta más atención a su celular y a su caballo que a su progenitora.

De acuerdo a los datos de prensa, el film está basado en una novela de Laurent Muvgnier de 2016 y adaptado para el cine por cinco guionistas. He aquí otro elemento curioso al haber requerido tantas personas para una historia minimalista donde el argumento es lo que menos cuenta sino más bien el tirante vínculo entre los dos personajes mencionados.

Después de pasar la primera noche en la rústica cabaña de un matrimonio de la región conocido por Sybille, al día siguiente reanudan la cabalgata donde el clima de antipatía de Samuel hacia su madre se manifiesta aún con más intensidad.

 

Gradualmente se sabe que esta mujer había vendido la casa de su difunto padre para financiar ese viaje; asimismo, en los escasos momentos del diálogo que Sybille mantiene con Samuel uno se impone que ella quedó embarazada en su adolescencia y que después de haber nacido su hijo, hizo abandono del hogar; en consecuencia, se llega a comprender la razón de la animosidad del joven hacia su progenitora.

 

La presencia de unos bandidos amenazadores que se cruzan en el camino así como el peligro enfrentado al atravesar una zona pantanosa son los únicos factores dramáticos que matizan el relato. Por lo demás, el resto del mismo consiste en apreciar la labor del fotógrafo Jean-François Hensgens captando la vastedad panorámica del trayecto en tanto que el hermoso tema Oblivion de Astor Piazzolla provee un clima de nostalgia a esta suerte de western.

 

Finalmente queda claro que el propósito de este viaje sin rumbo fijo tiene como objetivo reparar el daño emocional que con su ausencia la madre causó a su hijo. Si bien hay indicios de que la ríspida relación existente va atenuándose, su abrupto final evita que el film alcance la fuerza emocional que prometía.

 

La buena interpretación de Efira y sobre todo la de Mottet-Klein quien ofrece una muy buena caracterización del hijo iracundo, contribuyen a que este drama de familia logre medianamente interesar aunque sin llegar a conmover. La dirección de Lafosse es acertada aunque debido a la ausencia de un guión sin gran envergadura dramática, este film no alcanza la resonancia lograda en À perdre la raison (2012) o bien L’Économie du couple (2016), para citar dos títulos de su distinguida filmografía.