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Pero esta no ha sido la única polémica. Las redes han estado en el foco por la compra de seguidores ficticios por parte de influencers; por los linchamientos públicos de personas que son denunciadas en las redes y quedan condenadas al ostracismo sin juicio mediante; por siniestros episodios como crímenes emitidos en directo. Y en Myanmar, Facebook ha vivido uno de sus peores episodios: el año pasado fue acusada de convertirse en el vector fundamental de la propaganda contra la minoría rohingya, víctima de un genocidio. Annus horribilis.

Un reportaje de investigación publicado la semana pasada por la revista Wired pone de manifiesto el infierno interno que la organización ha vivido en los últimos dos años. La tensión sobre qué hacer una vez embarcados en lo que era una realidad — su condición de vehículo informativo global—, las dispu­tas sobre las dispu­tas sobre cómo enfrentar la avalancha de noticias falsas y la crispación que inundaba sus páginas ha segado el optimismo reinante, incluido el del propio Zuckerberg.

Es un hecho. Facebook es la plataforma líder en redirigir a los lectores hacia contenidos informativos desde mediados de 2015, cuando superó en esto a Google. Más de 2.130 millones de personas forman parte de su comunidad. Hay 332 millones en Twitter. Dos tercios de los adultos norteamericanos (el 67%) declaran que se informan vía redes sociales, según un estudio de agosto de 2017 realizado por el Pew Research Centre.

Facebook no crea contenidos, pero sí los ordena. Primero decidió llevar a cabo una labor editorial con un equipo de periodistas que elegían las noticias más populares. Después, tras varios escándalos durante la campaña, apostaron por los algoritmos, delegaron en la máquina. El tiro les ha salido por la culata.

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El problema es el modelo de negocio. Así lo señala Emily Taylor. El usuario acepta ceder datos a cambio de un servicio gratuito. Los algoritmos usan esa información para determinar los intereses del usuario. Las firmas publicitarias pagan por ello. “No solo se extraen datos de lo que se cuelga públicamente”, precisa Taylor, “sino también de la localización, de los mensajes privados”. Cuanto más tiempo pasamos en la plataforma, más datos se pueden extraer. Una noticia chocante, sensacionalista, incluso inverosímil, llama más a la lectura que un sosegado y equilibrado análisis. Una deriva que afecta tanto a las redes como a los medios de comunicación tradicionales.

Facebook no crea contenidos, pero sí los ordena. Primero decidió llevar a cabo una labor editorial con un equipo de periodistas que elegían las noticias más populares

Luego está la cuestión del algoritmo. El usuario de una plataforma como Facebook no ve todo lo que publican sus amigos. Ve lo que la máquina elige conforme a una fórmula que Facebook no revela. “Te muestra lo que quiere el algoritmo, no sabemos con qué objetivo, si perverso o no”, dice Mari Luz Congosto, experta en redes e investigadora del grupo de telemática de la Universidad Carlos III. “Pierdes una parte de tu libertad y la plataforma hace negocio con eso. Manipula lo que la gente lee, marca el camino”.

Y el problema es que el algoritmo manda cada vez más. Hemos pasado de un Internet al que se accedía mediante ordenadores, en los que uno buscaba, exploraba, a uno al que se llega mediante aplicaciones instaladas en el móvil. Algo que sucede, sobre todo, con toda una generación de jóvenes que viven dentro de su teléfono. Y que ocurre en países pobres con mucho teléfono y poco ordenador. “Internet llega a ti mediante un algoritmo, no eres tú el que vas a buscar algo a Internet”, asegura en conversación telefónica desde Bogotá la abogada y activista digital guatemalteca Renata Ávila, asesora legal de derechos digitales de la World Wide Web Foundation, organización presidido por Tim Berners-Lee, el inventor de la world wide web. Y recurre a una metáfora: “Antes operábamos en la calle, el mundo era nuestro, entrabamos y salíamos de los edificios. Ahora estamos encerrados en un centro comercial con reglas estrictas que solo buscan maximizar el modelo de negocio”.

“Internet llega a ti mediante un algoritmo, no eres tú el que vas a buscar algo a Internet”, asegura la abogada y activista digital guatemalteca Renata Ávila

Para Ávila, el problema no es exclusivo de Facebook, ni mucho menos. Todas las plataformas funcionan igual: “El problema es la arquitectura del móvil, de las apps. El modelo de negocio”.

A todo ello hay que añadir el efecto burbuja. El usuario lee lo que le mandan sus amigos y la gente que le es afín ideológicamente: un estudio publicado en la revista científica norteamericana PNAS y que analizó 376 millones de interacciones entre usuarios de Facebook concluyó que la gente tiende a buscar información alineada con sus ideas políticas. “Si Facebook te filtra la información”, opina la investigadora de redes Mari Luz Congosto, “al final solo te muestra una visión de los hechos, te la refuerza y, por tanto, te radicalizas”.

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El modelo de negocio también está detrás del problema de la adicción a las redes, diseñadas para enganchar al usuario. Algún día puede que tengan que responder por ello, como lo tuvo que hacer la industria del tabaco.

Personas esclavizadas por su perfil, por la imagen que deben dar a sus seguidores; chicas que con el paso del tiempo se fotografían cada vez con menos ropa en Instagram para conseguir más likes; adolescentes que no se despegan del teléfono por la cantidad de mensajes a los que se ven obligados a contestar y cuya amistad parece evaluarse en términos de rayitas que marcan sus interacciones en Snapchat. La lista de críticas al impacto social de estas plataformas es variada.

En la última edición del Foro de Davos, el multimillonario George Soros resumió en una intervención los problemas que, estima, plantean las redes. Dijo que mientras las compañías petrolíferas y de minería explotan el medio ambiente, las redes sociales explotan el ambiente. Que, al influir en el modo en que la gente piensa y se comporta, implican un riesgo para la democracia.

Ahora les llueven las críticas, pero tienen muchas líneas de defensa. Cuando el pasado 10 de enero el escritor Lorenzo Silva anunciaba que, harto de ruido, tiempo perdido e insultos, dejaba Twitter, la periodista y prolífica tuitera Carmela Ríos publicó un decálogo de las razones que le llevan a mantenerse en esta red social. Escribió: “Estoy en Twitter porque es una herramienta de comunicación política del siglo XXI”. Y a partir de ahí desgranó sus motivos en 10 tuits: “Porque las redes son necesarias en la era de la desinformación, no es posible detectar o combatir noticias falsas sin conocer su ecosistema natural”; “porque he aprendido con los años a racionar su uso”; “porque es una maravillosa fuente de conocimiento”; “porque he aprendido a discriminar entre sus mejores usos (el menos interesante, sin duda, la tertulia o el debate político)”; y porque permite “conocer a personas cuyas ideas, conocimientos, proyectos o sentimientos merecen la pena”.

Este periódico solicitó hablar con algún portavoz de Facebook y de Twitter para que pudieran responder a algunas preguntas. Ambas ofrecieron, en cambio, enviar información por correo electrónico.

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La cuestión es qué hacer. Porque aunque Zuckerberg ha anunciado que está dispuesto a poner coto a noticias, marcas y memes, aunque vaya a retocar el algoritmo para que haya menos información y más relación entre usuarios, no querrá perder los ingresos en publicidad que entran en función del tiempo que se emplea en su red.

Jonathan Taplin, emprendedor que publicó el año pasado el libro Move Fast And Break Things: How Facebook, Google And Amazon Cornered Culture And Undermined Democracy (Muévete rápido y rompe: cómo Facebook, Google y Amazon arrinconaron la cultura y socavaron la democracia), tiene todas sus esperanzas puestas en la UE. “Europa está liderando al mundo en esto”, declara en conversación telefónica desde California este director emérito del Laboratorio de Innovación Annenberg de la Universidad de Carolina del Sur y exproductor cinematográfico. “Debemos agradecer, por ejemplo, que se multara a Google [2.420 millones de euros por abuso de posición dominante]".

El productor Jonathan Taplin aboga por reducir el tamaño de estos imperios. Que Facebook se desprenda de Instagram y Whatsapp

El nuevo Reglamento General de Protección de Datos de la UE, que se espera para mayo, es visto por múltiples expertos como un catalizador para fortalecer la protección de datos de los ciudadanos. “Hay que regular”, sostiene Taplin, “necesitamos leyes; no es el mercado el que va a solucionar el problema”. Taplin aboga por reducir por ley el tamaño de estos imperios: obligar a Google a que venda YouTube; a Facebook, a desprenderse de Instagram y WhatsApp; aplicar leyes de la competencia, redimensionar.

The Economist proponía en noviembre en un artículo que las redes deberían dejar más claro si un post viene de un amigo o de una fuente fiable, mantener a raya a los bots que amplifican los mensajes y adaptar sus algoritmos para poner las noticias pincha-pincha [las que provocan muchos clics] al final del muro para evitar así que los reguladores acaben imponiendo cambios en un modelo de negocio basado en monopolizar la atención.

Los grandes de Silicon Valley, mientras, han enviado a un ejército de lobistas a Washington. Temen que les ocurra como a Microsoft, condenada por prácticas abusivas de monopolio.

Hay voces que reclaman que las plataformas tengan que responder por lo que se publica en ellas. Algo a lo que las redes responden que se niegan a convertirse en árbitros de la verdad. Hay otras que reclaman que los programas educativos incluyan elementos prácticos que permitan a los más jóvenes aprender a manejar el componente adictivo de las redes.

Hay quien dice, en fin, en un claro alarde de optimismo antropológico, que la gente progresivamente pasará de ellas como de la comida basura, optará por dedicar su tiempo de lectura a bocados más selectos.

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Manipuladoras de la atención. Vehículo de noticias basura. Oligopolios sin control. Las redes sociales han tenido en 2017 su ‘annus horribilis’. ¿Qué hacemos con ellas?

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Michael Cohen, abogado desde hace tiempo de Donald Trump, ha reconocido el pago en octubre de 2016 de 130.000 dólares a la actriz porno Stormy Daniels, que asegura que tuvo un encuentro sexual en 2006 con el ahora presidente estadounidense. Pero Cohen sostiene que el dinero salió de su bolsillo y que el conglomerado empresarial ni la campaña electoral de Trump participaron en la transacción.

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Es la primera vez que el entorno de Trump reconoce el pago aunque Cohen ha declinado explicar los motivos y ha desvinculado por completo al republicano, en un intento de atajar la polémica. El pasado enero el diario The Wall Street Journal destapó el pago, que informó formaba parte de un acuerdo económico, alcanzado un mes antes de las elecciones presidenciales que ganó Trump, por el que Daniels se comprometió a guardar silencio sobre sus contactos con el multimillonario neoyorquino.

La actriz porno, cuyo nombre real es Stephanie Clifford, asegura que tuvo un encuentro sexual con Trump en 2006 en un hotel de Nevada, tras conocerlo en un torneo de golf. Los hechos habrían ocurrido poco después de que su esposa Melania, con la que se había casado un año antes, diera luz a su hijo Barron. El niño nació en marzo de 2006.

“Ni la organización Trump ni la campaña de Trump participaron en la transacción con la señora Clifford, y tampoco me reembolsaron el pago directa o indirectamente”, afirmó Cohen en un comunicado remitido este martes a The New York Times. “El pago a la señora Clifford fue legal y no fue una contribución de campaña ni un gasto de campaña de nadie”, agregó el letrado, que aseguró haber dado explicaciones a la Comisión Electoral Federal tras la presentación de una denuncia de una organización social por presunta malversación de fondos de campaña.

Cohen ha dicho en el pasado que Trump ha negado haber tenido un encuentro sexual con la actriz porno. Según el Times, el abogado no respondió a las preguntas del diario sobre por qué hizo el pago, si Trump estaba al tanto o si hubo transacciones similares con otras personas.

Tras el estallido del escándalo, el abogado divulgó un comunicado de Daniels en el que la actriz negaba haber mantenido una relación con Trump. Sin embargo, en las entrevistas que ha concedido hasta la fecha, la mujer no ha confirmado ni desmentido la aventura.

Clifford, de 38 años, ha tenido una exitosa carrera en el cine pornográfico. Cuando conoció a Trump, en el torneo de golf de Tahoe, tenía 26 años y estaba en la cima de su carrera. En 2010, estudió la posibilidad de presentarse al Senado por Luisiana como republicana, pero finalmente no lo hizo.

La actriz había contado en el pasado su historia a dos medios de comunicación, pero no se publicaron hasta que el Journal reveló el pago hace un mes. En otoño de 2016, Clifford mantenía conversaciones para aparecer en televisión, pero el acuerdo económico con Cohen frenó esos planes. El pago se efectuó poco después de que se difundiera un vídeo de 2005 en el que Trump hablaba en términos soeces de mujeres, lo que puso en jaque su campaña.

El republicano contraatacó apareciendo, antes del segundo debate ante la demócrata Hillary Clinton, con tres mujeres que han denunciado sufrir abusos sexuales por parte de Bill Clinton, el expresidente y marido de la excandidata demócrata.

El Journal ya informó cuatro días antes de las elecciones presidenciales de noviembre de 2016 de que Clifford tenía un acuerdo para salir en un programa de la cadena ABC para contar su relación con Trump. La entrevista se canceló súbitamente.

En ese artículo, el diario también revelaba que la compañía editora del National Enquirer, cuyo editor es amigo personal de Trump, pagó 150.000 dólares a una exmodelo de Playboy para que callara sobre sus supuestos encuentros sexuales con el magnate inmobiliario, que se remontaban a la misma época que el caso de Clifford.

Un abogado de Trump asegura que él pagó de su bolsillo 130.000 dólares a la actriz porno Stormy Daniels

El letrado reconoce que dio el dinero a la mujer, que afirma haber tenido un encuentro sexual en 2006 con el ahora presidente que entonces estaba casado

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