Así masacraron Los Zetas: “Cuando se terminó, dormimos normalmente”
Así masacraron Los Zetas: “Cuando se terminó, dormimos normalmente”
En los anales de la violencia extrema en México ha quedado escrito a sangre y fuego el nombre de Los Zetas. El cártel creado en los 2000 por soldados desertores del Ejército aplicó al crimen organizado la táctica de la propagación del terror civil. A más salvajismo, más miedo entre la población, más sometimiento de las autoridades, más silencio en los medios y, aunando todo ello, un control incontestable del territorio donde operaban. La máquina de muerte de Los Zetas alcanzó su culmen en dos episodios trágicos que un estudio académico trata de esclarecer: el asesinato de 72 migrantes en Tamaulipas en 2010 y la desaparición de un número incierto de personas (se llega a hablar de 300) en 2011 en Coahuila.
Bajo la dirección del politólogo Sergio Aguayo y con el auspicio de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas, el Centro de Estudios Internacionales del Colegio de México ha llevado a cabo una investigación que presenta ahora con el título En el desamparo. Analiza esos dos terribles casos y subraya la falta de atención recibida por las víctimas con una conclusión que no sorprende a nadie y ratifica un problema de raíz: “El Estado no ha hecho la tarea”.
Municipio de Allende. Estado de Coahuila, norte de México, fronterizo con Estados Unidos. Marzo de 2011. ¿Qué pasó en Allende? ¿Aquello duró días o duró semanas o duró meses? ¿Cuántos murieron? Allende es la interrogante más oscura de los años de mayor psicopatía zeta. Testimonios nunca confirmados han llegado a hablar de 300 desaparecidos. El estudio precisa que oficialmente la cifra se queda en 42 desaparecidos en un periodo de 14 meses, 26 de ellos en un fin de semana enloquecido, del viernes 18 al domigo 20 de marzo, en el que un escuadrón de la muerte de Los Zetas sitió el pueblo de Allende para -por orden de los inclementes hermanos Treviño, generales del cártel- hacer pagar con el asesinato de familiares, amigos y colaboradores a tres zetas que supuestamente los habían traicionado delatándolos a la DEA y robándoles entre cinco y diez millones de dólares. En la más pura tradición de la tierra arrasada, mataron personas, quemaron sus cuerpos en gasolina, demolieron casas con retroexcavadoras. Y mientras tanto, los policías municipales de Allende, al servicio de la gran masacare de los Treviño, “nomás se quedaron mirando”.
Los tres perseguidos se encuentran en Estados Unidos, al menos dos como testigos protegidos. El informe critica la “opacidad” de Estados Unidos ante las peticiones de información sobre ellos.
Policías a sueldo. “Las fuerzas del orden cumplieron eficazmente las directrices recibidas”, afirma el informe en el caso de Allende. “No salir a patrullar ni responder a los llamados de auxilio”. La única nota de humanidad por parte de los agentes corruptos fue la de “una policía integrada en Los Zetas” que encontró a una niña de cinco años y un niño de tres y los sacó de allí para llevarlos a otro pueblo. Nada garantizaba que los narcos tuvieran piedad: un año después en Allende localizaron a unos familiares de uno de los tres “traidores” y los mataron. Eran un matrimonio y sus dos hijos, uno de seis años y un bebé de meses. Este nuevo acto de venganza lo ejecutaron juntos sicarios y policías.
“En 2010 y 2011, Los Zetas tenían a su servicio a los 38 policías de San Fernando y a los 20 de Allende”, asegura el informe. “Sin embargo, los agentes se involucraron de diferente manera con los criminales. Algunos se hicieron entusiastas cómplices; otros pusieron distancia sin confrontar ni combatir a los delincuentes”. En el estudio se explica la facilidad de comprar policías en México. Se precisa que por entonces en aquella región un agente cobraba de media menos de 300 dólares al mes. Para tener comprado al cuerpo policial de Allende, se ejemplifica, Los Zetas, una maquina multimillonaria de hacer dinero con el tráfico de cocaína, principalmente, y con los secuestros y la extorsión, necesitaban gastarse poco más de 3.000 dólares al mes.
El análisis de las mayores sangrías de Los Zetas culmina subrayando la complicidad o inoperancia de las instituciones, según los niveles de gobierno. “Los gobiernos municipales fueron cómplices de graves violaciones a los derechos humanos, el gobierno estatal de Tamaulipas fue indiferente y el de Coahuila, insuficiente. ¿Qué hicieron y qué dejaron de hacer las dependencias federales? La información que tenemos es insuficiente para entender las acciones y omisiones del Ejecutivo federal”, dice el informe, “y esperamos cerrar ese hueco durante la Fase 2 de esta investigación”.
Hoy el cártel de Los Zetas ha perdido unidad. Sus líderes históricos están fuera de juego. Heriberto Lazcano, El Verdugo, muerto, aunque su cadáver se lo llevó del tanatorio inexplicablemente un comando zeta. Miguel Ángel Treviño, el Z-40, encarcelado. La organización se ha fragmentado de un modo que permanece confuso, sin demasiada claridad sobre la morfología actual del cártel. Pero su violencia sigue muy viva en los Estados del Golfo de México, fundamentalmente Veracruz y Tamaulipas. Mientras tanto, México intenta comprender los episodios más descarnados de la joven historia de esta mafia de impronta paramilitar.

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