Pedro Infante, el ‘Toro’ mexicano que nunca muere
Pedro Infante, el ‘Toro’ mexicano que nunca muere
–Tengo que estar muy almeja, muy vivo –dice el copiloto antes de subir al avión– porque si no podría darme tremendo guayabazo, y ¡válgame la Virgen!, ni Dios lo permita.
A los 39 años, tres viudas oficiales, seis hijos, con dinero pero sin una cana en su pelo tizón ni una arruga en su piel criolla, había muerto –en palabras del cronista Carlos Monsiváis– el ídolo, el novio ideal, el Querido Amigo, el pariente, El Mexicano-que-nunca-va-a-dejar-de-serlo.
Al entierro llegan más de 2.000 coches cargando flores, rumores de suicidios de jóvenes desconsoladas, heridos por cargas policiales entre el más de un millón de personas que desbordan el Panteón Jardín de Ciudad de México. El pueblo llora y vuelve a cantar sus rancheras. Amorcito corazón / Yo quiero ser un solo ser / Y estar contigo. El pueblo vuelve a recordar sus películas. Otra vez Monsiváis: él era y seguirá siendo a todo dar, francote, sencillote, siempre dispuesto a un saludo, querendón, sonriente, enamorado.
Negrete comía pan, mientras que Pedro comía tortillas como todos nosotros
“No era el mejor cantante ni el mejor actor pero era tan carismático, que lo mismo daba. Supera hasta a Cantinflas en cariño popular”, dice Martín Urieta, uno de los compositores vivos más importantes de México, que reconoce a la vez su versatilidad para las rancheras, los boleros, guapachosa, tropical y hasta la canción infantil: “¿Qué solista ha manejado todos esos registros?”
Antes que él, otros dos mitos de la época dorada del cine mexicano, Blanca Estela Pavón y Jorge Negrete, se habían marchado antes de tiempo. En Pedro Infante no ha muerto, la crónica de 1984 de la periodista Cristina Pacheco, aparece este testimonio anónimo:
“México ha tenido muchos ídolos. Ahí tienes a Jorge Negrete, que la gente decía que cantaba hasta óperas. Le admiramos pero nunca hemos llegado a identificarnos completamente con él. ¿Por qué? Te lo voy a explicar de un modo muy simple. Negrete comía pan, mientras que Pedro comía tortillas como todos nosotros”
Pepe el Toro como héroe de barrio lumpen que consigue burlar a su destino de miseria
El cuarto de 14 hermanos de una humilde familia sinaloense, Pedro Infante Cruz nunca terminó la escuela. Trabajó desde niño, primero en una panadería y luego como carpintero, el papel que representaría en 1948 en su película fetiche, Nosotros los pobres, el gran melodrama costumbrista mexicano de la época.
El chico pobre pero honrado interpretándose a sí mismo. Pepe el Toro como héroe de barrio lumpen que consigue burlar a su destino de miseria, a la policía que lo quiere encarcelar injustamente, a sus vecinos rateros, al abogado rico que le quiere robar la novia. En palabras de la escritora Ángeles Mastretta, un macho mexicano, sí, pero de los conquistadores, no de los golpeadores.
Este sábado, 60 aniversario de su muerte, se espera que los alrededores del Panteón Jardín vuelvan a llenarse. “Es increíble e impresionante que a lo largo de tantos años la gente, sus admiradores, hayan estado con mi padre al pie de su tumba –comentaba esta semana una de sus hijas– Para ellos es como un día de campo, de esta: llevan comida, lo recuerdan y celebran con su música, le cantan e incluso hasta terminan borrachos, emulando en sus actuaciones a mi padre”.


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