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    • September 09, 2011 , 01:22pm

    Una noche coral, remembranzas y un tributo

    Una noche coral, remembranzas y un tributo

    Mis lectores saben que no soy un hombre muy dado a las cosas militares, las razones son obvias: imborrablemente quedarán en mi memoria las imágenes de los soldados de mi país de origen instaurando la más brutal y sangrienta dictadura. No para hacer buenas asociaciones con cualquiera cosa que semeje lo militar. Mi rechazo sin embargo venía de antes eso sí. Nunca hice el servicio militar por ejemplo, que en Chile es obligatorio, pero siempre uno puede recurrir a algún subterfugio para evitar hacerlo. Por cierto es lo que hice: no tenía ninguna intención, cumplidos mis 18 años, de andar por ahí disfrazado de soldado, recibiendo órdenes de oficiales de menor calificación intelectual que yo. Por lo demás siempre he pensado que la conscripción es una institución deleznable, originada en tiempos feudales, cuando los dueños de la tierra forzaban a sus campesinos a ir a pelear en las guerras que de vez en cuando entablaban con otros señores feudales. En otras palabras, el servicio militar obligatorio es ni más ni menos que una forma de servidumbre.

    Dicho todo eso ahora sí tengo que hacerles una confesión, detesto todo lo asociado con lo militar: dar órdenes y sobre todo obedecerlas, los discursos patéticamente ridículos y patrioteros, la celebración de la muerte y del sacrificio humano. Sin embargo hay algo que me gusta mucho de esta cultura militar: su música.

    Cierto es que la música militar está esencialmente entrelazada a la función última de la fuerza armada que es de ir a combatir, a matar y a morir. Pero quizás por ello mismo tiene algo de desgarrador y de extático al mismo tiempo. Y es casi natural que así sea, las gaitas escocesas a cuyo sonido lastimero pero a la vez motivador, los soldados marchaban al combate (y los gaiteros tenían que avanzar tocando en medio de la batalla, hasta que ellos mismos callaban porque caían muertos), los ritmos estimulantes de las marchas alemanas, inglesas, norteamericanas, rusas o de cualquier país cuyos ejércitos se han visto envueltos en combate, invitan a unirse a la tropa.

    Hay una belleza que combina el éxtasis y la tristeza en la música militar y hace unos días tuve la ocasión de disfrutar una vez más de una de sus expresiones más emblemáticas, posiblemente del que es el mejor conjunto coral en su género en todo el mundo. Me refiero al celebrado Coro del Ejército Rojo de Rusia, que junto a su conjunto de danzas ahora también lleva el nombre de quien fuera su fundador, Alexander Alexandrov, allá por 1928. Ese entonces joven profesor de música del Conservatorio de Moscú sería también el compositor del himno nacional de la ex Unión Soviética, conservado ahora como himno ruso, aunque su letra fue modificada.

    Por cierto hay algo especial en la música coral rusa también y en particular en esos increíbles bajos con unos registros sorprendentes, contrastados también por barítonos de impecable precisión.

    Esta agrupación coral, originalmente creada para llevar entretenimiento a los contingentes militares soviéticos, se convirtió en plena Guerra Fría en una embajada musical de primera línea. Hoy, desaparecida la URSS, el coro conserva su nombre original y ciertamente mantiene muy bien su fama.

    Una muestra de la calidad del grupo se sintió desde el comienzo de la presentación hace unas noches en la Place des Arts de Montreal (el grupo también actuó en la Ciudad de Quebec, en el marco del Festival Internacional de Música Militar que se celebra cada año en la capital provincial, y luego lo hizo en Ottawa y Toronto), que como gesto de cortesía y protocolo da inicio a sus funciones con la interpretación del himno nacional del país que visita. Me sentí realmente estremecido por la interpretación que el coro hizo de O Canada, el himno nacional de este país. La verdad nunca he escuchado aquí, por artistas o grupos locales una interpretación tan vibrante, tan espectacular como esa noche la escuché en las voces e instrumentos de este grupo extranjero.

    A esta altura, el Coro del Ejército Rojo no sólo interpreta canciones militares sino que con excepcional calidad incursiona también en temas tradicionales rusos, para lo cual tiene además un excelente conjunto de bailarines y bailarinas, y en la interpretación de canciones internacionales.

    Por cierto no podían faltar temas firmemente asociados a Rusia como “Los boteros del Volga” (con el solista Ivan Stolyar dando esos bajos increíbles del “Volga, Volga…”), “Kalinka” (con el solista Vadim Ananiev en cambio con su registro de voz alto entusiasmando a la audiencia con este alegre tema) y por cierto la “Katiuska” (que alguna vez en alguna lejana juventud también entoné en grupo con otros jóvenes, en su versión española: “Florecían manzanos y perales / y de nieve el río se cubrió / por la ribera iba Catalina / iba cantando su mejor canción…” y así seguía esa canción, buen ejemplo de la mezcla de la alegría y la esperanza por un lado—ilustrada en Catalina y su amor por un soldado “que lucha en la frontera”—y que por cierto sobrelleva también la nostalgia por él y por los peligros que corre su amado).

    El Coro del Ejército Rojo además deleitó a la audiencia con temas internacionales: una excelente versión de un trozo de la ópera “Porgy and Bess”, un pot pourri de temas italianos y para el público local dos temas también emblemáticos: “Un peu plus haut, un peu plus loin” (“Un poco más alto, un poco más lejos”) de Jean Pierre Ferland y el simpático tema de Gilles Vigneault “Tout le monde est malheureux” (“Todo el mundo es desdichado”). Su grupo orquestal por su parte nos sorprendió gratamente con su muy buena versión de la famosa Marcha Radetzky de Johann Strauss, un tema íntimamente asociado a lo austriaco y germano, pero que en manos eslavas esta vez tuvo también una resonancia especial.

    Una noche de remembranzas, de imágenes viniéndome desde el pasado y a la vez despertando una vez más esos sentimientos contradictorios pero enteramente comprensibles: hay belleza en la música militar, después de todo son los tonos que han acompañado a tantos a un destino fatal.

    En la memoria: Un grupo de hombres y mujeres de bien

    La noticia llegada desde mi país de origen el fin de semana pasado no pudo haber sido más sobrecogedora: un avión transportando a 21 personas al archipiélago Juan Fernández se hallaba perdido. A las pocas horas se confirmaba la tragedia: no había sobrevivientes. La noticia causó posiblemente mayor impacto porque entre las víctimas se hallaba un equipo periodístico de Televisión Nacional de Chile, encabezado por el más popular de los animadores en ese país, Felipe Camiroaga.

    Personalmente poco sabría de él sino fuera por mi mujer, como muchas otras gran admiradora de un hombre considerado por las damas como el más buen mozo de la televisión chilena. Pero él era mucho más que eso. Precisamente su muerte se produjo cuando él junto a su equipo y la otra gente que viajaba, iban a dar un impulso a las tareas de reconstrucción en esas islas que fueron fuertemente azotadas por el maremoto del año pasado. Un hombre que igualmente podía entrevistar en su programa “Animal nocturno” a personajes de la farándula como Cecilia Bolocco, pero también a la presidenta de la Asociación de Familiares de Detenidos Desparecidos. Un hombre con conciencia social que, al revés de otras personalidades de la pantalla televisiva, no trataba de eludír compromisos ni buscaba neutralidad política para no perder apoyo, en los hechos había dado su respaldo público a causas como la lucha contra la construcción de represas en la Patagonia y recientemente había dado un caluroso apoyo a los estudiantes en huelga. La ausencia de gente como Camiroaga ciertamente se hará notar. Vaya desde acá mi adhesión al duelo que aflige a sus familiares y compañeros.

    smartinez175@hotmail.com

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