Hipocresía generalizada en el ‘caso DSK’
Hipocresía generalizada en el ‘caso DSK’

El exdirector gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Dominique Strauss-Kahn, y su esposa, Anne Sinclair, son fotografiados a través de una ventana de un vehículo hoy, el pasado 6 de julio, al salir de una oficina de abogados en Nueva York. Foto: Andrew Gombert / Efe
En comentario anterior (“En entredicho la probidad de DSK”) insinué mi crítica a la hipocresía de algunos acerbos cuestionamientos periodísticos contra este novelesco personaje, o sea, la simulación o fingimiento que algunos periodistas hicieron en este caso, de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente ellos tienen o experimentan. Criticaron duramente la supuesta sobreactuación hormonal del entonces director del FMI pero no miraron cuantas veces ellos mismos habían incurrido en esos o en peores actos de acoso sexual, o ellas lo habían hecho con chicos de su entorno, u homosexuales (LGBT) lo habían realizado con sujetos de su propia tendencia sexual o con heterosexuales.
Esto no es novedoso en la vida pública de los famosos, como no lo es tampoco en las clases media y baja, lo que parece confirmar una propensión natural del hombre a pensar públicamente de una manera diferente a como actúa en privado. Más frecuente aun cuando se trata de la vida pública, de la política o de la diplomacia, espacios de actuación humana en donde el fingimiento y el disfraz se confunden con la astucia y la habilidad y en no pocas ocasiones con la misma inteligencia.
El caso de DSK ha tenido el ingrediente de la hipocresía de todas las variedades, colores y sabores: de parte del periodismo amarillista -que en el mundo lo hay al por mayor y al detal en volúmenes insospechados- que miran hacia afuera “la paja en el ojo ajeno sin advertir la viga que hay en el ojo propio”; de parte de los propios hombres públicos que enmascaran sus vicios y errores en disfraces de bondad y sabiduría; y de parte del hombre del común, que en los tertuliaderos critica con locuacidad mayor lo que ellos mismos a diario hacen o piensan hacer, bajo disimulo.
La hipocresía de DSK es de marca mayor pues no obstante sus últimas afirmaciones negando los hechos de New York y las declaraciones de sus abogados endilgándole a la modesta mucama antecedentes de prostitución, mitomanía y confabulación, ampliamente publicitados en los principales medios del mundo a costos exorbitantes, todo parece indicar que por debajo de la mesa se hicieron arreglos económicos con sus representantes para emitir este tipo de declaraciones, a cambio de su silencio. De otra parte, de nada sirvieron los probados antecedentes “donjuanescos” del imputado como agravantes de los hechos y de la pena, como lo tienen consagrado la casi unanimidad de los códigos penales del mundo, pues para el modelo de justicia mercantilista estadounidense, “todo es negociable, hasta el honor de las personas”.
Es el modelo de justicia norteamericana suficientemente conocida en el mundo, plagado de transacciones indecorosas, que sacrifica su ética y transparencia para privilegiar la conveniencia económica de las partes, en cierto tipo de delitos.
No esperamos tampoco nada positivo de la justicia francesa con la acusación reciente de la periodista y novelista de esa misma nacionalidad, Tristane Banon, que sindica a DSK no solo de acosarla sino de haber ejercido sobre ella violencia física para accederla sexualmente. En el país europeo, seguramente ocurrirá lo mismo que en los Estados Unidos, por razones adicionales al “poder del dinero”: la influencia política del acusado y la politización de la justicia, que probablemente salpicarán la investigación y el proceso dada la influencia del incriminado. No olvidemos que el inquieto personaje sigue figurando como candidato presidencial del partido “socialista francés”, organización política que tiene una buena opción electoral para reemplazar a Sarkozy.
El “fariseísmo” es, entonces, de aplicación y práctica universal. Mucho más cuando se trata, como en el caso de Dominique Strauss Kahn, de la malévola combinación del poder del dinero y de la política ante la erosionable justicia del mundo entero, porque si bien hay grados diferentes de corrupción en los órganos judiciales de las distintas naciones, lo cierto si es que en todos ellos hay fisuras que han permitido permearlos con no poca frecuencia.
De otra lado está el fariseísmo de un partido político cuyas prédicas de honestidad en sus planes, programas y proyectos, en sus plataformas políticas, estarían ahora contaminadas por la presencia de un candidato cuya historia personal no coincide plenamente con aquellos principios éticos, ni los slogans moralistas de campaña del socialismo contra Sarkozy estarían suficientemente respaldados por un candidato de estas características.
El Partido Socialista francés es el principal partido de la oposición en Francia, calificado como “social demócrata”, sin arraigo ideológico “izquierdista”, más bien con tendencia “centrista”, practica un socialismo de corte moderno y de estructura democrática, en permanente pugna con el Partido Comunista francés.
Fue refundado en 1969 en el Congreso de Alfortville que fusionó el antiguo Partido Socialista –SFIO- con la Unión de Clubes por la Renovación de la Izquierda y la Convención de Instituciones Republicanas, después de más de un siglo de fracasos electorales. Su mayor éxito electoral lo obtuvo, doce años después, en 1981, bajo la dirección de François Mitterrand, quien conquistó la presidencia de la república y la mayoría en la Asamblea Nacional por vez primera, manteniéndose en el poder durante 14 años.
En sus 22 Congresos desde 1969 hasta el 2008 las Plataformas Políticas que fueron adoptadas por el PS incluyeron invariablemente la decisión de respaldar candidatos de reconocida probidad y pulcritud, que no tuvieran mácula alguna en su vida pública y privada, planteamiento que enfatizaron en la campaña que llevó a Mitterrand al poder al principio de la década de los 80, que le significó la conquista del poder. Politólogos franceses afirmaron en su momento que de no haber tenido el señor Mitterrand la rectitud de conducta que lo precedía y de no haber demostrado la honradez y escrupulosidad que se le conocía, poco habrían pesado las tesis de gobierno por él expuestas para optar a la Presidencia de la República.
La encrucijada, entonces, que enfrenta el partido socialista francés en este momento tiene que ver con la disyuntiva de mantener el apoyo hipócrita a un candidato a la Presidencia de la República, probablemente con las condiciones intelectuales suficientes para desempeñar el cargo pero con la pesada carga de una conducta contraria a la moral pública, a riesgo de perder las elecciones; o, por el contrario, optar por una candidatura más liviana políticamente pero moralmente transparente, que le permita evadir como corporación la responsabilidad antiética individual de DSK, sin riesgo de perder la elecciones, que las encuestas admiten le favorece como partido político.
Amanecerá y veremos.
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