Sin combustible pero pedaleando: el nuevo ‘boom’ de la bicicleta en Cuba
Sin combustible pero pedaleando: el nuevo ‘boom’ de la bicicleta en Cuba

Una madre lleva a su hija en bicicleta, en Güira de Melena, Artemisa, el 18 de febrero. Foto Natalia Favre
- En una crisis energética que muchos asemejan al Período Especial, los cubanos recuperan el uso de la bicicleta como forma alternativa de transporte
Cuando la Unión Soviética colapsó en 1989, Cuba entró en una crisis sin precedentes a la que Fidel Castro bautizó como Período Especial.
La total dependencia energética, comercial y financiera de la isla con el bloque socialista recién disuelto se tradujo en una escasez de combustible, alimentos y materias primas, además de una caída del PIB de más del 40 % en solo tres años. Muchos de quienes recuerdan la década de los 90 en Cuba hoy encuentran paralelismos con la crisis actual, que se ha acentuado desde que Estados Unidos tomó el control sobre Venezuela, su principal suministrador de combustible.
La frase “no hay petróleo” implica y afecta a todas las áreas de la vida cotidiana de los cubanos, desde los apagones hasta el acceso a productos de primera necesidad y, por supuesto, al transporte: las calles de La Habana lucen hoy casi vacías de guaguas y carros, salvo algunos americanos descapotables y coloridos que todavía llevan a los muy pocos turistas que se animan a visitar la isla. Lo que sí se ve, y cada vez con más frecuencia, son motos y triciclos eléctricos, además de bicicletas.
“La bicicleta es el medio de transporte cubano”, dice Yoan, pescador de 52 años, con la bici y las manos apoyadas sobre el muro del Malecón. “Cada vez que hay una crisis en este país, lo primero que se jode es el combustible, entonces se pone todo muy caro y es mejor andar en bicicleta. Es más económico, más rápido y, aparte, haces ejercicio”. Recuerda que, antes de los 90, había bicicletas rusas, y ya cuando empezó el Período Especial, empezaron a entrar las bicicletas chinas. “Esto sí fue un país lleno de bicicletas”, dice.

Pescadores conversan en el malecón de La Habana, el 17 de febrero. Foto Natalia Favre
Para suplir la falta de transporte motorizado, el Gobierno importó más de un millón de bicicletas desde China, que vendía a precios irrisorios o directamente asignaba a los trabajadores del Estado, como Isabel, que en 1993 trabajaba como directora de Deportes en Santiago de Cuba, al extremo oriental del país.
En aquel entonces, manejaba una Forever 26, que usaba para su trabajo, parte del cual consistía en ir y volver en el día a municipios aledaños como El Cobre, a 24 kilómetros de Santiago: “El Período Especial transformó el paisaje urbano de Cuba, porque de repente había muchas bicicletas por las calles, y solo un carro de vez en cuando”. Recuerda cómo también se construyeron parqueos “con cabillas, hierros, con lo que había”, que se convirtieron en “apéndices” de las escuelas, fábricas y centros de trabajo. Después, “todo aquello quedó anacrónico, porque salimos del Período Especial y la gente dejó de andar en bicicleta”.
El hecho de que el boom de la bicicleta viniera de la mano de una crisis quedó grabado en la memoria de muchos cubanos: hasta el día de hoy, es común la asociación automática entre bicicleta y escasez. Algunos, como Yasser González Cabrera, dueño del proyecto Citykleta en La Habana, hablan incluso de un “trauma” – e intentan desmantelarlo.
Desde 2015, este informático de talante inquieto, originario de la Isla de La Juventud y que migró a La Habana para estudiar, organiza eventos alrededor de la bicicleta en la ciudad, como la masa crítica ‘Bicicletear La Habana’, que acontece el primer domingo de cada mes y que, en sus mejores épocas, llegó a reunir a 200 ciclistas. Su motivación: difundir los beneficios de este medio de transporte y ayudar a transformar creencias arraigadas en la cultura cubana. “La bicicleta es autonomía y libertad”, dice. “A mí me regaló mucho tiempo”.

Yasser González Cabrera, fundador del proyecto Citycleta, en un parque del Vedado, el 17 de febrero. Fotos Natalia Favre





La vertiente pedagógica de Citykleta es hoy el sostén del proyecto, ya que los city tours en bici se han detenido por la falta de turismo. Junto con otros jóvenes igual de apasionados, Yasser lleva adelante Aprende a pedalear, un curso que tiene lugar todas las tardes de la semana en un parque del barrio de El Vedado, en el que se enseña a 12 personas a montar en bicicleta. “Apuntábamos a 100, y ya tenemos inscritas a más de 250”, dice, un poco abrumado, pero visiblemente contento. Aunque la mayoría son del barrio, también se han inscrito habaneros de municipios más alejados, como Diez de Octubre o Boyeros. Y hay otro dato: el 84 % son mujeres.
Dayelis es una joven de 20 años que estudia Contabilidad y Finanzas en la Universidad de La Habana. Tenía pendiente aprender a montar desde hace tiempo, y por fin se ha decidido. “Lo veo en la calle y me parece bonito, y me gusta sentir la velocidad bajando una loma, es muy rico”. Aunque vive cerca de la universidad, se imagina a sí misma yendo en bici a sus clases —cuando se reanuden de forma presencial—, pero, sobre todo, se imagina dando un paseo por toda la ciudad y terminando viendo el atardecer en el Malecón.
Desde Citykleta, se promueve la bicicleta no solo como un medio de transporte eficaz, sino como un mejor acceso al ocio: para Yasser, “la gente está posponiendo disfrutes en su vida, esperando a que haya un momento de bonanza, y hay muchas cosas que ya se pueden lograr con una bicicleta”. Por ejemplo, ir a conocer zonas verdes de la ciudad, o ir a meter los pies en el mar y después a tomar un helado. “Hacer dos o tres planes en una tarde en guagua es imposible”, dice, “pero, con la bicicleta, es muy fácil”. Sin embargo, según él, hoy el cubano promedio está muy desconectado del disfrute, porque vive “en modo supervivencia”.

Bicitaxistas descansan mientras esperan por clientes en el centro de La Habana, el 3 de marzo. Foto Natalia Favre
Para diseñar su propuesta educativa, Yasser se inspiró en organizaciones de ciclistas de Bélgica y Estados Unidos: Pro Velo y League of American Byciclists, respectivamente. Estudió sus métodos para entender cómo los aplicaban en Bruselas y Nueva York; esta última le sirvió más, porque las leyes de tránsito son más parecidas a las cubanas, y desarrolló un programa propio para La Habana. Presentó el proyecto a la embajada de Alemania, que lo financió en forma de 12 bicicletas, una bicicleta de carga, un kit de reparación y candados.
Gracias a esa inversión es que hoy funciona la iniciativa, pero a Yasser le preocupa cómo podrá sostenerla en el tiempo: está cobrando 600 pesos cubanos (poco más de un dólar) por persona por clase. Aparte del mantenimiento de las bicicletas y del alquiler del garaje que usa para guardarlas, paga —simbólicamente— a los instructores, como Daniel, que tiene 23 años y encuentra, en este momento del día, “felicidad, tranquilidad y paz”. Le gusta la comunidad que ha generado Citykleta, y además la actividad le permite “salir de los apagones y de las preocupaciones que hay en casa”, dice.
A una distancia prudencial, se entretienen observando la clase Elisa y Ernesto, de 55 y 59 años. Son la mamá y el padrastro de Dayelis. Él siempre montó bicicleta, pero desde hace un par de años tiene una Shimano, que le mandó su hermano desde Estados Unidos, a la que incorporó una parrilla, para llevarla. Ambos trabajan en la zona del Casino Deportivo, en el Cerro, y se trasladan en bici, juntos, hasta allá: unos 15 kilómetros de ida y vuelta. “Los carros están muy caros, no se puede”, dice Ernesto; “además, la bici te da energía”. Anette, de 39, también mira la clase con curiosidad. Dice que está pensando en anotarse, porque aunque tiene carro, en casa le queda gasolina “para un mes” y, cuando se acabe, “tendré que montar bicicleta o moto eléctrica, así que tengo que aprender pronto”.

Un vendedor ambulante camina por el malecón con su bicicleta. Foto Natalia Favre
Isabel, que aprendió ya siendo adulta, apunta: “Mucha gente está quitándole el polvo a sus viejas bicicletas para usarlas de nuevo”. Antes de la Forever en Santiago, había recibido una Minerva, siendo delegada de la Unión de Jóvenes Comunistas. Para ella, el fomento de la bicicleta en los noventa “fue una de las muchas acciones diseñadas por Fidel para resistir y seguir la vida en todas las esferas”, dice. “Fue una muestra de la resiliencia que tiene nuestro pueblo sin dejar de pensar en el progreso”. Y apunta: “Lo haremos de nuevo”.
Mientras tanto, Yasser reconoce que la bici es una buena opción en este contexto, pero no quiere insistir en hacer esa conexión. “Relacionar bici con crisis es contraproducente, porque uno entiende que va a ser temporal”, dice, “y yo quiero promover la bicicleta como un estilo de vida, como una herramienta para la vida que te permite conseguir cosas que ahora no tienes”.

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