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  • June 01, 2026 , 08:55am

Los últimos ovejeros de la meseta patagónica: “Esto ya es un negocio sentimental”

Los últimos ovejeros de la meseta patagónica: “Esto ya es un negocio sentimental”

 

  • Asediados por la sequía, los depredadores y décadas de crisis económica, productores abandonan campos que sus familias trabajaron durante generaciones

 

En esta tierra dura y estéril no hay árboles ni sombra en la que esconderse del sol, solo arbustos espinosos que se ladean en dirección del viento. No hay ruido de vehículos ni bullicio de vecinos porque el ser humano más próximo está a más de 35 kilómetros de distancia. En este campo de la meseta chubutense, en el centro árido de la Patagonia argentina, no hay agua. Ni de río, ni de lluvia, ni de pozos. Durante más de 25 años, Luis Feijoo salió de madrugada con su camión aguatero para cargarlo en el río más cercano y llevarles bebida a las 2500 ovejas que llegó a tener ―y a los guanacos silvestres que también se servían de ella en los tanques―. A veces los 8.000 litros resultaban pocos y debía ir y volver más de una vez. Se pasaba el día por los caminos de ripio, al volante de su camión.

―Lo que ha acarreado agua Luis no se puede creer ―dice Mónica Chiozza, su esposa, que toma mates a su lado en el comedor de su casa, una estructura de ladrillo de dos plantas que rompe la planicie del horizonte. Ambos tienen 74 años y siguen viviendo allí, aunque ahora estén todavía más solos, sin sus ovejas. ―Las últimas las vendimos en marzo. Tardamos en sacarlas porque él quería mantener la producción, le daba pena cerrar. Quedaban 55. Las juntamos y las dejamos en un potrero y cuando fuimos a venderlas había 49. Es un desastre lo que está haciendo acá el zorro colorado.

La drástica caída de la producción ovina es una situación generalizada en la meseta chubutense, cuya superficie equivale a un quinto de España. En los últimos años decenas de productores liquidaron sus animales y abandonaron establecimientos asediados por tres factores que todos enumeran casi en el mismo orden: la sequía sostenida, las distorsiones económicas que hicieron que recibieran pagos muy bajos por la venta de lana y la multiplicación de depredadores como pumas, zorros colorados y perros salvajes, que fueron diezmando las majadas.

 

Productor ganadero abre tranquera de campo en Chubut.           Foto LUIS CARDUCCI

 

―Son muy pocos votos los habitantes de la meseta. ¿A quién le importa esto? Piquete no hacemos, no quemamos cubiertas, no cortamos rutas. Lo que da mucha pena es que sentís que trabajaste en vano ―se lamenta Feijoo, que hoy tiene el camión aguatero parado, aunque la falta de agua se haya profundizado. Los últimos años hubo lluvias por debajo de los 90 milímetros, menos de lo que algunas ciudades húmedas reciben en una sola tormenta.

La Patagonia fue el último territorio continental del planeta en ser poblado por el humano, el último gran territorio virgen. Todavía hoy turistas de todo el mundo se sorprenden al ver la inmensidad de ese paisaje virtualmente vacío, donde la densidad demográfica en algunas zonas es apenas de 0,1 habitantes por kilómetro cuadrado.

Con ovejas llegadas desde las islas Malvinas y en grandes arreos desde el norte del país, la superficie fue cubriéndose hacia fines del siglo XIX de grandes establecimientos ovejeros, que estaban manejados por inmigrantes extranjeros e incentivados por el Estado con el objetivo de desplazar a los pueblos originarios, expandir la frontera productiva y afirmar la soberanía argentina sobre un territorio por entonces todavía expuesto a disputas. Así, la Patagonia argentina se convirtió en uno de los grandes polos laneros del mundo y Chubut, en su núcleo productivo. En 1978 esta provincia llegó a tener 6,4 millones de ovejas y hoy se estima que hay menos de 3 millones, con un desplome pronunciado en la última década.

“En poco tiempo van a quedar activos solo los campos de la costa y de la cordillera”, anticipa Ricardo Irianni, presidente de la Sociedad Rural Valle del Chubut, en referencia a las dos franjas laterales de la provincia: la costa del mar al este y los Andes al oeste. “Los campos del centro, que están en el límite de la rentabilidad, fueron los primeros en ir cerrando. Con el agregado de que vino esta empresa tentando a los productores”, suma. Con “esta empresa” Irianni se refiere a Fortescue, una firma australiana que, según asegura, en los últimos años compró alrededor de 550.000 hectáreas en la zona con el objetivo de instalar parques eólicos para proyectos de hidrógeno verde, pagando valores muy por encima del mercado.

Detrás suyo, en un salón donde cuelgan los retratos de todos los hombres que presidieron la Rural desde su fundación, hace 90 años, hay un mapa en el que fueron pintando con rojo los establecimientos cerrados y con verde los comprados por Fortescue. En el medio, como pequeñas islas, algunos cuadrantes en blanco muestran los lugares donde todavía hay actividad. “¿Tiene dos ovejas? Está en producción”, explica el empleado encargado de colorearlo. El dato no es solo la cantidad de campos cerrados, sino que los que siguen abiertos están agónicos.

 

Ricardo Irianni, presidente de la “Sociedad Rural Valle del Chubut”, en Trelew, Chubut, Argentina. 21 de mayo de 2026.    Foto Luis Carducci

 

Para algunos productores, agotados de sobrevivir, que apareciera una oferta de Fortescue o de empresas mineras que exploran la zona en busca de uranio o arenas silíceas para la industria petrolera fue un “milagro” que les ofreció una salida. Pero incluso quienes vendieron reconocen que el vaciamiento de animales, infraestructura y pobladores permanentes volvió todavía más difícil sostener la actividad para quienes decidieron quedarse. “La compañía mantiene un diálogo permanente con actores locales y provinciales sobre alternativas que puedan contribuir al fortalecimiento de la producción ovina y ganadera en la región”, señalaron voceros de Fortescue, que aseguraron continuar con inversiones en infraestructura rural y reacondicionamiento de campos.

La meseta de Chubut atraviesa desde hace más de una década un proceso de creciente aridez, con precipitaciones por debajo de los promedios históricos y sequías cada vez más prolongadas. Esta semana el Gobierno Nacional oficializó la declaración del estado de emergencia y desastre agropecuario para las explotaciones ganaderas de Chubut, que permite a los productores acceder a beneficios fiscales, prórrogas impositivas y líneas especiales de financiamiento. Pero llega tarde. Los ganaderos explican que cuando no llueve no hay corderos, porque o no nacen o se mueren poco después. Sin pasto, la oveja no tiene leche y entonces prioriza su propia vida y los abandona. En tres años sin renovación, una majada se extingue.

La familia Ferrin, que tiene un establecimiento en la zona de Meseta Cuadrada, puede dar cuenta de eso. Pasó de hacer señaladas anuales de cientos de corderos a tener solo cuatro el último año. “Y uno lo comimos nosotros para que no lo agarre el puma”, bromea Darío Ferrin, de 53 años, que junto a sus dos hermanos conforma la cuarta generación de productores, aunque el campo ya no sea la ocupación principal de ninguno de ellos.

El establecimiento fue poblado en 1911 por Manuel Ferrin, inmigrante español, y durante décadas mantuvo un plantel cercano a las 5000 ovejas. Hoy quedan alrededor de 1200 y la familia ya asume que este será “el año de quiebre”, el último de producción. “Por más de 115 años se mantuvo el capital y en los últimos cuatro, cinco años, fue todo para atrás”, dice Pablo Ferrin, el hermano menor. Está sentado en el living de la casa de sus padres, en la ciudad chubutense de Trelew, rodeado de toda la familia. De la pared cuelga una foto enmarcada del campo: los árboles que hicieron crecer alrededor de la casa, el oasis construido en medio de la tierra baldía.

 

Mónica Chiozza en el establecimiento Los Milagros, Chubut, Argentina, el 22 de mayo de 2026. Foto LUIS CARDUCCI

 

El 95% de la lana se exporta y por eso su precio se expresa en dólares. Sumado a los vaivenes internacionales, los productores patagónicos sufrieron durante años las distorsiones del mercado cambiario argentino. Su ganancia era pesificada al valor del dólar oficial, pero sus costos se referenciaban en el dólar paralelo, que por momentos llegó a ser 150% más caro que el oficial.

A eso se suma el progresivo achicamiento del mercado lanero. La lana pasó de representar el 50% de las fibras utilizadas en el mundo a apenas alrededor del 3%, desplazada por materiales sintéticos. Dejó de ser un producto masivo y se convirtió en uno de nicho, concentrado en consumidores de alto poder adquisitivo que demandan lanas finas y de calidad. La lana chubutense, proveniente de ovejas merino australianas con genética muy cuidada, cumple con esos estándares y se exporta a países como Italia, China y Turquía.

Los ganaderos también cuestionan a la organización conservacionista Rewilding Argentina, que compró campos productivos en la zona para ―según explica― recuperar ecosistemas y promover una economía basada en el turismo de naturaleza. Más que la iniciativa en sí, critican el discurso que contrapone la ganadería al ambiente y celebra el regreso de la silvestría a territorios antes poblados de ovejas.

“Conservación no puede significar expulsar al productor, romantizar el abandono de los campos o celebrar como ‘recuperación natural’ lo que muchas veces es, en realidad, despoblamiento, pérdida de trabajo y desaparición de cultura rural”, cuestionó en un comunicado la Federación de Sociedades Rurales de Chubut, Río Negro y Santa Cruz. “Los productores patagónicos no somos enemigos de la naturaleza. Somos quienes vivimos en ella todos los días. Somos quienes seguimos produciendo donde muchos otros solo ven paisaje”.

Desde Rewilding Argentina señalaron que acompañan la estrategia impulsada por el Gobierno de Chubut basada en el turismo de naturaleza y el desarrollo de la Ruta Azul. “Es una apuesta a diversificar la economía local y generar trabajo a largo plazo a partir del enorme patrimonio natural que tiene la provincia”, explicaron en la fundación, que considera que “conservación, turismo y producción pueden convivir”.

 

Billy Hughes muestra la finura de una mecha de lana. Trelew, Chubut, Argentina. 21 de mayo de 2026. Foto Luis Carducci

 

La familia Ferrin empieza a pensar en el turismo como una posibilidad para no abandonar el establecimiento que permanece en su familia desde hace más de un siglo. En el lugar hay manantiales, fósiles, bosques de árboles petrificados y vistas que hasta ahora habían disfrutado solo ellos y sus amigos.

—Sí, pero es lo que piensan ellos, ¿yo qué voy a hacer? Tengo 80 años. Yo no me voy a poner a arrancar con la edad que tengo a hacer otra cosa —contrarresta Eduardo, patriarca de la familia Ferrin, que escucha serio desde una esquina.

—Ni le hables, se va a poner a llorar. Yo sé cómo está —advierte Irma, su esposa. —Él tiene un amor único por el campo. Si no, tendríamos que haber dejado hace rato.

—Nosotros siempre decimos que esto ya es un negocio sentimental. No es un negocio económico —interviene su hijo mayor, Fabián, de 54 años. —El escenario está especial para que venga cualquiera y te saque lo poco que te queda.

Para Juan Kresteff, dueño de un establecimiento en la zona del Valle de los Mártires, el problema de fondo no es económico, sino cultural. “Lo que se terminó es la gente de campo”, apunta. No solo es muy difícil conseguir personal capacitado para las tareas rurales, que haya absorbido esa sabiduría de otros trabajadores, sino que tampoco hubo recambio generacional entre los dueños. Los hijos de ovejeros pudieron estudiar, se dedicaron a otras actividades y no fueron alentados por sus padres a continuar con una actividad en decadencia.

Kresteff, de 41 años, mantiene la tarea que inició su padre y dice que “vive bien” con un plantel de 350 ovejas madre y algo de producción de alfalfa. Hace diez años decidió quedarse con un campo pequeño en la costa del río Chubut y cerrar otro más grande donde llegó a tener 6000 ovejas. “Lo cerré por tema de sequía y de pumas. No daban los números, es un campo muy malo y muy difícil de trabajar. Y me quedé sin vecinos. Yo puedo cuidar mi campo, pero no puedo cuidar los ocho campos abandonados de alrededor, que son de 15 a 20 leguas cada uno”, apunta. A eso, dice, se suma haber tenido durante décadas representantes gubernamentales que “no saben distinguir un carnero de una oveja”. “Incluso en la Rural, donde son todos amigos míos, hoy no me siento representado porque ganaderos que vivan en el campo, no hay. Tirás un recado arriba de la mesa y no hay ninguno que sepa armarlo”, ironiza.

 

Billy Hughes. Productor ganadero. Trelew, Chubut, Argentina. 21 de mayo de 2026.Foto Luis Carducci

 

La escena del desconsuelo para los productores es, invariablemente, la del deterioro de lo que construyeron: árboles que se secan si no se riegan, alambrados que se caen, molinos que se rompen y ya no tiene sentido reparar. “Yo antes de poner cada poste y cada varilla de quebracho colorado los sumergí en gasoil y aceite quemado, que es un laburo de hormiga, sucio”, cuenta Mario Daniel Ap Iwan, de 54 años, y con eso quiere decir que su intención fue que ese alambrado durara para siempre. Pero, en vez de eso, él mismo tuvo que desenterrar los postes.

Ap Iwan es oriundo de Dolavon y hace 10 años alquiló un campo en la meseta con la idea de construir un capital y asegurarse un retiro tranquilo. Lo pobló cambiando ovejas por acarreos de agua con su camión: cada viaje equivalía a 5, 10 o 15 animales. Cuando las cosas empezaron a ir mal, “le siguió metiendo”. Compraba alimento para suplementar a las ovejas, abría barriles para usarlos como comederos. “Les daba, les daba, les daba. Le puse empeño pero a lo tonto”, resume. Tener que abandonar el lugar lo sumió en un “bajón emocional grave”: “Sentís que te fundiste laburando, haciendo todo lo mejor posible”.

Arreo de animales en un campo de la zona costera de Chubut, Argentina. 8 de agosto de 2024. Foto Luis Carducci

 

La diferencia entre los productores más eficientes y los menos eficientes, que podía ser significativa en los años buenos, hoy se difuminó. La suerte parece la misma para todos. “Vos podés ser todo lo laborioso que quieras, que igual seguís retrocediendo”, dice Billy Hughes, que trabaja hace más de 40 años en negocios vinculados a la lana. “Es más, los que han quedado en el campo son solo los laboriosos. A esa gente hay que hacerle un monumento por la pasión que le está poniendo para mantener su actividad cuando era más fácil haber cerrado”.

En el centro profundo de la meseta patagónica, sus pocos pobladores se aferran al suelo como arbustos espinosos sacudidos por el viento.

—Esto no es un desierto —insiste Mónica Chiozza, en el establecimiento ya vacío donde vive con su marido, sin agua, ahora sin ovejas y muy lejos de cualquier otro ser humano. —¿Viste la paz que hay? Vos mirás y ves el horizonte, cielo y tierra. Parece un desierto, pero tiene muchísima vida, muchísima fauna, flora. Cada flor de quilembay equivale a un granito de maíz. La mata negra que floreció ahora tiene una flor preciosa, parecen tulipanes. Hay cosas que vos decís “no pueden existir acá”, pero sí, se dan. Yo te digo, tiene su encanto la meseta.

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