¿Por qué se han derrumbado tantos edificios en el terremoto de Venezuela? El duro aprendizaje de Chile
¿Por qué se han derrumbado tantos edificios en el terremoto de Venezuela? El duro aprendizaje de Chile

Edificio afectado por los terremotos en Carcas, el 24 de junio. Foto Daniel Echeverría
- Los daños en Caracas y La Guaira reabren el debate sobre la seguridad necesaria para las construcciones en países sísmicos
Cuando dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieron al norte de Venezuela este miércoles, las imágenes comenzaron a multiplicarse en cuestión de minutos en los medios de comunicación: edificios desplomados, fachadas desprendidas, estructuras dañadas y miles de personas con miedo a retornar a sus viviendas ante el riesgo de un derrumbe. En algunas ciudades como La Guaira, el movimiento dejó centenares de inmuebles con daños relevantes y reabrió el debate de por qué algunos países, como Chile y México, parecen resistir mejor que otros.
Uno de los ejemplos más recientes se remonta al 16 de septiembre de 2015, cuando un terremoto de magnitud 8,4 golpeó el centro norte de Chile. Pese a la fuerza del movimiento, las viviendas destrozadas fueron relativamente pocas en comparación con otras catástrofes sísmicas registradas en el mundo. Pero también está el terremoto del 27 de febrero de 2010, donde solo se desplomó un edificio (Alto Río) en la ciudad de Concepción, en la región de Biobío, como consecuencia del movimiento telúrico.
Los arquitectos, ingenieros y expertos en sismología coinciden en factores aplicados en ambos países para enfrentar los grandes temblores: normativas estrictas, fiscalización rigurosa y sistemas constructivos diseñados para absorber la energía sísmica.
Rubén Boroschek, profesor del Departamento de Ingeniería Civil de la Universidad de Chile, advierte que cualquier comparación entre terremotos debe considerar diferencias relevantes, como el tipo de sismo y la proximidad de las zonas pobladas al epicentro. Aun así, sostiene que la principal ventaja chilena tiene raíces históricas: la adopción temprana, entre 1906 y 1910, de sistemas constructivos diseñados para resistir terremotos.
Según explica, el uso de muros estructurales ha permitido limitar el colapso de los edificios y reducir los daños en elementos no estructurales, como fachadas y divisiones interiores. “Nuestros edificios están llenos de muros resistentes a sismos. Uno puede cortar el muro en la base y el edificio muy probablemente siga en pie. Si hace lo mismo con los edificios de vigas y columnas (pórticos), muy utilizados en Venezuela, el colapso es muy probable”, afirma.
En Venezuela, unas 200 personas han quedado atrapadas entre los escombros de los edificios, 2.227 familias se encuentran damnificadas y 250 estructuras están “afectadas o perdidas”, según un balance dado a conocer por Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional, y hermano de la presidenta interina, Delcy Rodríguez.
Mientras las autoridades venezolanas evalúan el alcance de los daños y el estado de sus infraestructuras, la experiencia chilena muestra que la magnitud de un terremoto, por sí sola, no determina el nivel de destrucción. Sergio Barrientos, director del Centro Sismológico Nacional (CSN) de la Universidad de Chile, señala que también influyen factores como la distancia entre las poblaciones y la falla que origina el sismo, así como las características del suelo sobre el que se levantan las construcciones. El epicentro de los terremotos en Venezuela estuvo entre las ciudades de Yumare y Montalbán, en los estados de Yaracuy y Carabobo, respectivamente, aunque la más dañada es La Guaira, en la costa.
El Gobierno de Venezuela declaró a esta ciudad, a unos 30 kilómetros de Caracas, como una “zona de desastre”. La mayoría de las torres que se han desplomado tras el terremoto se encuentra en La Guaira, que ya en 1999 había sido golpeada por un deslave, conocido como la tragedia de Vargas. En 2019, la geógrafa de la Universidad Central de Venezuela (UCV) Virginia Jiménez Díaz, con un doctorado de la Universidad Central de Venezuela (UCV), con doctorado en la Universidad de Londres, advertía en una entrevista con el medio La Gran Aldea que esta ciudad estaba en la misma situación de riesgo que hace dos décadas: “Los desastres los construimos todos los días”. Se refería a las personas que edificaban vivienda en quebradas, ladera o terrenos inestables. “Esto ocurre porque la institución es débil. La construcción de la vulnerabilidad tiene mucho que ver con la ineficiencia del Estado”, señaló.
Paola Rodríguez, de 24 años, estaba en Catia La Mar, en La Guaira, cuando en unos minutos comenzaron a desplomarse estructuras. “Yo pensaba que me moría, corrí y apenas podía sostenerme. Pero lo que más me impresionó fue ver el desastre que había quedado”, relató en una llamada telefónica, luego de varias horas incomunicadas.
Sergio Barrientos explica que el terremoto de Venezuela fue muy superficial, lo que hace que los sitios de interés estén muy cerca de la fuente sísmica. “Al activarse la falla, se generan ondas que se atenúan a medida que se alejan; es como la luz de una vela: cuanto más lejos se está, más tenue se ve”, explica.
Marcelo Lagos, académico del Instituto de Geografía de la Pontificia Universidad Católica de Chile, añade que las normas de construcción chilenas están pensadas para resistir terremotos de gran magnitud, habitualmente superiores a ocho. “Esos eventos generalmente ocurren frente a las costas chilenas. Son terremotos de subducción, donde una placa oceánica se introduce bajo una continental. Suelen ser muy intensos, estar acompañados de tsunamis y tienen una particularidad: no ocurren debajo de los asentamientos humanos, como sucedió en Venezuela”, explica.
Lagos subraya que la distancia también juega un papel decisivo. “Las ondas sísmicas se atenúan a medida que se alejan de la fuente. Por eso los niveles de exigencia para construir en Chile son especialmente altos en las zonas costeras”, señala.
El especialista sostiene que la normativa chilena es el resultado de un proceso de aprendizaje acumulado durante décadas. Cada gran terremoto ha dado lugar a nuevas exigencias técnicas y a un fortalecimiento de los mecanismos de fiscalización. “Eso ha permitido construir una gobernanza sísmica que nos da garantías de que podemos convivir con el peligro de los terremotos. En Chile, por lo general, los sismos no cobran víctimas en la magnitud que se observa en otras partes del mundo. Pero eso no ocurrió de un día para otro”, afirma.
Este país registra el terremoto de mayor magnitud del mundo: 9,5, ocurrido en Valdivia, en 1960, que causó la muerte de 1.655 personas y dejó a 2 millones sin vivienda. También el de 2010, de 8,8, que golpeó la zona centro sur del país, donde fue el posterior tsunami lo que dejó más de 500 personas muertas y decenas de miles de viviendas destruidas.
Terremotos de superficie
A su juicio, uno de los elementos más relevantes para comprender lo ocurrido en Venezuela es la superficialidad del terremoto. Los llamados sismos corticales, originados en fallas activas, son menos frecuentes que los terremotos de subducción característicos de Chile. “Venezuela tiene una historia sísmica importante, pero estos eventos no ocurren con la frecuencia que vemos en Chile. Los terremotos superficiales necesitan largos periodos para acumular energía y liberarla. Esa misma rareza puede convertirse en un enemigo porque invisibiliza el riesgo y genera una sensación de falsa seguridad”, advierte.
Barrientos cree que una de las tareas más importantes para las autoridades venezolanas será estudiar no solo las estructuras que colapsaron, sino también aquellas que resistieron el movimiento. “A pesar de la destrucción, hubo muchos edificios que quedaron en pie. Eso indica que fueron construidos de una manera que les permitió soportar la amplitud y magnitud del movimiento sísmico, aun estando cerca de la falla. Hay que aprender de las edificaciones que resistieron”, concluye.

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