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  • June 27, 2026 , 08:47am

Oriente Próximo está en ruinas. ¿Quién lo va a reconstruir?

Oriente Próximo está en ruinas. ¿Quién lo va a reconstruir?

Los palestinos se las arreglan para sobrevivir en medio de la destrucción en la zona de Al Zarqa, al este de la ciudad de Gaza, el 17 de junio de 2026. Foto Belal Osama / Zuma Press / Europa Press / ContactoPhoto (Belal Osama / Zuma Press / Europ)

 

  • De Gaza a Sudán, de Libia a Yemen, y de Siria a Líbano, hospitales, escuelas, viviendas, redes eléctricas y de agua han quedado destrozados por la belicosidad de Israel y Trump, la guerra de Irán y los conflictos civiles. La esperanza de los países del Golfo como salvavidas se topa con la necesidad de reparar sus propios daños

 

El 19 de febrero, Donald Trump acogió con gran pompa en Washington a representantes de casi 50 países para celebrar la primera reunión de la Junta de Paz, una organización que él mismo fundó para inicialmente supervisar el alto el fuego y la reconstrucción de Gaza. En su extenso y demagogo discurso,anunció que ya había asegurado 6.000 millones de euros ―aportados por miembros de la Junta, entre los que hay varios países del golfo Pérsico― para comenzar a recomponer la Franja.

Una semana después, sin embargo, lanzó junto con Israel su ofensiva militar contra Irán, que respondió atacando a las monarquías árabes del golfo Pérsico. Hoy, solo las reparaciones de la industria energética de estos países, que representan la columna vertebral de sus economías, podrían costar entre 30.000 y 50.000 millones de euros.

Para reparar esta infraestructura, las monarquías del Golfo tendrán que invertir mucho tiempo y dinero. Ahora su capacidad para financiar en paralelo la mayoría de la reconstrucción del resto de Oriente Próximo, como todos esperaban, es muy incierta. Esto plantea un horizonte regional sombrío en medio de una paz de papel.

“La guerra de Trump contra Irán ha empeorado aún más la situación porque los países [del Golfo] se concentrarán en su propia recuperación económica”, anticipa el académico suizo-sirio Joseph Daher. “Pero aunque la guerra haya dificultado estas condiciones”, advierte, “no es la única razón”.

 

Un edificio en ruinas en Al Maghazi, en el centro de la Franja de Gaza, el 12 de junio de 2026. Foto Moiz Salhi / Zuma Press / Europa Press / ContactoPhoto (Moiz Salhi / Zuma Press / Europa)

 

De Gaza a Sudán, de Libia a Yemen, y de Siria a Líbano, los cálculos más conservadores sitúan el coste conjunto de su reconstrucción en más de 1,3 billones de euros. En estos países, gran parte de la infraestructura básica está en ruinas, incluidos hospitales, escuelas, viviendas, y redes eléctricas y de agua. Pero su capacidad para reponerse es extremadamente limitada.

“Es una situación compleja”, constata Abdallah al Dardari, el director de la oficina regional para los estados árabes del Programa de la ONU para el Desarrollo (PNUD). “Ya sea el valor de lo que ha sido destruido o el coste de la reconstrucción”, avanza, “la cifra va a ser enorme”.

La sombra de Israel

En el caso de Gaza, se calcula que más del 80% de las estructuras están dañadas o han sido destruidas por Israel y se valora que su reconstrucción podría costar unos 60.000 millones de euros. Sin embargo, pese a anuncios de fondos como el realizado por Trump en febrero, continúa sin estar claro quién debería liderar este proceso.

Esta falta de gobernanza se hace especialmente patente en el solapamiento de al menos cuatro planes de reconstrucción, incluido el distópico proyecto de la Riviera de Oriente Medio de EE UU, otro elaborado por Egipto, un tercero impulsado por la Autoridad Nacional Palestina (ANP), y un último planteado por Israel en las zonas de Gaza que sigue ocupando.

 

Dos mujeres pasean por Ciudad de Gaza, en medio de los escombros y la basura, el 10 de junio de 2026.Salah Hashem / Zuma Press / Europa Press / ContactoPhoto (Salah Hashem / Zuma Press / Euro)

 

“Uno de los principales responsables de esta situación es Israel, así que también debería pagar por esta destrucción”, considera Daher. “Soy muy crítico con las políticas económicas de las élites gobernantes de la región, pero debemos incluir todas las responsabilidades”, agrega.

Para Al Dardari, otro punto clave es la falta de capacidad institucional de los países afectados. “Aunque se dispusiera de un billón de dólares, sin instituciones con capacidad de gestión no ocurrirá nada”, considera. “Por eso, invertir en sus capacidades institucionales y garantizar condiciones de vida dignas para la población son las dos cuestiones más importantes”, señala.

Otros de los casos que más expectación generó el año pasado fue Siria, que tras una década de guerra civil presenció la caída del régimen de Bachar el Asad a finales de 2024 y el ascenso del nuevo gobierno de Ahmed al Shara, que se enfrenta ahora a la titánica empresa de rehacer un país cuya reconstrucción el Banco Mundial proyecta en más de 188.000 millones de euros.

Tras el levantamiento de sanciones de EE UU, Siria ha anunciado acuerdos de inversión por valor de unos 48.000 millones de euros en sectores como la energía, aviación, puertos y telecomunicaciones, según el portal Riyalpolitik, que destaca la iniciativa mostrada por empresas de Turquía, Qatar y Emiratos Árabes Unidos, así como capital de Arabia Saudí.

Pero muchos de estos compromisos de inversión aún tienen que materializarse en un contexto económico adverso, al que se suman otros obstáculos como que Washington mantenga a Siria en la lista de estados patrocinadores de terrorismo, lo que acarrea sanciones. También juegan en contra riesgos como la falta de transparencia, el futuro político del nuevo régimen y los repetidos ataques de Israel.

En Líbano, la elección en 2025 de Joseph Aoun como presidente y Nawaf Salam como primer ministro fue recibida como un giro reformista tras años de vacío político y de la destrucción infligida por Israel en el país, cuyas necesidades de reconstrucción se cuantifican en casi 10.000 millones de euros concentradas en el sur y en los suburbios meridionales de la capital, Beirut.

Sin embargo, la renovada campaña de bombardeos israelíes y su ocupación y destrucción de una amplia zona del sur de Líbano están provocando daños todavía mayores en el país y han frenado en seco cualquier impulso de reconstrucción, que ya se enfrentaba a barreras severas, como un sistema bancario en quiebra técnica, fallas regulatorias y una corrupción enquistada.

Países fracturados

Más allá del Levante mediterráneo, Sudán lleva sumido desde hace más de tres años en una guerra civil que ha causado la mayor crisis humanitaria del mundo, ha fracturado el país y ha dejado a su Estado al filo del colapso. Aunque la contienda sigue, su reconstrucción se valora ya en unos 870.000 millones de euros, según los vagos cálculos iniciales de las autoridades.

Las perspectivas de paz, sin embargo, son muy remotas y el país permanece partido en dos zonas cada vez más aisladas en el plano político e institucional. Además, una economía en ruinas, grandes desafíos logísticos, necesidades ingentes de reconstrucción y un apoyo internacional irrisorio, provocan que sus opciones de recuperación sean muy limitadas.

En la vecina Libia, donde cohabitan dos gobiernos rivales y un sinfín de grupos armados en un equilibrio de fuerzas muy precario, el Banco Mundial calculó hace 10 años las necesidades de reconstrucción en unos 170.000 millones de euros, aunque desde entonces se han sucedido más ciclos de hostilidades y devastadoras catástrofes como la causada por un ciclón en 2023.

Aprovechando el alto el fuego en vigor y arreglos entre sus respectivas élites cleptocráticas, las autoridades del oeste y del este de Libia se han volcado en los últimos años en impulsar opacos megaproyectos de infraestructuras de miles de millones de euros que han beneficiado a empresas de Egipto, Turquía y Emiratos, pero también de Rusia, Europa y Estados Unidos.

Este uso político de la reconstrucción, sin embargo, deja en segundo plano las necesidades de la gente. “La reconstrucción no es un fin en sí mismo y no es una oportunidad de inversión inmobiliaria, sino es para que las sociedades se reconstruyan y recuperen el control sobre su futuro”, defiende Al Dardari. “Los pueblos de la región no deberían ser espectadores de lo que ocurre durante la reconstrucción, deben apropiarse y participar del proceso”, insta.

En Yemen, años de guerra, intervenciones militares extranjeras y fractura interna han dañado o destruido más de un tercio de su red educativa, el 40% de sus centros de salud, viviendas e infraestructuras de saneamiento, y la mitad de sus instalaciones energéticas, según evaluó en 2020 el Banco Mundial, que valoró su reconstrucción más básica en 17.000 millones de euros.

Como en los casos anteriores, no obstante, las perspectivas de paz y reunificación en Yemen, donde tampoco existe un Estado viable de alcance nacional, continúan siendo muy remotas. Adicionalmente la poca atención internacional que recibe, provoca que su horizonte de reconstrucción se plantee muy difuso.

En este contexto, Al Dardari defiende que “no hay escasez de dinero en la región” y apunta que solo en los bancos comerciales árabes, los depósitos ascienden a cuatro billones de dólares. “El desafío no es que falte dinero”, considera, “la cuestión es si contamos con las estructuras institucionales, regulaciones, y clima de inversión adecuados para atraer parte de ese capital”.

“La estabilidad y la seguridad regionales se verán afectadas si dejamos a decenas de millones de personas viviendo por debajo del umbral de la pobreza, desplazadas y sin esperanza”, advierte. “Cada día que pasa sin poner en marcha ese proceso de reconstrucción implica retrasar la recuperación de la sociedad como una sociedad funcional y cohesionada”, desliza.

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