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  • July 06, 2026 , 09:17am

El “chasco” de Amantaní, una reflexión sobre cómo el turismo termina por cambiarlo (casi) todo

El “chasco” de Amantaní, una reflexión sobre cómo el turismo termina por cambiarlo (casi) todo

Atardecer en las ruinas del templo preincaico al Pachatata, en la isla de Amantaní.                               Foto David Vilaplana ( Alamy S/ CORDON PRESS )

 

  • Hace 20 años en esta isla peruana en el lago Titicaca no había hoteles, restaurantes, coches ni electricidad. ¿Tenemos derecho a exigir que determinadas zonas del mundo no evolucionen para que los extranjeros podamos verlas como un museo viviente?

 

Por Paco Nadal

Llevo viajando desde que era adolescente y dedicado profesionalmente al periodismo de viajes desde 1992.

Es decir, he visto casi de todo. Lo bueno y lo malo de esta actividad. Y sigo pensando que el turismo es necesario, hasta imprescindible, para la economía del mundo. Millones y millones de personas tienen una vida digna gracias a los ingresos que genera el turismo y sin él, como ya vimos en la pandemia, amplísimas zonas del globo terráqueo quedarían abandonadas a su suerte, despobladas o sometidas a hambrunas. Según el Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC), el turismo representa aproximadamente el 9,8% de la economía global.

Dicho esto, y por aquello de que el diablo termina por saber más por viejo que por diablo, soy el primero en reconocer que el turismo también genera problemas. Que no es una fuente de ingresos inocua y tiene sus contrapartidas. Una de las mayores es la aculturación. El turismo sirve al principio para sacar a las comunidades del subdesarrollo (qué sería de España si en los años sesenta no hubieran empezado a llegar los suecos y las suecas). Pero una vez alcanzado un nivel de desarrollo, el turismo degenera y lo que trae es la pérdida de identidad, la homogeneización y la aculturación. Sería necio negarlo y no creo que ninguno de los que nos dediquemos a esto estemos en condiciones de hacerlo. Reconociendo, además, que somos parte del problema por vivir de fomentar los viajes.

En mis tiempos se acuñó una frase que no por chistosa estaba exenta de realidad: “Qué sitio más bonito, ya verás como viene un periodista, lo publica y lo jode”. Ahora, para desgracia de nuestro ego, los periodistas de viajes pintamos ya muy poco y nuestra capacidad de destrozar un lugar por hablar de él es infinitamente menor que la que tiene el nuevo Atila del turismo: el algoritmo de Instagram y TikTok. Las redes sociales han venido sustituir a los prescriptores clásicos, con una capacidad de influencia y de cacofonía entre millones de usuarios, sobre todo jóvenes, que no teníamos los de la vieja escuela.

Sirva esta introducción para poner en contexto el último chasco que me he llevado y que confirma mi teoría. Ocurrió la semana pasada en mi regreso a la isla de Amantaní, en Perú.

 

Una mujer local de la isla de Amantaní acompaña a varios turistas que se van a alojar en su casa. Foto Sergi Reboredo ( Alamy / CORDON PRESS )

 

Amantaní es la isla más grande del lado peruano del lago Titicaca. Un lugar a 4.000 metros de altitud de población quechua donde la lengua, el estilo de vida y la cultura han permanecido casi intactos desde que Pizarro anduvo por los Andes. Supe de Amantaní en un viaje por Perú, hará unos 20 años, que hice de mochilero y en solitario. Me hablaron de una isla en la que sus habitantes habían decidido que no aceptarían touroperadores ni agencias de viajes externas; el turismo era bienvenido, pero lo gestionarían ellos, alojando a los huéspedes en sus propias casas, compartiendo con ellos el día a día, evitando así que su estilo de vida variara. Fui a ver esa especie de paraíso terrenal y me llevé una sorpresa mayúscula.

Al llegar a la isla, un turno rotatorio distribuía a los visitantes entre las diversas familias que habían preparado alguna habitación para acogernos. Estuve con la familia que me asignaron un día; comí y cené con ellos, dio la casualidad de que, además, era mi cumpleaños y me hicieron una tarta y una fiesta y pude vivir una experiencia de lo más auténtica y genuina. En Amantaní no había luz eléctrica, no había vehículos a motor, no había restaurantes… todo era exactamente igual que llevaba siendo desde hace decenas y decenas de años. Me fui de allí maravillado y dispuesto a contarlo a quien quisiera vivir una experiencia auténtica de turismo comunitario en Perú. Con los años, empecé a llevar grupos de El País Viajes y siempre terminábamos viviendo esa experiencia en el lago Titicaca. Pero cada vez que volvía, la isla había cambiado un poquito. Quien al principio tenía una habitación para huéspedes, ya tenía dos, el que tenía dos… ya había habilitado tres. Y a la siguiente visita, el que tenía tres ya tenía seis.

Hasta la visita de la semana pasada. Los más avezados de la isla tienen ya pequeños hostales con 10, 12 o 14 habitaciones. Y han construido comedores acristalados con vistas al lago donde comen los turistas. Nada que ver con aquella idea original de convivencia con la que empezó el negocio. Hace cinco años que llegó la electricidad. Y las motos… que manejan siempre chavales jóvenes: con ellas se puede llevar carga —desde papas a material de construcción— por las sendas de una isla muy empinada, en vez de a espaldas de los moradores como antes. En la plaza hay al menos dos restaurantes. Y en la cima de la isla, en las ruinas del templo preincaico al Pachatata, en vez de reunirse media docena de frikis a ver la puesta de sol, como antes, había al menos dos centenares de ruidosos turistas gritando y chillando, sin respeto a la solemnidad del momento.

Y aquí viene la reflexión: ¿eso es bueno o malo? Desde luego, para los habitantes de Amantaní creo que es bueno. El turismo ha cumplido su parte positiva: les ha traído prosperidad, casas más grandes y mejor preparadas, más ingresos, han llegado los vehículos a motor, ha llegado la electricidad (a base de paneles solares). No hay nada más perverso que la mirada primermundista que pretende que las comunidades indígenas sigan viviendo como hace siglos para que cuando nosotros las visitemos podamos sacarnos la foto y decir que estuvimos con una tribu que prácticamente no conocía al hombre blanco.

Pero se ha perdido la autenticidad. Y la inocencia. El sistema rotatorio de antaño, por el que el presidente distribuía de manera equitativa a los pasajeros, sigue funcionando, pero ya no es suficiente con tanta casa-hostal encubierto. Por esa vía a una familia le pueden corresponder pasajeros cuatro o cinco días al año nada más. Y eso no da para mantener el negocio ni pagar los préstamos que muchos pidieron para hacer obras. Los más listos o espabilados ya se publicitan directamente en Airbnb o trabajan directamente con agencias de Puno, que les surten de clientes. Te venden una experiencia vivencial que es ya más falsa que un euro de madera.

Se supone que todo planteamiento o silogismo debe tener una conclusión o una moraleja. En este que hoy planteo yo no la tengo. ¿Qué piensa usted como lector? Esto ha sido bueno o malo para la isla. ¿El turismo ha sido beneficioso o por nuestra culpa los estamos homogeneizando y aculturizando? Yo por desgracia, no tengo una conclusión para este dilema. Me limito a contarlo: Amantaní, como tantos otros lugares del mundo, ya no es lo que fue por el turismo. España tampoco es la España de los años sesenta y buena parte de la culpa o la virtud la ha tenido el turismo. ¿Tenemos derecho a exigir que determinadas zonas del mundo no evolucionen para que nosotros podamos verlas como un museo viviente? ¿La popularización del turismo es siempre perversa?

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