Los inversores extranjeros apuestan por Colombia a la espera de que Abelardo de la Espriella cumpla lo prometido
Los inversores extranjeros apuestan por Colombia a la espera de que Abelardo de la Espriella cumpla lo prometido

Jose Gabriel Velazco Figueroa (Getty Images/iStockphoto)
- Los activos colombianos mantienen un buen desempeño tras los resultados presidenciales, pero los bancos y las aseguradoras coinciden en que ese impulso ya roza su límite
La victoria de Abelardo de la Espriella en las presidenciales puso a Colombia bajo la lupa del capital internacional.
Bancos de inversión y aseguradoras en Nueva York, Londres y Madrid llevan semanas publicando informes sobre el país. Aunque casi todos celebran el cambio de gobierno, una aseguradora de riesgo comercial tiene un diagnóstico severo. “Creemos que el grueso de la ganancia fácil —el easy money— ya se capturó, y que de aquí en adelante el margen es más limitado y depende de las señales de ejecución”, escribe Luca Moneta, economista de Allianz Trade, con sede en París, y propiedad del grupo alemán homónimo.
Allianz Trade es accionista de Solunion, que asegura a empresas en Colombia contra el riesgo de que sus clientes no les paguen, un negocio que depende de medir el riesgo real de la economía. Para Moneta, el “entusiasmo de mercado va por delante de los fundamentos”: “El resultado electoral aportó un catalizador de confianza significativo, mientras los fundamentos macro todavía parecen frágiles”, escribe. El peso se apreció 7,4% en junio —su mejor mes en una década—, una velocidad que el analista describe como “potencialmente distorsiva” para la competitividad del país. Además, en seis meses el Banco de la República subió las tasas de 9,25% a 12% para contener una inflación reactivada por el gasto público creciente. Y la calificación de riesgo país, que mide el fondo económico y no el humor del momento, se mantiene intacta: Colombia sigue en B2 según Allianz Trade, mientras Argentina y Ecuador lograron subidas este semestre, destaca el experto. Si bien el mercado redujo al país el costo de financiarse, las calificadoras, que necesitan resultados, no han visto motivos para subir la nota.
Se trata de una llamada a la cautela que llega también a la banca de inversión estadounidense. El pasado 17 de julio, a tres semanas de la posesión, J.P. Morgan —el mayor banco de Estados Unidos— subió el pulgar al peso colombiano: pasó de recomendar mantenerlo a comprarlo. Detrás hay una estrategia especulativa clásica, el carry trade: pedir dinero prestado en una moneda barata —dólares, euros— para comprar activos en otra que paga más interés, y quedarse con la diferencia. Cuanto más alta la tasa en Colombia, más jugoso el negocio, y el peso ya es una de las monedas más rentables entre las emergentes para esa apuesta. El riesgo es que este dinero entra y sale con rapidez, sin generar empleo ni inversión en infraestructura.
A pesar de la apuesta, J.P. Morgan, con la analista Tania Escobedo Jacob a la cabeza, coincide con Solunion: el peso cotiza un 5% por encima de su valor justo de corto plazo, y un 14% por encima de su promedio real de los últimos 20 años. El banco dirigido por Jamie Dimon en Colombia ha recomendado comprar bonos del Gobierno colombiano a 2030, de Ecopetrol a 2032-2036 y de Bancolombia a 2034, y ha señalado al sector energético como la oportunidad más clara en acciones. Pero también ha advertido que el apretado triunfo electoral de De la Espriella deja interrogantes sobre su gobernabilidad.
Ahora bien, no todo Wall Street coincide. Goldman Sachs mantiene a Ecopetrol en neutral, no con recomendación de compra; la ve cara frente a la brasileña Petrobras y cree que ya se descontó buena parte de la ganancia de eficiencia esperada con el cambio de administración. Y el economista jefe de Bank of America, Alexander Muller, calificó de “una meta poco realista” la promesa del presidente entrante de recortar el Estado un 40%.
Al otro lado del Atlántico, la banca europea tampoco habla al unísono. Los estrategas del alemán Deutsche Bank, encabezados por Carlos Muñoz Cárcamo, se declararon, según recogió Bloomberg Línea, “escépticos de que [el nuevo Gobierno] pueda cumplir con las altas expectativas” y advirtieron que el mercado está descontando un escenario demasiado optimista. El suizo UBS calculó, según el mismo medio, que el déficit primario que hereda —3,5% del PIB, el más alto desde la pandemia y la crisis de 1999— no se puede cerrar solo con recortes de gasto, porque buena parte responde a pensiones, salud y transferencias regionales, rubros difíciles de tocar. El ajuste, advierte, tendrá que apoyarse también en más ingresos.
El británico Barclays coincide en el fondo, pero enmarca la cautela de forma distinta: considera que el resultado electoral ya fue descontado por el mercado, y que el riesgo está en la ejecución de un ajuste fiscal que Colombia ya ha intentado y fallado, con un Congreso fragmentado donde la izquierda podría complicar la agenda. El español Santander es el que mejor detalla por qué la meta fiscal puede ser difícil de alcanzar. En una nota del 22 de junio, sus analistas Andrés Soto y Francisco Paz destacan que ni la izquierda ni la derecha controlan el Legislativo, y que unos 36 senadores centristas quedarían como fuerza bisagra para cualquier reforma. Es la aritmética que resaltó durante la elección del presidente del Congreso este lunes.
La conclusión se repite, de Bogotá a Fráncfort, con matices pero sin fisuras: los mercados ya le dieron a Colombia un adelanto de confianza, y ahora depende del nuevo gobierno pagarlo con resultados. Solunion resume en cuatro condiciones lo que Colombia necesita para que la mejora no sea solo coyuntura electoral: restaurar la regla fiscal con un plan creíble que lleve el déficit de 5,3% del PIB proyectado para este año hacia el 3%; gestionar la apreciación del peso, que subió un 36% desde la llegada de Trump, sin golpear más a las exportaciones no petroleras, como el café y las flores; reconstruir un colchón externo —negociando un nuevo instrumento con el FMI o acelerando la acumulación de reservas propias—; y coordinar la política fiscal con la monetaria, para que el Banco de la República pueda bajar las tasas sin perder el ancla de la inflación. El Congreso, apenas instalado, ya dio la primera pista de qué tan cuesta arriba puede ser lograr estos objetivos.

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