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  • July 23, 2026 , 09:35am

Control, amenazas y cirugías para cambiar la apariencia: mi vida dentro de la “secta” de Jeffrey Epstein

Control, amenazas y cirugías para cambiar la apariencia: mi vida dentro de la “secta” de Jeffrey Epstein

Anya (nombre ficticio) habló sobre cómo Jeffrey Epstein atrajo y abusó de sus “asistentes”.

 

  • La semana posterior a la muerte del financiero y delincuente sexual Jeffrey Epstein, Anya (nombre ficticio) abrió la puerta de su apartamento en Nueva York. Afuera estaba Mark, el hermano de Epstein, diciéndole que debía irse, según cuenta.

Anya había vivido durante años en uno de los varios apartamentos de la calle 66 Este de Manhattan que Jeffrey Epstein utilizaba para alojar a las mujeres de las que abusaba.

En un instante, Anya perdió su hogar, pero escapó de una pesadilla.

Mark Epstein niega haber estado al tanto de las actividades ilícitas de su hermano.

“Todavía me cuesta asimilar que fui víctima de abuso durante años”, dice Anya. “No te encadenaban a una puerta ni nada parecido. No te encerraban en un sótano. Las cadenas eran menos evidentes, pero estaban ahí”.

Epstein, que murió sospechosamente en 2019 mientras esperaba ser juzgado por tráfico sexual de menores, solía decir que su organización era “como una secta, y que él era el líder de la secta”, dice Anya.

La mujer ofrece un relato excepcional sobre su vida como una de las “asistentes” de Epstein, detallando cómo el financiero mantuvo el control sobre muchas de sus víctimas durante tanto tiempo.

La casa de Jeffrey Epstein en Palm Beach, Florida.

Fuente de la imagen,Getty Images. La casa de Jeffrey Epstein en Palm Beach fue uno de los lugares en los que estuvo Anya.

Las asistentes eran un grupo de mujeres —unas 12 a la vez, según estima Anya— que vivían alojadas en casa de Epstein, trabajaban a todas horas a su entera disposición y eran víctimas de abusos sexuales por parte de él con regularidad.

Anya afirma que fueron objeto de elaborados engaños y promesas vacías de trabajo, antes de que él comenzara a controlar de forma coercitiva casi todos los aspectos de sus vidas, explotando cualquier vulnerabilidad que pudiera descubrir.

Según cuenta, él controlaba sus finanzas, les dictaba con quién se veían y las humillaba psicológicamente.

Anya asegura que él vigilaba sus cuerpos de forma obsesiva y la obligó a someterse a cirugías innecesarias que la desfiguraron.

Sarah Kellen, otra ex asistente, confirma el relato de Anya sobre el control que ejercía Epstein.

A principios de este año, Kellen declaró ante el Comité de Supervisión de la Cámara de Representantes de Estados Unidos cómo Epstein se presentaba como el salvador de las asistentes.

“Era muy hábil para aniquilar tu capacidad de tomar tus propias decisiones y tener autonomía. Y eso te hacía cada vez más dependiente de él”, sostuvo.

Existe un sesgo que tiende a hacer creer a la gente que solo los niños son susceptibles a este tipo de coacción, pero “uno puede ser manipulado siendo adulto”, afirma Tara Quinn-Cirillo, psicóloga clínica que ha trabajado con víctimas de control coercitivo.

“Puedes ser vulnerable a esto”, añade.

“Un montaje completo”

Tras la condena de Jeffrey Epstein en 2008 por abuso de una adolescente —a quien llevaba a sus casas con la promesa de trabajar como masajista—, cambió de táctica.

Empezó a centrarse principalmente en mujeres adultas, sobre todo de Rusia o de países de Europa del Este.

Anya afirma que tanto ella como muchas de las otras mujeres reclutadas todavía parecían adolescentes, y para demostrarlo, mostró fotos suyas de aquella época.

Anya creció en una Rusia que emergía del régimen comunista, con padres estrictos que le inculcaron que “la educación sería la clave del éxito”, cuenta.

Pero las oportunidades eran escasas y, armada con su título universitario, dejó Rusia para trabajar como modelo.

Trabajó en Europa para marcas de lujo como Fendi y Chanel. Tenía amigos, una red de apoyo y una familia a la que podía visitar cuando quisiera.

Cuando tenía poco más de 20 años, entró en la órbita de Epstein al visitar una agencia en París y conocer al cazatalentos de modelos Daniel Siad.

Éste elogió su inteligencia, “algo poco común en la industria del modelaje”, cuenta Anya, y le sugirió presentarla a un amigo suyo con contactos en el mundo de la moda: Epstein.

Daniel Siad, un hombre con la cabeza rapada y barba incipiente, que viste una camiseta negra, está sentado al aire libre en lo que parece ser una calle soleada, sonriendo con un gran puro en la mano.

Fuente de la imagen,Departamento de Justicia de EE.UU. Anya afirma que el cazatalentos de modelos Daniel Siad la presentó a Epstein.

Anya dice que antes se preguntaba qué habría ocurrido si no hubiera pasado por la agencia ese día, pero ahora cree que fue captada de forma deliberada.

“Fue una trampa total”, apunta, y describe a Siad como “un traficante profesional”.

El nombre de Siad aparece miles de veces en los archivos de Epstein, la enorme colección de documentos sobre el financiero que el gobierno estadounidense publicó en enero.

El abogado de Siad dijo que no haría comentarios; anteriormente ya negó haber tenido conocimiento del peligro que representaba Epstein.

Se da la circunstancia de que Siad, misteriosamente fue hallado muerto el lunes 20 de julio en París. Las autoridades abrieron una investigación para determinar las causas de la muerte.

Anya relata que conoció a Epstein en su espacioso apartamento de 18 habitaciones en París, decorado con fotografías de él posando con personalidades como Bill Clinton y otros líderes mundiales.

Dice que se sintió cómoda porque había otras dos mujeres presentes: una rusa y la otra, entonces novia de Epstein, originaria de Europa del Este.

Según cuenta Anya, Epstein le pidió que se desnudara para poder ver su cuerpo con fines de modelaje.

Mientras estaba en ropa interior, el financiero le dijo que “no estaba en forma” y que necesitaba “empezar a hacer ejercicio”, llamándola vaga.

Vista exterior del edificio en la Avenida Foch donde se encontraba el apartamento de Epstein, que muestra un imponente edificio de piedra con una cúpula en la esquina.

Fuente de la imagen,Getty Images. Anya conoció a Epstein en su espacioso apartamento de París, cerca del Arco del Triunfo.

Anya asegura que comentarios como esos eran habituales en la industria del modelaje, y creyó sus afirmaciones de que, si trabajaba duro, le presentaría a las personas adecuadas.

La mujer cuenta que él le preguntó sobre su familia y sus intereses.

“Qué intentaba lograr en la vida, por qué me dedicaba al modelaje, todas las cosas que eran importantes para mí”, evoca.

“En el mundo de la moda no te hacen esas preguntas”, precisa.

Varias mujeres han declarado que a Epstein le gustaba saber qué era importante para ellas para luego usar esa información en su contra.

También abordó sus preocupaciones directamente.

“Veo que eres inteligente y desconfiada”, recuerda ella que le dijo. “No quiero acostarme contigo”.

Anya dice que esto la tranquilizó aún más. “Me decía a mí misma: ‘Dios mío, este hombre es increíble. Me conoce a la perfección'”, comenta.

Promesas y engaños

Esto fue solo el comienzo de un proceso de manipulación que se desarrollaría a lo largo de muchos meses, en el que Anya fue embaucada con promesas vacías y un engaño prolongado.

Durante casi un año, Anya comenzó a entrenar “religiosamente” para conseguir el cuerpo que Epstein deseaba, según cuenta.

Lesley Groff, la asistente que administraba la agenda de Epstein, le enviaba correos electrónicos para informarle sobre su progreso, y Epstein presionaba a Anya para que le enviara fotos, diciéndole que no fuera “tímida” cuando insistía en que se desnudara.

Según Anya, Epstein finalmente organizó una reunión entre ella y Faith Kates, cofundadora de la agencia de modelos Next Management, tal como le había prometido.

La reunión duró menos de 30 minutos y le dijeron que Epstein le informaría del resultado.

Anya explica que el financiero le dijo que Next no quería contratarla porque “no era lo suficientemente buena para el mercado neoyorquino”, y Epstein añadió que estaba “fuera de forma”.

Faith Kates, una mujer de cabello castaño largo y rubio, con gafas sobre la cabeza, vestida de negro con una bufanda de seda dorada y negra, posa para las cámaras en un evento de Business of Fashion con parte del logotipo "BOF" visible en una valla publicitaria detrás de ella.

Fuente de la imagen,Getty Images. Anya cuenta que Epstein organizó una reunión con Faith Kates, cofundadora de Next Management.

Anya dice que estaba desolada. Epstein le pidió que lo visitara en Palm Beach, Florida, donde se encontraba en libertad condicional mientras cumplía sentencia.

Según ella, el financiero culpó de su condena a una chica que -decía- lo había engañado con una identificación falsa.

Anya tuvo que firmar un registro a cargo de un policía uniformado para poder verlo.

Epstein la acompañó a una habitación donde la agredió sexualmente por primera vez. Al menos otras dos mujeres han declarado que él las agredió sexualmente mientras cumplía su condena.

Tras la agresión, Epstein comenzó a bromear con las demás asistentes que aguardaban afuera, comentando que Anya era “muy tímida”. Según cuenta, todos se rieron de ella, y su reacción la hizo culparse a sí misma.

“Pensé que tal vez no había pasado nada malo. Quizás mi reacción era la equivocada”, plantea. “Tal vez sea por mi educación rusa, tal vez por lo estrictos que eran mis padres, pero sentía que había algo raro en mí, no en él”.

Anya dice que solo cuando se publicaron parte de los archivos de Epstein se dio cuenta de lo que realmente había sucedido.

Los correos electrónicos sugerían que, a pesar de su reunión cara a cara con Faith Kates, la fundadora de la agencia la había rechazado un año antes.

Jeffrey Epstein en el Hotel QT el 18 de mayo de 2005 en la ciudad de Nueva York.

Fuente de la imagen,Getty Images. “Pensé que tal vez no había pasado nada malo. Quizás mi reacción era la equivocada”, dice Anya.

Anya asegura que se dio cuenta de que Epstein la había estado engañando durante meses y la había preparado para fracasar, en un “proceso de captación extremadamente elaborado”.

Entonces, cuando estaba vulnerable, aislada y lejos de casa, Epstein atacó.

El tipo de preparación lenta y constante que describe Anya está diseñado para evitar activar la sensación de peligro del objetivo, “como los bombarderos furtivos están diseñados para pasar desapercibidos”, indica la psicóloga Quinn-Cirillo.

El abogado de Faith Kates declaró que cualquier afirmación de que su clienta tuviera conocimiento o participación en el presunto tráfico de personas de Epstein es falsa y difamatoria.

Sugerir que Epstein le comunicaría la decisión de la agencia a Anya es “inusual, falso y carece de fundamento”, subrayó el abogado.

La agencia tomó sus propias decisiones sobre qué modelos contratar y no buscó la aprobación de Epstein para dichas decisiones, continuó, añadiendo: “Obviamente, no hay nada inusual en que una modelo potencial sea considerada y rechazada por una agencia de modelos, incluso más de una vez”.

Next Management afirmó en un comunicado que la empresa no tenía ninguna relación con Epstein y que las supuestas acciones de Kate habían sido “solo suyas”.

“Ven a trabajar conmigo”

Epstein siguió ofreciéndole a Anya la posibilidad de trabajar como modelo, presentándola a Jean-Luc Brunel, fundador de la agencia MC2.

Epstein no le mencionó que era uno de los patrocinadores financieros de la empresa. (MC2 cerró sus oficinas en Miami y Nueva York, y el fundador de la sucursal aún activa en Israel ha declarado no tener ninguna relación con Epstein).

Según cuenta Anya, la agencia prácticamente no le ofrecía ningún trabajo.

En cambio, su agente le decía que iba a Palm Beach para una “contratación directa”, explica. Pero no consiguió ningún trabajo como modelo, solo más abusos por parte de Epstein.

Al cabo de un tiempo, Epstein le dijo que el modelaje no le funcionaba y que la industria estaba muerta.

Anya recuerda que él le dijo: “Ven a trabajar conmigo, te enseñaré un negocio de verdad. Viajarás y conocerás a gente importante de todo el mundo”.

Vista aérea de la casa de Jeffrey Epstein en Palm Beach, que muestra una gran casa blanca en un barrio costero, con una piscina visible entre numerosas palmeras.

Fuente de la imagen,Miami Herald via Getty News. Anya fue trasladada en avión a la casa de Epstein en Palm Beach, donde fue víctima de abusos.

Pero trabajar como asistente de Epstein no era lo que Anya imaginaba. Dice que Epstein no le enseñó nada sobre negocios.

En cambio, según cuenta, se la pasaba sentada esperando a que Epstein le diera algo que hacer, mientras le reprochaba por estar sin hacer nada.

A veces le asignaba tareas insignificantes: contestar el teléfono, acompañar a alguien a una sala de reuniones o anunciar a un invitado.

Sin embargo, las asistentes estaban disponibles las 24 horas del día, los 7 días de la semana, dice Anya.

En una ocasión, Anya cuenta que salió a almorzar para encontrarse con alguien y Epstein “se volvió loco”, llamándola repetidamente e insistiendo en que nunca podría salir de la casa sin su permiso.

Anya dependía completamente de Epstein. Si enfermaba y necesitaba atención médica, él le decía: “Yo soy tu seguro médico”.

No tenía cuenta bancaria ni la documentación necesaria para alquilar una vivienda, pero afirma que Epstein la echó del apartamento de Manhattan varias veces, diciéndole que “buscara dónde quedarse”.

Ahora se da cuenta de que eran mecanismos de control muy efectivos.

Según cuenta, Epstein solo empezó a pagarle un modesto sueldo años después porque su visado así lo exigía.

Él solía decirle: “No te preocupes, siempre te apoyaré”. Los abusos sexuales continuaron con frecuencia durante todo este periodo, afirma Anya.

Sarah Kellen describió una situación similar ante los legisladores estadounidenses: “No tenía dinero, ni familia, ni educación, ni la sensación de merecer algo mejor”.

Mientras tanto, Epstein hacía alarde de su poder y sus contactos ante ella. “Jeffrey se aseguró de que supiera que desafiarlo me costaría la vida”, afirma.

“Nunca irás en mi contra”

En una ocasión, una asistente se escapó, recuerda Anya.

Cuenta que la mujer la llamó durante su huida, lo que le hizo temer que Epstein descubriera que habían estado en contacto, ya que él era dueño de sus teléfonos y monitoreaba sus llamadas.

Según Anya, Epstein contrató a un investigador privado para localizar a la asistente desaparecida. Explica que este le mostró un correo electrónico donde detallaba los gastos que, según sus cálculos, la mujer le debía: un total de US$700.000.

Anya asegura que el mensaje le quedó clarísimo: si te vas, me deberás dinero y te encontraré para recuperarlo.

Esto no era lo único que Epstein tenía para chantajear a las mujeres. Según Anya, también recopilaba material comprometedor y, casualmente, le recordaba que tenía fotos de ella desnuda.

En una ocasión, según cuenta, él reunió a sus asistentes para una sesión de fotos.

Epstein las animó a desnudarse y bailar, insistiendo en que lo grabaran.

Anya recuerda que él dijo: “Así sé que nunca irán en mi contra”, dando a entender que les sería difícil argumentar que no habían dado su consentimiento si él mostraba el video.

“Esa era su fuente de pruebas”, afirma.

Sarah Kellen, una mujer de pelo largo castaño y vestida con un traje oscuro, mira fijamente al frente mientras camina con un grupo de otras mujeres por un pasillo anodino antes de prestar declaración ante el Congreso.

Fuente de la imagen,Getty Images. Sarah Kellen declaró ante un comité del Congreso de EE.UU. que Epstein era experto en “destruir” el sentido de autonomía de sus asistentes.

El financiero también obligaba a sus asistentes a escribirle correos electrónicos que llamaba “cartas de gratitud”, en los que le daban las gracias efusivamente a su abusador.

“Tenía muchísimo miedo de no agradecerle lo suficiente”, dice Anya.

“Creo que, en parte, esas cartas de gratitud eran otro mecanismo con el que él decía: ‘¿cómo puedes ir en mi contra si me estás dando las gracias todo el tiempo?'”.

Según Anya, Epstein también ponía a las asistentes unas contra otras.

Por ejemplo, dejaba entrever que otra mujer estaba “enfadada” con ella por ser “inútil y perezosa”, pero él decía que la estaba “apoyando” como “su mayor defensor”, explica.

De esta forma, impedía que las mujeres entablaran relaciones reales entre sí, lo que facilitaba su control.

Mientras Anya habla, se levanta la blusa para mostrar varias cicatrices en el estómago. Luego enseña fotos antiguas de cuando era modelo, donde luce un pequeño tatuaje de su adolescencia.

Epstein quería que se lo quitara y un médico fue a su casa, recuerda ella. Pero él no quería que se sometiera a un tratamiento láser porque tardaría demasiado, así que sugirió que el médico le extirpara la piel tatuada.

“Solo a mí se me podría ocurrir eso”, recuerda que dijo Epstein.

Ella afirma que se sometió a la cirugía, la cual le dejó cicatrices.

Un año después, él insistió en que se la volvieran a realizar porque no le gustaron los resultados.

“Ecosistema del abuso”

Anya dice, con los ojos llenos de lágrimas, que lo “más vergonzoso” de su tiempo con Epstein fue tener que reclutar a otras mujeres.

Según cuenta, cada asistente tenía que traer al menos a otra asistente, y Epstein les dijo que reclutaran a mujeres jóvenes como ella.

“Fuera una o diez, ya eras cómplice”.

Anya dice que decidió hablar ahora para ayudar a la gente a entender cómo las mujeres cayeron en las redes de Epstein y para explicar cómo la red traficó con personas adultas como ella, así como con menores de edad.

“Construyó todo un ecosistema del abuso que estaba a su servicio”, sostiene. “Cuando personas como Bill Gates vienen a cenar a su casa y le dan la mano, uno piensa: ‘¿quién soy yo para cuestionarlo? ¿Quién soy yo para denunciarlo?’. Eso legitimó el abuso”.

Tanto Anya como Sarah Kellen recibieron posteriormente una indemnización del Fondo de Compensación para las Víctimas de Epstein, que se creó para proporcionar ayuda financiera a las sobrevivientes e implicaba compartir pruebas que corroboraran los abusos sufridos.

“Mientras él estaba vivo no hablé con nadie sobre esto”, dice Anya.

Ahora espera que su testimonio pueda ayudar al menos a una mujer a escapar de una relación abusiva.

“No soy especial en absoluto”, indica. “Simplemente logré encontrar la fuerza interior para perseverar y sobrevivir. Si yo pude hacerlo, tú también puedes”.

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