Trump sube la economía global a una montaña rusa
Trump sube la economía global a una montaña rusa

Donald Trump, en un acto en el Despacho Oval de la Casa Blanca el 24 de julio. Foto Rod Lamkey (AP)
- Empresas y bancos centrales navegan a ciegas por los altibajos del petróleo y los vaivenes de los aranceles de Estados Unidos
Vuelven los aranceles, vuelve a calentarse la guerra de Irán, aumenta el riesgo de inflación y persiste una intensa incertidumbre y existe un solo responsable.
Donald Trump, ha subido a la economía global a una montaña rusa de giros violentos y, en poco más de tres semanas, el mundo ha pasado de pensar en una normalización del mercado del crudo a temer los cuellos de botella.
El ataque por parte de los hutíes (aliados de Teherán) a los petroleros saudíes en el Mar Rojo significa poner en jaque la vía de exportación alternativa a Ormuz y el precio por barril de brent superó los 100 dólares, lo que implica un encarecimiento acumulado del 40%. La guerra comercial, contenida en buena parte por los tribunales estadounidenses, estrena capítulo con otro decreto de Washington y el Banco Central Europeo ya ha advertido de que el escenario optimista planteado en junio, con descensos del coste de la energía, se antoja “bastante improbable”.
“Los bancos centrales y las compañías navegan a ciegas porque el mapa de riesgos ha cambiado de forma permanente: ya no basta con optimizar costes, hay que construir cadenas de suministro y estrategias capaces de aguantar la incertidumbre”, afirma Alicia García-Herrero, economista jefa para Asia Pacífico en el banco de inversión Natixis. “La volatilidad en el precio de las materias primas —e, igual de importante, en el acceso a las rutas comerciales— no es un fenómeno pasajero: está aquí para quedarse, los shocks geopolíticos no son episodios aislados, sino el nuevo escenario estructural, y eso está obligando a las empresas a priorizar la resiliencia por encima de la rentabilidad pura”, añade, una tendencia que se consolidó tras la Covid y que ahora se refuerza.
La guerra creada por Trump está ahora a punto de cumplir su quinto mes, la fragilidad de las negociaciones ha quedado patente y todos los agentes económicos (empresas, bancos centrales, inversores, hogares, gobiernos) observan los datos económicos con cautela. BBVA Research, por ejemplo, presentó unas previsiones a primeros de junio en las que se situaba un precio del petróleo en el entorno de los 90 dólares para la segunda mitad de 2026 y no esperaba el retorno al nivel preguerra hasta el verano de 2027. “Y justo después, cuando se anunció el preacuerdo [entre Washington y Teherán], las buenas noticias desbordaron nuestras previsiones, el petróleo llegó a tocar los 72 euros, pero ahora nos encontramos con que la situación se ha endurecido, tampoco es una sorpresa, ya éramos conscientes de que se trataba de un proceso largo y con altibajos”, explica Rafael Doménech, responsable de Análisis Económico de BBVA Research.
Sorpresa sería, hoy por hoy, la falta de sorpresa. Firmas como Goldman Sachs o Rystad Energy calculan que los precios podrán escalar a los 120 dólares por barril a finales de este año si el conflicto sigue abierto, lo que obliga a los bancos centrales a andar con mucho tiento en su tarea de controlar la inflación. La subida del crudo calienta los precios de la energía y estos el coste de la vida en general. El jueves se reunió el BCE para decidir si subía el precio del dinero, una forma de enfriar la economía y embridar la inflación, y optó por mantenerlos en el 2,25% (en junio había aplicado la primera subida en tres años, de un cuarto de punto).
Los mercados, sin embargo, descuentan que habrá otra alza en septiembre y el discurso de la presidente, Christine Lagarde, sonó pesimista: “La perturbación energética podría intensificarse aún más y sus efectos sobre otros precios y sobre los salarios podrían ser mayores de lo previsto actualmente”, dijo en la rueda de prensa posterior al encuentro, en Fráncfort. La inflación se suavizó hasta el 2,8% en junio, desde el 3,2% observado en mayo, pero cree que permanecerá en el entorno del 3% lo que queda de año, lejos del objetivo del 2%.
“Denme un poco de tiempo”, dijo Trump el pasado miércoles ante miles de seguidores durante un mitin en Marietta (Georgia), en referencia a los precios del petróleo y a la debilidad de los pactos con el régimen iraní. Y es justo el tiempo lo que está jugando en contra del presidente republicano, que comenzó este conflicto prometiendo con alardes de grandeza una resolución rápida, pero está despertando a los fantasmas de esas guerras interminables en las que Estados Unidos ha tendido a quedarse atrapado en las últimas décadas: no las pierde, pero tampoco las gana, y se convierten en una ciénaga (véase Afganistán o Irak, por solo mencionar dos).
La Reserva Federal estadounidense se reúne esta semana y el mercado cree más probable un mantenimiento de los tipos hasta al menos septiembre, aunque el nuevo presidente, Kevin Warsh, no ha dado grandes pistas. La inflación dio un respiro en junio, precisamente coincidiendo con el alto el fuego con Irán y la reapertura del estrecho de Ormuz. El índice de precios al consumo (IPC) bajó siete décimas, hasta el 3,5% en junio, pero la evolución del conflicto despierta dudas para los próximos meses. Se añaden además los nuevos gravámenes a las importaciones de productos extranjeros, aunque el efecto en el consumidor final se demora más que en el caso de los choques petrolíferos.
“El problema es la acumulación de choques que por separado serían más manejables”, apunta también Doménech. La tensión comercial también ha vivido una suerte de tregua, impuesta en este caso por la decisión de los tribunales estadounidenses, pero en la medianoche del jueves al viernes entró en vigor el nuevo decreto para imponer aranceles de entre el 10% y el 12,5% a 60 países socios, entre ellos, España y el resto de la Unión Europea, China, Reino Unido o Japón. En las últimas dos semanas, Trump ha anunciado gravámenes también para Brasil (25%), Canadá (50%) y de hasta el 200% para los fármacos genéricos.
La economía global ha mostrado una resiliencia notable ante todos los embates sufridos desde 2020 (de la Covid a la escalada inflacionista, pasando por la invasión de Ucrania o las tensiones comerciales) y la previsión de crecimiento para este año se mantiene en el 3%, gracias a la adaptabilidad que ha mostrado el sector privado, una política monetaria no restrictiva, y el impulso de gasto de los gobiernos. Aun así, la incertidumbre mantiene muchos proyectos embalsamados —“Sin estos choques estaríamos creciendo con mayor intensidad”, recuerda Doménech— y, aunque el PIB español avanza con solidez, regiones como la zona euro no han salido de la anemia.
La sucesión de anuncios y cambios de parecer constituye así un elemento de turbulencia para la economía. La Comisión Europea señaló el viernes que los gravámenes recién aprobados cumplen el acuerdo comercial entre Washington y Bruselas firmado en verano de 2025 (el pacto establecía que Estados Unidos aplicaría un arancel del 15% a la mayoría de los productos europeos, mientras que la UE eliminaba los impuestos a gran parte de los productos industriales estadounidenses).
De hecho, el arancel del 10% opera teóricamente como un techo y eso se traduciría en una rebaja para sectores que ahora pagan tasas más elevadas, como el calzado, el vino o el aceite de oliva, mientras que la industria química, los bienes de equipo o los componentes industriales sí van a ver incrementados sus gravámenes. Con todo, el impacto final se verá con el diseño final y aplicación del nuevo sistema, que aún genera dudas al margen de cualquier cambio de parecer en la Casa Blanca, algo habitual.
La alta representante para Política Exterior de la UE, Kaja Kallas, expresó el viernes su frustración con estas palabras: “¿Quién puede hacer un seguimiento de los aranceles que se están haciendo?”. Algo así ocurre también en los mercados.

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