Los estadounidenses tienen menos de cien días para salvar su democracia
Los estadounidenses tienen menos de cien días para salvar su democracia

- Una avalancha al estilo húngaro es lo único que podrá desbaratar los intentos de Donald Trump de amañar las elecciones de mitad de mandato
Por Timothy Garton Ash, profesor de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford. El próximo otoño publicará Europe in 7½ Chapters.
En estos tiempos de fenómenos meteorológicos extremos, resulta extraño afirmar que Estados Unidos necesita una avalancha. Pero una avalancha, una derrota aplastante de Donald Trump en las elecciones de mitad de mandato de noviembre, es precisamente lo que hace falta para que el país empiece a enmendar el rápido y deliberado deterioro de la democracia que él ha provocado y ser detestado por el mundo.
El respetado Instituto Varieties of Democracy (V-Dem) de la Universidad de Gotemburgo sostiene que, en 2025, Estados Unidos sufrió uno de los declives más rápidos de la democracia liberal de la historia. “En Estados Unidos, la democracia”, afirma su Informe sobre la Democracia de 2026, “está en la peor situación de los últimos 60 años”. Ahora que la república imperial está conmemorando el 250º aniversario de su fundación, el peligro que ya vislumbraron en los primeros días de su orden constitucional los antifederalistas como Patrick Henry —que un presidente con demasiado poder abusara de sus potestades ejecutivas e intentara convertirse en un nuevo rey— está más próximo que nunca.
Los analistas de V-Dem destacan que, en 2025, Trump firmó nada menos que 225 órdenes ejecutivas, mientras que el Congreso, controlado por los republicanos, no aprobó más que 49 leyes, la mayoría de ellas sobre cuestiones menores, como la “Modificación del Código de la Hacienda Pública de 1986 para adaptar las normas relativas al aplazamiento de determinados plazos en caso de catástrofes”. El Proyecto 2025 de la Heritage Foundation, redactado para impulsar la denominada “teoría del Ejecutivo unitario”, se ha cumplido ya, según el buscador del propio proyecto, en más de la mitad, con la ayuda de varias sentencias del Tribunal Supremo.
En el manual de cualquier aspirante a autócrata, un capítulo importante es el de amañar las elecciones. Y da la impresión de que Trump se lo está tomando muy en serio. Además del atroz grado de manipulación de los distritos electorales (que los demócratas han pagado con la misma moneda en algunos lugares), hay en marcha múltiples intentos de negar el derecho a voto a los grupos más propensos a elegir a demócratas, bien limitando el voto por correo, bien exigiendo documentos que prueben la nacionalidad en el momento de votar, o mediante otros trucos legales y burocráticos.
Si las elecciones del 3 de noviembre producen un resultado muy igualado en varios distritos electorales que pueden inclinar a un lado u otro el control de la Cámara de Representantes, Trump y los republicanos recurrirán a todo lo que haga falta para descalificar o excluir a los demócratas vencedores.
Por eso es imprescindible que haya una victoria aplastante. Como comprobé en Hungría esta primavera, la antipatía popular hacia quien ejerce el gobierno, si está verdaderamente extendida y se encauza hacia un aumento de la participación electoral, arrasa con todos los obstáculos que pueda interponer el aspirante a autócrata; y, a fin de cuentas, esos obstáculos eran mayores en el caso húngaro que en el de Estados Unidos. Es posible que las elecciones no sean limpias; quizá ni siquiera sean del todo libres; pero el resultado es irrefutable y evidente para todos.
Desde luego, si me preguntan quién es el que más está facilitando que haya una victoria aplastante contra Trump, la respuesta está clara: Donald Trump. Después de una campaña que se sostuvo sobre los problemas básicos que preocupan a los ciudadanos en la vida diaria, a la hora de la verdad, su empeño en imponer aranceles y comenzar una guerra en Oriente Próximo ha provocado el aumento del coste de la vida y, en especial, del precio de la gasolina. Se puede decir, siendo benévolos, que no se ve ninguna vía clara hacia la paz y la victoria en una guerra contra Irán que, según las cifras oficiales, ha costado 37.500 millones de dólares y para la que el Gobierno ya ha solicitado otros 67.100 millones de dólares. En las encuestas, la oposición popular a la guerra se acerca al 60%, igual que el índice de desaprobación del presidente. A esa impopularidad contribuye también la flagrante corrupción de su régimen. Según algunas estimaciones, hasta la fecha, su familia y él han incrementado su fortuna aproximadamente en 2.000 millones de dólares. La última revelación es el plan del presidente de la FIFA y compinche de Trump, Gianni Infantino, para vender acciones de la organización del Mundial de fútbol a un fondo de inversión presidido por Joshua Kushner, cuñado de la hija de Trump, Ivanka. El humor más mordaz se queda sin palabras ante la pareja formada por la FIFA y Trump.
Todo esto se traduce, para los demócratas, en el equivalente electoral de disparar contra una portería vacía. ¿Pero dónde está el Lionel Messi o el Harry Kane que meta ese gol? No se ve por ningún lado. Como europeo en Estados Unidos, no dejo de mirar alrededor y preguntarme: “¿Dónde está el líder de la oposición?”. ¿Dónde está, por recordar el ejemplo húngaro, una figura como Péter Magyar, que encabece una campaña nacional disciplinada y eficaz y que responda al sentimiento generalizado de que es necesario un cambio con un “este es el cambio que necesitáis”?
Los amigos que estudian estos temas aquí, en la Universidad de Stanford, me dicen que estoy buscando algo que, en general, no existe todavía a estas alturas. Las elecciones de mitad de mandato de 1994 —en las que el lema del “Contrato con América” del líder de la minoría en la Cámara de Representantes, Newt Gingrich, determinó el rumbo de la campaña en todo el país y contribuyó a la gran victoria republicana— son la excepción que confirma la regla. Las elecciones legislativas de mitad de mandato suelen ser más bien un referéndum sobre el presidente en ejercicio y su partido y lo normal es que el partido en el Gobierno pierda algunos escaños, sobre todo en la Cámara de Representantes. Pero, si analizamos los resultados desde la Segunda Guerra Mundial, el número de escaños perdidos en la Cámara en este tipo de elecciones oscila considerablemente, entre los 54 de 1994 o los 63 de 2010 y los cinco de 1986 o los nueve de 2022. En las de este año, una diferencia de menos de 10 provocaría disputas apasionadas y tal vez incluso violentas.
Aunque en el sistema estadounidense no tiene por qué surgir ningún líder unificador de la oposición como Magyar hasta que se designe al candidato presidencial en 2028, lo cierto es que los demócratas están desaprovechando terriblemente la oportunidad de meter el balón en esa portería vacía. El líder de la minoría en el Senado, Chuck Schumer, de 75 años, no parece precisamente un gran delantero. En las encuestas, compite con Trump en impopularidad. Las energías las aportan hoy, sobre todo, los socialistas democráticos como el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, pero ¿pueden ganar en sitios como Míchigan o Wisconsin? El columnista y podcaster de The New York Times Ezra Klein ha dado vueltas a la idea de que precisamente esa diversidad podría ser una ventaja: se necesita un tipo de candidato en Kansas y otro en Seattle. A cada cual lo suyo. Pero hay muchas probabilidades de que, solo con que se escoja al candidato inapropiado en un par de los 35 escaños del Senado que están en juego esta vez, los demócratas pierdan también su ya escasa posibilidad de hacerse con el control de la Cámara alta.
Lo que está en juego no es el futuro del Partido Demócrata, sino el futuro de la democracia. Que las elecciones legislativas produzcan el cambio habitual en el control de la Cámara de Representantes es el mínimo imprescindible para empezar a contener —e incluso a revertir— el deterioro sin precedentes que está sufriendo la democracia liberal con Trump. Esa contención dependerá, en parte, de que el Congreso empiece a hacer uso de sus poderes constitucionales para supervisar los fondos del Gobierno, emprender investigaciones e iniciar un proceso de destitución. Ahora bien, si hay una avalancha electoral, el cambio más importante será el psicológico, porque Trump empezará a parecerse a la peor de sus pesadillas: un “perdedor”. Precisamente por eso, el aspirante a rey intentará impedir que los demócratas ganen la Cámara de Representantes y, si a pesar de todo lo consiguen, tratará de eludirla y deslegitimarla con todos los medios a su alcance. Pero ese sería el final del principio.
El verano pasado escribí un artículo en el que sostenía que los estadounidenses tenían 400 días para salvar su democracia. Ahora quedan poco más de 90.

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