El Alto, la ciudad boliviana a más de 4.000 metros de altitud que rinde pleitesía a la cultura aymara
El Alto, la ciudad boliviana a más de 4.000 metros de altitud que rinde pleitesía a la cultura aymara

Mujeres indígenas aymara, miembros el colectivo Cholitas Escaladoras, escalando hacia la cumbre del Huayna Potosí (Bolivia). Foto JORGE BERNAL ( AFP / GETTY IMAGES )
- Este lugar es mucho más que la ciudad que se extiende sobre La Paz o la segunda urbe más poblada de Bolivia. Aquí, la vestimenta tradicional, la Feria 16 de Julio y los ‘cholets’ se convierten en una declaración del orgullo de la identidad del pueblo indígena originario del altiplano andino
A más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, El Alto se extiende sobre el altiplano boliviano como una enorme meseta urbana. Con La Paz a sus pies y la Cordillera Real y el nevado Illimani como telón de fondo, esta ciudad, cuyo nombre ya habla de su elevada ubicación, fue durante mucho tiempo un lugar de paso para llegar hasta el aeropuerto. Convertida en refugio de las comunidades rurales migrantes del altiplano, especialmente aymaras, aquella cuasi desértica meseta se ha transformado en una de las principales áreas urbanas de Bolivia y en la segunda ciudad más poblada del país.
Con menos de 40 años teniendo rango formal de ciudad y con casi un millón de habitantes, han sido varios los motivos que han consagrado a El Alto como la urbe con mayor concentración indígena aymara de Bolivia.
Sus terrenos planos, extensos y accesibles económicamente para los migrantes del altiplano paceño facilitaron la llegada de familias provenientes de comunidades rurales que, al trasladarse del campo a la ciudad, mantuvieron sus formas tradicionales de organización prehispánica. Esta estructura de la sociedad, basada en el trabajo comunal y la reciprocidad de la ayuda mutua —el clásico “hoy por ti, mañana por mí”—, fue el motor de su desarrollo, desde las aceras hasta las escuelas y viviendas que hoy pueblan sus calles. Su búsqueda de la independencia económica —rasgo del carácter aymara— dio lugar al desarrollo de un tejido productivo propio que no dependía del empleo estatal, creando mercados masivos y autogestionados, como la Feria 16 de Julio, que dio lugar a una nueva burguesía y clase media aymara cuya solidez económica se veía reflejada en los cholets.

Vista de La Paz desde el teleférico de El Alto. Foto FREEDOM WANTED / Alamy / CORDON PRESS
Inmensos, llamativos, psicodélicos y extravagantes, los cholets se han convertido en uno de los símbolos de El Alto y en uno de los distintivos de la nueva burguesía indígena surgida durante la última década en Bolivia. Con sus fachadas decoradas con colores intensos, motivos indígenas, formas geométricas imposibles y referencias a la cultura andina, este tipo de arquitectura es ahora símbolo de la identidad aymara. Su nombre, al que le han dado la vuelta con orgullo, proviene de la mezcla de las palabras chalet y cholo, un término que hasta hace poco se utilizaba para referirse a las personas de rasgos indígenas de forma despectiva.
Son edificios que combinan en la planta baja espacios para el comercio, mientras la vivienda y los salones para eventos y celebraciones se ubican en los pisos superiores. Sin embargo, son mucho más: una expresión del ascenso económico de una nueva burguesía indígena que ha decidido invertir parte de su riqueza en crear una personalidad arquitectónica propia capaz de mostrar su identidad. De eso se ha encargado Freddy Mamani, el mayor exponente de la arquitectura neoandina, quien ha diseñado más de 60 viviendas de este tipo en El Alto.

Vista aérea de uno de los ‘cholets’ en El Alto, construcción típica en esta ciudad de Bolivia. Foto MARTIN BERNETTI ( AFP / GETTY IMAGES )
La riqueza de esa burguesía vino de la mano de la Feria 16 de Julio, uno de los mercados populares más grandes de Bolivia y de Latinoamérica. En sus orígenes, surgió a partir de pequeños espacios comerciales que fueron creciendo hasta convertirse en el enorme mercado actual, cuyo desarrollo está ligado a la historia y a la expansión de El Alto, además de a la importancia que el comercio tiene en la vida de la ciudad. Desde su nacimiento, su éxito ha residido en que no es un mercado para el visitante, pues la feria funciona como un gigantesco organismo comercial donde cualquier cosa se puede comprar o intercambiar. Ropa, muebles, repuestos, electrodomésticos, comida, juguetes y hasta camiones o tractores; incluso, animales vivos. Aquí se encuentra todo lo que se venga a buscar; ese es su gran logro.

Puestos y visitantes en el mercado de El Alto. Foto mathess ( GETTY IMAGES )
La faceta comercial y emprendedora de la cultura aymara ha logrado en muy pocos años que esta feria pase de ser un mercado local a ocupar 200 manzanas organizadas por sectores, a lo largo y ancho de la ciudad. No hay vitrinas, no hay puestos; aquí todo se expone en el suelo, sobre mantas, en carretillas, en furgonetas o camiones. Mucho se paga con dinero, con un intenso regateo previo, y otro tanto se llega a trocar. Sus vendedores son sus propios vecinos locales, cholos y cholas ataviados con sus trajes tradicionales: ellas con sus polleras, bombines y largas trenzas; ellos con sus ponchos y sombreros de ala. Una vestimenta única que todavía tiene mucho que contar.
Uno de los grandes motores que hizo cambiar la perspectiva social de los aymaras en su propio país fueron las cholitas escaladoras, aunque su historia comenzó mucho antes de que el fenómeno social basado en su documental se hiciera conocido internacionalmente. Y es que, durante años, las mujeres aymaras trabajaron en expediciones de montaña como porteadoras, cocineras o ayudantes de los escaladores. Conocían las montañas, caminaban por ellas y soportaban las condiciones extremas de la alta montaña igual que los montañeros más experimentados. Y, lo que es más, lo hacían vestidas con sus vestimentas tradicionales, con sus polleras, su bombín y sus trenzas. Pero ellas nunca eran la noticia.

De izquierda a derecha, Analia Gonzales, Dora Magueno y Flora Chura, del colectivo Cholitas Escaladoras, en su escalada al Nevado Sajama. Foto MARCELO PEREZ DEL CARPIO ( Anadolu / GETTY IMAGES )
Esta situación empezó a cambiar cuando, en 2015, un grupo de 11 mujeres decidió hacer la cumbre del Huayna Potosí, a 6.088 metros de altitud, y vestidas con sus tradicionales polleras: un acto que convirtió una actividad deportiva en una reivindicación cultural y de género. Así surge el colectivo Cholitas Escaladoras —su documental, Cholitas (2019), se puede ver en Filmin— con Lita González, fundadora y guía, además de profesora de colegio. Desde pequeña acompañaba a sus padres a guiar y a cocinar en la alta montaña para todos aquellos turistas que venían a escalar las cumbres bolivianas.
“Antes de que grabásemos el documental, la pollera y las trenzas nos avergonzaban. Mis alumnas no querían venir a clase vestidas con el traje tradicional. Sin embargo, ahora, cada vez que vuelvo de una expedición, me preguntan sobre ella y visten con orgullo nuestras prendas”, cuenta Lita González. Desde entonces, este grupo de valientes mujeres ha llevado su actividad a otras cumbres y ha demostrado que el montañismo puede convertirse en una herramienta de empoderamiento, orgullo y promoción de la cultura tradicional aymara.

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