La última cárcel de Buenos Aires comienza a cerrar sus puertas antes de la visita del Papa
La última cárcel de Buenos Aires comienza a cerrar sus puertas antes de la visita del Papa

- El Servicio Penitenciario traslada a un tercio de los reos de la cárcel de Devoto hacia otra nueva en la periferia oeste de la capital argentina
Es la hora de la siesta en los alrededores de la última cárcel de la ciudad de Buenos Aires. La zona está completamente vallada y custodiada por distintas fuerzas federales.
Apenas pueden acceder vecinos, de a pie, y un grupo de periodistas que transmiten en vivo la noticia de un reclamo histórico del barrio de Devoto: el desalojo de la unidad penitenciaria, poblada por 1.490 internos. Entre el domingo y el lunes, el Servicio Penitenciario Federal trasladó a al menos 426 detenidos. El destino es Marcos Paz, al Oeste del Gran Buenos Aires, una cárcel que está de estreno.
La mayoría de los comercios permanecen cerrados. En las paradas de buses de las esquinas, con carteles de recompensas por perros perdidos y de abogados “24 horas”, tampoco hay pasajeros. El silencio es tal que se escuchan los gritos del partido de fútbol del estadio pegado a la cárcel. Es a puerta cerrada, como medida de seguridad por el operativo de traslados. El desalojo continuará en los próximos días, pero los últimos 200 presos tendrán un premio: recibirán la visita del papa León XIV. La cita está pactada para el 11 de noviembre, a las 8 de la mañana. El evento se da en el marco del viaje del Pontífice por Buenos Aires y Córdoba.
El Complejo Penitenciario Federal CABA fue inaugurado en 1927. Es mucho más conocido como “la cárcel de Devoto (por el nombre del barrio)”. Para los vecinos, su cierre es un sueño cumplido, después de décadas de promesas postergadas. “Ninguno de nosotros quedó en la Asociación, ni actualizando el reclamo”, asegura Gonzalo Aguilar, vecino con 20 años por estos pagos. Se refiere a “Devoto sin cárcel”, un grupo de pares que llegó a reunir entre 80 y 100 personas en cada protesta. “Durante años hicimos manifestaciones, fuimos a reuniones con políticos y ministros, le contamos nuestro calvario a periodistas y jamás se movió a un preso. Nos desgastamos por completo en 2014. Ahora que el traslado es un hecho, podríamos volver a la carga y acompañar el proceso de transformación de la zona”, agrega.
El predio ocupa 4,6 hectáreas, donde funcionan 47 pabellones, un gimnasio, una cancha de fútbol, una capilla, un hospital y un centro universitario en el que se recibieron 120 profesionales. Días atrás, se conversó por teléfono con dos detenidos. Estaban en el pabellón 5, destinado a presos universitarios. Los estudiantes fueron los primeros en ser trasladados.
“Hace semanas que vivimos en una contradicción permanente”, se quejó el entrevistado. “Ahora hay mejoras, pintan algunos sectores. A nosotros se nos caía el techo a pedazos de un aula y recién anteayer rasquetearon y pintaron. Son arreglos que ni siquiera habíamos logrado por intermedio de habeas corpus y reclamos judiciales. En salud pasa lo mismo: reclamás y te dicen ‘si el penal ya cierra…’. Y no hay asistencia ni seguimiento para nuestros compañeros. Ya hubo varias muertes por la falta de controles médicos”.
En la cárcel que visitará León XIV, los días arrancan temprano. Los penitenciarios cambian de turno a las siete y realizan el recuento de cada jornada. Desde las 9, los detenidos pueden caminar hasta las aulas de estudio o los talleres de trabajo. Otros se dirigen hacia los espacios de recreación. Si es día de visitas, los que tienen la suerte de recibir a alguien bajan a las mesas de los patios. También hay quienes prefieren quedarse a pasar el tiempo en los pabellones. Devoto es un penal de máxima seguridad que depende del Ministerio de Seguridad de la Nación. Está compuesto por seis módulos de cuatro pisos en los que hay sectores para todo tipo de perfiles: el 9 es para adultos mayores, el 5 para estudiantes, el 50 para los que acceden a salidas laborales o de estudio, el 8 para peruanos, el 3 y el 4 para sudamericanos y latinos.
Ariel Cejas Meliare es procurador penitenciario adjunto de la Procuración Penitenciaria de la Nación, un organismo público que protege los derechos humanos de los detenidos en cárceles federales del país. En un bar porteño, cuenta que la cárcel de Devoto tiene “una estructura de 100 años, que ya no da para más. Hay módulos muy deteriorados y la verdad es que no se puede avalar el estado en el que se encuentran. Muchos son pabellones colectivos, de 80 camas. Y a nivel internacional, ya se los considera obsoletos”.
Motines
El último hecho grave que padecieron los vecinos fue en abril de 2020: “Nos negamos a morir en la cárcel”, fue el lema de cientos de detenidos que se unieron para repudiar la inacción judicial y del Servicio Penitenciario Federal (SPF) en las primeras semanas de la pandemia de covid-19. Llegaron a los techos, prendieron fuego colchones. Gonzalo Aguilar recuerda otros conflictos que padecieron como vecinos, años atrás: “Con el auge de los celulares sufrimos algunos secuestros virtuales. Ellos conocían nuestros movimientos porque podían ver nuestras casas. También convivimos con los gritos de sus familiares que llegaban para saludarlos, y con las groserías que los presos le decían a las vecinas. Muchas no podían tomar sol en las terrazas porque las miraban y les decían de todo”.
El Centro Universitario de la cárcel de Devoto (CUD) fue inaugurado en 1985. Depende de la Universidad de Buenos Aires y es un espacio de autogestión en el que se dictan las carreras de Derecho, Psicología, Sociología, Administración de empresas y Contador. Juan O., el detenido del pabellón 5 que atiende el llamado de EL PAÍS, estima que además de los 120 recibidos, hay cerca de otros 150 que comenzaron a estudiar en el centro y lograron sus títulos estando en libertad. Para los no universitarios, el espacio ofrece talleres extracurriculares.
Un puñado de los alumnos actuales mantuvieron comunicaciones telefónicas con el papa Francisco, que en su etapa como cardenal Bergoglio se acercó a dictar varias misas en la unidad. “Sabemos que León XIV está al tanto de la relación que teníamos con el papa anterior”, contó Juan, antes de los traslados, junto a dos compañeros que asienten. “Para el SPF somos líderes negativos”, acotó Luis L, otro detenido, desde el mismo teléfono. En su caso, ya se recibió de una carrera y cursa una segunda. “Visualizamos lo que nuestros compañeros de otros pabellones, tal vez por falta de recursos, o por estar aislados, o por tener problemas de consumo, no pueden denunciar. Por la ubicación geográfica que tenemos, hemos levantado reclamos por detenidos de otras unidades”.
Los cerca de 190 alumnos del CUD trabajaban en un petitorio para el Papa porque estaban convencidos de que no los elegirían para la visita. Querían entregárselo, según ellos, “para que conozca lo que se padece en el día a día de la unidad”. En el petitorio también incluían quejas sobre el trabajo (cumplen 4 horas por día, recibiendo 4,5 dólares por jornada), donde dicen que muchas veces no pueden hacer nada por falta de capacitadores.
Futuro de la educación
Lo que más les preocupaba es el futuro del CUD. “Se dice que a los estudiantes nos trasladarían a la unidad de Ezeiza, donde funciona otro centro universitario. Pero no hay espacio físico, y las carreras pasarían a un sistema híbrido, de tutorías, algo virtual. La presencialidad que caracterizó al CUD se perdería. Hay una intencionalidad del Gobierno de abandonar el espacio, y la educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”, dijo Luis. “Venir al CUD te aleja de la cárcel, te acercás a los libros; la calidad de tu tiempo cambia”, agregó Juan.
La última cárcel de Buenos Aires tiene una característica más que la vuelve única: cuenta con un club afiliado a la Asociación del Fútbol Argentino a una cuadra de distancia. Es General Lamadrid, un club de barrio que compite en la última categoría. La anécdota más emblemática es la historia del preso que salió de Devoto, empezó a frecuentar el club y terminó escribiendo la letra del himno y se convirtió en directivo. Fue en los años 80. “Para nosotros la cárcel es como una extensión del club. Nacimos con esa vista y estamos acostumbrados a ese paisaje”, explica Flavio Fernández, presidente de la entidad en la que cerca de 800 niños y adolescentes del barrio y alrededores realizan todo tipo de actividades deportivas.
Según un convenio entre Nación y el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires anunciado en 2018, el terreno de la cárcel se transformará en un espacio verde (65% del predio) y una zona de viviendas particulares (35%), de no más de cinco pisos. Hoy, el m2 de un departamento de la zona ronda los 2.200 dólares. Fernández, en cambio, se ilusiona con un espacio por el que hasta el momento no hay definiciones oficiales, y que hasta 1963 le supo pertenecer a Lamadrid. Queda detrás de una de las tribunas de su club. El SPF lo utiliza para guardar camiones y refaccionarios. Así como los vecinos sueñan con un espacio verde para el barrio, él lo hace con el terreno a las espaldas de la tribuna, amparándose en una restitución histórica. Lo imagina con más gimnasios y más chicos practicando deportes. Y eso también es para el barrio.

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