Un jardín botánico en la Amazonía de Ecuador resguarda el buen vivir
Un jardín botánico en la Amazonía de Ecuador resguarda el buen vivir

Trabajos de tejido en el jardín botánico de Sarayaku (Ecuador). Foto Wio Gualinga
- Se llama Sacha Runa Yachay y funciona como una pequeña estación científica dentro de la selva. En el corazón de Sarayaku, familias de la comunidad siembran semillas y plantas nativas que han ido desapareciendo del territorio
Llegar hasta el jardín botánico de Sarayaku requiere esfuerzo.
Está en una pequeña loma de bosque primario. Desde el río, hay que atravesar una extensa chakra y seguir un sendero donde todavía quedan los rastros del invierno. Árboles caídos y tierra movediza dificultan el paso. No hay ningún rótulo que anuncie el jardín. Pero apenas comienza la cuesta, aparecen los primeros árboles de wayuri sembrados. Algunos alcanzan al menos un metro de altura y tienen alrededor de 15 años. En este lugar, el proyecto ha sembrado más de 200.000 plantas.
Sacha Runa Yachay es el nombre de este espacio y significa “el conocimiento de la selva”. Está dedicado a la investigación y recuperación de especies nativas. En la cumbre hay una pequeña casa que funciona como espacio educativo. Allí, los estudiantes de la comunidad realizan recorridos botánicos y descansan. También puede recibir a investigadores que llegan al territorio para realizar monitoreos y exploraciones científicas. Es, en cierto modo, una pequeña estación científica dentro de la selva.

Jornada de recolección de semillas de plantas medicinales en Sarayaku. Foto Daniela Garzón-Silva
Con el tiempo, el proceso se expandió y hoy las mujeres de Sarayaku gestionan siete viveros, uno en cada comunidad que conforma el pueblo. Estos espacios están dedicados a reproducir y sembrar semillas y plantas nativas que han ido desapareciendo del territorio. Además del wayuri, han recuperado especies comestibles que ahora crecen alrededor de los centros educativos y las áreas residenciales.
Sembrar wayuri para no ceder ante el zinc
La casa tradicional de Sarayaku tiene una estructura circular sostenida por pilares de madera resistente de wambula (Minquartia guianensis). “Estas vigas fuertes forman el corazón de la casa”, explica Eriberto Gualinga. Con los años, la madera adquiere una apariencia envejecida, como si estuviera podrida, pero en su interior se vuelve dura y compacta, casi como un fósil.
Para el techo se utiliza el wayuri (Pholidotachys synthera), una palma cuyas hojas son apreciadas por su calidad y resistencia. Conseguirlas, sin embargo, implica una travesía. “El wayuri silvestre crece en lugares cada vez más distantes de la comunidad, por lo que las familias suelen desplazarse hasta Teresa Mama, una comunidad ubicada a unas tres horas de Sarayaku, donde todavía crece de manera silvestre”, cuenta Gualinga.

Semillas nativas crecen en Sacha Runa Yachay. Foto Daniela Garzón-Silva
Los primeros esfuerzos de reforestación se concentraron en esta especie, aunque reproducirla no es sencillo. El wayuri tarda alrededor de dos años en germinar, crece lentamente y requiere cuidados, especialmente durante la poda. Al cortar, es necesario dejar varias hojas y conservar la parte central de la planta para que siga con vida, explica Sabine, investigadora del proyecto de recuperación de semillas de Sarayaku.
Cuando se cosechan, las hojas se agrupan en wangu, que significa “fardo de hojas”. Las familias los preparan y atan para facilitar su transporte. Es un trabajo colectivo que se realiza en familia y en minga. Cada carga puede pesar alrededor de 50 kilos y debe atravesar el monte hasta llegar al río. Por el peso, en ocasiones es necesario repartirla entre dos o tres canoas. Para techar una casa donde vive una familia de seis personas se necesitan alrededor de 200 wangu.
El proceso además exige rapidez porque, una vez cosechadas, las hojas deben tejerse mientras todavía están frescas. Una persona puede preparar unos cuatro atados al día. Todo el trabajo debe completarse en un máximo de una semana, porque cuando las hojas se secan se cuartean, cuenta Gualinga.
Eriberto Gualinga construye su casa rodeado de su familia. Sus dos hijos, su esposa y su cuñada participan en las distintas tareas, mientras jóvenes de la comunidad y estudiantes de la escuela se suman a la construcción. Mientras participan, aprenden las técnicas que requiere la construcción de una casa tradicional.

Minga para la construcción de una casa en el Sacha Runa Yachay. Foto Wio Gualinga
“Así se aprende aquí, haciendo. Ser parte de las mingas es una oportunidad para que los jóvenes de mi familia y de la comunidad mantengan el conocimiento de este tipo de construcción que nos brinda una buena vida”, dice Gualinga.
Cada vez más jóvenes de la comunidad tienen otras ocupaciones y disponen de menos tiempo para internarse en el bosque en busca de las palmas. Frente a esa dificultad, el zinc aparece como una alternativa más económica y rápida de instalar. Sin embargo, las láminas de zinc cambian el ambiente dentro de las casas, acumulan calor y hacen más ruido cuando llueve.
El último censo realizado por el Consejo de Gobierno de Sarayaku en mayo del 2026 registró 362 casas con techo de zinc, frente a 346 con techos tradicionales.
La búsqueda de semillas nativas
A las siete de la mañana, tres monitoras y un guía ancestral conocedor de plantas se internan en la selva. Caminan entre dos y tres kilómetros en busca de semillas nativas. Una de las monitoras carga en el regazo a su bebé de ocho meses, que permanece atento a los sonidos y movimientos de la selva viva. María Malaver, otra de las monitoras, avanza en silencio con un cuenco hecho de hojas entre las manos. En el centro lleva unas semillas cafés que contrastan con el verde intenso de la hoja.
Cada especie tiene su propio momento de recolección. En los dos años que lleva el proyecto, han logrado recuperar al menos 67 especies y se han propuesto sembrar 90.000 plántulas en los próximos dos años. En esta jornada buscan semillas de dos plantas medicinales: sapuwaska (Dolichandra cynanchoides), que beneficia la salud arterial, y challwakaspi (Goeppertia standleyi), utilizada para tratar afecciones respiratorias. “Durante la pandemia se consumió mucho la challwakaspi en la comunidad, por eso ahora necesitamos reforestarla”, explica María, monitora e investigadora del proyecto. En cada salida pueden recolectar entre 10 y 30 semillas de distintas especies, que luego son llevadas a los siete viveros, uno en cada una de las comunidades que conforman Sarayaku.

María Malaver sostiene una hija medicinal en Ecuador. Foto Daniela Garzón-Silva
Entre las especies que han logrado recuperar están el wayuri (Pholidostachys synthera), el challwakaspi (Goeppertia standleyi) y la wuambula (Minquartia guianensis). Con cada salida, las monitoras han aprendido a reconocer semillas cada vez más pequeñas entre la espesa vegetación de la selva. Gabriela recuerda especialmente el chuncho, un árbol maderable cuya semilla le tomó tiempo identificar. “Son muy fáciles de confundir porque sus semillas se parecen mucho a las alitas de las hormigas voladoras”.
Cuando comenzó el proyecto, los mayores de Sarayaku elaboraron una lista de aproximadamente 200 especies que ya no observaban cerca de la comunidad. Gabriela Santi, monitora del proyecto de recuperación de semillas nativas de Sarayaku y líder juvenil, desconocía casi la mitad de las especies de la lista. “Estos años me han servido para poder identificar las semillas. Para mí y mis compañeras ha sido impactante poder tener este conocimiento de la selva”, dice.
Además de la recolección, las monitoras dedican un día a la semana a sistematizar la información de las semillas y plantas encontradas. Registran sus características y toman fotografías para documentar cada especie.

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