No, esta vez no es el sexo, sino el saxo
No, esta vez no es el sexo, sino el saxo
Montreal.– Según algunos curiosos de la historia musical este pasado 28 de junio se habría cumplido un aniversario más de la invención del saxófono (la grafía aceptada por la Real Academia Española) o saxofón como algunos lo llaman más frecuentemente, adoptando la pronunciación proveniente del francés, idioma en el cual se conoció por primera vez este instrumento. Los datos históricos tampoco son muy precisos en cuanto a la fecha de la invención, se sabe que el belga Adolphe Sax (de ahí el nombre del instrumento) puso por primera vez uno en exhibición en la Exposición de Bruselas de 1841, ese mismo año se lo demostró al músico Héctor Berlioz quien quedó altamente impresionado por la versatilidad del instrumento. Sax sin embargo, habría seguido trabajando en su invento hasta llegar a patentarlo sólo en 1846, la que otros historiadores consideran como la fecha oficial de nacimiento del ahora popular instrumento.
El saxo, como se lo denomina habitualmente, ha sido incorporado tanto a orquestas sinfónicas como a bandas militares, pero sin duda su uso más extenso ha sido en el jazz, donde ya se lo considera junto a la trompeta, la percusión y el piano, uno de sus instrumentos esenciales. Si el cumpleaños del saxo caía justamente el día que mencionaba no podía estar más apropiado ya que hubiera estado celebrando justo al momento en que aquí en Montreal se llevaba a cabo una nueva edición del Festival Internacional de Jazz, un evento que ya en su 32ª edición, se ha convertido en uno de los más exitosos en el mundo entero.
La conexión del saxo con el jazz aparece muy evidente luego que el instrumento mismo fue evolucionando, de tener un tono balanceado y suave al comienzo, sucesivas modificaciones a comienzos del siglo 20 lo fueron convirtiendo en el potente instrumento capaz de competir con el sonido dominante de trompetas y baterías, muy típicas de las bandas de jazz y de música bailable en los Estados Unidos a partir de los años 20.
Aunque algunos dirán que el jazz primeramente se apoya en la variada gama de los instrumentos de percusión, y otros afirmarán que es el piano el que verdaderamente le da esa versatilidad que va desde la sutileza a la fuerza expresiva necesaria para expresar los diversos estados de ánimo presentes en esta música urbana creada por los negros trasplantados a las ciudades de Estados Unidos, otros en cambio dirán que es el saxofón o saxófono el que le da carácter a esta música. El saxo sería algo así como lo que es el bandoneón para el tango, el instrumento que lo define y que actúa como el hilo conductor en sus cadencias. El que nos lleva de la mano desde las notas tristes del blues a la euforia del dixie o esos temas que hicieron famosos las grandes bandas de los años 40 y 50.
El saxo es pues el gran protagonista del jazz: como el bandoneón al tango, un instrumento foráneo respecto de Estados Unidos, pero hoy día universalizado y presente también en otras expresiones musicales, incluyendo algunas formas de tango y en fusiones de jazz y música folklórica latinoamericana, sin olvidar los ritmos gitanos al estilo de Emir Kusturica y su Non-Smoking Band.
Curiosamente, sin embargo, en el jazz que he visto hasta ahora en la presente edición del Festival no he buscado mucho de protagonismo saxofónico, excepto por el excelente concierto brindado el pasado 26 de junio por George Wein. Toda una leyenda del jazz, este pianista celebró sus 85 años de vida con un vibrante concierto para el cual se hizo acompañar de dos magníficos ejecutantes del instrumento que comentaba: Lew Tabackin (saxo tenor) y una joven revelación, Anat Cohen, quien es también clarinetista. Wein, él mismo un pianista, revivió lo mejor de una jam session con sus músicos a su vez desplegando todo su talento interpretativo, y por cierto, en lo que hace al saxo, entregando toda la fuerza y sentimiento que el versátil instrumento prodiga y de lo cual el jazz ha sido el género que más se ha beneficiado.
Al de Milton Nascimento, el ahora veterano músico brasileño, que hizo vibrar a la audiencia con su célebre “María, María” fue otro de los conciertos al que asistí así como al doble número del acordeonista francés Richard Galliano y el pianista cubano Gonzalo Rubalcaba. Un improvisado dúo que nos entregó una ecléctica muestra de jazz con influencia caribeña y reminiscencias galas.
Bien por los músicos y los organizadores de este festival, una vez más deleitando a la audiencia montrealesa y a los visitantes que llegan a esta ciudad en busca de los aires ensoñadores del saxo y de las cadencias de esa música entre endiablada y angelical que es al jazz.
Bien por el saxófono o saxofón, que por sobre 150 años ha venido deleitando a millones de oyentes o haciendo bailar a otros tantos millones. Esto lo digo desde el punto de vista de un fiel asistente a muchos conciertos de variados géneros, y que en más de una ocasión se hizo esta reflexión sobre este instrumento de curiosa forma y resonante sonido. Resalto lo de oyente porque—fuera de unas lecciones de piano que mi madre me hizo tomar cuando tenía unos nueve años y que en verdad yo nunca tuve mucho interés en seguir (prefería estar jugando con mis amigos)—no tengo ninguna relación práctica con instrumento alguno. No toco ningún instrumento, pero sí soy un gran entusiasta de la música. (Y como alguien ha dicho: “uno puede no saber tocar la guitarra, pero sí sabe perfectamente cuando alguien desafina”, en otras palabras, a veces puedo ser crítico musical también).
Por último, ya en un tema más de semántica, no deja de ser extraño que en el idioma español digamos “tocar un instrumento” mientras en otros como el inglés se diga “to play” o en francés “jouer”, ambos por supuesto con el significado de jugar. Algo que apuntaría al carácter lúdico de la música. No sé por qué en español no se usa una expresión similar. La otra que se utiliza a menudo en relación a brindar un tema musical a una audiencia es “ejecutar”, pero dado que esa palabra también se la usa con el sentido de hacer una tarea práctica como construir un garage, o peor aun, con el de dar muerte a un condenado, la idea de “ejecutar” una pieza musical tampoco parece la más feliz de las expresiones (aunque concedo que algunos músicos efectivamente “ejecutan”, en el último sentido relatado, lo que a veces tenemos la mala suerte de escuchar).
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