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    • July 29, 2011 , 11:40pm

    El odio a lo diferente

    El odio a lo diferente

    La llamada "Marcha de las rosas", celebrada en homenaje a las víctimas del doble atentado de Noruega, recorrió las calles de la capital del país y otras ciudades. Foto: Joerg Carstensen / Efe

    Desde la primera vez que estuve por Europa allá por finales de los años 70 a las últimas veces que he estado allá, he podido constatar un hecho muy patente en las principales calles de las grandes ciudades: Europa ha cambiado, me refiero en este caso a su panorama demográfico. La homogeneidad racial (blanca), étnica (latina, anglo-sajona-germánica, nórdica, etc.), religiosa (cristiana) ha dado lugar en cambio a una creciente heterogeneidad en la que uno observa mucha gente africana, generalmente en los oficios más modestos, por ejemplo vendedores callejeros o playeros; orientales, en actividades comerciales; árabes y otros grupos de mayoría musulmana, en la fuerza laboral industrial y de servicios; y por aquí y por allá también muchos latinoamericanos en oficios variados, desde camareras de hoteles a pequeños comerciantes y profesionales.

    Este cambio demográfico, acompañado de la introducción de las gastronomías y en algunos casos de una religión no cristiana como el Islam, puede caracterizarse básicamente como un subproducto del acelerado proceso de globalización de las últimas décadas. El dinero se mueve de una latitud a otra y con gran velocidad gracias ahora a la tecnología; le gente también se mueve, pero como ha señalado el uruguayo Eduardo Galeano, mientras el movimiento de dinero es bienvenido y celebrado, el movimiento de seres humanos no siempre es recibido de la mejor manera, peor aun, en una gran cantidad de casos mientras los productos exóticos son apetecidos y su comercialización enriquece a unos cuantos, la llegada de gente de esos mismos lugares exóticos es vista con desconfianza, desprecio o como amenaza.

    Aquí en Canadá—un país tradicionalmente marcado por la inmigración—este movimiento humano no es un fenómeno nuevo, aunque de todos modos no ha estado exento de tensiones en ciertos sectores, particularmente aquí en Quebec donde grupos nacionalistas siempre han desconfiado de la presencia étnica porque piensan que ella diluye la identidad “québécoise”. Políticamente las expresiones más extremas de esa actitud han sido registradas públicamente en las tristemente célebres declaraciones de Jacques Parizeau la noche del referendo en 1995: “Perdimos por el voto étnico…” o por las invectivas que solía lanzar el finado director de cine Pierre Falardeau: “en un futuro referendo no deberían votar ni los ingleses ni los étnicos…” o por el edicto del municipio de Herouxville apuntando a ciertas prácticas del Islam.

    Afortunadamente sin embargo, nunca en parte alguna de Canadá esa desconfianza, temor u odio por quienes somos de cierta manera diferentes a la mayoría ha alcanzado niveles de violencia, mucho menos del grado tan horroroso como ocurrió el viernes de la semana pasada en Noruega, por acción de ese siniestro individuo Anders Behring Breivik, autor confeso de una masacre de jóvenes del gobernante Partido Laborista y de la explosión terrorista en un edificio gubernamental en el centro de Oslo.

    Aunque el abogado de Breivik parece intentar ahora presentar a su cliente como “insano”, lo cierto es que si bien los actos cometidos por él pueden sin duda ser considerados como irracionales, sería un camino fácil y hasta cierto punto cómplice si se empezara a imponer la idea de que el asesino masivo es un loco. Si así fuera en definitiva el acto por él cometido se estaría descartando como el accionar de un individuo fuera de sus casillas, un caso psiquiátrico y por lo tanto en el cual él últimamente no tendría responsabilidad. Un tal enfoque del caso escamotearía las causas profundas del trágico incidente, las que hay que buscar en actitudes de intolerancia y prejuicio enraizadas a su vez en una larga tradición cultural, social y religiosa europea, y de la cual incluso sociedades más nuevas como las de América Latina y América del Norte son también de alguna manera herederas.

    Señalo esto porque actitudes racistas se observan en nuestros países latinoamericanos también: el desprecio hacia bolivianos y paraguayos en Buenos Aires, o hacia los peruanos e inmigrantes negros en Chile, recientemente documentado en un programa televisivo de ese país, son algunos ejemplos de cómo esa conformación ideológica racista se expresa incluso en países donde la “blancura” de la piel es sólo cosa de matices: los dominicanos que por ejemplo discriminan contra los haitianos, en circunstancias que como digo las diferencias en color de piel de ambos es apenas perceptible.

    El caso protagonizado por el noruego Breivik no es pues un suceso aislado producto de un estado de locura temporal o permanente, más bien él es un síntoma de sentimientos inconfesables, que las sociedades europeas mantienen de algún modo reprimidos en el inconsciente colectivo, que cuando afloran alcanzan rasgos de irrefrenable crueldad e irracionalidad: la última de tales manifestaciones con un enorme grado de masividad fue el nazismo, pero a lo largo de su historia ha habido muchas otras: el genocidio de los pueblos indígenas a manos de los conquistadores europeos, especialmente españoles a partir del siglo 16; la “industria” de la esclavitud africana iniciada también en ese tiempo, con la venia de la propia Iglesia Católica; sin olvidar que en tiempos medievales los pogroms contra los judíos o las Cruzadas mismas, permitieron un amplio despliegue de crueldad y del odio europeo contra lo diferente, fuera el motivo de diferencia la religión, la etnia o el color de piel. Naturalmente también y muy importantemente, figuraba en el trasfondo de estas justificaciones ideológicas para atacar o dominar al Otro, al diferente, el que en todos esos casos el dominar a este Otro significaba además jugosas ganancias (las Cruzadas fueron más que nada motivadas por el deseo de controlar el Medio Oriente, entonces importante ruta para el comercio con el Lejano Oriente; los pogroms permitía a los cristianos adueñarse de las propiedades de los judíos; la conquista americana financiaría luego la Revolución Industrial en Europa; y el comercio de esclavos creó grandes fortunas).

    Hoy día no hay mucho que ganar con la presencia de este Otro en el seno de las sociedades europeas, más aun, las masas empobrecidas del mundo árabe o de África que han alterado el paisaje demográfico de las ciudades europeas y que más encima han traído con ellos sus mezquitas, provocan el resentimiento de Breivik y de otros como él (téngase presente su adhesión a una sociedad secreta que tenía como objetivo la “independencia de Europa” y la lucha contra el multiculturalismo, el Islam y el marxismo). La masacre en Noruega es pues un indicador, siniestro en todo caso, de cómo opera esta irracional ideología. Pero sin intentar tampoco injuriar a toda la sociedad europea que en su mayoría no comparte tales sentimientos racistas, lo cierto es que en su seno aun funcionan grupos, individuos y se mantiene latente una ideología xenofóbica y racista capaz de tener de vez en cuando expresiones como la que comentamos. Una manera de pensar que por lo demás está pronta a alimentarse de las inseguridades que el propio sistema económico crea en muchos sectores de la población. Aunque la sociedad noruega, una de las más prósperas en el viejo continente, no ha tenido que bregar con el tipo de problemas de otros países en la región, su panorama demográfico también se ha visto alterado y por lo tanto no está inmune a ese odio por lo diferente que promueve la ideología racista. Para sus promotores el “fantasma de Hitler” aun transita por algunos oscuros caminos de una sociedad donde puede darse casos como el de este solitario cruzado de una Europa cristiana que es más y más una cosa del pasado.

    Comentarios: smartinez175@hotmail.com

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