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    • August 12, 2011 , 12:14am

    Caramba que hay indignación

    Caramba que hay indignación

    Manifestación de estudiantes en Chile

    Estos son días de rabia, me refiero no a la enfermedad transmitida por algunos animales, sino a esa reacción emocional—muy humana—que también puede ser caracterizada como indignación, término este último que fue utilizado primero por los españoles que desde el 15 de mayo pasado empezaron un movimiento de protesta que incluyó acampar en la Plaza del Sol y en otros lugares públicos de las principales ciudades españolas, y que todavía continúa y aun más, se ha extendido también a otras partes.

    La denominación de “indignados” fue tomada a su vez del título de un libro escrito por el filósofo francés Stéphane Hessel publicado a comienzos de este año: “Indignaos” (“Indignez-vous!”). En parte de su texto Hessel afirma: “Es verdad que las razones para estar indignados pueden verse hoy menos claramente relacionadas o el mundo se ha vuelto demasiado complejo. ¿Quién está haciendo el ordenamiento, quién lo decide? No es siempre sencillo diferenciar entre todas las corrientes que nos gobiernan. No estamos lidiando con una pequeña elite cuyas actividades pueden ser fácilmente visibles. Este es un mundo vasto, en el cual tenemos una sensación de interdependencia. Vivimos en una interconectividad como nunca antes. Pero en este mundo todavía hay cosas intolerables. Para verlas, es bueno y necesario mirar, buscar. Le digo a los jóvenes, busquen poco y eso es lo que van a encontrar. La peor de las actitudes es la indiferencia, decir ’No puedo hacer nada contra eso. Ya me las arreglaré para salir adelante’. Por incluirte a ti mismo en esto, pierdes uno de los elementos que hacen al ser humano: la facultad de indignarse y el compromiso que es una consecuencia de lo primero”.

    Bueno, por lo menos algunos le han hecho caso a Hessel, y la indignación ha cundido: en Madrid y otras ciudades españolas, en el mundo árabe, en Israel, en Grecia, en Estados Unidos, en Londres y otras ciudades inglesas estos días, en Chile, mi país de origen donde estos días una movilización iniciada por estudiantes secundarios y universitarios lleva ya más de dos meses. Por todas partes la indignación, la rabia, se expande porque obviamente las cosas no están bien.

    “¡Eh, paren el mundo que me quiero bajar…” decía una irónica consigna de los años 60. Con esto quiero decir que por cierto un aire de descontento siempre ha existido, y eso de alguna manera ha llevado a que a su vez las cosas mejoren. Lo aparentemente contradictorio en este preciso instante de la humanidad sin embargo, es que al mismo tiempo que hay este descontento el desarrollo tecnológico y la riqueza a ella aparejada ha crecido de manera considerable. Se ha creado mucha más riqueza en estas últimas décadas, pero a su vez se ha producido un fenómeno que vino a contradecir las tendencias redistributivas que se observaban desde fines de la Segunda Guerra Mundial. Si uno escuchaba lo que los líderes del mundo decían en esos años de post-guerra todos hablaban de eliminar la pobreza o al menos de acortar la brecha entre los altos y bajos ingresos, tanto al interior de sus propias sociedades como a nivel mundial, en términos de países rico y pobres. Independientemente que mucho de eso que se dijera fuera retórica sin mucho eco en la práctica, lo cierto es que había una conciencia de que era una responsabilidad social e internacional, el resolver las injusticias que existían en el mundo y al menos en ciertas partes, especialmente en Europa, esa brecha entre ricos y pobres se acortó gracias a variados programas sociales.

    No es que las motivaciones para ese discurso de responsabilidad social fueran completamente desinteresadas: al término de la Segunda Guerra Mundial se había consolidado un bloque de países (los “países comunistas” como los llamaba la prensa, aunque en estricto sentido, aplicando la definición de comunismo de Marx, se trataba más bien de países que intentaban mediante un fuerte rol del estado en la economía, producir un desarrollo interno de un modo alternativo a como lo hacían los estados capitalistas, eventualmente apuntando a crear un sistema socialista, esto es un sistema en el cual el estado desempeñara un rol central en la organización no sólo de la economía, sino también de la vida ciudadana, amoldándola a esquemas teóricos que se suponía interpretaban las ideas del filósofo alemán que había previsto la superación del capitalismo por el socialismo y el comunismo). Como sabemos ese proyecto encarnado por la Unión Soviética eventualmente colapsó, pero en los años de post-guerra y hasta los 70, aun despertaba el terror entre las gentes que manejaban las economías y las estructuras políticas de occidente. En ese contexto, las políticas económicas redistributivas de Europa de los años 40 a los 60, así como iniciativas tales como la Alianza para el Progreso propuesta por John Kennedy a Latinoamérica, no buscaban sino quitarle potencial clientela a comunistas y demás fuerzas izquierdistas. Eliminando las formas más evidentes de esas injusticias sociales (la Alianza para el Progreso propiciaba reformas agrarias en América Latina) se buscaba que a su vez la gente en estos países no se sintiera atraída por ideas comunistas. Algo similar a lo que había hecho el Plan Marshall al fin de la guerra en Europa.

    Pero he aquí que hacia la segunda mitad de los 80 el otrora sólido bloque soviético empezó a tambalear para desmoronarse a fines de esa década con la caída del muro de Berlín en 1989 y la desintegración de la propia Unión Soviética en 1991. El “peligro del comunismo” que en verdad había puesto los “pelos de punta” al mundo occidental por décadas al final se desmoronaba y con ello—al menos así lo pensaron algunos—ya no hubo necesidad de tratar de atraer a aquellas masas susceptibles de entusiasmarse con ideas “comunizantes” como algunos las llamaban.

    No es sorpresa que estos días veamos masivos estallidos de violencia en Londres y otras ciudades inglesas: Margaret Thatcher fue la primera en implementar el llamado modelo neo-liberal, esto es una economía de mercado extrema, reduciendo o eliminando casi totalmente el rol del estado en la economía y desmantelando programas sociales, en un país desarrollado y con estructuras democráticas en funciones (porque el ensayo de laboratorio para ese modelo económico tuvo lugar en las dictaduras militares de Pinochet en Chile con los llamados “Chicago boys” un grupo de economistas entrenados por el guru del neo-liberalismo, Milton Friedman en la universidad de esa ciudad norteamericana, y de Argentina, con el ministro José Alfredo Martínez de Hoz).

    Gran Bretaña bajo Thatcher, luego John Major y el laborista convertido a neo-liberal Tony Blair, profundizaron la aplicación de ese modelo económico que al cabo de una generación ha creado una masa de desempleados, de empobrecidos, algunos enrolados en el lumpen más criminal, que no tienen otra alternativa sino expresar su rabia del modo irracional como lo hemos visto esto días en Londres.

    La indignación de los jóvenes chilenos en estos días sigue un patrón muy similar: muchachos y muchachas que ven un futuro sombrío, una educación claramente dividida entre aquellos que pueden pagar y otra para la mayoría pobre, universidades públicas carentes de recursos, al mismo tiempo que universidades privadas que son más bien empresas lucrando con las ansias de un grado profesional que a veces ni siquiera les sirve de mucho. Para más colmo todo ello a un tan alto costo que para financiar su educación la mayor parte de los estudiantes chilenos tiene que endeudarse por años.

    El endeudamiento de las grandes empresas y bancos, como ocurrió en 2008 en Estados Unidos, lo pagaron—a través de sus impuestos—los que trabajan a duras penas y a ellos por cierto nadie les pagó sus deudas hipotecarias y miles perdieron sus casas.

    Y así, por donde uno mire en el mundo, las cosas no son sino para darle razón a Hessel y claro ¿cómo no indignarse?

    Comentarios: smartinez175@hotmail.com

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