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  • February 23, 2026 , 10:53am

CRÓNICAS. En Pos de El Dorado

CRÓNICAS. En Pos de El Dorado

Por: Lucía P. de García

Toronto.- Ante noticias sobre un imperio con tal riqueza que su monarca se bañaba en oro; donde mujeres bellas e indómitas conocidas como “las Amazonas” se cortaban uno de sus pechos para poder manejar arco y flecha; donde abundaban canela y frutos exquisitos, sendas expediciones empezaron a recorrer América del Sur en búsqueda de aquel sitio misterioso identificado como “El Dorado”.  

En territorio que hoy corresponde a Ecuador, un día cualquiera un indígena de nombre Muequeta contó que aquel fantástico reino estaba al este de la Villa de San Francisco de Quito. Hacia allá se dirigió el capitán Gonzalo Díaz de Pineda a mediados de 1538. Solamente llegó hasta el volcán Sumaco; vencido por las inclemencias, regresó. 

El gobernador de Quito, Gonzalo Pizarro, quien mantenía cual tesoro un ishpingo, flor de la canela, que años antes le había entregado el Inca Atahualpa como prueba de la existencia de aquel imperio imposible de dominar, recordaba que su hermano Francisco había recibido como rescate por Atahualpa un cuarto lleno de oro, plata y piedras preciosas. Con esos antecedentes, ansioso de ampliar su jurisdicción e interesado en dar con aquel país de la canela y El Dorado, invitó compartir la aventura a quien ya conocía la zona, el capitán Gonzalo Díaz de Pineda; y al Gobernador de Guayaquil, capitán Francisco de Orellana. Los dos aceptaron gustosos, y a ellos se les juntaron los sacerdotes Fray Gonzalo de Vera y Fray Gaspar de Carvajal, dispuestos a evangelizar a los “salvajes” que encontrarían.

En marzo de 1541 partió de la Villa de San Francisco de Quito la expedición integrada  por 200 españoles y 4.000 indígenas de las altiplanicies ecuatorianas, quienes llevaban las pesadas cargas de alimentos, ropa, pólvora; y estaban a cargo del ganado, las llamas, 2.000 cerdos, 200 caballos,1.000 perros. 

Al cruzar los Andes, frío, cansancio y neumonía terminaron con la vida de 140 indígenas. Al llegar a la selva, otros tantos habían sucumbido víctimas de abismos, lluvia, ciénagas; acoso de bichos, mosquitos, animales salvajes, enfermedades. 

En pocos meses llegaron a Sumaco. Allí les dio alcance Francisco de Orellana, quien había salido de Guayaquil días más tarde, y juntos reanudaron la marcha. Durante los diez meses que se perdieron en la jungla murieron o desaparecieron indígenas y españoles; se agotaron alimentos, vestido, armas; fueron presas de angustia, soledad. 

Por fin llegaron al río Coca. Los indígenas de la región les facilitaron víveres, canoas y les ayudaron a construir un bergantín, que realmente era una balsa armada con clavos fabricados con pedazos de hierro, a la que cubrieron con maleza. A ella subieron a los enfermos y a los muy débiles, los otros continuaron a pie por las orillas. Al llegar al río Napo ya no tenían nada, se habían comido los últimos caballos y perros. Entonces decidieron que un grupo se quedara con Gonzalo Pizarro; el otro, compuesto por los dos frailes y 57 hombres al mando de Francisco de Orellana, siguiera río abajo en búsqueda de ayuda.  

Al cabo de los 12 días acordados y conscientes de que era inútil seguir esperando, Gonzalo Pizarro decidió volver a Quito. Francisco de Orellana optó por avanzar. 

En junio de 1534, luego de más de dos años de penurias, Gonzalo Pizarro y sus acompañantes entraron a Quito. “La población salió a recibirles con lágrimas en los ojos, y, conmovida e impresionada, cubrió sus desnudeces”. 

Francisco de Orellana continuó por el Napo cada día más caudaloso, hasta llegar el domingo 12 de Febrero de 1492 a una “extensión de agua espléndida que deshacía y señoreaba todo el río y parecía que le consumía en sí, porque venía tan furioso y con tan grande avenida, que era cosa de mucha grima y espanto ver tanta palizada de árboles y madera seca como traía, que pusiera tantísimo temor mirarle, cuanto más andando por él”. Así describió en sus “Relatos de Viaje” Fray Gaspar de Carvajal al referirse al encuentro con el río que llamaron Marañón o Río de las Amazonas. 

Navegando por el gran río Amazonas y después de una serie de peripecias entre las que se registra un ataque de las mujeres amazonas, apenas 43 hombres llegaron al océano Atlántico el 24 de agosto de 1542, y de allí se enrumbaron hacia España. 

Atrás quedó El Dorado, que ante la codicia humana se vistió de verde intenso y escondió sus más preciados tesoros bajo el suelo donde crecen los árboles de canela, a los que dispersó entre el follaje de las selvas. A las bellas amazonas les otorgó el poder de hechizar a los expedicionarios y llevarlos a los abismos o hundirlos en los ríos. A las lágrimas de sufrimiento de quienes nunca regresaron las tornó en pájaros de bellos cánticos, mariposas de radiantes colores, flores de formas cautivantes y perfumes exquisitos. 

A nuestra América del Sur le encargó el cuidado del río de mayor importancia en el mundo, ya que junto a sus afluentes constituye la quinta parte de la reserva de agua dulce de nuestro planeta, y uno de los pulmones de la Madre Tierra. Allí se ha desarrollado un hábitat especial con una fauna inmensa y una flora rara y exótica sobre la que aún no se ha realizado un estudio científico completo. 

Como suramericanos, es nuestra obligación cuidar tan fastuoso tesoro, que empieza a mostrar las consecuencias de la contaminación ambiental mundial, la minería ilegal, los abusos de la extracción petrolera, la deforestación de las selvas. Es nuestra obligación enseñar a respetar, amar y velar por el bienestar de nuestra Madre Tierra, la que generosamente nos abraza y cobija con su entrañable amor… 

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