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  • April 08, 2026 , 08:45am

Contradicciones e hipérboles: Donald Trump da reverso a sus amenzas y acuerda con Ir®an

Contradicciones e hipérboles: Donald Trump da reverso a sus amenzas y acuerda con Ir®an

 

La última, de varias, amenazas de destruir el país quedan en suspenso, como otros avisos anteriores, en medio de frecuentes y ya habituales contradicciones sobre la marcha del conflicto

 

La guerra de Donald Trump contra Irán se ha visto jalonada por una sucesión de contradicciones sin freno. El republicano ha refutado en numerosas ocasiones sus propios anuncios y promesas, a menudo en un plazo de días e incluso horas: sobre su objetivo real en la guerra (¿cambio de régimen o impedir que Irán tenga armas nucleares?) y sobre la duración de esa ofensiva (de cuatro o cinco semanas, luego a tres, posteriormente a dos y hoy sine die) que ha lanzado a instancias de Israel y con operativos que lejos de ser conjuntos, a veces han discurrido al albur, sin que el otro agresivo socio bélico hubiese sido informado.

Lo único cierto es que transcurrido un mes de guerra, esos objetivos se han multiplicado y con frecuencia contradicho entre sí. Hace una semana, Trump afirmó que el conflicto no tenía nada que ver con el petróleo; acto seguido, publicó que EE UU debería “apoderarse del petróleo y hacer una fortuna”, poniendo como ejemplo a Venezuela. También dijo que la guerra estaba prácticamente terminada, pero, simultáneamente, amenazó —en un refrito discurso a la nación el pasado 1 de abril— con semanas de ataques intensificados contra las infraestructuras iraníes.

Ese discurso resumió a la perfección lo que parece una muestra de inhibición política —la sospecha, cuando no la constatación, de que esta guerra no se va a ganar— ante la resistencia de Irán: el discurso fue una sucesión de titulares conocidos, privados de novedades, solo un poco más ordenado, casi guionizado, con todas sus proclamas anteriores, habitualmente publicadas en su red Truth Social. Es más, en un plazo de 48 horas, pasó de decir a otras naciones que ellas mismas podrían reabrir el estrecho de Ormuz una vez que Estados Unidos se retirara, a insistir en que Washington podría hacerlo “fácilmente”. Luego ha vuelto a dejar en manos de las naciones interesadas la autogestión para lograr transitarlo.

No es nada nuevo: a lo largo de estas seis semanas se ha repetido, no se sabe si por azar o por incompetencia, la misma falta de ilación que en las primeras 48 horas de la guerra, cuando Trump sugirió consecutivamente —sin que en la secuencia temporal hubiese un correlato de lógica— que su objetivo era el cambio de régimen para, poco después, asegurar que su meta era impedir que Teherán se dotase del arma nuclear. Lo mismo puede decirse de la duración aproximada de la guerra: si el segundo día habló de cuatro o cinco semanas, 24 horas después advertía de que ese lapso podía ampliarse porque Estados Unidos tenía “la capacidad de continuar mucho más tiempo”. Ahora, la aceptación de Washington del alto el fuego de dos semanas mediado por Pakistán para ejecutar su amenaza, parece indicar que el calendario es voluble y, en manos de Trump, especialmente relativo.

 

Manifestantes en Teherán, Irán, el 7 de abril.                                 Foto Majid-Asgaripour (via REUTERS)

 

Que el presidente se contradiga abiertamente una y otra vez —ha dejado en suspenso al menos tres ultimátum desde finales de marzo, lo que induce a pensar que eran baladronadas más que avisos categóricos— no supone nada extraordinario. “Puedo cambiar de opinión en segundos”, ha respondido cuando le señalaron las incoherencias de su supuesto discurso. Esos saltos adelante y atrás, los lapsos temporales y de contenido pueden deberse, en parte, a que es él quien da a diario su versión sobre la ofensiva en Oriente Próximo en numerosas comparecencias, entrevistas y mensajes en su red.

La sobreexposición informativa y virtual ha podido influir en el volumen de incoherencias, casi a granel. El 29 de marzo, por ejemplo, empezó el día afirmando que el panorama diplomático era inmejorable porque, dijo, Irán había accedido a la mayoría de los 15 puntos de la lista de exigencias de Estados Unidos, transmitida a través de Pakistán. También afirmó que Irán había enviado petróleo a EE UU como muestra de buena fe, “para demostrar que hablan en serio”. (Irán lo negó de inmediato) Pero horas después, en una entrevista con el diario británico Financial Times, declaró que deseaba “apoderarse del petróleo de Irán” y que estaba sopesando la posibilidad de tomar la isla de Jark, desde donde se gestiona el 90% de las exportaciones petroleras de Teherán. “Quizás tomemos la isla de Jark; quizás no. Tenemos muchas opciones”, apuntó.

Peor fue la impresión de que en esta guerra no hay nadie a los mandos en EE UU que dejó su discurso del 1 de abril, anunciado con la solemnidad de una cadena nacional y que supuestamente debía proyectar una imagen de claridad, fortaleza y determinación. En la práctica, reveló una disociación —o una doble realidad incompatible— de lo que realmente sucede: en una frase, EE UU había alcanzado sus “objetivos estratégicos fundamentales”, Irán había sido “eviscerado” y el conflicto había “terminado, en esencia”. En la siguiente, Washington continuaba atacando objetivos en múltiples países, el estrecho de Ormuz se encontraba, en la práctica, cerrado, y el presidente advertía de que la guerra proseguiría durante “dos o tres semanas más” con intensos bombardeos.

En el mismo párrafo, coexistían informaciones como “victorias [de EE UU] como pocas personas han visto jamás” y la advertencia de que EE UU está “cerca de completar” sus objetivos. También “victorias rápidas, decisivas y abrumadoras”, pero a la vez el conflicto como una lucha generacional que exige paciencia y determinación.

En la sexta semana de guerra, Trump se ha enredado en su propia retórica y sus mensajes resultan cada vez más confusos, cuando no sonrojantes: primero dijo que Irán “no tenía Armada”, para afirmar poco después: “La mayor parte del poder naval de Irán ha sido hundida”. Ambas realidades no pueden ser ciertas a la vez, una excluye a la otra, pero el republicano es ajeno a los principios básicos de la lógica.

La culminación de esta ensalada de afirmaciones, muchas de ellas falsas y auto-objeciones, ha sido la ulterior amenaza a Irán que este martes ha quedado en suspenso en plena cuenta atrás para el Armagedón. Un jugador de cartas llamaría a ese ultimátum un órdago a la grande, pero en el caso de Trump ya casi se ha convertido en un tic nervioso que sólo puede ir a más si la victoria que tan a menudo proclama —es decir, la guerra— se enquista.

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