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  • June 01, 2026 , 09:13am

Volver a mirar los ciclos naturales para sobrevivir al cambio climático

Volver a mirar los ciclos naturales para sobrevivir al cambio climático

Inundaciones en Nariño (Colombia), el pasado 12 de febrero. Foto NATHALIA ANGARITA

 

  • A veces las transformaciones son dramáticas e implican rasgarse por la mitad; otras lo son menos en apariencia, pero, como para la rana, pueden hacernos despertar en otros mundos

 

11 años dura el ciclo solar.

11 años para transitar de una baja a alta actividad magnética.

11 años para que el norte se vuelva sur cuando cambia el polo magnético.

En su etapa mínima, la superficie del Sol es lisa, pero a medida que avanza el ciclo, se motea de manchas que delatan crecientes erupciones solares. Cuando alcanza el pico de actividad, se resiente en la Tierra con problemas de transmisión, perturbaciones satelitales y también, la promesa de cielos que se llenan de auroras boreales.

Desde la Tierra, la Luna parece tener el mismo tamaño que el Sol; pero cuando se engrandece, un eclipse total está a punto de acontecer. Vemos entonces la corona del Sol, su turbia atmósfera que brilla y envuelve el disco negro de la luna.

El eclipse es breve, brevísimo, oscila entre un segundo y siete minutos; solo apreciamos la perfecta simetría de la Luna sobre el Sol en un radio de 1 a 150 kilómetros en la Tierra.

Presenciar un eclipse total es algo único, una rareza que solo unos cuantos pueden recordar conmovidos.

Con variantes, los eclipses totales, anulares, parciales, se repiten cada 18 años, 10 días y ocho horas. Son los ciclos saros, que logran predecir eclipses que ocurrirán en miles de millones de años.

Mirar desde el cielo también resulta útil en el contexto actual de cambio climático. Los satélites logran prevenir incendios, monitorear la fauna marina y hay láseres que permiten entender cuánto carbono almacena la Amazonia.

Los ciclos celestes marcan nuestro existir en la Tierra, definen las estaciones, regulan especies, guían mareas. Acompañan otras transformaciones cíclicas: las serpientes y sus ciclos de ecdisis que les permiten deshacerse de sus pieles viejas, curar lesiones y eliminar parásitos.

Las langostas también se quiebran cuando el caparazón les queda chico; se quedan flotando indefensas hasta que su nuevo hogar cuaje. Para acelerar el proceso, devoran su antiguo caparazón rebosante de calcio.

La transformación, como esa ruptura vertical y central que es dolorosa, también permite posibilidades de ese cuerpo abierto. En las ranas, la metamorfosis es única y profunda: las branquias se convierten en pulmones para conquistar la tierra.

Los ciclos son importantes, pues son movimientos de vida; nos abren a nuevas posibilidades de existir y de ser vulnerables con otros. A veces, las transformaciones son dramáticas e implican rasgarse por la mitad; otras lo son menos en apariencia, pero como para la rana, pueden hacernos despertar en otros mundos.

Con el cambio climático, los ciclos se aceleran y las perturbaciones se vuelven cotidianas. ¿Qué nos enseñan sobre nuestra capacidad de adaptarnos para sobrevivir? ¿Cómo nos empujan a buscar terrenos más fértiles por habitar?

Algunas respuestas están en la animalidad. En soltar el control para dejarse afectar por lo que nos rodea, por la belleza de la coincidencia y el encuentro fortuito que nos permite ser uno con otros, que crea historias donde caben futuros que no son solitarios y unidireccionales, ni sostenidos por una ilusión de progreso que se derrumbó hace mucho.

La laguna de Tamiahua, en Veracruz, México, lleva años resistiendo la devastación ecológica. En 2010 fue fuertemente afectada cuando un incendio en una plataforma petrolera derramó más de 5 millones de barriles de petróleo sobre el Golfo de México. Los daños reales nunca se conocieron y los documentos fueron clasificados. El dinero no llegó a donde tenía que llegar y todos nos olvidamos de la región, de esa laguna y sus manglares y su fauna y sus aves y pescadores y su gente que resistieron en silencio entre manchas aceitosas y lanchas abandonadas. Desde el cielo, las imágenes satelitales nos arrojan otros accidentes: el crudo que se escapa de pozos sellados, el masivo y más reciente derrame en el Golfo de México a inicios de marzo.

Sofía Probert, comunicadora ambiental, visitó la laguna, la tercera más grande de México, y un corredor biológico importante que es refugio para aves y tortugas. Me narró la tragedia, las vidas y ecosistemas que se juzgan poco importantes, pese a que el sitio fue declarado de importancia internacional por la Convención Ramsar.

Me imaginé un paisaje de nada. “La vida resiste hasta en las condiciones más adversas”, respondió.

A lo largo de los años, los derrames petroleros provocaron que las especies de mangle más sensibles desaparecieran; otras se adaptaron a los metales pesados y crearon refugios postapocalípticos en donde aún quedan arrecifes coralinos que luchan por permanecer.

El artista Wolfgang Tillman habla de esos paisajes vacíos que solo son ideas. En la realidad, todo está lleno de algo. ¿Cómo dejarse afectar por esos ecosistemas para empezar a verse como parte de una naturaleza con agencia, que nunca fue un recurso a nuestra disposición? Para la antropóloga Anna Tsing, es permitirse transitar caminos indeterminados que nos obligan a movernos con lentitud para observar.

Es mirar con curiosidad los insectos y pájaros que avanzan sus ciclos para llegar con las flores y primaveras que se adelantaron por el cambio climático. Si no inventan mundos con nuevos ritmos, no encontrarán refugio ni alimento. Tampoco sobrevivirá todo aquello que depende de estos: los árboles y plantas no pueden producir frutos ni semillas sin polinización. No hay que olvidar que nosotros también estamos al final de esa cadena.

Es acompañar a las semillas de mangle y a las tortugas marinas que abandonan sus ecosistemas de origen porque ya no posibilitan la vida y vagar, a veces miles de kilómetros, hasta encontrar un lugar propicio donde echar raíz o anidar. Porque, como en la laguna de Tamiahua, contra todo pronóstico, hay vida. Y la vida resiste en esos pequeños nodos multiespecies en donde el humano cedió su protagonismo. En colectivo se sobrevive la simplificación de mundos.

Y entonces, hay que observar el cielo para obtener respuestas sobre la vida y luego, mirar la Tierra y a sus animales para aprender a vivirla. 18 años, 10 días y ocho horas más tarde aparecerá el eclipse. Por mucho tiempo fue sinónimo de apocalipsis, pero es, quizás, la promesa de inicios y encuentros que nos conmueve hasta transformarnos.

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