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  • June 06, 2026 , 12:11pm

La fuerza del antifujimorismo y el voto del sur de Perú resurgen en la recta final de la campaña

La fuerza del antifujimorismo y el voto del sur de Perú resurgen en la recta final de la campaña

Manifestación en contra la candidata Keiko Fujimori en Lima (Perú), el 30 de mayo. Paolo Aguilar (EFE)

 

  • El candidato izquierdista Roberto Sánchez busca movilizar ambos fenómenos en la segunda vuelta electoral

 

Un póster de Keiko Fujimori tirado en el suelo y convertido en alfombra pisoteada por algunos de los que se dirigen al mitín de fin de campaña de Roberto Sánchez es una muestra gráfica del antifujimorismo, una de las fuerzas que está impulsando al candidato izquierdista en la segunda vuelta. La otra está a miles de kilómetros de Lima, en las provincias del sur andino, una de las zonas más empobrecidas y excluidas de Perú.

En un país donde los partidos tradicionales se han ido desmoronando durante las últimas décadas, el antifujimorismo suele ser descrito como el movimiento político más persistente del Perú, una corriente capaz de alterar el desenlace de una elección en el último instante. Así ha ocurrido en cada una de las veces que Keiko Fujimori, que enarbola el legado de su padre, el autócrata Alberto Fujimori, ha disputado la presidencia desde el 2011. No tiene líderes visibles ni una estructura orgánica. Es, más bien, una fuerza que se reactiva cada vez que el fujimorismo parece estar cerca del poder.

El movimiento, muy diverso y trasversal, también ha cambiado con el tiempo. Nació como un rechazo frontal al régimen de Alberto Fujimori y a las heridas que dejó su gobierno en cuanto a violaciones de los derechos humanos y corrupción, pero con los años Keiko Fujimori fue construyendo sus propias resistencias. Principalmente por su liderazgo al frente de Fuerza Popular, una agrupación política acusada de provocar un ciclo de inestabilidad que ya lleva una década.

Esta es la primera elección presidencial en la que el antifujimorismo compite sin la presencia del hombre que le dio origen: Alberto Fujimori murió en 2024 y, durante las últimas semanas, muchos se preguntaron si aquella fuerza política seguía viva. Salvo algunas protestas aisladas, las grandes movilizaciones no aparecieron. Quizá porque el recuerdo más reciente ya no son los noventa, sino el medio centenar de manifestantes que murieron en la represión de las protestas durante el gobierno de Dina Boluarte a manos de las fuerzas del orden, en casos que todavía permanecen congelados en la Fiscalía, impunes, sin culpables.

 

Marcha en contra de la candidatura de Keiko Fujimori, en Lima, el 30 de mayo. Foto Alessandro Cinque (REUTERS)

 

“El antifujimorismo ha sido un movimiento fuerte hasta hace poco, y en esta segunda vuelta está habiendo un rebrote”, explica el politólogo de izquierdas Román Heli Paredes. “Es un espacio político muy diverso, con liberales, progresistas y gente más a la izquierda, que sufrió una fuerte división el 7 de diciembre de 2022″, afirma. Ese día, Pedro Castillo disolvió el Congreso y luego fue detenido por intentar dar un autogolpe de Estado y sentenciado a 11 años y cinco meses de cárcel por conspiración. Una parte del antifujimorismo no apoyó a Castillo, como sí hace el actual candidato presidencial Roberto Sánchez, que ha pedido el indulto para él y que trata de atraer el voto de quienes creen que Castillo sufrió la obstrucción sistemática del Congreso, dominado por el fujimorismo y la ultraderecha, y le impidió gobernar. En su opinión, ahora se ha reactivado en campaña y en redes sociales “unido por la idea de que el mal mayor es Fujimori en el poder”.

“Es una vergüenza que la hija de un dictador postule a la presidencia. Esto solo pasa en el Perú”, dice Paola Gaytuiro, una muchacha que bordea los treinta años. Ella ha venido junto a su madre al mítin de cierre de Roberto Sánchez. Ninguna votó por él en primera vuelta. Votaron, más bien, por Alfonso López Chau, el candidato de Ahora Nación. Pero la segunda vuelta, dicen, dejó de ser una elección entre dos proyectos y se convirtió en una decisión contra una sola persona. “Pasara quien pasara nosotras íbamos a votar en contra de Keiko. Ella es peor que su padre. No nos vamos a olvidar de toda la maldad que han causado. Si ella fuera presidenta violaría todos nuestros derechos”, dice Gladys Mayaute, la madre.

Estéfano Añanga ha cruzado la ciudad desde el distrito San Martín de Porres hasta Jesús María para acompañar la despedida de Sánchez. Tiene 17 años y, como menor de edad, no podrá votar este domingo, pero dice estar bien enterado de lo que representa el fujimorismo. “Mi generación recién está empezando a darse cuenta de las atrocidades que cometió Alberto Fujimori en su dictadura. Y es por eso que necesitamos una educación de calidad para no olvidar las matanzas que cometió”, dice. A unos metros está Scott Ojeda, un joven de 32 años, al que le fastidia que se subestime a la juventud. “La información está al alcance de un podcast. Y aunque los medios nos vendan una cosa, todos sabemos quién es quién”, cuestiona. Ojeda tampoco votó por Sánchez el 12 de abril, pero sí lo hará este 7 de junio.

En Lima, Roberto Sánchez quedó en noveno lugar en la primera vuelta. Obtuvo tan solo 3.2% de los votos, un total de 199.439. La comparación con Keiko Fujimori es abrumadora en la capital: quedó segunda, con 17.9%, equivalentes a 1.089.534 votos. Consciente de esa desventaja, el líder de Juntos por el Perú reorientó su campaña para la segunda vuelta hacia la capital, un territorio históricamente esquivo para la izquierda y decisivo para cualquier aspiración presidencial.

El poder del sur

Desde el retorno de la democracia, y con la excepción del 2006, el candidato por el que apostaron regiones del sur andino como Puno, Cusco, Ayacucho, Apurímac y Huancavelica terminó llegando a Palacio de Gobierno. No es una coincidencia estadística, sino la expresión de un país que históricamente ha sentido que el poder se concentra demasiado lejos de su territorio.

El sur andino apostó en distintos momentos por Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski y Pedro Castillo. Salvo Kuczynski, los demás compartían una identidad vinculada al mundo andino. Toledo se presentaba como la reencarnación del inca Pachacútec, Humala llegó al poder envuelto en un discurso nacionalista y Castillo era un maestro rural que hacía campaña con sombrero de paja. O, como muchos repetían en los pueblos de la sierra, era simplemente uno de los suyos.

 

Familiares y víctimas de crímenes de Estado, en Lima (Perú), el 25 de mayo. Foto Paolo Aguilar (EFE)

 

El politólogo Paulo Vilca sostiene que aunque se suele estigmatizar al sur de comunista, en realidad gran parte de sus habitantes define su voto por su anticentralismo. “El voto mayoritario que en distintas ocasiones se ha expresado desde el sur, es un voto más de cambio que de izquierda”, afirma. Tres de las siete regiones más pobres del Perú, con una incidencia entre el 35,7% y 39,8% —según el Instituto Nacional de Estadística e Informática—, se encuentran en el sur: Huancavelica, Ayacucho y Puno.

Un estudio del Instituto de Estudios Peruanos, basado en centenares de declaraciones públicas entre 2001 y 2025, concluye que el sur andino acostumbra ser presentado como “una amenaza, un espacio sin autonomía política o una región que necesita ser tutelada desde el centro del poder”. Bajo esa mirada, sus demandas dejan de ser reclamos ciudadanos para convertirse en sospechas de radicalismo.

“¿Y si el problema no es cómo vota el sur, sino cómo se mira al sur desde Lima?“, se pregunta Pulso Regional, revista de la Asociación Pro Derechos Humanos “No se trata de una adhesión ideológica abstracta, sino de una forma de entender la justicia, el poder y el bien común. Y que está ligada a las necesidades de pueblos constantemente marginados”, expresa Miguel Tapia Salas, gestor cultural de Apurímac.

En la primera vuelta, Roberto Sánchez se ubicó en primer lugar en las cinco regiones del sur andino. Keiko Fujimori no pasó del cuarto lugar y en algunas regiones, como Puno, quedó octava, con apenas el 3.9% (25 mil votos). El voto del sur se ha convertido en la otra gran fuerza que históricamente ha contenido al fujimorismo. Mientras el antifujimorismo nació del rechazo hacia un Gobierno, el sur andino parece votar contra una forma de entender el país, una donde las decisiones siguen tomándose desde Lima y las regiones solo son tenidas en cuenta cuando hay protestas.

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