De la Espriella y Petro enmarcan la transición colombiana entre símbolos católicos
De la Espriella y Petro enmarcan la transición colombiana entre símbolos católicos

Abelardo de la Espriella en el Santuario del Señor de los Milagros, en San Pedro de los Milagros, Antioquia. Foto DELAESPRIELLASTYLE
- Mientras el presidente electo visita santuarios en su “ruta de acción de gracias por la Patria Milagro”, el saliente mandatario viaja al Vaticano para un encuentro con el papa León XIV
Abelardo de la Espriella se arrodilló el sábado ante el Santísimo Sacramento en el Santuario del Señor de los Milagros, en San Pedro de los Milagros, Antioquia.
Horas y cientos de kilómetros después, en la frontera ecuatoriana, rezó el rosario frente a la fachada neogótica del Santuario de Las Lajas y pidió, en voz alta, por la paz, la reconciliación y la unidad nacional. El clima y el reloj le impidieron llegar a Chiquinquirá, en Boyacá, donde tenía previsto visitar la Basílica de Nuestra Señora del Rosario, así que la jornada terminó en el Santuario del Divino Niño Jesús, donde el presidente electo pidió sabiduría para gobernar y renovó la consagración de Colombia al Sagrado Corazón de Jesús. Ha bautizado el recorrido como la “Peregrinación de la Esperanza por la Patria Milagro”, una frase que resume bien el tono con el que el presidente electo ha decidido inaugurar su tránsito hacia la Casa de Nariño: antes de los anuncios de gabinete, vienen el incienso y oración.
No es una narrativa nueva de un mandatario electo que, al recibir su credencial como tal, puso en primera instancia la religión. Agradeció “a Dios todopoderoso, fuente de sabiduría y guía de las naciones” y a los más de 13 millones de colombianos que votaron por él, a quienes describió como portadores de “un mandato de esperanza”. El domingo, cuando la Armada, la Fuerza Aérea y un grupo de pescadores rescataron con vida a dos jóvenes perdidos en Barú, el ultraderechista no tardó en calificar lo ocurrido de “verdadero milagro” y atribuir parte del mérito a la protección de “la Virgen” con su manto. No todos compraron el libreto: en X una ciudadana le respondió que “relajara el pony con el tema religioso”, que ya había ganado y que se notaba “sobreactuado”. Pero la mayoría de las respuestas fueron de un coro de “Alabado sea Dios” y citas bíblicas, señal de que el mensaje de fe, uno que marcó su campaña, encontró audiencia.
Mientras De la Espriella peregrinaba por los santuarios de su propio país, el presidente saliente emprendía un viaje en sentido contrario. Gustavo Petro llegó este lunes festivo a Roma, donde el jueves 2 de julio tiene previsto un encuentro con el papa León XIV, con quien ya se citó en 2025. El propósito declarado del viaje del saliente presidente de izquierda es pedirle al pontífice que respalde una campaña internacional en defensa de los beneficiarios de la reforma agraria, después de que la Agencia Nacional de Tierras denunciara una escalada de amenazas y agresiones contra comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes que recibieron tierras durante su gobierno. La entidad documentó, entre otros casos, el ataque armado a una familia en la vereda Nare, en Puerto López, Meta; amenazas de muerte en la Hacienda La Palmira, en Córdoba; o intimidaciones contra el consejo comunitario de Sabaletas, en Tuluá. “Sabemos nombres de sospechosos que provienen de la mafia que se apropió de la tierra en Colombia”, escribió Petro en X, en un mensaje en el que mezcló denuncia política y apelación moral: “Con la humanidad construiremos la defensa del pueblo humilde de Colombia”.
La coincidencia no deja de ser elocuente. En la misma semana, el hombre de izquierda que está por dejar el poder y el de ultraderecha que está por asumirlo recurrieron, cada uno desde su trinchera, al mismo repertorio simbólico: el catolicismo. Petro, que ha hecho de la causa campesina y la redistribución de tierra una de sus banderas, busca en el Vaticano una caja de resonancia internacional que sustente su lucha en la Biblia y la jerarquía católica. De la Espriella, que llega al poder con el respaldo de un electorado movilizado más por el rechazo al gobierno saliente que por un programa detallado, usa la consagración religiosa como un ritual de legitimación: antes de anunciar su equipo de gobierno, anuncia una narrativa providencial.
Es una paradoja con raíces profundas. Colombia es, desde la Constitución de 1991, un Estado formalmente laico, y buena parte de su clase política —de derecha o de izquierda— ha evitado tradicionalmente mezclar de manera explícita el lenguaje de fe con el de gobierno. El historiador Jorge Orlando Melo ha descrito la política colombiana como heredera de una dualidad de siglo y medio entre una tradición católica, familiar y conservadora, y otra reformista e igualitaria que solo encontró un camino electoral limpio tras el fin de la guerra con las FARC en 2016. Lo llamativo de este final de junio es que ambos polos de esa dualidad —el que reivindica la herencia conservadora y el que encarna el proyecto reformista— apelan, casi al mismo tiempo, al mismo santoral.
Puede leerse como una simple coincidencia de calendario, pero también como un síntoma. En un país donde las instituciones laicas como los tribunales, el Congreso o las entidades de control llevan meses desgastadas por la confrontación entre poderes y la desconfianza con el saliente Ejecutivo, no sorprende que los dos extremos del espectro político encuentren el mismo refugio retórico: uno que no depende de mayorías parlamentarias ni de fallos judiciales, sino de una tradición religiosa que sigue siendo el lenguaje más compartido entre los colombianos, incluso para enfrentar el Mundial de fútbol. Que ese lenguaje sirva ahora tanto para pedir protección internacional como para inaugurar un gobierno dice menos sobre la fe de Petro o De la Espriella que sobre el estado de las herramientas seculares en las que ninguno de los dos, por razones distintas, parece confiar del todo.

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