Un McDonald’s convertido en hospital: la improvisación y el desamparo marcan la primera semana del terremoto en Venezuela
Un McDonald’s convertido en hospital: la improvisación y el desamparo marcan la primera semana del terremoto en Venezuela

Médicos trabajan en una clínica instalada en un McDonald’s, en La Guaira, Venezuela, el 29 de junio.
- El puerto de La Guaira acumula cientos de cadáveres a la espera de ser identificados por familiares, que hacen colas kilométricas en la calle
El doctor Romero recuerda que la mujer llegó “andando como un pingüinito y goteando”. Acababa de dar a luz ella sola y aún tenía alojados restos de la placenta. Dos enfermeras la pasaron rápidamente al quirófano y comenzó la operación para evitar que se desangrara. Con una cánula, el doctor se abrió paso y en menos de una hora logró extraer todos los restos con unas pinzas kocher de precisión quirúrgica. No era la primera vez que el cirujano Romero realizaba este tipo de intervención, pero sí la primera que lo hacía a más de 40 grados, a oscuras, con la única luz de los celulares de las enfermeras y sobre la banqueta de un McDonald’s. La hamburguesería se ha convertido en hospital de campaña en medio del desastre de La Guaira, en plena zona cero del sismo venezolano. El precario hospital, montado por médicos voluntarios y donaciones de la sociedad civil, simboliza las necesidades extremas, el desamparo institucional y la improvisación a una semana de la peor tragedia natural en más de un siglo en Venezuela.

Vista del restaurante de comida rápida de McDonald’s, en La Guaira, Venezuela, el 29 de junio. Foto Nayeli Cruz
La ventana de esperanza para encontrar vida entre los escombros es cada vez más estrecha, pero las cifras de la devastación no paran de crecer. El saldo a una semana supera los 1.900 fallecidos y los 10.000 heridos. Según el Gobierno venezolano, que da un parte de guerra diario sin muchos detalles, la cifra de edificios afectados llega a 855, de los cuales “189 sufrieron un colapso total”. Jorge Rodríguez, el presidente de la Asamblea Nacional al frente de la escueta comunicación diaria, anunció este martes que han instalado 50 campamentos en la periferia de la capital para alojar a los supervivientes, mientras han improvisado ocho nuevas morgues donde se amontonan los cadáveres.
El puerto de la Guaira acumula cientos de cuerpos a la espera de ser identificados por familiares, que hacen colas kilométricas en la calle. Mientras esperan para entrar en las instalaciones del puerto más importante del país, aprovechan para coger algo de ropa entre las montañas apiladas en plena calle. El Estado costeño concentra la peor parte de la tragedia, con torres turísticas de más de 10 pisos convertidas ahora en moles de escombros y cadáveres sepultados. Pero también hay más zonas humildes donde apenas está llegando ningún tipo de ayuda. La Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) ha dicho este martes que la situación humanitaria en las zonas más afectadas “se ha deteriorado rápidamente”, dada la “grave escasez de alimentos, el colapso de los servicios básicos y un aumento de los riesgos de protección para la población desplazada”.

Ante el desamparo, un estudiante caraqueño de último año Medicina, que llegó los primeros días a ayudar, montó un ambulatorio improvisado “con una mantica y dos lonas atadas a un árbol” cerca del McDonald’s abandonado tras el temblor. Uno de sus primeros pacientes fue un policía con una bajada de tensión. “Lo estabilizamos y aproveché para pedirle que nos habilitara la hamburguesería para trabajar en mejores condiciones”, cuenta en la puerta del local, acordonado con una cinta amarilla de la policía. El acuerdo fue que entraran los médicos y los agentes se encargarían de protegerlos ante robos o asaltos, que empiezan a ser habituales en las zonas más críticas. El sábado lograron entrar y al día siguiente, tras limpiar los escombros habilitaron los nuevos espacios: el quirófano, donde atendieron a la mujer que acaba de dar a luz, en el comedor de la primera planta; la farmacia cerca de la barra donde se servían las hamburguesas y el primer piso, la zona de descanso con colchones raídos donde duermen los médicos y las enfermeras.
La relación con los policías no está siendo fácil. El estudiante, que hace de enlace con ellos, dice que solo se fía “de los jefes”. “El resto de agentes rasos intentan aprovecharse de la tragedia”, asegura. En la zona de comedor, los médicos han colgado bolsas de suero y vitaminas atadas al techo con vendas. Con una vía inyectada en el brazo derecho, el oficial Nelson Guerrero, un hombre orondo de 52 años, explica que les ha pedido que por favor le aplicaran insulina porque tiene un solo riñón tras un accidente de tráfico. “Nosotros estamos aquí para no aceptar la sinvergüenzura de la gente, que nadie haga lo que no debe”, cuenta mientras el gotero le suministra la insulina y el sudor le cae por la frente.

Los voluntarios organizan el material médico dentro del restaurante. Foto Nayeli Cruz
Tensión
Dentro de la hamburguesería hospitalizada se respira más tensión de lo habitual. Les han avisado hace poco de que el edificio de al lado, un gigantesco bloque de color pastel de mas de 100 departamentos que aun sigue en pie, está a punto de venirse definitivamente abajo. Es una de las construcciones de obra pública que levantó el chavismo para la población más necesitada, el proyecto Misión Vivienda. Los vecinos recuerdan que cuando el expresidente Hugo Chávez vino a inaugurarlo, hace más de dos décadas, citó una frase de su gran referente. Durante las labores de reconstrucción de un fuerte terremoto que golpeó Caracas en 1812, Simón Bolivar dijo: “¡Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca!”. Chávez repitió aquella arenga mesiánica tras el deslave que maltrató esta misma ciudad en 1999, la primera tragedia a la que tuvo que enfrentarse el chavismo nada más llegar al poder. “Parece que estamos malditos”, dice uno de los vecinos con la cara tapada con una camiseta para protegerse del sol y el olor a podrido.
El Gobierno de Delcy Rodríguez, bajo la tutela estadounidense desde la captura en enero del presidente Nicolás Maduro, vive también su primera gran prueba. El descontento de la población, cada vez más al límite, crece día a día. Con miles de militares y policías armados desplegados por la zona, el riesgo de un estallido social es una amenaza latente con consecuencias impredecibles. “No tenemos noticias del Gobierno, aquí desde luego, no nos están apoyando”, cuenta el doctor Miguel Romero, el cirujano que está al frente del hospital de campaña, aunque se reparten la dirección por turnos cuando les toca salir a atender sobre el terreno. Romero, 34 años, está haciendo un doctorado en neurología en Alemania. Llegó un día antes del temblor a visitar su familia en Coro, una ciudad rural de la costa. Tras más de 10 horas en autocar, apenas duerme un par de horas al día desde que llegó a la zona cero.

Voluntarios de la clínica improvisada dentro del restaurante.Nayeli Cruz
La farmacia del McDonald’s está bien surtida, aseguran los médicos. Analgésicos intravenosos, material quirúrgico, ansiolíticos y hasta medicamentos veterinarios, para atender a las mascotas en la zona del parking, donde hasta hace unos días los clientes pasaban en coche a recoger sus Big Mac. En la planta de arriba también acogen a los grupos de rescatistas internacionales que no tienen donde pasar la noche. Hay más de 2.300 profesionales que han llegado desde México, China, España o Qatar. La noche del lunes fue particularmente complicada. Llovió en La Guaira por primera vez en esta semana, algo que todos preveían por ser temporada de verano. El cielo había sido clemente hasta ahora. El agua y el lodo complican todo aun más. Pero el doctor Ramírez, a punto de terminar sus estudios en Alemania, conserva la fe: “Yo confío en la fortaleza, resiliencia y estoicismo de un pueblo movilizado y aferrado a la vida”.

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