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  • July 04, 2026 , 04:13pm

Estados Unidos, el país de inmigrantes que ha cerrado sus puertas

Estados Unidos, el país de inmigrantes que ha cerrado sus puertas

Redada de agentes federales en Minneapolis, el 11 de enero. Foto John Locher (AP)

 

  • Las políticas migratorias racistas del Gobierno republicano entierran la idea de “recibir no solo al extranjero acaudalado y respetable, sino también a los oprimidos y perseguidos de todas las naciones y religiones” que tuvieron los fundadores y hoy en día se ha convertido en una vergüenza mundial

 

John F. Kennedy definió Estados Unidos como “un país de inmigrantes”.

En el libro que se publicó póstumamente en 1964 bajo ese título, JFK celebró la contribución histórica y cultural de las diversas olas migratorias como el motor que creó la fortaleza de la nación. Este 4 de julio, cuando se celebra el 250 aniversario de la Declaración de Independencia, surge la duda de si esa esencia permanece en Estados Unidos. Desde que Donald Trump regresó a la Casa Blanca, el 20 de enero de 2025, el republicano ha aprobado más de 180 decretos para limitar la llegada de nuevos migrantes y expulsar sin compasión alguna a aquellos que no son ciudadanos.

“Durante décadas existió un apoyo bipartidista para reformar y actualizar nuestro sistema migratorio reconociendo la gran contribución de los inmigrantes. Sin embargo, para Trump resultó políticamente muy útil capitalizar el odio, enfrentar a los ciudadanos estadounidenses con sus vecinos y convertir a estas personas en una especie de amenaza aterradora, cuando son personas que buscan asilo, huyen para salvar sus vidas y aspiran a una vida mejor; ese odio ciego se ha convertido ahora en política federal y está devastando las vidas de miles de personas en todo el país”, explica Naureen Shah, directora de políticas y asuntos gubernamentales de la División de Igualdad de la ACLU (Unión Estadounidense de Libertades Civiles).

Con la excepción de los descendientes de pueblos nativos, la mayoría de los estadounidenses tienen en su ascendencia un inmigrante, ya sea porque ​​llegaron en el Mayflower o en un barco cargado de esclavos, a través de Ellis Island, por el aeropuerto JFK o cruzando el Río Bravo. En sus inicios, Estados Unidos estaba “abierto a recibir no solo al extranjero acaudalado y respetable, sino también a los oprimidos y perseguidos de todas las naciones y religiones”, como dijo el primer presidente, George Washington.

Más de dos siglos después, Trump está transformando el país. Por primera vez en los 50 años de los que se tiene registro, en 2025 se marcharon más migrantes de los que ingresaron. Según los datos recopilados por Brookings, el saldo negativo es de entre 10.000 y 250.000 personas y se prevé que 2026 siga esa tendencia. A las deportaciones masivas —los datos oficiales apuntan a que fueron 605.000 hasta diciembre— se suma el cierre de la frontera, la cancelación de los programas de refugiados y de asilo, la prohibición de entrada de los ciudadanos de ciertos países y el endurecimiento o suspensión de visados.

 

Elementos de seguridad estadounidenses en la frontera con México, desde Arizona.

Militares estadounidenses resguardan el muro fronterizo en Nogales, Arizona. Foto Jae C. Hong (AP)

 

Aun así, Estados Unidos alberga más migrantes que cualquier otro país. Un 15,4% de sus 342 millones de habitantes son migrantes, pero tras más de medio siglo de rápido crecimiento, la población inmigrante del país está ahora en declive.

“Este es, sin duda, un país de inmigrantes; pero ¿siento que son bienvenidos aquí? No”, opina Julie Moreno. Sabe bien de lo que habla. Esta semana regresó de un viaje a Baja California para ver a su marido. Es la segunda vez que lo hace este año desde que en octubre su esposo, Neftalí Juárez, se viera obligado a separarse de ella y regresar a México. Juárez llegó a Estados Unidos en busca de un porvenir con el que ayudar a su familia, a la que dejó en el estado mexicano de Puebla. Llegó como indocumentado, pero se enamoró y se casó con Moreno, que es estadounidense. Varias trabas burocráticas impidieron que consiguiera el permiso de residencia, pero, aunque la preocupación por no tener papeles no desapareció, nunca fue un problema en los 15 años que estuvieron juntos. Hasta que llegó Trump con su promesa de llevar a cabo la mayor deportación de la historia.

“Esa ansiedad siempre estaba ahí, pero se llegó a un punto en el que impedía a la gente trabajar y salir de casa; el riesgo ya no compensaba, porque si te quitan la recompensa de poder trabajar duro, mantener a tus seres queridos o vivir aquí… entonces, ¿para qué correr el riesgo?”, explica. El peligro era acabar en un centro de detención del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por las siglas en inglés), donde se han hecho públicas las pésimas condiciones en que se mantiene a los detenidos. Con unas instalaciones carentes de infraestructuras adecuadas para absorber el desaforado aumento de detenidos, los migrantes, incluidos niños, se hacinan en espacios reducidos. Las denuncias sobre la comida, a veces caducada y hasta con gusanos, la falta de acceso a medicinas y la negligencia médica son denuncias comunes. Solo en lo que va de año ya han muerto 20 personas bajo custodia del ICE. En 2025 se reportaron 33 fallecimientos, la cifra más alta en más de dos décadas.

El miedo a acabar detenido empujó a Juárez a tomar la difícil decisión de dejar su trabajo en la construcción, su mujer y salir del país donde creyó que estaba su futuro. Ahora es Moreno quien piensa abandonarlo. “Dedicamos mucho esfuerzo a averiguar hacia dónde se dirigen nuestras vidas, pero todo está en el aire. Me resulta extraño volver a Nueva Jersey. Él nunca va a volver aquí —o al menos no en unos 15 años—, y eso hace que me sienta como en el limbo”, lamenta.

La perspectiva de acabar en un centro del ICE es una de las amenazas que le sirven al Gobierno para promover las llamadas autodeportaciones o salidas voluntarias. Ante la imposibilidad de cumplir los objetivos de deportar a un millón de migrantes indocumentados al año, el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) optó por impulsar las salidas voluntarias ofreciendo primero 1.000 dólares y más tarde 2.600 dólares. La Administración estima que 1,9 millones de extranjeros han abandonado el país, pero son datos que no se pueden comprobar, como tampoco el que hayan recibido el dinero prometido.

 

Kristi Noem junto con agentes del ICE en un operativo en Nueva York.

La destituida Kristi Noem junto con agentes del ICE en un operativo en Nueva York.@Sec_Noem (EFE)

 

Unas 63.000 personas se encuentran detenidas en los centros del ICE, frente a unas 40.000 que había cuando Trump empezó el segundo mandato. En los últimos días, las detenciones han duplicado las cifras de comienzos del año, hasta 2.000 por día, confirmando que el relevo de la secretaria del DHS —del que depende el ICE—, Kristi Noem, en marzo, por el exsenador de Oklahoma Markwayne Mullin, no ha cambiado el fondo, solo la forma, ya que los arrestos no son tan sonados como con su antecesora. Bajo su mandato, en enero, los ciudadanos estadounidenses Renée Good y Alex Pretti fueron asesinados por los agentes federales mientras defendían a los migrantes en Minneapolis, propiciando una ola de indignación en todo el país.

Mullin pretende continuar la tarea, pero de manera más silenciosa. Para ello no le faltarán recursos. Presionado por Trump, el Congreso, dominado por los republicanos, aprobó el mes pasado 70.000 millones de dólares para financiar las operaciones migratorias. Sumados a los 170.000 millones que ya se autorizaron en la ley fiscal de julio de 2025 es un presupuesto astronómico que permitirá a la Administración impulsar las deportaciones sin tener que dar cuentas de sus acciones. En su primera comparecencia ante el Senado, Mullin dejó caer que su departamento no acatará las órdenes judiciales que considere politizadas. Las órdenes ejecutivas de Trump provocaron una avalancha de demandas judiciales donde se han sucedido los fallos en su contra.

“El Ejecutivo está actuando de una manera que muestra su odio por las decisiones de los jueces federales. Eso es algo que no ha pasado en la historia de este país. Si estamos hablando del aniversario de la Declaración de Independencia, uno de los documentos más importantes y democráticos en la historia de la humanidad, es una ironía ver que tenemos un presidente que actúa como lo hacía el rey de Gran Bretaña en los años anteriores a la Declaración [de Independencia] y a la Revolución”, apunta Eric Lee, abogado de inmigración.

En su opinión, tanto los gobiernos demócratas como republicanos han atacado los derechos de los migrantes, pero Trump “ha cruzado la línea”, intentando “establecer una dictadura”. Entre sus clientes se encuentran Momodou Taal, estudiante británico-gambiano de posgrado de la Universidad de Cornell y la académica de Yale iraní Helyeh Doutaghi. Dos extranjeros más que se vieron obligados a abandonar Estados Unidos cuando sus visas fueron revocadas como consecuencia de su defensa de la causa palestina.

Tribunales a medida

Trump ha querido moldear a su antojo los tribunales de inmigración, que deciden las deportaciones, despidiendo a los jueces que más apoyaban a los migrantes. “No son independientes. Saben que si dan una decisión a favor del migrante pueden ser despedidos. Es como funcionan las cortes en una dictadura”, apostilla Lee.

Para engrosar la lista de “deportables”, el Gobierno ha ido cancelando los programas humanitarios que las Administraciones anteriores concedieron a extranjeros, como el Estatus de Protección Temporal (TPS), creado para acoger a los ciudadanos de países con conflictos bélicos o que han sufrido desastres naturales. Noem canceló el programa para 13 países, entre ellos Venezuela, Nicaragua y Afganistán. En junio, el Tribunal Supremo avaló la decisión del Gobierno de eliminar el TPS para 350.000 haitianos y 6.000 sirios, un fallo que puede afectar a más de un millón de personas que dependen del programa para permanecer legalmente en el país.

 

A young man of Paraguayan descent in a New York court.

Un joven de origen paraguayo es procesado en la Corte de Nueva York. Foto Yuki Iwamura (AP)

 

La protección de los programas temporales no garantiza que no sean expulsados. El DHS ha deportado a 86 beneficiarios de DACA y a 174 que lo habían solicitado y estaban en proceso. DACA (Acción Diferida para los Llegados en la Infancia) es el programa que creó el presidente Barack Obama para que quienes llegaron de forma ilegal siendo niños estuvieran protegidos de la deportación. Medio millón de adultos que llevan décadas en el país dependen de él. Trump lo quiere eliminar y el retraso con el que los beneficiarios obtienen las renovaciones los deja vulnerables y sin permiso de trabajo.

Es lo que le pasó a Ángel (prefiere no dar su nombre completo). Llegó con cuatro años desde México con su madre y lleva toda su vida en Estados Unidos, el que considera su país. Ahora, a sus 36 años, reconoce que “es la primera vez que he tenido miedo” de que iba a perder su protección. En mayo le vencía su DACA, pero él solicitó la renovación en febrero, dentro del plazo de 120 días que estipula la norma. Esta vez, sin embargo, la renovación no llegó a tiempo y tuvo que abandonar su empleo como profesor de educación física en una escuela de primaria antes de que se acabara el curso. Sin DACA no tenía permiso de trabajo y tampoco estaba protegido de la expulsión. “Me sentí muy deprimido, como si todo el esfuerzo que he hecho toda mi vida era para nada”, cuenta.

La vida para un indocumentado nunca fue fácil. Hasta que consiguió DACA estuvo desprotegido. Ya en secundaria los profesores le preguntaban cuándo iba a tener papeles para poder ir a la universidad, pero él no sabía que contestar. Sentía que la única vía para seguir estudiando era obtener una beca como atleta, para lo que se dedicó en cuerpo y alma. Lo consiguió, pero el trabajo le estaba vetado hasta que surgió DACA. Ahora ni eso le deja tranquilo. “Yo quiero luchar por mis alumnos. Muchos de ellos vienen de otro país y yo sé que, aunque no me lo dicen, tienen los mismos miedos que yo tenía de niño”, afirma.

Solo blancos y ricos

El problema de raíz, que es la aprobación de vías para la residencia permanente y la obtención de la nacionalidad, es un tema pendiente que pone de relieve el fracaso del Congreso para aprobar una reforma migratoria necesaria. El país que sueña Trump solo tiene cabida para un tipo de extranjeros: los blancos y los ricos. El republicano canceló el programa de refugiados para admitir solo a los sudafricanos blancos, los afrikáners, y, mientras revocaba visas de trabajo y estudios a su antojo, ofreció la visa de oro, con la posibilidad de obtener la residencia permanente, a quienes pagaran un millón de dólares. “Este es el período más profundo y explícito de política migratoria racista que nuestro país ha experimentado”, sostiene Shah.

Las consecuencias de la agresiva agenda migratoria de la Administración está dejando secuelas económicas y sociales en todo el país. En 2023, el año más reciente con datos completos, 33 millones de inmigrantes formaban parte de la fuerza laboral de Estados Unidos, incluidos unos 23 millones de migrantes legales y 10 millones de indocumentados. Los latinos son la comunidad migrante más numerosa y los más afectados por las deportaciones. Los empresarios han alertado de las consecuencias económicas que están teniendo las políticas migratorias. El 78% de los trabajadores del campo son latinos y uno de cada tres obreros de la construcción. Pero también en profesiones más especializadas como la medicina o la tecnología su aportación es imprescindible. Solo entre enero y junio de 2025 se registró una disminución de más de 750.000 trabajadores migrantes y los datos siguen aumentando.

Las consecuencias también se prevén políticas. La mayoría de la población no apoya la agenda migratoria de Trump y uno de cada cuatro latinos que votaron por él en 2024 se arrepienten de haberlo hecho. La gestión migratoria es también parte de la razón por la que este 4 de julio sólo el 53% de los adultos se sienten “extremadamente” o “muy” orgullosos de ser estadounidenses, el nivel más bajo desde 2001, según la última encuesta de Gallup.

En la base de la Estatua de la Libertad, en Nueva York, las palabras “Dadme a vuestros rendidos, a vuestros pobres. Vuestras masas hacinadas anhelando respirar en libertad”, durante más de un siglo han representado un valor central en la idea de la nación que cumple 250 años ahora. Es valor, lleva un año y medio bajo asedio por parte de la presidencia de Donald Trump.

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