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  • July 05, 2026 , 09:14am

250 años de presidentes de Estados Unidos y ninguno tan destructivo como Trump

250 años de presidentes de Estados Unidos y ninguno tan destructivo como Trump

Desde la izquierda, cabezas de John F. Kennedy, Calvin Coolidge y Harry Truman en la atracción turística de The Presidents Heads, en Croaker (Virginia), durante una visita el sábado 27 de junio. Foto Iker Seisdedos

 

  • El republicano amenaza con cambiar para siempre, a base de corrupción y expansión del poder ejecutivo, la institución que representa, cuyo diseño emana de la Declaración de Independencia

 

Para ser un hombre tan prosaico, Donald Trump se presta mucho a las metáforas. El combate de artes marciales mixtas con el que celebró su cumpleaños e inició la conmemoración del 250° aniversario de Estados Unidos alentó las comparaciones con un circo romano.

El fiasco del estanque del monumento a Lincoln, de color verde alga, refleja el turbio retrato de una presidencia impopular y corrupta ante el mundo. Y la Casa Blanca convertida en una gran zona de obras parece una alegoría de su desprecio por el decoro institucional.

En una planta de reciclaje de residuos de Croaker, una pedanía de Virginia a unas tres horas de Washington, las cabezas de 42 presidentes de Estados Unidos, arrinconadas desde hace 13 años en un terreno pantanoso a merced del tiempo y la intemperie, de los pájaros y los nidos de avispas en verano, también invitan a pensar, mientras el país cumple un cuarto de milenio partido en dos y con ánimo sombrío, en los estragos que la vuelta de Trump está causando en la institución de la presidencia. El origen de su diseño se debe a los Padres Fundadores, que el 4 de julio de 1776, este sábado hizo 250 años, aprobaron la Declaración de Independencia.

Un año y medio después de su regreso al poder, Trump ha roto todos los moldes con sus veleidades autoritarias, su afán imperialista, la pulverización de las reglas no escritas del cargo y esa ampliación del poder ejecutivo que persigue sin pudor.

También, con el empleo de su posición para enriquecerse él y su familia: en sus primeros 12 meses en la Casa Blanca, su fortuna personal creció en 2.000 millones de dólares, 1.400 de los cuales corresponden a sus negocios con criptomonedas, según datos publicados esta semana por la Oficina Estadounidense de Ética Gubernamental.

 

Donald Trump, el pasado miércoles en un tren conmemorativo de los 250 años del país en Medora (Dakota del Norte).                    Foto Evan Vucci (REUTERS)

 

“Ha alterado la misma naturaleza de la presidencia y su mal vista imagen global”, escriben Maggie Haberman y Jonathan Swan en Regime Change (cambio de régimen, sin traducción al español), el libro de la temporada en Washington. “La arquitectura institucional construida y mantenida durante ocho décadas ha quedado, en todos los sentidos, desmantelada”.

En un país forjado a golpe de precedentes, historiadores, analistas y adversarios políticos se preguntan, como Haberman y Swan, si, cuando pase la anomalía de Trump, el sistema será capaz de absorber su golpe y recuperar su forma previa. Si, por volver a las metáforas, el estado calamitoso de las cabezas presidenciales de Croaker no será un reflejo, a la manera del retrato de Dorian Gray, de la decadencia de una institución y un sistema que no estaban preparados para el advenimiento de una figura como la de Trump.

“La Declaración de Independencia aborda la cuestión de la autoridad monárquica; la Constitución incluye mecanismos para evitar que se concentre demasiado poder en una sola mano”, explica en un e mail el historiador Daniel Immerwahr, autor de un influyente ensayo sobre el imperialismo estadounidense (Cómo ocultar un imperio). “Todo esto cobra gran relevancia en la era de Trump, y resulta revelador que el amplio movimiento cívico en su contra utilice en su nombre −No Kings (no a los reyes)− un lenguaje propio de la Revolución”.

Daniel Gullotta, profesor del Salmon P. Chase Center for Civics, Culture, and Society, instituto de tendencia conservadora de la universidad estatal de Ohio, aclara que “Trump no es ni mucho menos el primer presidente que pone a prueba los límites de la Constitución, ni será el último”. “Lo que nos protege es, precisamente, la premisa de los fundadores de que todo mandatario intentaría acaparar más poder del que el cargo permite; por ello, diseñaron una estructura capaz de contener tales intentos”, añade el historiador. “No eran profetas, pero sabían lo suficiente de historia como para augurar que podían surgir figuras de todo tipo. James Madison [redactor de la Constitución] vivió para ver en el poder a Andrew Jackson [presidente que pasó a la posteridad por su populismo racista] y no le gustó”.

 

El velero italiano ‘Amerigo Vespucci’ participó este sábado en el desfile naval organizado en Nueva York para conmemorar frente a la Estatua de la Libertad los 250 años de Estados Unidos.          Foto Yuki Iwamura (AP Photo/Yuki Iwamura)

 

En el cementerio presidencial de Virginia, la cabeza de Jackson está en un lugar destacado. La de Madison acabó en última fila, entre Thomas Jefferson y Millard Filmore. Las 42 estatuas miden entre cinco y seis metros de altura y pesan 1,5 toneladas cada una. Están arrumbadas en una propiedad privada que abre sus puertas solo ocho veces al año a los turistas atraídos por una visita que es carne de TikTok. Las diseñó un artista llamado David Adickes para un parque escultórico de la vecina Williamsburg, localidad consagrada a una pulcra recreación de los tiempos coloniales.

Ese parque abrió sus puertas en 2004, de ahí que la cosa vaya de George a George, de Washington a Bush hijo, y que el recorrido se detenga justo antes de que esta se ponga interesante, con la sucesión de Barack Obama, Trump, Joe Biden y, de nuevo, Trump. En 2010, la empresa se declaró en bancarrota y sus dueños encargaron a un contratista llamado Howard Dankins, dueño de la planta de reciclaje, que se deshiciera de ellas. “Sencillamente, no pudo hacerlo, por su valor artístico y porque Dankins tiene pasión por la historia de Estados Unidos”, dice el fotógrafo John Plashal, que, junto a Fred Schneider, organiza desde hace siete años tours por las instalaciones en las que descansan las cabezas entre escombros y maquinaria pesada.

La visita a Presidents Heads incluye un concurso en el que los participantes ponen a prueba su conocimiento sobre historia presidencial (¿cuál es el inquilino de la Casa Blanca que dio el discurso de toma de posesión más largo y tuvo la presidencia más corta? William Harrison; casi dos horas hablando, solo 31 días en el cargo), así como el divertido relato de Plashal sobre las vicisitudes por las que ha pasado un conjunto escultórico. “Esos tipos que parecen enfermos en un estado avanzado de lepra”, bromea.

Visita no partidista

En su intervención, Plashal evita en todo momento la tentación del partidismo. “Esto es diversión familiar y un patio de recreo para fotógrafos. Demócratas, republicanos e independientes son bienvenidos. A veces alguien hace un comentario, pero en general todos se comportan”, advierte.

En la primera visita del día, no fue posible el sábado pasado encontrar a nadie que estuviera de acuerdo con Trump cuando dice de sí mismo que “probablemente” es el mejor presidente de la historia y sí a dos hermanos, Rachel y Jake Anszelawicz, que habían conducido ocho horas desde Long Island (Nueva York) para satisfacer la curiosidad de ella, apasionada del “incomprendido” Ulysses S. Grant, o a los Rader, matrimonio de Tennessee; resulta que la esposa ha descubierto gracias a una de esas aplicaciones de rastreo genealógico aquí que es “pariente lejana” Washington.

También había un jubilado de la vecina Richmond llamado Mike Florence, que dijo: “Escriba por favor que muchos estadounidenses estamos avergonzados al ver lo que está haciendo el actual presidente con nuestro país”.

 

Rachel Anszelawicz fotografía el pasado 27 de julio a Ulysses Grant, su presidente “favorito”.

 

Russell Riley, codirector del Centro Miller para la Historia Oral de las Presidencias de la universidad de Virginia, define eso que Trump “está haciendo” como una “dictadura constitucional”. No es el primero, indica el experto, que cita a mandatarios en guerra —Abraham Lincoln, Woodrow Wilson—, enfrentados a una fenomenal crisis económica (Franklin Roosevelt) o al 11-S (George Bush hijo). “Todos ellos consideraron necesario trabajar fuera de los límites habituales del poder para lidiar con emergencias extraordinarias. Una vez superados esos problemas, el sistema siempre regresó a la normalidad institucional”.

El historiador no tiene tan claro que después de Trump vaya a ser así. También puntualiza que ahora no hay ninguna “emergencia” comparable a aquellas, pese a que él insista en “inventárselas”. ¿La última? Un supuesto avance del comunismo en el Partido Demócrata con el triunfo de candidatos socialistas en la estela del alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani.

 

Donald Trump, el viernes, durante su mitin ante el Monte Rushmore. Foto Kylie Cooper (REUTERS)

 

El presidente agitó ese fantasma que, según él, recorre Estados Unidos en el mitin que dio el viernes ante el Monte Rushmore, el monumento con las cabezas de cuatro presidentes (Washington, Jefferson, Lincoln y Teddy Roosevelt) esculpidas en la roca que inspiró la réplica de Virginia. “El comunismo”, dijo Trump, que se ve a sí mismo algún día, por qué no, en esa montaña, “es la amenaza mortal a las libertades estadounidenses; el enemigo de la gente libre en todo el mundo. Nunca funciona. Es el enemigo de la Constitución, pero, sobre todo, es el enemigo del 4 de julio de 1776″.

Era el tercero de cuatro actos electorales programados por Trump en solo 10 días para celebrar el aniversario con un derroche de culto a la personalidad que también carece de precedentes. “En el bicentenario [celebrado en 1976], Gerald Ford, que estaba en el cargo tras la renuncia de Richard Nixon por el Watergate, prefirió no ser el centro de atención, y optó por una conmemoración inclusiva, para todos los americanos”, advierte Riley.

Aquel era además año electoral, pero el republicano no usó la fiesta en su provecho político (y acabó perdiendo en las urnas frente a Jimmy Carter). No puede decirse lo mismo de Trump: el próximo mes de noviembre hay elecciones de medio mandato. Los suyos se juegan perder el control de una o de las dos Cámaras y el espantajo del comunismo es un argumento caído del cielo en una campaña que pinta bien para los demócratas y viene marcada por la enorme impopularidad de Trump, la guerra de Irán, la inflación y el apoyo a Israel.

Si estos recuperan la Cámara de Representantes, todo indica que emplearán el resto de la legislatura en poner palos en las ruedas de la agenda política de Trump, que ha pasado su primer año y medio en el cargo gobernando a golpe de decreto −ahondando así, según el analista Fareed Zakaria, en una tendencia presidencial de las últimas décadas− y socavando al poder legislativo con ayuda del judicial (gracias a un Tribunal Supremo favorable).

En el horizonte, está la posibilidad de un nuevo impeachment (juicio político) para desalojarlo de la Casa Blanca. “Tiene pesadillas no solo con haber sido el primer presidente que ha pasado por eso en dos ocasiones, sino también con la posibilidad de convertirse en el primero que lo hace una tercera vez”, dice el congresista demócrata Jamie Raskin, que lideró en la Cámara de Representantes la acusación en el segundo de esos juicios. “Tengo un consejo para él: si quiere evitar que le suceda, que deje de cometer delitos que justifiquen un impeachment”, añade el político.

Riley, el historiador presidencial, considera que, “si existe algún deterioro en el sistema político estadounidense, este lo sufre el poder legislativo”. “Lejos de ejercer un contrapeso sólido frente a la Casa Blanca, se ha degradado”. Ese deterioro, añade, lleva años gestándose, pero con Trump se ha hecho más “agudo y evidente”. “El poder ejecutivo, inflado y expansivo, desplaza por completo a un poder legislativo incapaz de reaccionar como si de una planta invasora se tratara”.

 

Cabezas de presidentes estadounidenses en Croaker (Virginia). En el centro, Franklin Delano Roosevelt.Iker Seisdedos

 

Las malas hierbas también son incontrolables en el cementerio de presidentes de Virginia. La vegetación asoma por la cabeza de Franklin Delano Roosevelt, que luce un agujero porque en el traslado un puente le rebanó la coronilla. A la de Jackson le ha salido una graciosa coleta verde.

El conjunto espera ahora un nuevo destino. Dankins ha vendido los terrenos, en los que, si la junta municipal lo autoriza, se van a construir residencias para ancianos, un hotel, restaurantes y una zona comercial. El plan pasa por reubicar a los 42 presidentes en otro lugar, aunque no hay prevista una restauración. “Tienen gracia en su estado actual de decadencia”, dice Plashal, que calcula que las últimas visitas serán las que organicen en septiembre.

No está claro que las estatuas carcomidas vayan a sobrevivir a la mudanza, advierte el fotógrafo. Y de nuevo, la imaginación se pierde por el camino de las metáforas.

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