Una España prodigiosa atrapa otra final
Una España prodigiosa atrapa otra final

- La Roja reduce a Francia con una exhibición de juego y buscará su segundo Mundial este domingo
Antes del estallido último, del rugido de éxtasis colectivo, en el estadio de Dallas, tierra de rodeos, se escucharon olés. Varios minutos de olés mientras España distraía el balón y Francia, el equipo más celebrado del Mundial, contemplaba desconcertado el final de una prodigiosa exhibición de fútbol. La Roja se clasificó para la segunda final mundialista de su historia con una función memorable con la que dejó a cero por primera vez en el torneo al equipo de Deschamps, el único equipo que había ganado todos sus partidos. Hasta que se encontró con España, el día que España sacó su versión mandona y hermosa. Como en la Eurocopa, pero distinto, porque no necesita ni a Nico Williams ni a Lamine. La selección de Luis de la Fuente se maneja ahora con un libreto inalcanzable que se pondrá a prueba de manera definitiva el domingo en Nueva Jersey, en la final de la Copa del Mundo, contra Inglaterra o Argentina (21.00, La1 y Dazn).
Empezaron como dos equipos que se medían con cierta solemnidad, la de la ocasión, en el penúltimo escalón al Mundial, y la del respeto de quien se ha batido con fiereza durante décadas muy cerca de la cima. Cada uno con su manual, que mostraron incluso en la fase de reconocimiento inicial. España se agarraba al toque y la movilidad. Francia vivía al acecho, siempre a punto de disparar la descarga eléctrica del vértigo. Lo anunciado. Lo esperado también: en cierto modo, el mundo le pedía también a esta semifinal que dirimiera la disputa del estilo. Si existía algo capaz de minimizar la velocidad del pelotón de Deschamps. Si el control a través del juego permitía a los lentos ser más rápidos que los veloces.
Se enfrentaban dos escuelas, casi filosóficas, de la velocidad. Los franceses tienen la del individuo atlético y fulgurante, la velocidad punta de uno. De uno en uno. Los españoles afilan la de la pelota, que supera a cualquier par de piernas, incluso las de Usain Bolt, que ocupaba uno de los palcos. Es la velocidad del enjambre, que tenía a Francia mirando el ir y venir del balón, la sutil coreografía de futbolistas que aparecían y desaparecían de espacios inexistentes apenas medio segundo antes.
Eran dos gigantes de lo suyo, en un equilibrio al mismo tiempo perfecto y engañoso, tremendamente inestable aunque aparentaba lo contrario. España tocaba y Francia esperaba. No parecía suceder nada y en las cavidades subterráneas se estaba gestando todo. En el medio se entretenían con el balón Rodri, Baena, Olmo y Fabián, que volvió a salir al principio por Pedri. El centrocampista del PSG juega con una limpieza deslumbrante. Deja la impresión de que siempre hace lo fácil, pero casi nunca escoge lo más evidente. Aunque lo ejecuta con sencillez, tac-tac, tac-tac.
Deschamps encargó a Olise la vigilancia de Rodri, pero ni eso obstruye las cañerías por las que circula el fútbol de la Roja. Francia vivía con el dedo en el gatillo. Necesitaba muy poco para soltar una descarga eléctrica, las galopadas de Mbappé y Barcola, que empezó en el lugar de Doué. Todo parecía controlado, y al mismo tiempo a punto de desmadrarse. Bastaba un pase largo de Rabiot bien sincronizado con Mbappé y se desataba el pánico. España se defendía de esos sustos como un enjambre. Enseguida le caían al rival tres jugadores que lo ahogaban.
Con tanta vigilancia y ortodoxia pizarrera, el calambrazo llegó del extrarradio del juego. Cucurella envió un centro al área que fue un poco a ver qué pasa. Oyarzabal entraba hacia la portería, pero el balón le superó por encima y cayó al otro lado, una jugada destinada a evaporarse. O no. Lamine se lanzó a por la pelota, que Digne creía que era suya. O no. La tocó un poco el azulgrana, de modo que ya no estaba allí cuando fue a pegarle el francés, que pateó a Lamine. Penalti. Y quinto gol de Oyarzabal en el Mundial, un disparo tremendo a 120 kilómetros por hora inalcanzable para Maignan.
El gol, la pausa de hidratación que lo siguió y la lesión inmediata de Saliba cerraron la fase de tanteo. Francia trató de acelerar y Mbappé empezó a acumular fueras de juego. La velocidad siempre bordea el descontrol. También el susto. Unai tuvo que salir diez metros de su área para arrojarse a los pies de Mbappé y desactivar la amenaza. Nada excepcional contra un equipo así pese a que Laporte mandaba y corregía con apabullante autoridad en una defensa muy viva, con Cubarsí, Cucurella y Porro atentísimos y vigorosos.
Cada equipo aceleraba en lo suyo. Aunque Francia podía probar en muy pocas ocasiones, porque España se había esposado a la pelota, encantada del ritmo y la fantasía ocasional de la Roja. Olmo incluso sacó la varita. Regaló un taconazo a Lamine que casi termina en gol de Fabián, y completó una pared demoledora con Porro mientras le derribaba un defensa en la frontal. El azulgrana vio desde el suelo cómo la pelota le llegaba limpia al lateral, y luego a la red.
Francia se encontró en una situación insólita. Mejor: España había colocado a Francia en una situación insólita, dos goles por detrás y sin una pista de cómo voltear la tarde. Mbappé trató de asomar en el naufragio. Retrocedió a recoger la pelota más atrás, dispuesto a hacerlo todo, como en la final de 2022 contra Argentina en Qatar.

Un incrédulo Lamine Yamal, tras vencer a Francia y pasar a la final del Mundial.Alejandro Ruesga
Deschamps maniobró también desde el banquillo. Retiró a Olise, desaparecido, y esa desaparición del futbolista más vistoso del Mundial daba también la medida del colapso que España le había provocado a Francia. Entró Cherki, como había entrado Doué por Barcola. Piezas temibles en el torneo, amansadas por el grupo de De la Fuente.
España también supo jugar ese tramo último ante un rival desesperado. Aguantó y tocó un poco más, bajo minutos de olés, rumbo a otra final de la Copa del Mundo con una exhibición prodigiosa.

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