Los enemigos del Compa Chalino: ¿Quién mató al Rey de los Corridos?
Los enemigos del Compa Chalino: ¿Quién mató al Rey de los Corridos?

- Una misteriosa nota de papel, entregada en medio de un concierto en Culiacán hace 24 años, fue el preludio del asesinato de una de las leyendas de la música popular mexicana, precursor del bum actual de los narcocorridos
Al acabar una canción, alguien entre el público le entregó un papel doblado por la mitad. Era algo habitual en sus conciertos.
Le gustaba que la gente subiera al escenario mientras actuaba, se tomara fotos y le pidiera canciones. Chalino Sánchez era la antiestrella de los corridos, un ranchero más echando desmadre con sus compas.
Mientras suenan los primeros compases del acordeón, Chalino desdobla la nota y lee lo que está escrito en el papel sin soltar el micrófono. Son apenas unos segundos. Cuando levanta de nuevo la cabeza, hace una mueca nerviosa con la boca. Se pasa la mano por la frente para limpiarse el sudor que le cae por debajo del sombrero beige de ala ancha. Tiene la mirada perdida, como si estuviera descifrando en un limbo el mensaje que acababa de recibir. Vuelve a doblar el papel, hace una leve señal con la cabeza a alguien a su izquierda y comienza a cantar: “Tengo el alma enamorada nada más de pensar, corazón…”. La mañana siguiente, apareció tirado en un riachuelo. Tenía los ojos vendados, las manos atadas a la espalda y dos agujeros de bala en la nuca.
Esa noche del 15 de mayo de 1992 había más de 2.000 paisanos en el Salón Buganvillas de Culiacán, capital de Sinaloa, la ciudad de la que había salido huyendo casi dos décadas antes rumbo a California. Tenía 31 años y, en menos de cuatro de carrera, se había convertido en un héroe para millones de mexicanos de los dos lados de la frontera. Con una voz chirriante y algo desafinada, sin formación musical y apenas unos años en la escuela, renovó un género popular con raíces en el México norteño del siglo XIX, donde el cañón de una pistola era la ley. Los corridos narraban los episodios de revolucionarios y bandidos a modo de gestas épicas.

El cantante Rosalino Sánchez Félix, conocido como Chalino Sánchez. Foto RR SS
Cuando tenía 11 años, unos vecinos del pequeño pueblo donde vivía con su familia violaron a su única hermana. Todo el mundo sabía quién había sido, pero Chalino esperó pacientemente para cobrarse venganza. Cuando cumplió 15 años, fue a una fiesta donde sabía que estaban los que humillaron a su hermana y les pegó un tiro. Le persiguieron y cruzó la frontera de mojado hasta llegar a la casa de una tía en Los Ángeles. Trabajó en el campo y limpiando granjas de animales, a la vez que ayudaba a su hermano mayor, que hacía de coyote pasando migrantes desde Tijuana, hasta que una noche lo mataron a balazos mientras dormía en un motel. Pasó un tiempo en la cárcel y allí fue donde empezó con la música. Las biografías de los ladrones y traficantes con los que compartía celda las convirtió en canciones y un primo, que también andaba encerrado, le acompañaba con una guitarra.
Al salir de prisión, siguió escribiendo canciones, muchas por encargo. A veces, lo que cobraba a cambio era un reloj o una pistola. Ya en aquella época, solía llevar un revólver cargado a la cintura. Chalino era un hombre de pocas palabras, duro, orgulloso y muy independiente. El epítome del mexicano de rancho, que en su versión más estereotipada, precisamente por la cultura popular, es tan arrebatado que desprecia incluso a la muerte. Sus canciones eran el reflejo de su vida: el migrante, el apestado, el nadie. En algunas, Chalino narraba un asesinato y se ponía de parte de la víctima, insultando y amenazando al culpable. Prohibidas en las radios, sin industria detrás, las grababa en casetes y las vendía en peluquerías, gasolineras y mercados ambulantes.
Su fama de pendenciero era a veces puesta a prueba durante los conciertos. En enero de 1992, apenas unos meses antes de su muerte, actuaba en el desierto de Coachella. A mitad del concierto, un hombre subió al escenario y abrió fuego con una 25 milímetros. Chalino bajó de un salto a la pista y respondió a tiros con su propia pistola. El saldo fue de un muerto y 10 heridos, incluido el propio Chalino, al que una bala le alcanzó un pulmón. El suceso llegó a los periódicos y las televisiones. Su reputación crecía como un vendaval y los casetes se agotaban en las tiendas.
Pero después de aquello, hizo dos movimientos extraños: regaló su preciada colección de armas entre los amigos y vendió todos los derechos de su catálogo a una pequeña discográfica por unos 100.000 dólares. Con ese dinero se compró una casa en un suburbio de clase media para su mujer y su hijo. Muchos empezaron a pensar que Chalino ya sabía que iba a morir pronto.
Es en esa época cuando llega la oferta para tocar en el Salón Buganvillas de Culiacán. Sus amigos y familia intentaron persuadirle. Había recibido amenazas y Sinaloa, a donde no había vuelto tras su huida, era un lugar peligroso. Ya no era su casa. Pero sus paisanos querían verle y habían pagado unos 20.000 dólares. Chalino había recibido ya la mitad por adelantado. Hombre de palabra, sentía que tenía que cumplir.
El show fue un éxito y, al terminar, salió en auto con dos de sus hermanos y un primo a cenar algo. Antes de llegar al restaurante, dos furgonetas le cortaron el paso. Varios hombres armados se bajaron, se identificaron como policías estatales y le dijeron a Chalino: “Mi comandante necesita tu ayuda”. Acostumbrado a los sobornos, les ofreció dinero, pero no lo aceptaron y, en cambio, sacaron del vehículo a uno de sus hermanos y lo metieron en su furgoneta. Chalino negoció y, en vez de a su hermano, se lo llevaron a él.

Mural de Chalino Sánchez en el estudio Rancho Humilde, en California, en 2023. Foto Unique Nicole (Getty Images)
La investigación, como tantas otras veces en México, fue un agujero negro del que a día de hoy apenas se sabe nada. Pero en los meses siguientes a su asesinato, se escribieron sobre su final más de 100 corridos, más que a Pancho Villa.
Igual que sucedió con Elvis o Michael Jackson, las leyendas dicen que sigue vivo, que fingió su muerte para escapar de sus enemigos. En el panteón de su pueblo hay un mural gigante con su retrato: sombrero, camisa abierta y botas de cowboy. En una mano, el micrófono. En la otra, una pistola y una leyenda: “Nunca tuve miedo”.

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