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  • September 14, 2026 , 10:02am

Entre las noches en vela y el hastío de las redes sociales: el día a día de los niños chocoanos tras el terremoto

Entre las noches en vela y el hastío de las redes sociales: el día a día de los niños chocoanos tras el terremoto

Yiseth Mena, Hemily Murillo y Leidy Bejarano, frente a Casa Usemi, en Quibdó, el 2 de septiembre. Foto Santiago Mesa

 

  • Josué, Yiseth, Hemily, Katly y Leidy hablan sobre su deseo de volver a clases, la preocupación por sus familiares y la incomodidad de una casa arrendada

 

Josué Mena estaba por empezar una prueba de multiplicaciones y divisiones cuando sintió el terremoto que el 7 de agosto azotó al occidente de Colombia.

No sabía lo que era, pero era grave. Las paredes de las aulas de la Institución Educativa Carrasquilla se desplomaban, sus compañeros corrían asustados y el rector cerraba las puertas del predio para evitar que salieran a la calle, donde un edificio vecino se cayó y sepultó a una persona. “Una cosa de locos”, resume este niño de ocho años. El Carrasquilla, el colegio público más emblemático de Quibdó, fue una de las 365 instituciones educativas afectadas por el terremoto en el departamento del Chocó. Y para Josué fue el primer día de una nueva etapa en casa, sin clases y sin sus amigos. “Parecen vacaciones, pero no me siento bien”, dice.

Hay demasiado tiempo libre para que resulte divertido ver videos de su primo en TikTok o jugar algún videojuego en Roblox. “Me sirve por un rato, después me aburro”, comenta. Quisiera hablar con sus amigos por teléfono, pero no tiene sus números. Las guías de aprendizaje que le mandaron sus maestros son muy básicas y no tienen nada nuevo. “La multiplicación es una operación matemática que nos permite sumar rápidamente varias veces una misma cantidad”, se lee en el cuadernillo pensado para una semana y que Josué completa en dos días. Lo angustia pensar que se está atrasando y que no va a pasar pronto a cuarto grado, como le prometieron. “Quiero avanzar rápido, para llegar a la universidad y estudiar tecnología, física y matemática”.

 

Laura Díaz y su hijo Josué Mena en la sala de su casa.                 Foto Santiago Mesa

 

Su mamá le explica que no es el único que está perdiendo clase, como le pasa con un tratamiento médico que le quita dos días al mes y también lo estresa. “Le digo que el terremoto es una situación que nadie esperaba, que se sale de sus manos y las de los adultos. Y que todo tiene su momento, que hay que tener paciencia”, relata Laura Díaz, que trabaja como asistente de sala en un casino de Quibdó. Sin embargo, está preocupada. “Las guías le entrenan el cerebro para que no se apague, pero no lo hacen progresar”, evalúa. Las clases virtuales ni siquiera son una opción. “En el Chocó, la señal es mala y la energía se va a cada rato”, comenta, minutos antes de que la televisión se apague y demuestre su punto.

Mientras tanto, los profesores del Carrasquilla avanzan en un plan para recuperar las clases. La sede histórica, en el centro de la ciudad, está casi intacta: sus columnas neoclásicas, de más de un siglo, resistieron y solo faltan unos soportes metálicos para reforzarlas. El objetivo es que este complejo de 500 alumnos se rehabilite esta semana para recibir a los 3.000 que estudiaban en los edificios grises y más modernos del barrio Medrano, cuyos pasillos y aulas siguen repletos de escombros. Los 3.500 estudiantes se turnarán para ir una mañana o una tarde por semana. A Josué, por ahora, le tocará los lunes de 13.00 a 17.30.

El rector, Elvis Córdoba, explica que el objetivo es “disminuir el impacto”. “El solo hecho de no estar escolarizado genera una desventaja, sobre todo en temas de convivencia. Los humanos somos seres sociales: aprendemos mejor si estamos conviviendo con los demás”, comenta durante un recorrido por la sede histórica. La situación ahora, apunta, es peor que en la pandemia de covid. “En ese entonces, estábamos todos a distancia. El gran problema hoy es que los chicos se quedan sin los papás también, que deben seguir trabajando”, señala sobre una época en la que también vio de primera mano que las clases virtuales “producían angustia” entre los alumnos y los docentes por los problemas tecnológicos y las interrupciones que causaban.

A largo plazo, la expectativa del rector está en reconstruir parte de la sede de Medrano. “Si lo hacemos con donaciones de privados, puede ser rápido, en 10 meses. No se necesitan todos los protocolos que hay que cumplir si lo hace el Estado”, explica. La cantante Shakira, apunta el docente, “quedó muy impresionada” cuando recorrió hace unas semanas las afectaciones en esa sede y prometió que donaría dinero para reconstruir 10 colegios del Chocó. El problema, señala, es que algunos edificios demorarán más tiempo: tenían apenas unos años y tienen restricciones legales que impiden que los privados se hagan cargo.

Las madres y los hermanos

La Casa Usemi, un centro comunitario en el norte de Quibdó, está casi vacía en la tarde de un miércoles. Las salas en las que funcionaban cuatro hogares comunitarios del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar quedaron inutilizables: hay grietas por todos lados, y los escombros cubren gran parte de las cocinas. Tampoco funciona la casa de un grupo de mujeres mayores que producían jabón. Solo queda un comedor que alimenta a unos 130 niños cada mediodía. Se ha trasladado de un salón espacioso a un pasillo en el que el sol da con fuerza a esa hora y la lluvia los empapa —un vendaval se llevó puesto un plástico que habían instalado de manera provisoria—. Luego del almuerzo, se quedan tres niñas: Yiseth Mena, Hemily Murillo y Katly Palacios.

 

Yiseth Mena, Hemily Murillo, Katly Palacios y Leidy Bejarano, frente a Casa Usemi. Foto Santiago Mesa

 

Sus relatos son parecidos. “Vi que estaba temblando y llamé a mi mamá. Salimos de la casa y nos pusimos donde no hubiera postes ni cables. Pero no me asusté por mí, sino por mi mami y mi hermanito. Él estaba lejos, en la escuela, y estaban diciendo que el Pedro Grau [el colegio] se estaba cayendo”, relata Yiseth. “Mi mamá estaba acostada en la cama y una cuchilla cayó encima. Pero se levantó a tiempo. Si no, no estuviera viva”, cuenta Hemily. “Las profesoras se pusieron a orar y nos dijeron que nos podíamos ir. Me fui sola, a lo de mi mamá. Me llegué a asustar, por ella y mi familia”, responde Katly. Ninguna tuvo miedo de morir o, al menos, esa no fue la preocupación principal. Las tres hablan de sus familiares.

Yasiris Pérez, que coordina el club cultural Motete en Casa Usemi, no está sorprendida. “Ellas ven las dificultades de sus familias y aprenden a ser fuertes para salir adelante. Pero sufren por sus mamás, sus hermanitos. Son su red de apoyo y no conciben en ningún sentido que les pueda pasar algo. Sería devastador”, afirma. Varios niños, cuenta, se mantienen en vela en las noches por el temor a que tiemble de nuevo. Cuando concilian el sueño, algunos tienen pesadillas en las que sus familiares fallecen. “Los psicólogos nos dicen que es normal que pase en las primeras semanas. Si pasa más tiempo, toca buscar ayuda profesional”, comenta Pérez. Usan mecanismos para ayudarlos a calmarse, como pedirles que cuenten hasta 10, hacer manualidades o jugar con pelotas contra el estrés.

Algo similar relata Yudis Bejarano, mamá de dos hijos que asisten al comedor. “Si uno se levanta a las dos de la mañana, las niñas están levantadas. Así que uno se da cuenta de que no duermen bien”, dice. Le preocupa que sus hijos sean tan conscientes de la situación. “Cristian me dice todo el tiempo: ‘Mamá, estemos pilas’. Escuchan que la casa no está buena, que es peligroso, pero que toca quedarse porque no hay opciones”, comenta sobre los primeros días en una vivienda que quedó inhabitable, antes de que arrendaran otra. “Uno trata de que no se den cuenta de las dificultades, pero se dan cuenta. Leisy no para de hacerme preguntas. ‘Mamá, ¿qué vamos a comer? ¿Dónde está la escuela? ¿Dónde vamos a vivir? Yo no quiero irme de la casa’. Ven todo lo que es diferente de como era antes”.

Leidy Bejarano, la sobrina de 10 años de Yudis, también nota esta angustia. “Mi prima le pregunta muchas cosas a mi tía. Y mi tía por fuera está normal, pero por dentro yo sé que está triste”, relata. En su caso, extraña la casa en la que vivía con su tía, sus abuelos y sus primos. “Era amplia, pero ahora todos [unas 14 personas] estamos apenas en dos cuartos, durmiendo en el piso”, dice sobre la vivienda arrendada. Y, al igual que Josué, quiere volver a clases, en su caso en el colegio Pedro Grau. “Extraño jugar al ponchado y a la lleva con mis amigos”, comenta. “Acá en el comedor no tengo a nadie. Me siento en el andén y veo cómo pasan las motos. Todos los días son así”.

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