La ciencia también tiene que volver a casa
La ciencia también tiene que volver a casa

Chinampas en el lago de Xochimilco en Ciudad de México, en 2024. Foto RODRIGO JARDÓN (onu méxico)
- Las comunidades no son solamente destinatarias de información científica ni fuentes de historias que ayudan a explicar una investigación. También producen conocimiento
“Se sintió escuchado”. Así describió Mariana Páez lo que significó para Samuel Avelino, un chinampero de Xochimilco, verse retratado en una historia que terminó llegando mucho más allá de su comunidad.
La frase parece sencilla, pero plantea una pregunta importante para quienes producimos conocimiento: ¿cuándo termina realmente una investigación?
La ciencia dedica enormes esfuerzos a generar evidencia y, cada vez más, a comunicarla. Publicamos informes, producimos videos, traducimos resultados y buscamos llegar a responsables políticos y audiencias más amplias. Pero comunicar no debería ser el último paso. Si queremos que el conocimiento contribuya a transformar realidades, también tiene que regresar a los territorios, generar diálogo y conectar a quienes los habitan con quienes los estudian y toman decisiones sobre ellos.
Cambiar de rumbo
En 2025, una investigación de la Universidad de las Naciones Unidas sobre riesgos interconectados partió de una paradoja: conocemos cada vez mejor problemas como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad o la contaminación y, sin embargo, seguimos teniendo enormes dificultades para realizar los cambios necesarios para enfrentarlos.
El problema no es únicamente la falta de conocimiento. También está en la forma en que pensamos y tomamos decisiones: priorizamos beneficios inmediatos, tratamos problemas interconectados como si fueran independientes y muchas veces dejamos fuera de la ecuación a quienes vivirán las consecuencias de nuestras decisiones.

Un chinampero trabaja en Xochimilco, en Ciudad de México. Foto RODRIGO JARDÓN (onu méxico)
El informe planteaba, entre otras transformaciones, la necesidad de pensar más allá del corto plazo y preguntarnos qué significa ser buenos ancestros: no solo qué necesitamos hoy, sino qué posibilidades dejamos a quienes vienen después. Xochimilco convirtió esa pregunta en algo tangible.
Sus chinampas, parcelas agrícolas cultivadas durante generaciones en los humedales del Valle de México, producen alimentos y preservan conocimientos transmitidos entre generaciones. Pero este patrimonio vivo enfrenta presiones por la urbanización, la degradación ambiental, el cambio climático y una relación cambiante entre los jóvenes y la tierra. De ahí nació Chinamperos: preservando prácticas agrícolas ancestrales en la Ciudad de México. La intención era sacar una idea científica de las páginas de un informe y llevarla a las vidas de las personas.
Del alcance al impacto
El documental viajó. Llegó a la COP30 y a festivales internacionales. Personas que nunca habían pisado una chinampa pudieron acercarse a quienes cultivan esa tierra, a sus conocimientos y a las preguntas que enfrentan sobre su futuro.
Eso es alcance. Pero el alcance no necesariamente es impacto. Más de un año después, la historia hizo el recorrido contrario. El documental regresó a Xochimilco y fue proyectado en México en espacios que reunieron a habitantes de la comunidad, investigadores, estudiantes y responsables públicos. Esta vez, el objetivo no era solamente mostrar una película, sino utilizarla como punto de partida para hablar del territorio: del agua, la biodiversidad, la alimentación, el conocimiento ancestral y de cómo imaginan su futuro quienes viven allí. Ahí la comunicación deja de ser una vía de una sola dirección.
Las comunidades no son solamente destinatarias de información científica ni fuentes de historias que ayudan a explicar una investigación. También producen conocimiento. Quienes trabajan diariamente una chinampa observan cambios en el agua y en la tierra, conocen las dificultades para mantener ciertas prácticas y viven las tensiones entre conservar un patrimonio y adaptarlo a nuevas realidades.
Los investigadores pueden aportar evidencia y conectar esas experiencias con procesos más amplios. Los responsables públicos pueden convertir parte de ese conocimiento en políticas y decisiones. Y las comunidades aportan algo que ninguno de los otros actores puede sustituir: la experiencia cotidiana del territorio.

Un apicultor en una chinampa en Xochimilco. Foto RODRIGO JARDÓN (onu méxico)
Reunirlos no resuelve automáticamente los desafíos de Xochimilco. Tampoco un documental puede hacerlo. Pero puede crear algo necesario para que las soluciones tengan posibilidades de perdurar: un espacio donde distintas formas de conocimiento se encuentren y donde la conversación no termine cuando termina el proyecto.
En ciencia hablamos mucho de impacto. Lo contamos en publicaciones, citas, audiencias alcanzadas o recomendaciones incorporadas en políticas. Todos son indicadores importantes. Pero quizá deberíamos prestar más atención a otro: las relaciones y conversaciones que permanecen después.
El informe que dio origen a Chinamperos preguntaba, en esencia, cómo podemos cambiar de rumbo para dejar un futuro mejor a quienes vienen después de nosotros. La experiencia de Xochimilco deja otra pregunta: ¿qué pasa cuando la ciencia no solo lleva conocimiento al mundo, sino que vuelve con él al lugar donde comenzó?
Samuel murió este año. Una de las últimas cosas que compartió fue una historia en la que aparecían sus palabras y su trabajo como chinampero. “Se sintió escuchado”, recordó Mariana.
Quizá transformar empieza también por ahí: escuchar, regresar y mantener abierta la conversación.
Liliana Narvaez, autora de este artículo, es investigadora en el Instituto de Medio Ambiente y Seguridad Humana de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU) y coautora del informe Riesgos de Desastres Interconectados.

Comments (0)